Rocky, Sylvester Stallone – John G. Avildsen. 1976, 1979, 1982, 1985, 1990, 2006; EEUU.

La creación del héroe es uno de los elementos fundamentales del cine de Hollywood y, probablemente, el que más hondo ha calado internacionalmente. Con el héroe nos identificamos, y del héroe esperamos todos los finales felices que no podemos tener en nuestras vidas. El triunfo de la Industria Cultural es, justamente, ver a esos héroes, convertirnos en ellos por 90 minutos y luego volver a nuestras vidas para seguir siendo estos seres sin espíritu de lucha. Algo así dijeron Adorno y Horkheimer. Hablaban de otras cosas, de otras obras, pero la foto no ha cambiado. “Rocky” de Sylvester Stallone comienza con la creación del héroe, que surge en una de las calles más derrotadas de EEUU, para volverlo la promesa del boxeo mundial que mantendrá a la audiencia en vilo. Con “Rocky” asistimos a la espectacularización del espectáculo que conmueve a una nación y más. Sus victorias no sólo nos atrapan por la superación de su personaje, sino porque con ella toda una población se siente realizada. Somos parte de todo un mundo que lo aplaude y somos también, mientras dure la película, la razón de tantos aplausos.
“Rocky” I, como después vino a conocerse, pero también todas las que le siguieron (de la II a la V, y también la última de 2006, “Rocky Balboa” -o la VI-), se convirtieron en un hito de este reiterado recurso del cine más repetido del mundo. El personaje de Sylvester Stallone (que fue guionista de todas las películas, dirigió la mayoría y encarnó) es un duro de los bajos de Filadelfia que tiene el hobbie de boxear, pero que se gana la vida apretando a deudores por encargo. Su oportunidad, que ya parecía imposible, aparecerá por casualidad y en un intento por obtener audiencia y ganancias: el campeón de los pesos pesados, Apollo Creed, decide darle una oportunidad a un donnadie para agregarle valor a una fecha que parece derrumbarse. De entre todos, y por su apodo (el “Semental Italiano”), resulta elegido Balboa y se entrena para el combate junto a Mike, un viejo que morirá en la tercera película y que le otorgará mucho sentimentalismo e intensidad para nada despreciable a la historia en desarrollo del mito. Perderá por puntos contra Apollo, y obtendrá su victoria en la segunda película. Ya en la tercera, y con la muerte de Mike, el exrival se convierte en entrenador y junto a él vence a Mario Baracus (Clubber Lang, en verdad, pero mejor conocido por su papel en “Brigada A”). En la cuarta, Apollo muere ante la amenaza rusa que ha comenzado a competir en los campeonatos de boxeo (Guerra Fría en pantalla), amenaza encarnada en Drago, a quien también vence. La quinta película marca el final, por un buen tiempo: Rocky se ha retirado por recomendaciones médicas, pero quiere continuar en el boxeo entrenando a un muchacho que encuentra en la calle, y que luego se envicia con el dinero, su pareja y un consejero inescrupuloso; la batalla por el honor se define en la calle, donde Tommy Morrison es vencido.
En 2006 Sylvester Stallone volvió con la historia del popular boxeador, “Rocky Balboa”, un sexagenario retirado, dueño de un restaurante que lleva el nombre de su difunta Adrian. Claramente, retoma sus grandes sucesos, pero hay un paralelismo muy grande con la primera película: el boxeo ha perdido interés como disciplina, en manos de un boxeador sin igual que no puede ser vencido (como Apollo); Rocky vuelve para una pelea en la que se da por hecho que no tiene chances (pelea contra Mason ‘The Line’ Dixon), y finalmente pierde, no sin dar una enorme pelea en la que el objetivo es demostrar que se puede, y no simplemente ganar. Pero también hay otros elementos: el amor (comienza su relación con Adriana en la primera entrega, y en la última él no para de extrañarla tras su muerte; pero conoce a una nueva mujer, un personaje con el que se ha encontrado en la calle en la primera película ahora aparece como su nueva oportunidad) y una canción que aparece por ahí en ambas películas: “Take you back”. Quizás algunos sean pequeños detalles, pero lo cierto es que retoma nuevamente el valor de la historia y la vida de un boxeador, y no solamente su relación con el boxeo y sus peleas, en las que se han enfocado las otras cuatro producciones.
El héroe de las historias de Hollywood tiene sus caídas y eso lo convierte en espectacular, porque permite una mayor identificación que un héroe perfecto. Rocky pierde varias peleas, entre ellas las dos más importantes (la primera y la última) de su carrera. Pero el fervor del público sigue muy activo. Y es su mundo privado el que lo vuelve atractivo. Como en toda clásica trama de esta forma de hacer cine, a la creación y realización del héroe del box le acompaña el otro eje del argumento: el amor heterosexual. Adriana es también otro personaje con algunas debilidades pero que, como Mike, le dará un poco de brillo y emoción a la trama. En las diferentes entregas tendrán muchos reveses, y la pelea por la vida y lo que amamos serán los elementos que unan al boxeo y la familia: querremos que gane las peleas y que Adriana lo abrace al final de la película.
El héroe en las películas estadounidenses (y por copia o apoderación, de otros países también) tiene un valor político muy preciso: unir a las masas perdidas, devastadas y sin ilusión, y transmitirles un eco de confianza en el héroe que simboliza al país que encarna. Hay muchos mensajes obvios (y no tanto) en las seis películas que demuestran que “Rocky” está enmarcada en esta búsqueda por elevar la estima del pueblo estadounidense y mantener al pueblo unido en el amor a su país. No sólo está el mensaje de la lucha contra la máquina rusa en la cuarta película, en tiempos de la Guerra Fría, sino que toda la historia comienza con esa intención. Apollo Creed busca a un Rocky cualquiera en el ’76 con un objetivo: “Mucha gente en este país es tan sentimental como yo, y nada les gustará más que ver que Apollo Creed le da a un joven de Filadelfia la posibilidad del título mundial en el cumpleaños más grande de este país”. Uno de los magnates de la sala le dirá que le gusta su pensamiento porque es muy norteamericano, a lo que él responderá que esa no es exactamente la conclusión, sino que la idea es buena porque es muy inteligente. Con una inteligencia que no deja de abrumar, las seis entregas de Rocky han conquistado el corazón no sólo de los norteamericanos, sino de todo el mundo. El boxeo tiene algo de primitivo que espanta a los más civilizados (si esa expresión es, al menos, plausible), por lo que extraña que un boxeador haya tenido tanto éxito en el cine. Pero, por un lado, el boxeo como espectáculo (y no tanto como deporte) mueve millones de dólares y no sin el debido apoyo de audiencias, y, por el otro, con estos seres dentro de un ring lo que se posibilita es, nuevamente, liberar las propias angustias, todo el tánatos que tenemos reservado para ocasiones como estas. “Rocky” no sólo es el triunfo del más exigente trabajo de ingeniería de una productora que tiene el molde del éxito y que se ufana del uso de la identificación como bandera; Rocky es el triunfo de las pulsiones reinantes en el interior de los hombres y mujeres que deben descargarse en un otro que reciba los puñetazos, y Rocky es el triunfo de un acuerdo que no hemos firmado y que indica que si nos portamos bien, de 10 a 12 nos contarán una historia que nos cambiará la vida. Yo también he seguido con entusiasmo esta y tantas otras historias que no me pertenecen. Esa es la anécdota; lo importante es qué hacemos con ella y cómo decidimos contarla.

*Para la relación Rocky IV-Guerra Fría, “La marca de la bestia” de Aníbal Ford (“Rocky y el final de la Guerra Fría”). No explica, analiza los discursos mediáticos pero introduce la idea.
 **Ver “La industria cultural” de Adorno y Horkheimer, en “Dialéctica de la ilustración”.

Million Dollar Baby, Clint Eastwood. EEUU, 2004.
El boxeo es antinatural: a veces la mejor manera de dar un puñetazo es retrocediendo y en lugar de huir del dolor -como haría cualquier persona cuerda- se da un paso hacia él. Esto no lo digo yo, lo dice el narrador de la historia de la película Million Dollar Baby del año 2004, dirigida e interpretada por Clint Eastwood en el papel de Frankie, un entrenador de boxeadores profesionales. Este narrador, que encarna Morgan Freeman en el papel de Eddie y que hace de amigo de Frankie -ambos comparten una vida en común alrededor de la práctica del boxeo-, nos va llevando con su relato a compenetrarnos con la existencia que bulle en un gimnasio dedicado exclusivamente a preparar a varones. Hasta que se acerca Maggie, interpretada por Hilary Swank, una joven camarera con el sueño y la exigencia de que Frankie la entrene. Sólo recibe rechazos por parte de Frankie, hasta que finalmente accede, quizás un tanto cautivado por la obstinación de Maggie y otro tanto porque ve en ella a la hija que no ha logrado recuperar. El boxeo es antinatural, hay que retroceder y avanzar, pero en momentos inesperados, certeramente, la mirada atenta, el cuerpo en guardia. No para dar el golpe, o no sólo, sino para protegerse siempre y en todo momento. Esa será la lección que con más insistencia remarcará Frankie y ésa será la que Maggie quizás comprenda demasiado tarde. O tal vez sea al revés. Maggie le enseñará a Frankie que no hay cómo protegerse de lo inevitable.
La gente muere cada día, fregando platos. Y muere pensando que nunca tuvo una oportunidad. Maggie la tuvo, le dice Eddie a su amigo Frankie hacia el final de la película, cuando éste se enfrenta a un fuerte dilema. Claro que la tuvo. Ella logró ser reconocida, logró encontrar la “magia de dar batalla en cada pelea, si es que tal cosa existe”, logró entrar al circuito destinado sólo a varones. Ella, acostumbrada a definir por KO en el primer round, obtiene un final inesperado en la pelea que paradójicamente la consagra. En un descuido, recibe un golpe de su adversaria y cae de tal modo que queda tetrapléjica. La chica del millón de dólares, la que ha sido conocida no por su nombre si no por el que le fue regalado, es reconocida en Europa por el sobrenombre Mo Cuishle, una frase en gaélico ideada por Frankie, cuyo significado Maggie desconoce. Ella, que tenía un sueño, finalmente lo logra. Y lo tiene todo y nada a la vez. Si, como dice Eddie, hay golpes que producen heridas demasiado pegadas al hueso y por más que se intente no se puede detener la hemorragia, la vida de Maggie representa esa herida abierta en la de su entrenador. Es como si Maggie, postrada desde su cama de hospital nos lanzara una pregunta: “¿Qué sentido tiene la vida si no se puede pelear?” Frankie comprende el pedido desesperado de Maggie, y mientras la libera de ese cuerpo muerto, de ese peso pesado sin ring, y se perdona a sí mismo, le revela al oído el significado del nombre que la hizo famosa, como si un padre despidiera a una hija, Mo Cuishle: “Mi amor, mi sangre”. Sólo una sonrisa y una lágrima recorren el rostro de Maggie e iluminan la pantalla. Y nos iluminan. Porque pelear es parte de la vida, incluso a la hora de la muerte. Sobre todo a la hora de la muerte. Y entrar en ella de manera consciente quizás sea uno de los actos que con más fuerza reafirmen la vida. La vida con sentido. Ésa que vale la pena vivir.

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