La historia oficial, Luis Puenzo. Argentina, 1985.

En el país del Nomeacuerdo
doy tres pasitos y me pierdo.

Un pasito para allí,
no recuerdo si lo di.

No cabe la pregunta ¿por qué el 24 de marzo es feriado? No cabe. La película de 1985 de Luis Puenzo es una gran manifestación cultural de esto. “La historia oficial” es probablemente la mejor película argentina sobre lo que nos hizo la última dictadura militar a los argentinos. Hay muchas realizaciones cinematográficas del país sobre este tema, pero pocas calan tan hondo como esta, pocas van tan a lo profundo. Y es una de las primeras.
No sólo cuenta la historia de una familia que compró una hija de desaparecidos. También plantea el valor de conocer nuestra historia, a la vez que comienza a plantear el tema de la memoria, que es vital para hacerle frente a este proceso que nos ha afectado tan hondamente.
¿Qué hace Norma Aleandro en la primera escena de la película con un paraguas cantando el himno? ¿Por qué, si no llueve y está nublado? ¿De qué se tapa? “Comprender la historia es prepararse para comprender el mundo. Ningún pueblo podría sobrevivir sin memoria. Y la historia es la memoria de los pueblos”. Eso plantea como profesora en el primer día de clases. Claro, eso. Una definición correcta en un mundo de definiciones correctas que no dejan lugar para las preguntas, para plantear la duda. “No hay pruebas porque a la historia la escriben los asesinos”, dice uno de los alumnos. La correcta profesora lo expulsa de la clase y gana la batalla indicando que es una cuestión de disciplina y que hay que pedir permiso para hablar. Pedir permiso para opinar. También el sistema educativo es puesto en discusión con esta película, el modelo que dicta, que espera respuestas de manual, que no permite lugar para la duda.
No sólo están representados los militares y empresarios que vencieron, los que lograron irse justo a tiempo, desaparecidos y sus hijos, las madres y abuelas, los curas y médicos cómplices. No sólo están los vencedores y los grandes perdedores, sino ese enorme grupo que se desentiende de lo que sucede, que mira para un costado, los del “algo habrán hecho”, el grupo de los más cómplices, cómplices de permitir que la historia siga llevando la firma de quienes ganan, de los asesinos. Los que niegan la memoria, los que, actuando inocencia, preguntan ¿por qué el 24 de marzo es feriado?
“La historia oficial” es una película que reclama memoria, reclama que se recuerde y se sepa. Por eso hasta creo necesario que algunas de las expresiones de los personajes sean tan trabajadas desde la palabra que suenen imposibles de decir en la cotidianeidad. Es necesario ahondar en lo más profundo de la herida y decirlo de la forma más cruda, aun cuando pueda sonar demasiado elaborado, sólo para que ese enorme grupo que se cree al margen de esta realidad se entere. Y que desde allí podamos pensar otra historia, al margen de la oficial, una historia que pase el cepillo a contrapelo, como indicaba Benjamin, una historia que vaya palmo a palmo hacia atrás fijándose qué se ha escondido en tantas páginas escritas por el mismo brazo.

(Ver: “Sobre el concepto de historia” de Walter Benjamin).

Gabi es la nena que los personajes de Héctor Alterio y Norma Aleandro adoptaron. Gabi representa la memoria, desde el lugar de la inocencia y lo intuitivo. Cuando sus primos entran a su habitación pateando la puerta y con armas de juguete, se asusta tanto que necesita que su madre la abrace y consuele. ¿Qué es lo que recuerda esa nena que a los días de haber nacido fue comprada por este empresario? ¿Por qué se asusta tanto cuando entran a las patadas a su habitación? ¿Por qué pide hablar con su madre adoptiva cuando esta está herida y a punto de irse de la casa?
El cuento “Cuaderno de una muchacha muda” de la chilena Margarita Aguirre, publicado en su libro “La oveja roja”, parece reconocer también en esa nena que no puede hablar una necesidad de tomar por las comisuras al mundo que ha perdido para adentrarse en él. A las dos niñas que les han quitado las palabras, les queda ahora un grito mudo, en la forma de un silencio enorme ante el mar, o de unos versos de María Elena Walsh en una canción que no sólo canta por repetición:

Un pasito para allá,
ay qué miedo que me da.

 

No, Pablo Larraín. Chile, 2012.

Si sobrevives, si persistes, canta,
sueña, emborráchate.
Es el tiempo del frío: ama,
apresúrate. El viento de las horas
barre las calles, los caminos.
Los árboles esperan: tú no esperes,
éste es el tiempo de vivir, él único.

Jaime Sabines.

¿Qué significa decir “no”? Me interesa pensar el “no” como afirmación de la vida, como el “nunca más” que pone freno a la muerte, al silencio; que dice no a las complicidades con las desapariciones, las violaciones, las torturas, el despojo, los huesos sin nombre, las vidas desgajadas de la vida. En la película No dirigida por Pablo Larraín, cuyo guión es de Pedro Peirano, una adaptación de la obra teatral inédita El plebiscito del escritor Antonio Skármeta (conocido mundialmente por la novela Ardiente paciencia, la cual también fue llevada al cine en el famoso film Il Postino), el No es la opción que implica poner fin a la dictadura de Pinochet. En 1988 Pinochet es llevado a refrendar su continuación en el poder, conforme a las disposiciones transitorias de la Constitución política de 1980. Ante la mirada de los organismos internacionales e intentando lavar su imagen pública, el plebiscito era la manera de garantizar su permanencia. Sin embargo los resultados no fueron los esperados y tuvo que admitir la derrota. El triunfo del No implicó la convocatoria para 1989 de elecciones democráticas conjuntas de presidente y parlamentarios, que condujeron tanto al fin de la dictadura como al comienzo del periodo llamado transición a la democracia en el vecino país.
Pero el film, nominado al Oscar como Mejor película extrajera y ganadora como Mejor Película en Cannes con el Premio Quincena de Realizadores y en el Festival de La Habana, centra la mirada sobre la organización de la campaña publicitaria que sería clave para la victoria del No. Durante un mes y por quince minutos diarios Sí y No tendrían por ley la posibilidad de expresar en televisión cada opción. La franja publicitaria fue decisiva para el triunfo del No en el plebiscito del 5 de octubre de 1988. La campaña tenía como objetivo mostrar esta opción como alternativa válida para enfrentarse a Pinochet. Larraín, su director dice de la película: “Hay mucha nostalgia, el plebiscito del 5 de octubre del ’88 es una fecha vértice, una fecha bisagra; está todo el pliegue de la historia chilena metida ahí, de la reciente al menos. La clave de No está en cómo un grupo de personas toman las herramientas creadas, impuestas por la dictadura, esas herramientas sociales e incluso políticas, y las utiliza para crear un discurso que permite finalmente derrotar a Pinochet. Ahora, ¿es sólo la derrota de Pinochet o es también la victoria del modelo de Pinochet? Esa ambigüedad creo que es la concepción de la película.”
Gael García Bernal interpreta a René Saavedra, publicista que vuelve del exilio y que es invitado a participar de la campaña del No por Luis Gnecco en el papel de José Tomás Urrutia, político democratacristiano que lidera dicha opción. Luis “Lucho” Guzmán, interpretado por el actor Alfredo Castro, es el jefe de René y trabajará además para la opción Sí. Estas tres actuaciones son excelentes y se entrecruzan con un elenco maravilloso. Usar las herramientas de la publicidad es lo que hace que René insista en resaltar la alegría para vencer al miedo y al dolor. Discusiones y debates sobre cómo abordar la cuestión profundamente dolorosa de la dictadura chilena se pueden ver en la película. Llagas todavía abiertas que se manifiestan sin atenuantes en la historia que se narra y que han llevado a catalogarla como “terrible pero necesaria”. La alegría entonces. La alegría como modo de resistencia es lo que finalmente incita a la vida. La alegría de los colores del arco iris. La alegría del No. Un No rotundo que dice que ya viene la vida. Al menos en esta primera expresión de resistencia. Resistir siempre ha sido y seguirá siendo la primera fuerza de los pueblos capaces de producir revoluciones.

¿Qué historias no se cuentan todavía? ¿Qué ausencias seguimos ausentando? ¿Cómo convocamos a la memoria? ¿Estará hecha de historias mínimas la memoria? Una mujer se hace cargo de una niña en una ciudad asolada por la destrucción. Una mujer escribe un diario que se abisma al futuro desde el presente, examinando desde el recuerdo y desde la vivencia de lo cotidiano las fuerzas que pueden salvarnos de la destrucción total. Un diario que también dice No, que resiste a la muerte es “Memorias de una superviviente” de Doris Lessing. Observadora atenta y sensible, como René en la película No, nos conduce por una ciudad en ruinas para rescatar la belleza que podemos construir con las palabras. Porque si las palabras tiene el poder de asesinar, también los silencios. Si la memoria es un animal huidizo, es nuestro deber comprender sus maneras, no para apresarla que sería como domesticarla. Para mantenerla viva, aprender de ella, con ella. Para no repetir el horror, que adquiere muchas caras.