El último Elvis, Armando Bó. Argentina, EEUU, 2012. John Mc Inerny interpreta al “Último Elvis”, un imitador argentino de Presley que canta con la voz de Elvis, según él mismo dice. Su imitación no sólo aparece en los escenarios: el Carlos Gutiérrez de la historia casi ni aparece. Niega su Carlos Gutiérrez. Es Elvis de Memphis. Es el mismo que tiene una hija llamada Lisa Marie, el mismo que, a pesar de todo, sabe que el show debe continuar. Es el mismo que toca en Las Vegas y que muere empastillado sobre el inodoro. “El último Elvis” es la primera película de Armando Bó, el nieto del director de la Coca Sarli. Antes había trabajado en publicidad y fue coescritor de “Biutiful”, protagonizada por Javier Bardem. También es la primera película en la que actúa el protagonista. Antes, sólo fue Elvis. En el escenario. Su banda tributo al rey del rock, “Elvis vive”, había sacado ya 3 discos (“Breaking Hearts”, “The last month” y “Elvis vive en la voz de John Mc Inerny”), pero él no había pisado ni las tablas ni se había aprendido ninguna línea más que las de sus canciones. Y, sin embargo, tanto Bó como Mc Inerny le dejan al cine argentino una película luminosa, triste, que deja el canto desgarrado sangrando en el pecho por largas horas. No exagero. Normalmente es posible usar varios recursos para lograr en el espectador alguna lágrima, sobre todo aquellos que provocan una identificación con el personaje. Pero con dificultad una película puede generar un ambiente de tristeza del que no se puede salir. Si se sale, es una más. Puede haber algún signo de esperanza; es hasta humano que haya un signo de esperanza. Pero si una historia es simplemente triste, entonces no cabe hermosearla y hacerla feliz para complacer a nadie. Vittorio De Sica sabía esto: no había muchas esperanzas en la Italia de posguerra. Estaba, sí, la lucha por vivir. Y esa tristeza enorme de quienes lo han perdido todo, incluso a ellos mismos, a lo que fueron, sólo puede ser retratada con la tristeza como escenario. El cine no necesariamente tiene que ser un retrato, no digo eso; pero si decide serlo, entonces debe buscar una fidelidad que le permita ir tan hondo como decida llegar. La historia de Carlos Gutiérrez es todo lo triste que puede ser porque él también ha perdido todo lo que fue: él ya no es Gutiérrez, es Presley. Y está divorciado de Piscila y su hija se llama Lisa Marie y necesita que su último concierto sea en un casino. Y tiene la voz de Presley: es lo único que le ha quedado de sí mismo y, no obstante, cree y sabe que es la voz del otro. Tiene un momento de epifanía, un momento de lucidez: su expareja tiene un accidente y se debe hacer cargo de su hija. No es el nudo del conflicto, es un momento de definiciones. Le cuesta congeniar con esa nena que no siente tanta pasión por el músico. Quiere, intenta, y Lisa Marie hace la gran parte, en verdad. Pero eso no significa que ella no sea su parte en el mundo. Cuando finalmente se va de viaje a ser el último Elvis, uno descubre que el dinero que estuvo ahorrando en esa caja de video cassette no es para pasajes y estadía, sino para su hija, a quien le canta canciones en la intimidad para hacerle sentir que está cerca, como puede. Como todos intentamos, bah.

Image Vivir es fácil con los ojos cerrados, David Trueba. España, 2013. Escribe Victoria Ocampo en “La viajera y sus sombras”: Vamos a irnos. Yo no quiero despedirme. Sobre todo no quiero despedirme de Vitola. Me llevan al portón de Viamonte que se abre sobre el último patio, el del fondo. Carmen se asoma para besarme. Está sola. Tengo una gorra de terciopelo con cintas blancas, anchas, de raso, que pasan sobre mis orejas y se atan en el cuello. Estas cintas me impedirán oír… Tengo miedo de oír llorar.”

¿Cómo comienza un poema o un cuento? pregunta un periodista a la escritora uruguaya Marosa di Giorgio. Ella responde: “De pronto, se enciende un punto, y de ahí salta un camino, un bosque, un panorama entero.” Un punto que bien puede ser el deseo pienso yo, o el miedo, como dice la Ocampo. El deseo que hace que alguien se lance a la ruta, o mejor, que le impulse a hacer un camino propio. Algo de ese impulso que corre entre el miedo y el deseo y que inventa caminos hay en la historia, o en el cruce de historias que se narran en la novena película escrita y dirigida por el madrileño David Trueba “Vivir es fácil con los ojos cerrados” ganadora de seis premios Goya entre ellos, mejor película, director y actor. El título del film es una clara alusión a la letra de la canción de los Beatles Strawberry Fields Forever, en ella se mezclan imágenes propias del film, intercaladas con imágenes de archivo de los Beatles y de Lennon rodando en Almería, España. Se estrenó el 31 de octubre de 2013.

La película está catalgoda como una comedia dramática y podría definirse como un clásico Road Movie, basado en ciertos hechos reales que le dan un sentido y una excusa para contar esta historia inteligente, humana, cálida y entretenida. En 1966 un John Lennon en plena crisis existencial piensa en dejar definitivamente el grupo e intenta incursionar en la actuación. Así llega a Almería para rodar con el director Richard Lester una película antibelicista: Cómo gané la guerra. El actor Javier Cámara (en una actuación impecable y entrañable), es Antonio, fan incondicional del cuarteto de Liverpool y profesor de inglés en un pequeño colegio de Albacete. En sus clases usa las canciones de los Beatles para enseñar inglés y al enterarse de la presencia de Lennon decide emprender un viaje en su modesto auto hasta la ciudad costera cercana a Granada en donde lo conocerá y le hará una inusual petición: le pedirá a Lennon que incluya las letras de sus canciones en los discos. Parece que Lennon efectivamente comenzó a incluirlas luego de su paso por España. En la ruta, Antonio se cruza con la actriz Natalia de Molina en el papel de Belén una joven de 20 años, que se ha escapado de la reclusión a la que está sometida por su madre. En el camino ambos se cruzarán con Juanjo (el joven actor Francesc Colomer), un adolescente de 16 años, que se ha fugado de casa en plena rebeldía juvenil y enfrentamiento con un padre conservador (interpretado éste por Jorge Sanz). El viaje se convierte en una excusa para el encuentro con ellxs mismxs, y una podría apresurar una conclusión y decir que todo viaje en cierto sentido propicia estos encuentros. Incluso aquellos más intrascendentes. Pero éste es además y fundamentalmente un viaje de liberaciones, de descubrimientos. Un viaje al centro del miedo, para desarmarlo, para hacerlo a la medida de lo que puede ser entendido. “No se puede vivir con miedo, hay que sacudirse el miedo” dice Antonio al final de la película, se lo dice a uno de los personajes que lo ha acompañado hasta ese momento, pero sabemos que también se lo dice a él mismo. Hay que sacudirse el miedo para hacer lo imposible, lo que el deseo nos convoca a hacer. Y nada mejor para remover los miedos que iniciar un viaje. Tres personajes confluyen en un andar que los devuelve al origen de ese miedo. Pero también les regala la alegría de los pequeños gestos cotidianos que quizás son la punta de un ovillo, del cual comenzar a tirar para construir la cartografía de nuestros propios relatos, es decir de nuestra vida. Una pequeña punta que puede conducir a un bosque, como quería Marosa.

Dice Sylvia Molloy en el prólogo del libro de Victoria Ocampo que antes nombré: “Ese lugar otro, que se concibe espacialmente, está también marcado por un tiempo distinto: otro ritmo afecta al viajero durante el desplazamiento, lo descoloca, lo desorienta, y esa desorientación persiste aún después de concluido el viaje. No sólo vuelve distinto el que se ha ido, vuelve a un espacio y a un tiempo distintos, ya que el viaje nos hace ver el lugar al que volvemos, y creíamos permanentemente igual a sí mismo, con otros ojos.” Algo de esto ocurre en la historia que Trueba nos propone. Algo de ésto proponemos nosotrxs en este viaje por las letras y las músicas, el cine, algo de esto se puede leer en las páginas del libro de la Ocampo. Los viajes siempre enseñan, incluso con los ojos cerrados.

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