The hours (Las horas), Stephen Daldry. EEUU, 2002.

Tres mujeres toman decisiones. Tres mujeres definen el contorno de sus vidas, aun en diversos contextos y con diferentes condicionamientos. “Hubiera sido maravilloso poder decir ‘lo siento mucho’, hubiera sido más fácil pero qué hubiera significado cuando no lo lamentas y no ves otra opción. Nadie me perdonará. Era la muerte y elegí la vida.” Eso dice Laura Brown, uno de los personajes centrales de la película “Las horas” cuando intenta explicar la decisión de abandonar a su familia. Algo que parece confirmar Virginia Woolf, otro de los personajes, cuando le dice a Leonard “No puedes encontrar paz evitando la vida”. Elegir la vida es lo que a su modo hacen estas tres mujeres conectadas por un hilo que quizás sea tan intenso y poderoso como invisible. Un hilo que las ata, las determina pero que sin embargo, cada una a su manera cortará, asumiendo los costos, eligiendo la vida. Tal vez ninguna logre paz, tal vez siempre se ahoguen en un río, pero al menos es el río que ellas mismas deciden recorrer, en la vida y en la muerte.
“Siempre los años entre nosotros… siempre los años… siempre… el amor… siempre… Las Horas”. Las horas que no se miden, que rodean un vacío, que no es el de la soledad existencial, que en última instancia nos arroja a la vida. Hay un vacío que es el de las horas muertas, el de las horas sin sentido y que la narración brillantemente construida en la película “Las horas” (The Hours) rodea y logra plasmar. Hablamos aquí de esta película dramática estadounidense del año 2002 dirigida por Stephen Daldry. El guión, escrito por David Hare, es una adaptación de la novela homónima de Michael Cunningham, ganadora del Premio Pulitzer en 1999. La película narra la vida de tres mujeres durante el transcurso de un mismo día pero en diferentes épocas y generaciones, cuyas vidas se conectan a través de la novela de Virginia Woolf Mrs. Dalloway. Nicole Kidman encarna a Virginia Woolf en 1923, mientras escribía Mrs. Dalloway, Julianne Moore es Laura, una esposa infeliz que lee el libro en el año 1951, y Meryl Streep interpreta a Clarissa Vaughan, una editora lesbiana neoyorquina, una Mrs. Dalloway moderna que cuida de un amigo escritor en etapas avanzadas del sida y ha decidido prepararle una fiesta.
¿Cuándo compramos flores las mujeres? ¿Para qué, para quiénes? “Creo que compraré las flores yo misma” dice Clarissa quien pone en acto lo que Mrs Dolloway dice que hará y que Laura, sospechamos, no hará mientras siga sometida a ese “malestar sin nombre” que la teórica feminista estadounidense Betty Friedan describiera en su ensayo “La mística de la feminidad” del año 1963. Un “malestar” que se daba en las mujeres de clase media de Estados Unidos, donde existían altas tasas de depresión, suicidios y alcoholismo, “paradójicamente”, en mujeres que vivían de forma cómoda, sin tener que trabajar: pero con un enorme vacío, sentimiento de inutilidad y abatimiento. Comprar flores implica salir a la calle, implica tener dinero para hacerlo, implica tener “un cuarto propio”, como quería la Woolf y eso no era más que un eufemismo que conminaba a las mujeres a conquistar no sólo la independencia económica, sino también la emocional. Tal vez estas tres mujeres nos inviten a pensar en las horas plenas de nuestras vidas. Aquellas en las que el tiempo no encierra la espesura del sin sentido y que cada una de ellas logra, a su modo, derribar: Virginia, en la escritura que no la salva de suicidios; Laura, en la decisión de dejar de ser madre para siempre aun habiendo parido; y Clarissa, en la elección de dejar de estar pegada emocionalmente al recuerdo del pasado maravilloso de amor. Las horas es una narración que sacude, que emociona, que nos invita a la reflexión y que celebra la vida, la vida de las mujeres.

 

La Tête en friche (Mis Tardes con Margueritte), Jean Becker. Francia, 2010.

“Mis tardes con Margueritte” es una película francesa de 2010, dirigida por Jean Becker y basada en la novela de Marie-Sabine Roger. Gérard Depardieu interpreta a Germain, un hombre acusado de ignorante por su madre y amigos que transita casi solitariamente sus días. En una de sus visitas a las palomas de la plaza del pueblo, conoce a Margueritte (interpretada por Gisèle Casadesus), una anciana letrada y amable que contraataca a la soledad con sus visitas al parque y sus lecturas.
El encuentro se transforma para ellos en la posibilidad de reconstruir sus lazos con el mundo desde otro lugar: Germain, siempre burlado por quienes lo rodeaban, nunca aprendió a leer, pero sí aprendió a crearse una coraza para responder con bondad a quienes utilizaban su ignorancia para reírse de él. Margueritte, ya anciana, recibe la ayuda de su sobrino para pagar el centro donde vive, lejos de los únicos familiares que le quedan; por eso se refugia más que nunca en los libros, y en sus pequeñas salidas. Compartirá ese refugio con su nuevo amigo, y ambos se olvidarán de sus sombras por unos instantes, mientras comparten a Camus y a Romain Gary.
Hay relaciones muy intensas y particulares entre los personajes de “Mis tardes con Margueritte”, sobre todo las relacionadas con Germain: su madre, por ejemplo, siempre lo ha expuesto públicamente como un imbécil y se lo ha hecho sentir en la intimidad; sin embargo, cuando ella muere, su hijo descubre que durante todos esos años había estado ahorrando para él. Los amigos del protagonista se mofan de sus dificultades para relacionarse con el mundo por su supuesta ignorancia, pero saben que pueden contar con él y esas risas, aunque lo hieran, nacen de la complicidad del afecto, mal administrado y poco pensado, en verdad, pero que está ahí: esto es lo que podemos hacer con lo que sentimos. La novia de Germain le hace compañía casi como una amiga y confidente: es una relación hermosa, en verdad, llena de buenas voluntades, pero que a veces confunde al espectador: ¿son pareja o solamente se hacen compañía? Hay en ese planteo una definición de amor que, en verdad, debería replantearse. Annette le ayuda a Germain a leer para que Margueritte no se quede sin sus lecturas cuando finalmente pierda la vista. Ambos leen acostados, ella lo corrige y le pide que siga leyendo mientras le acaricia el pelo. Nadie había hecho eso antes por él.
Cuando Germain se entera que Annette, espera un hijo, corre a la casa de Margueritte para avisarle, y ya no la encuentra: le informan que su sobrino se la ha llevado a Bélgica. Se han llevado una parte de su felicidad, a la vez que sabe que ese no era el deseo de Margueritte, y ahora sólo resta buscarla para que viva con él. Que se vuelvan a encontrar nuevamente: “Pensé en usted anoche –le dice Margueritte a Germain en uno de sus primeros encuentros- En usted y en nuestras palomas. Ya sabe, cuando se guardan libros, siempre se acaba hojeando un par al azar. Encontré una frase”.
La frase es de “La peste” de Camus, y con “La peste” Germain volvió a permitirse imaginar por unos instantes sin pensar en lo que sus conocidos podrían decir de él. Y Margueritte leyó: “¿Cómo sugerir, por ejemplo, una ciudad sin palomas, sin árboles y sin jardines, donde no puede haber aleteos ni susurros de hojas, un lugar neutro, en una palabra?”. “No, no existe eso”, le respondió Germain a Camus.

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