El gigante egoísta (The selfish giant), Clio Barnard. Gran Bretaña, 2013.

“El gigante egoísta” de Oscar Wilde es un bello cuento. Uno puede obviar la relación con el Paraíso y el niño con clavos en manos y pies (la referencia al mundo cristiano, a la redención y a alcanzar la pureza son bien manifiestas), y concentrarse en el relato para niños. Se encontrará entonces con un colorido relato de aprendizaje que sabe colarse hondamente en el corazón de los lectores. En general, los cuentos de Wilde tienen la particularidad de la historia colorida mezclada con la enseñanza que termina entrando por el lado de la belleza, una construcción bien pensada de The-Selfish-Giant-2013adjetivación, personajes que se superan y escenarios que permiten el encuentro de mundos opuestos. En este caso, el gigante convertido en monstruo es el dueño del lugar más bello y deseado por los niños.
Por estas particularidades, representar un cuento de Wilde con fidelidad implicaría no salirse de la animación, una forma de presentar la obra tan cómoda como la comodidad en la lectura de sus cuentos. Aun en el caso de que la película sea concebida sin animación, el resultado no será más que la transposición de un texto literario a otro lenguaje, casi una traducción más que se acumula en el cúmulo de historias que ya se han contado.
“El gigante egoísta”, como cualquier otro cuento de Wilde, necesita ser resignificado para poder ser llevado al cine y que transmita al menos algo en nuestro tiempo. Esa búsqueda es la que ha tomado Clio Barnard para la película que escribió y dirigió, inspirada en el cuento de Wilde. Los niños salen de las escuelas pero no van felices al encuentro de ese paraíso que es el patio más asombroso jamás visto, como lo pensó Wilde. Los niños salen tristes y enojados de un lugar del que no se sienten parte, caminan solos o en grupos reducidos, se ríen poco y gritan mucho; toman pastillas para controlar sus impulsos. Se las dan sus padres o las escuelas mismas cuando a sus padres no les alcanza para poder pagárselas, que es casi siempre. Sus nombres están escritos en letras chiquitas junto a un montón de indicaciones médicas, psicológicas y registros familiares. Este no es el mundo esperanzado de los cuentos de Wilde (algunos cuentos más esperanzados que otros, pero todos con un poco de luz); no hay niños felices, los padres están muy ausentes, las instituciones los han excluido y olvidado.
Y ese patio lleno de flores y de frutos y pájaros y felicidad es ahora un juntadero de chatarra, administrado por un explotador que administra el delito y las desgracias de sus empleados. Arbor y Swifty son sus dos nuevos empleados. Uno fue expulsado y el otro suspendido del colegio por una gresca. Arbor es hiperactivo y Swifty, un joven con alma pura que sigue al único amigo que lo acompaña y protege de quienes lo llaman tonto. Etiquetados por todos lados, y viviendo en un mundo de violencia que no es muy diferente a la primera mitad del relato de Wilde (aunque hermoseado con su estilo), los dos juntarán chatarra en las calles y patios ajenos para ganarse algunas libras.
Pero los celos y la explotación por parte de Kitten, el dueño del jardín de chapas viejas, hacen que Arbor se aleje de Swifty y se ponga a Kitten en contra. Cuando el chatarrero descubre que Arbor le estuvo robando, lo manda a cortar cables de larga tensión para pagar su deuda. Swifty, en su intento por ayudarlo, termina quemado por la electricidad. Es un quiebre en el relato: quiebre con el cuento de Wilde, que jamás se hubiera permitido este desenlace, y quiebre con los personajes que de tanta violencia han salido a pedir un poco de paz.

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No sólo Kitten es el gigante egoísta en el film de Barnard. También lo es Arbor, el niño hiperactivo que ve morir a su amigo que intentó ayudarlo. El gigante de Wilde es un ser violento que atemoriza a los tiernos niños que rondan su patio. Kitten posee y explota ese patio gobernado por el invierno de los días; pero Arbor es el que en verdad atemoriza: Arbor y el resto de los violentos en que nos hemos convertido. Cuando Swifty muere, la redención les llega también a ellos (como le sucede al gigante en el cuento, cuando ayuda al niño más chiquito de todos a subirse al árbol) porque ven caer al espíritu más noble. Kitten se hace cargo y va preso; Arbor no encontrará consuelo hasta que la mamá de Swifty le permite al fin que la abrace.
Poco moralista y bien incisiva, “The selfish giant” de Clio Barnard va a contrapelo del relato de Wilde para mostrar todo lo que falta y todo lo que sobra para alcanzar cualquier cielo o Paraíso posible. Falta tanto, y nos viene sobrando tanto más, que la idea de cualquier Paraíso, con el nombre que sea, ni siquiera se plantea. ¿Para qué? Después de todo, ese muro que reza “Entrada estrictamente prohibida bajo las penas consiguientes” no tiene ni la más mínima intención de ser derribado por el momento.

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