Poesía (Shi). Lee Chang-dong. Corea del Sur, 2010.

Una cigarra verdosa
Siempre escucho el sonido
de una cigarra
que sale de tu espalda.
Llora, frotando sus ojos.
Como la mancha del último verano
que ni se olvida ni se desvanece
de las yemas de mis dedos,
la cigarra llora en tu espalda.
Así también lloro yo
frotando mis alas.

Poema leído en la película “Poesía”. Al final de la lectura el poeta aclara: “Buscando su pareja, la cigarra llora todo lo que puede durante unos días, como si quisiera destruir el verano. Me pregunto si yo podría hacer lo mismo. Vivir tan apasionadamente como la cigarra. Ese pensamiento me acompaña.”

Hace 50 años un profesor le dijo a Mija: “Muchacha, serás poeta algún día”. Ahora y con 66 años ese recuerdo es el que la empuja a tomar la decisión de inscribirse en un taller de poesía en el centro cultural del barrio en el que vive. Allí un cartel señala “Tú también puedes ser poeta”. Mija es una mujer adulta que cuida a un nieto adolescente y que un par de veces por semana atiende a un hombre con el cuerpo semiparalizado. Mija es una abuela. Mija es una mujer. Mija es un ser humano sensible. Mija está en permanente búsqueda. Una búsqueda apasionada que se confunde con la vida. Hay una pregunta que atravesará toda su existencia actual, una pregunta sincera, honesta, que la lleva a caminar como poseída por ese pueblo de Corea del Sur en el que vive: ¿Cómo puedo escribir poesía? Un poema sólo. Al final del taller todxs deberán escribir un poema. Un poema que redima a la niña que lleva adentro. A esa muchacha que será poeta. “Poesía” es el recorrido de una niña que sufre. Es el río, siempre el río que fluye y atraviesa dos vidas. Las determina. Las habita.
Yun Jung-hee es una leyenda de la pantalla en su país —más de 330 películas a sus espaldas y 24 galardones a la mejor actriz— y que había estado alejada de las cámaras durante más quince años, viviendo en París junto a su esposo. Regresa con este papel pensado especialmente para ella según el director y guionista de la película Poesía del año 2010, Lee Chang-dong. Guión que se llevó el premio en Cannes. La maravillosa y bellísima Yun encarna a Mija Yangse, esta mujer curiosa y llena de vitalidad que comienza a olvidar palabras y que vive junto a su nieto en una pequeña localidad coreana cercana al río Han. La imagen del río da inicio a la película. Allí, flotando en sus aguas, unos niños descubren el cadáver de una chica que se ha suicidado. Este hecho signará la vida de Mija en esta etapa de su vida. Una tragedia que la vincula a su nieto de una manera que ella no puede comprender. “¿Por qué lo hiciste?” será el único grito que su boca exhale dirigido a ese nieto preso no sólo de la adolescencia -sino y fundamentalmente- de una subjetividad producto de las actuales sociedades. Otro acontecimiento, además, transformará a la mujer cuando se entere que sus extraños olvidos se deben a que sufre el mal de Alzheimer. “El tiempo pasa y las flores se marchitan”, escribe Mija en su libreta que la acompaña permanentemente: mientras emprende largas caminatas, mientras viaja en colectivo, mientras se sienta en la vereda a observar los árboles. En una escena la vemos cantar en un Karaoke: “Quitarme el vestido de cariño, y beberme el vaso del olvido”. ¿Mija realmente se bebe ese vaso? Tal vez es el único personaje empeñado en recordar. Pero no por la fuerza. En ese andar pausado y musical que la acompaña, Mija narrará el momento más hermoso de su vida ante la clase, entenderá que las manzanas son mejores para comerlas que para mirarlas, interpretará el canto de los pájaros y sus exigencias, conocerá porqué las camelias son flores de invierno y de dolor, sabrá que los duraznos que se caen saben mejor porque son capaces de iniciar una nueva vida aún pisoteados y aplastados. Descubrirá al fin la respuesta a su pregunta: sólo viviendo, sólo sintiendo en el cuerpo ese vivir, sólo con el corazón, se puede escribir poesía. No existe tal cosa como la inspiración poética. ¿Para qué aprender poesía entonces? Pues para vivir. Mija así lo hace, hasta los últimos andares del río que fluye, donde se produce la belleza de un encuentro con el cuerpo de un poema. El suyo: una elegía a la niña muerta qué comenzará con estos versos:
¿Cómo es allí?
¿Cómo de solitario?

Historias mínimas, Carlos Sorín. Argentina, 2002.
“Historias Mínimas” de Carlos Sorín se centra en el detalle, en un instante que debemos observar. Tres personas se encuentran en camino hacia una ciudad donde hay un poco más de posibilidades que las que les da su pueblo y su vida. Los tres esperan hallar y lograr algo en Puerto San Julián, en la provincia de Santa Cruz, y por eso deciden salir con lo poco que tienen a hacer la ruta. Casi un acto de última esperanza.
Roberto (interpretado por Javier Lombardo), por un lado, es un vendedor viajante que se enamoró de la viuda de uno de sus clientes. Por el cumpleaños del hijo de esta mujer, decide llegar de sorpresa con una torta como regalo. Hace lo imposible para lograr la torta perfecta: va de pueblo en pueblo remendando los posibles errores de su regalo. Tiene que ser perfecto. Es un gran día para él. Pero cuando llega a la casa de esta familia, los ve junto a un hombre y, ya tirado en una cama de hotel barato, rompe la torta y en calzones y echado se come un pedazo mientras mira un programa de televisión.
María Flores (interpretada por Javiera Bravo) es la esposa de un vigilante de estación que ha mandado numerosas cartas para participar de un concurso televisivo de San Julián en el que sortean electrodomésticos de baja gama. Finalmente sale sorteada, y decide abandonar el puesto que estaba cuidando por unos días hasta que su marido vuelva (y no se sabe si este hombre vuelve), y hacer los 300 kilómetros con su bebé a cuestas para participar por una multiprocesadora, premio que no podrá usar porque no tienen luz.
Don Justo Benedictis (Antonio Benedicti) es un anciano al que le ha quedado el título de dueño del ramo generales “California” de Fitz Roy, que administran su hijo y nuera. Solo, pasa las horas de su vida sentado contra la pared del negocio, el mate a la par, oteando la ruta y esperando a algún viajero que pare un momento para charlar. Un colectivero le comenta que ha visto en San Julián a su perro, el Malacara, en el galpón de vialidad en la entrada de la ciudad. Su perro se había ido tres años atrás, ofendido porque el anciano había atropellado a un hombre y lo había dejado en la ruta. En contra de su hijo, que le dirige la vida, se escapa de noche con algunos ahorros del negocio y, caminando, quiere llegar a San Julián. En el camino lo levantará una bióloga y luego Roberto. A ellos y a todos les pide que por favor no le digan a su hijo que él ha pasado por allí.
Finalmente Roberto se decide a hablar con la mamá del cumpleañero y la visita en su local. Descubre que ella hubiera apreciado su visita, que el hombre era su hermano y que en pocos meses tendría también el cumpleaños de ella para recordar. María Flores participa del concurso junto a dos mujeres más. Gana la multiprocesadora, pero una de las concursantes le regatea el premio por el que ella obtuvo: un set de cosméticos y algo de dinero, que opta por tomar. Don Justo se encuentra con Malacara. Se reconocen y el anciano espera su perdón, un perdón que termina por comprarse, tras la intervención de un correntino trabajador de vialidad que ayudó a Benedictis a recuperalo.
Estas tres historias suceden en pocas horas en un páramo muerto de algún lugar olvidado de la Argentina, donde parece que nadie habita y que nadie tiene nada que contar. Y Sorín cuenta apenas sus anécdotas, sobre todo sus anécdotas, en un gesto por rescatarnos de los grandes relatos y por llevarle un poco de humanidad al cine. La mayoría de los intérpretes no son actores profesionales, pero lo que podría perderse se recupera al recuperar su capacidad de asombro, que es lo que nos hace falta. Al menos creo que eso es lo que nos cuentan las historias mínimas: encontrar en los pequeños detalles, en el momento, un poco de luz, un hilo del cual tirar para encontrarnos, conmovernos, hilvanar nuestras propias cotidianeidades -que creemos a veces tan poco interesantes- con un perro que se nos fue cuando ya nada nos quedaba, con un amor que “quizás” cuando parece que eso no es posible, con un viaje inesperado con la promesa de un premio, cuando creemos que esas cosas no nos pasan a nosotros. Un poco de esperanza en un 2002 argentino que vio caer muchos sueños, todos venidos a menos, mientras unas pocas de esas historias que se creen interesantes se seguían contando, como si esas grandes historias son lo único que nos merecemos y a lo que debemos aspirar.

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