Cría cuervos, Carlos Saura. España, 1975.
“No entiendo cómo hay personas que dicen que la infancia es la época más feliz de su vida. En todo caso para mí no lo fue, y quizá por eso no creo en el paraíso infantil ni en la inocencia ni en la bondad natural de los niños. Yo recuerdo mi infancia como un período largo, interminable, triste, donde el miedo lo llenaba todo. Miedo a lo desconocido. Hay cosas que no puedo olvidar. Parece mentira que haya recuerdos que tengan tanta, tanta fuerza, tanta fuerza”. (Ana)

Cría cuervos es una película española de 1975 que cuenta la historia de Ana, una joven que recuerda un episodio de su niñez en la que confluyen varios sucesos que la marcaron. María, su madre, interpretada por Geraldine Chaplin, murió un tiempo atrás y dejó a Ana y a sus hermanas Irene y Maite al cuidado de su padre, un militar franquista interpretado por Héctor Alterio. Cuando su padre muere, tras un encuentro amoroso, las niñas quedan al cuidado de la tía y la abuela, que está en sillas de ruedas y no habla.
Ana cree contar con un polvo que mata de manera infalible. En verdad no es más que bicarbonato que su madre le mandó tirar alguna vez y que tuvo la precaución de guardar. Con ese polvo cree haber matado a su padre, a quien le guardaba rencor por haber hecho sufrir a su madre. En rigor de verdad, el rencor se traduce en una especie de ajusticiamiento por haber relegado la carrera de pianista de su madre por el papel de esposa y madre de familia, en una época en la que esto era la norma. María estaba confinada al hogar, rara vez salía, y el encierro y la falta de oportunidades de siquiera relacionarse con otras personas, además del fin de todas sus posibilidades de cumplir sus sueños, hacen que la tristeza se apodere de su cuerpo y que termine muriendo por una infección.
Ana ve en todo momento a su madre. La recuerda, habla con ella, le pide que toque en el piano esa canción que tanto le gusta, para finalmente poder dormir. Ana no puede dormir de noche: camina como sonámbula buscando a su madre por la enorme casa y se despierta llorando, gritando por ella. Incluso ve escenas, que pueden haber sucedido o no, que pueden bien ser producto de su imaginación, en las que sus padres discuten y María le pide que por favor hable siquiera con ella. Es muy consciente la mujer de que su esposo le es infiel: ni siquiera eso le pertenece, ni siquiera ese papel le hace bien, y se refugia en sus hijas como único consuelo.
A todo esto Ana lo recuerda, o cree recordarlo. Hay una tristeza infinita en el personaje de Ana Torrent, una pequeña actriz que es un elenco entero. Continuamente está llamando al pasado, está pidiendo un poco de protección y de cariño, está buscando un poco de justicia en un tiempo en el que nada era justo. Y no sólo en su casa, que no es más que una imagen de una España azolada por un régimen castrador y asesino, liderada en la casa por la figura del padre.
Las vacaciones escolares son la excusa para que las nenas permanezcan encerradas en la casa que ahora está al mando de su tía. Junto a su abuela y la empleada doméstica, pasan sus días entre quehaceres que corresponden a las mujeres según la norma, juegos que siguen representando el rol para el que están siendo preparadas, y los pequeños escapes imaginarios de la protagonista en busca de su madre. La doméstica le habla a Ana de su padre, de su madre y de lo mucho que se parecen, de las tetas y las relaciones amorosas, de cómo amamantar a un bebé. La abuela mira hacia la ventana, como buscando un afuera que no le está permitido, o su collage de fotos, recordando vaya uno a saber qué momento en el que más o menos fue feliz. La tía viene a imponer un orden que le vino ordenado, que no eligió, y hay una mezcla de rechazo y autoritarismo con una búsqueda de cariño que, aún en el mejor de los casos, no es el cariño de la madre que Ana extraña y necesita. Y decide matarla.
Le agrega al vaso de leche que le está preparando a su tía un poco de ese polvo asesino y lo remueve bien. Y espera. Cree que ha vencido y se despierta sonriente al nuevo día, pero su tía aparece, para su sorpresa, y manda a que se preparen para ir a la escuela. El encierro termina: al final logran salir de esa enorme casa por sí mismas, pero para seguir siendo amaestradas en lo que han de hacer. Pero salen de la casa. Hay un olor a cambio que ya se estaba sintiendo en la época, casi desesperanzada esa época española, pero una posibilidad, que vendría después, con la muerte de Franco y el proceso hacia la democracia. Todo ahí, en una niña que desprecia a su padre militar, que deseaba otra vida para su madre, que no quiere seguir viviendo con esas imposiciones. “Cría cuervos y te sacarán los ojos” tiene algo que ver con Ana y su relación con sus familiares, pero tiene mucho más que ver con un proceso que, por asesino, crea a sus propios detractores, a aquellos que dicen basta, aún con un acto primitivo que no tiene nada de inocente, como dice Ana por ahí cuando recuerda esos días.
En la película de Carlos Saura, Ana escucha la versión de Jeanette de “Por qué te vas”. Hay algo que no está bien en esta canción: parece cantada por una niña pero a la vez la figura de Jeanette vende sexo y hay un desfasaje entre lo que canta, cómo lo canta y quién es. Y Ana escucha esta canción para dispersar su pequeña mente aturdida, pero en realidad es el momento de la urdimbre, de la preparación para el hecho macabro. Toda esa inocencia que aparenta finalmente no está ahí: fíjate que estás criando cuervos y que en algún momento empiezan a chillar.

Tacones lejanos, Pedro Almodóvar. España, 1991.
Abundan las reflexiones, los análisis sesudos, las biografías y autobiografías familiares y extrafamiliares (autorizadas y no), los textos literarios y los no literarios, las películas, las canciones, los poemas y -entre otros- los aportes que tan profusa y confusamente ha realizado el psicoanálisis freudiano a una relación siempre compleja (por no decir complicada): la que se da entre madres y hijas. No me voy a detener en esta “complicación” aunque la película de Almodóvar “Tacones lejanos” del año 1991 lo haga. Aunque casi todas sus películas lo hagan. Siempre seremos las niñitas de mamá después de todo. Siempre buscaremos su aprobación, incluso en el caso de obtenerla. Es que quizás la madre muerta sea ese lugar que deseamos secretamente y del que, al mismo tiempo, huimos aterradas, nosotras las niñitas eternamente hijas. Dije que no me iba a detener en la complicación, aunque es difícil no hacerlo. Por oposición o por imitación las hijas que somos todas, estamos y estaremos sujetadas a nuestras madres. Podremos no ser madres, pero hijas siempre seremos.
Alguna vez dijo Almodóvar: «En Tacones lejanos hay madres, hijas, asesinatos, embarazadas, misterio, dobles personalidades y esas cosas de los folletines, pero hay detrás seres humanos con emociones de verdad. Es un gran melodrama, con todo el impudor que tienen los melodramas para hablar de los sentimientos, aunque a lo mejor éste es un poco más desnudo de lo habitual». Y sí, el melodrama aparece en el argumento de “Tacones lejanos” que se basa en el recuentro de una madre, una cantante famosa -Becky del Páramo- interpretada por Marisa Paredes, quien se reencuentra con su hija Rebeca -Victoria Abril- 15 años después de haberla abandonado. En ese tiempo Rebeca se ha casado con un antiguo amante de su madre, Manuel, interpretado por Féodor Atkine, al que aparentemente ama con la misma intensidad con que no es correspondido ese amor y que terminará siendo asesinado. Alejada de su madre, Rebeca conoce a una travesti que se hace llamar Femme Letal, interpretada por Miguel Bosé, quien imita a la diva de la canción en un tugurio. Este personaje que lleva una doble vida a su vez es el Juez Domínguez quien estará a cargo de la investigación del asesinato de Manuel.
Como en las películas de Bergman, hay momentos en que madre e hija se enfrentan cara a cara, y en donde lo no dicho muchas veces es más significativo que lo que se dice explícitamente. Todo un juego de miradas y silencios que interpretan magistralmente Marisa Paredes y Victoria Abril se desarrolla creando una tensión que sostendrá la historia hasta el final. Ambas actrices armonizan tragedia y humor de forma profunda y sensible. La película es una sucesión de momentos hilarantes en medio de situaciones trágicas, algo que sólo Almodóvar puede conjugar de manera brillante. Como el momento en que Rebeca se confiesa culpable del asesinato de su marido frente a cámara o en el diálogo que madre e hija sostienen en la ambulancia en donde Becky le aconseja a su hija otro modo de resolver sus conflictos con los hombres, que no sea el asesinato. Coartadas inverosímiles, miradas suspicaces, encuentros imposibles se dan en esta historia que sin embargo sigue hablando de los vínculos que establecemos las hijas con nuestras madres, las mujeres entre mujeres y las mujeres con los varones. Y quizás en el desencuentro, en el real desencuentro de los personajes, es en donde finalmente pueda leerse algo de esa búsqueda desesperada de amor, que no refleja nada más que a una niñita sola y asustada. Una niñita que sólo podrá ser libre, tal vez, cuando su madre haya dejado de respirar el mismo aire que ella. O al menos entienda que no hay respuestas para eso que desde siempre busca.

Así lo dice Tamara Kamenszain:

Después de que murió me sentí culpable
de haberla confrontado con sus fantasmas
a ver qué mamá a ver qué a ver qué.
Y aunque nada había para ver, eso es seguro,
ella encontró, parece, el objeto que buscaba
porque de un minuto para otro se quedó muda
mientras yo con la pregunta en la boca
me fui rumiando las razones de todos los asuntos del mundo
que en la cadencia insoportable de su repetición
no tienen, no tienen y no tienen
ninguna respuesta.

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