Laberinto (Labyrinth), Jim Henson. EEUU, 1986.

¿Qué pasa en las habitaciones contiguas cuando no estamos observándolas? ¿Por qué todo permanece en su lugar y por qué algunas cosas se pierden? “Laberinto” de Jim Henson probablemente no responda ni estos ni otros interrogantes, pero te deja la sensación de que por ahí hay que indagar. Las 13 horas que tiene Sarah para recuperar a su hermano de Jareth (David Bowie), el rey de los duendes, cruzando todo el laberinto para llegar al castillo no bastan para que se desentienda por completo del mundo, pero qué cosa rara que es la imaginación.
Sarah es una adolescente caprichosa abstraída del mundo que se quiere real para perderse entre sus historias favoritas: “El mago de Oz”, el “Laberinto”. Su habitación está llena de sus juguetes y representaciones de ese mundo mágico que –cree- permanece en los lindes de ese libro -y probablemente nunca haya salido de ahí, como toda gran historia que nos ha perdido en su lectura-, y casi jugando manda a llamar con las palabras aprendidas al Rey de los Duendes para que se lleve a ese hermanito insufrible. Y se lo lleva. De ahí en más, es el recorrido de ese laberinto cambiante, desafiante, que también juega con sus víctimas, con Sarah en este caso, para que los vericuetos no sean sólo eso, para que a la aventura le quede el registro de la experiencia. Sabemos que ella va a recuperar a su hermano y sabemos que Bowie termina mirando de lejos y cantando sus canciones aniñadas, pero lo interesante de “Laberinto” es que no deja de plantearnos preguntas agudas con respuestas que creemos obvias y que, sin embargo, no tienen nada de estúpidas.
Los duendes están siempre ahí, observándonos, metidos entre los cajones y las sábanas. Todo está hecho de duendes y por duendes. ¿Qué pasa entonces en las habitaciones cuando no estamos? ¿Los duendes saldrán a jugar? ¿Qué pasa si este mundo que vemos tan normal no es más que un tablero enorme del que se están riendo? El mundo no está hecho de duendes, pero la posibilidad de pensarlo ya nos hace diferentes. Si podemos pensar que todo lo que creemos real no es más que un artilugio, entonces nos podemos permitir la libertad de cuestionar nuestro propio mundo, así como Sarah cuestiona las leyes que rigen en el país de los duendes.
Por supuesto que la heroína encontrará a sus ayudantes: un monstruo miedoso, un duende que lucha por su propia lealtad, un perro caballero cascarrabias y su corcel perruno que se la pasa escondido. Entre todos develarán las marcas perdidas, responderán las intrincadas preguntas que no tienen respuestas correctas, pasarán por los lugares más asquerosos y conocerán a todos los descabezados de ese loquero que es el mundo de acá abajo o de acá arriba que nos está gobernando. Y lo gracioso es que los gusanos parlanchines que dicen no saber nada, en verdad lo saben todo pero se hacen los gusanos; las hadas no pueden hacer otra cosa más que mordernos, por más que estemos acostumbrados a esperar sus soluciones mágicas; esas enormes máquinas destructoras están manejadas por pequeñas lauchitas peludas con voz aguda e irritante que apenas pueden mover los engranajes; los deseos infundados no son más que burbujas mentirosas que se pueden romper de un sillazo. Los deseos creados, no los que imaginamos y soñamos.
Y todo es un artilugio mal armado (a propósito mal armado) al que se le ven las partes de atrás, los esqueletos desnudos, los hilos sueltos que tienen mal atadas a esas paredes que creemos invencibles. Todo se derrumba, todo se desarma, todo no es más que un poco de cartón y plastilina puestos más o menos para crearnos la ilusión. No es una mala definición del sistema que nos gobierna. Pero “Laberinto” no es un manifiesto, es apenas una película “para chicos” (entre muchísimas comillas) que recorrió algunas niñeces (la mía incluida) y que por su voluntad mágica no debería perderse, aunque ya encontrará el cajón donde finalmente se termine olvidando. Como muchos buenos libros. Mientras tanto, los duendes no asustarán a nadie sino que nos permitirán seguir riéndonos de nosotros mismos en ese gesto culposo que dan los años.

El laberinto del Fauno, Guillermo del Toro. España, 2006.

“Cuentan que hace mucho, mucho tiempo existía en el reino
subterráneo, donde no existe la mentira y el dolor, una princesa.”

Sobre la tierra del Molino se esconde un mundo subterráneo. Y sabemos que lo subterráneo en algún momento aflora. Bastan quizás un sueño, un ideal, una niña que cree en hadas para que dos mundos que caminan separados y paralelos, se entrecrucen. ¿Qué es lo subterráneo sino la imagen de la resistencia? “El laberinto del Fauno” es una película que nos introduce en dos mundos al mismo tiempo: un mundo mágico, el de Ofelia, las hadas y el laberinto, y un mundo real, crudo y violento, el de la España fascista de Franco de 1944. Su realizador Guillermo del Toro lo explica así: Intenté hacer un seguimiento, encontrar una coartada histórica en la que España se viera como en un laberinto. Y en el 44 sucede que todavía hay resistencia, hay todavía la esperanza de que los aliados, después de Normandía, miren hacia España y ayuden a derrocar a Franco, cosa que jamás sucedió. Pensé que era un momento idóneo para hacer una fábula sobre la desobediencia. La desobediencia es totalmente lo contrario del fascismo, que es la obediencia del grupo para el grupo.
A través de los ojos adolescentes de Ofelia (interpretada por Ivana Baquero), nombre que nos remite a la Ofelia de Hamlet, iremos descubriendo un mundo que late en lo profundo de un laberinto en donde vive el Fauno. Personaje mitológico que encarna el poder del bosque. En el bosque habitan hadas. Las hadas de la resistencia, las hadas de la desobediencia, que conviven con aquellos seres humanos que no han abandonado sus ideales, que no han dejado de ser humanos y que luchan para que no exista la mentira y el dolor, para que no se derrame más sangre inocente, esa sangre con la que se tiñe la España fascista. El relato se estructura a partir del diálogo entre estos mundos que podríamos pensar enfrentados en un espejo. El espejo como puerta, como entrada, como salida, como posibilidad de encuentro con la otredad. Puertas que Ofelia, encarnadura de la inocencia, abre con su tiza mágica cuando tiene que atravesar las tres pruebas a las que el Fauno la enfrenta y que la llevarán a decidir y a elegir ponerle fin a la locura de la muerte, de la supresión del otro; la transportarán al universo mágico al que ella pertenece.

Si en el mundo subterráneo anida la esperanza, en El Molino -casa de campo donde el Capitán Vidal (interpretado por Sergi López) monta un operativo para disolver los grupos rebeldes-, ocurre lo contrario. La violencia, la muerte y la obediencia debida plasmadas en esa zona rural son el reflejo de una España atravesada por la crueldad. “El laberinto del Fauno” es una película que nos pone ante la realidad de una España dividida: la que ha elegido obedecer sin pensar, sometiéndose a la deshumanización, y la que ha elegido vivir en la resistencia y en la esperanza de la libertad. Las palabras de Vidal son tajantes: “Yo estoy aquí porque quiero que mi hijo nazca en una España limpia y nueva (…) porque esta gente parte de la idea equivocada de que todos somos iguales”. En la resistencia se sabe que nos somos todxs iguales, por eso desobedece, por eso lucha en el barro sucio de los bosques, con el poder y la fuerza de antiguas hadas para que prevalezca la esperanza y la libertad en el mundo. Este mundo que la película se empeña en realzar no es el que imperará en España, pero nos permite rescatar la importancia de no abandonar los sueños y la importancia de elegir correctamente. Después de todo, una niña, sólo una niña, con sus libros a cuestas, con su mirada inocente, atravesando el espejo y sumergiéndose en el infinito laberinto de los sueños, puede ser capaz de pensar y decidir por sí misma, eligiendo la vida. Siempre la vida. Del Toro parece querer decirnos que aquello que crece en libertad, no puede sino engendrar más libertad. Un sueño que seguimos empeñadxs en hacer realidad.

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