Pequeña señorita Sunshine (Little miss sunshine), Jonathan Dayton y Valerie Faris. EEUU, 2006.
“Pequeña señorita Sunshine” es una colección de conquistas personales y de fracasos monumentales que no le importan a nadie. Por eso es tan entrañable. Si pudiéramos no sentirnos identificados con aunque sea uno de los momentos de la película o de sus personajes, probablemente podría perderse entre la pila enorme de producciones norteamericanas sobre familias y viajes infructuosos, pero está condenada a sobrevivir como estamos condenados a la vida. Así de mucho.
Los personajes son una anécdota. El padre insoportable y que no para de hablar del éxito que desconoce; el abuelo cocainómano y pronto a morir; el tío homosexual suicida; el hermano con mudez como voto de disciplina para ser piloto; la madre frustrada; la niña tratando de cumplir con las expectativas de todos, no ser una perdedora y convertirse en la Pequeña Señorita Sunshine, un subproducto de los concursos de belleza que le agregan 30 años a unas nenas que no paran de sonreír y de acomodarse sus diminutos trajes de baño. Si bien todo está mal con el concurso de belleza y con cada uno de los protagonistas, estos son un recurso propio de las narraciones para decir otras cosas, o no decir nada. Lo que suene mejor hasta que aceptemos nuestras tristes vidas.
Sí es imprescindible la música. Algo que acompañe, que no atormente, que nos vaya acompañando los sentimientos hasta que nos vayamos conociendo. Con la secuencia inicial ya toda la historia está contada, y sin embargo no importa. Incluso es mejor saber desde el principio que esa familia va a terminar más o menos junta, y que Olive nunca va a ganar un concurso de belleza, sino que va a ser la vergüenza del concurso. Una vez que nos sacamos toda esa carga de encima, podemos disponernos a contemplar lo que sucede en el medio. La canción inicial permite eso: que sepamos que habrá bastantes problemas, que será un largo camino y que viajarán esperanzados hasta que todo se termine cayendo. Esa sola canción nos abre la posibilidad de prestar atención a lo que pasa en el medio, a lo que les está ocurriendo mientras intenten alcanzar un objetivo mundano y por siempre perdido. Todo eso nos recuerda que es probable que perdamos mucho tiempo viendo cuáles serán los resultados de las cosas que esperamos, y que no prestemos ninguna atención a lo que nos sucede mientras tanto. La vida es, quizás, ese “mientras tanto”. “La vida es lo que te pasa mientras estás ocupado haciendo otros planes” canta John Lennon en “Beautiful boy”. Nos vamos diciendo muchas veces.
No conviene contar el “mientras tanto” entonces. A ese hay que vivirlo. Por eso es tan importante la identificación en este caso, y no como truco.
Pero sí hay que remarcar que podrá llamarse “Little miss sunshine” el concurso al que se dirigen, pero ese no es el verdadero motivo del título. O al menos termina pareciendo que los pequeños rayitos de sol se van colando por otro lado en cada toma, en cada cuadro. Los directores han tenido mucho cuidado al buscar que el brillante sol se cuele en cada imagen. La camioneta es amarilla, también algunos vestuarios. Pero también viajan de día y los pastos de la banquina están radiantemente secos. Y cuando es de noche -apenas una secuencia-, siempre hay una luz dando vueltas. No sólo cumple con el objetivo de recordar el destino al que se dirigen, sino que termina transformando una pequeña historia en un gran suceso: será difícil, muy difícil, que no nos perdamos nosotros también entre los caminos y las horas, no para ver ganar a Olive, sino para permanecer a su lado, en una especie de comunión final en la que todos hacemos un stripdance para burlarnos de todo, de todos. Subrayado ese todo.
El film es “Little miss sunshine”, no solamente el concurso. No tiene grandes pretensiones. Es apenas un bosquejo al costado, un arbusto muerto y olvidado en la banquina de una ruta que por casualidad nos detuvimos a observar. Seguramente después seguiremos camino, pero dame un momento para absorber este sol intenso.

Billy Elliot, Stephen Daldry. Irlanda, 2000.
Así como solemos tararear una canción por lo bajo cuando no sabemos o no entendemos la letra, así como cantamos debajo de la ducha sacando el aire -¡y la voz¡- con fuerza, como si el vapor y la desnudez que nos impone el baño nos dieran el ímpetu necesario para disfrutar de nosotrxs mismxs con nuestras más exquisitas desafinaciones, así también solemos acompañar con movimientos de pies y manos alguna melodía contagiosa. ¿Qué hace que nos movamos? Billy Elliot es –en principio─ otra de las bellas películas de Stephen Daldry que invita a disfrutar del movimiento. Una mira este film y se pregunta casi ingenuamente “¿qué es lo que hace que Billy sienta esas irrefrenables ganas de ponerse a bailar?” Y además dan ganas de seguirlo, cómo no. Dan ganas de ponerse a bailar. Bailar porque sí. Bailar porque da placer, porque libera el cuerpo, y ya sabemos que liberar el cuerpo implica mucho más que dar varios pasos al ritmo de la música.
Más allá de las innegables contradicciones sociales y culturales que pone en tensión y discusión la película cuando un niño –interpretado por Jamie Bell─ entrando en la adolescencia en un pequeño pueblo minero decide trocar unos guantes de boxeo por un par de zapatillas de danzas clásicas, me interesa destacar el modo en el que está contada esta historia. Todo se mueve. Las escenas se suceden unas a otras acompañando a Billy en sus saltos, pasos, gestos. En su energía vital y desbordante. Desborda de la cama; desborda del ring sobre el que zapatea en lugar de dar puñetazos; desborda de las calles del pueblo y a pesar de que el ojo que filma deja ver una atmósfera opresiva, Billy logra imprimirle la potencia de la alegría creadora. Billy crea con su cuerpo los pasos que lo llevarán a estar siempre en marcha, como si comprendiera intuitivamente que de eso se trata estar vivo. Como si la cámara, además, sólo tuviera el ojo puesto en el cuerpo de ese niño. Como si quisiera imitar su flexibilidad, como si nos estuviera diciendo: “Vean, el cuerpo es elástico, sólo hace falta ponerlo en movimiento.” Pina Bausch, una de las bailarinas y coreógrafas del siglo XX más reconocidas en el mundo iba en ese sentido cuando decía: “Yo simplemente bailaba y, un día, sin saber cómo, me encontré escribiendo con mi propio cuerpo. Quería buscar una manera de decir lo que necesitaba de una forma fuerte, poderosa. Igual que en los años de mi infancia, quería expresarme”. Billy escribe con su cuerpo y mientras así escribe nos dice que se puede hablar en el lenguaje de la danza. Vibración, temblor, desplazamiento, meneo, inestabilidad, conmoción, sacudida y placer, mucho placer son las sensaciones que parecen recorrer el cuerpo de Billy. Y como si no pudiera evitarlo sigue el ritmo que le viene de vaya a saber dónde. Ante la pregunta “¿Cuáles son los sentimientos que experimentas al bailar?” de quienes lo observan en una audición para entrar en una importante academia de danzas clásicas, Billy responde: “No se… Me siento muy bien. Al principio estoy agarrotado, pero cuando empiezo a moverme lo olvido todo. Es como si desapareciera, como si desapareciera y todo mi cuerpo cambiara. Como si tuviera fuego dentro y me veo volando, como un pájaro.”
No sé qué les pasó a ustedes cuando vieron la película ni sé lo que les pasará a quienes no la vieron todavía. Pero intuyo que les suceda lo que a mí: me entraron unas terribles ganas de bailar. Con su permisito, me voy a lustrar los zapatos. A ver si así aprendo a volar, desafinando, ¡por supuesto!

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