La cortina de humo (Wag the dog), Barry Levinson. EEUU, 1997.

“Wag the dog” (o “La cortina de humo)” de Barry Levinson es el relato de la construcción del velo que deben poner al escándalo sexual del Presidente de los Estados Unidos que está en la carrera por renovar su mandato. Un especialista en crisis políticas (Robert De Niro) y un renombrado productor de Hollywood (Dustin Hoffman) son citados para salvar la campaña presidencial del pedófilo mandatario cuando la noticia del abuso sexual se empieza a repetir en los medios.
Quien llama al productor de Hollywood es Robert De Niro, un especialista en crear historias aún más terribles que las que están sucediendo. Ante semejante escenario, empieza a armar un intrincado armazón a base de sucesos inexistentes que derivarán en una guerra que nunca ocurre y en el querido desvío de la información ante una crisis internacional. La crisis es interna, pero eso es lo que no debe saberse, lo que debe ocultarse. Y por eso llama al productor, a Stanley Motss, un adinerado con mucho oficio en la creación de historias verosímiles que reniega de la falta de reconocimiento. Juntos crearán la guerra (como el Ciudadano Kane, que no hacía otra cosa más que emular a Hearst y su versión de la guerra de Cuba en el New York Morning Journal) contra Albania, como podía ser cualquier otro país del que poco saben los norteamericanos. Sus mentiras se basan en el no tan lejano supuesto de que nos creemos absolutamente todo lo que los medios dicen, la televisión por sobre todo (la película es del 97), y que la fuente de conocimiento es ese aparato que prescribe la curiosidad: queda suplida por esa pequeña pantalla transmisora.
Y montan la guerra. En un estudio, con una niña y su gato. El travelling de la cámara persigue la creación del relato fantástico en su continuo devenir. Y deviene. Deviene en la espectacularización. Ya todos hablan de la guerra con Albania. Es tapa de diarios, es la principal noticia de todos los noticieros, y cada vez se encuentra más atrás en los matutinos la “anécdota” de la niña violada por el Presidente. Los números electorales siguen creciendo a favor del tipo este que se entera de lo que están haciendo por él por teléfono. No digita nada, sólo que el gatito sea blanco. Un insulto para el productor que quiere lograr el mejor show.
El cinismo se acrecienta cuando las grandes estrellas nacionales e internacionales colaboran con la creación de la mentira. Nada tiene un costo. El country Willie Nelson escribe y graba las canciones necesarias para darle un tono épico, emotivo, espectacular al gran evento que es la guerra fingida. Manipulan los archivos de las bibliotecas. Mandan a las mujeres a acostarse con los periodistas para insinuarles un dato que es una parte más de esa brillante historia que están inventando. Y mientras tanto, venden: no sólo la historia, sino las remeras y canciones alusivas a este terrible momento que vive el país.
Cuando les terminan la guerra -tras un regular acuerdo con la CIA, que fue superado por el oponente presidencial-, hay que construir al héroe: al viejo soldado “Zapato” que quedó en las zonas enemigas. La crisis adquiere ahora su veta emotiva. Los norteamericanos esperan con ansias el regreso del soldado “Zapato”. Cantan la canción que no saben que es de Willie Nelson. El productor, el especialista y la jefa del equipo presidencial terminan andando en una máquina cosechadora para poder traer a un convicto que ahora es el héroe. “Wag the dog” nos hace reír más de una vez porque hasta eso hemos llegado con tanta creación de la noticia, las creaciones de las realidades que nos comemos, que por un momento tenemos que parar siquiera a reírnos. Si estos tipos construyen las mentiras que vamos a comprar con tanto cinismo, y nosotros nunca lo vamos a saber, al menos en esta historia tenemos derecho a reírnos un rato. Porque, después de todo, el Presidente de los EEUU logra la reelección, y nosotros nos olvidamos qué estamos votando: ojalá nos salven de semejante amenaza. El temor es la mejor construcción, y sin embargo es fácil negarlo. Hay todo un equipo de trabajo que avala esa negación de las mentiras devenidas en realidad.
Es el mejor trabajo del productor de Hollywood. No puede permitirse que semejante anécdota no se conozca, por más que sabe y ya fue más que avisado de que esto jamás debe saberse. “Mentiras que matan” es el título que le pusieron en la Argentina, y no son las mentiras las que matan. De hecho, cuántas de estas anécdotas no contadas habrá en la cima de los poderes, arrastrándonos hacia esta nebulosa en la que no sabemos bien qué pensar. No son las mentiras, sino la develación de estas mentiras las que matan. Nuevamente la mejor forma de mantener el sistema andando es con miedo, y así lentamente nos vamos bañando de historias de sangre hasta que no quede rostro del que no sospechemos. Ese es el triunfo de los rostros que no vemos en las calles, porque están en sus mansiones escribiendo el próximo libreto de esta historia que no tiene intenciones de acabarse.

Talk radio, Oliver Stone. EEUU, 1988.

“Talk radio”, o “Hablando con la muerte” en Argentina, de Oliver Stone está basada en la obra de teatro de Eric Bogosian y Tad Savinar que fue motivada por el asesinato del conductor radial Alan Berg en 1984, y que se reflejó en el libro “Hablando con la muerte: la vida y muerte de Alan Berg” de Stephen Singular. La muerte es el final. Durante la película, Barry Champlain hace sus dos últimos programas radiales en los que habla con la audiencia, la hostiga y provoca para finalmente cortarle en mitad de la frase. Raramente escucha lo que le están diciendo: de las llamadas se conocen sobre todo sus respuestas. Y sin embargo siguen llamándolo, y él sigue contestando, como lo vino haciendo por 7 años.
El programa emitido en Dallas recibe la oferta de ser transmitido a nivel nacional por una megacadena de radios. Es el quiebre de Barry. Ya muchas veces le habían ofrecido esas oportunidades y él sabe que para hacerlo debe bajar los niveles con los que se maneja. Niveles que son: absoluto contestatario que no escucha consejos y que considera tener las respuestas a todos los planteos. Ante esa propuesta, y la presión que le ejerce la presencia de uno de los CEOs de la megacadena radial, todo colapsa: no recibe ningún llamado que lo conforme. Incluso los pocos llamados alentadores no hacen más que alterarlo. ¿Qué tienen para decir los estadounidenses? ¿Cuánto de todo eso llega siquiera a conformarlo? Nadie. Nada.
Durante su trayectoria radial, Barry Champlain no ha hecho más que recolectar detractores. Les ha cedido el espacio a los que permitieran el chiste fácil, la mirada irónica, la “lacra” social que él considera poder criticar, y esa “lacra” es la que lo llama: neonazis racistas, suicidas, drogadictos, perdidos sin consuelo. Y lo siguen esos adolescentes con una Coca-Cola en la cabeza que se ríen a lo Beavis&Butthead y que consideran que sus comentarios son cool. Todo su sueño de llevarse adelante al mundo se ha convertido en una pelota desinflada que ha juntado a personas que no quieren ni esperan encontrar respuestas: otros como él que piensan tener todas las soluciones. Fundamentalistas de todo y de nada.
Él ha creado a su audiencia. Personas llenas de odio que despotrican sus sinrazones con el tipo que les permite decir todas las barbaridades que se les ocurra al aire, porque eso es la libertad de expresión, o al menos así lo creen. Ni siquiera vamos a pensar los límites que las personas frente a los medios de comunicación deben plantearse en cuanto profesionales, ni sobre lo que se dice, sino sobre cómo se lo maneja. “Talk Radio” no plantea una postura ante el tema: presenta la historia, uno puede hacer sus interpretaciones, y claro que hay una mirada ácida del asunto, pero no nos cuelga el teléfono en la mitad de nuestros pensamientos. Incluso suenan las observaciones de quienes vieron caer a Barry Champlain. Todos tienen algo para decir, parece que siempre es así.
El conductor no sólo recibe insultos y provocaciones que él mismo buscó: todas las semanas recibe amenazas de muerte, y en los últimos días alguien se ha encargado de perseguirlo incansablemente con llamados y cajas con ratas muertas y banderas nazis. Está llegando el fin, y al empresario que tiene detrás le entretiene ver cómo este personaje se derrumba, cómo titubea su voz ante los acosos incesantes. Después de todo, ese show es un evento que se ha vendido. Todas las verdades que Barry Champlain cree estar diciendo, las está diciendo por un precio y ese precio le costará la vida, no tanto por la corrupción económica, sino por la afrenta de esos tipos que recolectó con su estrategia de molestar al aire. Es el truco más viejo de los empoderados de la palabra: justificarse en la libertad de expresión para arremeter contra todos sin demasiados fundamentos. Es un desastre cuando matan a las voces. Es también un desastre cuando las voces gritan más fuerte que todos y tienen la posibilidad de apagarnos la transmisión.