Más extraño que la ficción (Stranger tan fiction), Marc Forster. EEUU, 2006.
Precaución: un cambio en el corte de pelo puede ser el desencadenante de una serie de hechos que terminarán con tu vida. O algo así. El reloj del personaje de Will Ferrel, Harold Crick, decidió detenerse inconvenientemente frente a un señor con tres minutos de retraso. Y toda su estructura de horarios, recorridos, autobuses, cepilladas de dientes y archivos de impuestos a controlar se desbarató completamente.
La voz que narra sus pormenores comenzó a escucharse. No solamente mira las tetas de su auditada con esmero, sino que una narradora con acento británico está contando los detalles de ese humilde hecho. Y de todos. Con palabras exquisitas. Harold Crick descubre que es el personaje de una novela y debe develar de cuál para salvar su vida, porque la voz ha dicho que con el inconveniente del reloj se han desencadenado las circunstancias que lo llevarán a su inminente muerte. Todos hemos de morir pero a Harold se lo han afirmado, y con plazo estimativo: pronto.
“Más extraño de la ficción” de Marc Forster no quiere ser todo lo profunda que podría, porque de las conjeturas filosóficas que podrían dispararse él quiere quedarse con el conjunto de circunstancias que empiezan a desatarse en el personaje de la novela de Karen Eiffel (Emma Thompson), una vez que descubre que su vida está regida por el tipeo de la máquina de otra persona. ¿Soy quien soy o quien dicen que soy? ¿Mi vida está regida por mis decisiones o por las decisiones que otra persona toma sobre su personaje que soy yo? ¿O será que esto es lo que llaman destino?
Seguramente son más preguntas, pero mejor es quedarse con la comedia como respuesta, al menos de vez en cuando. El personaje de Will Farrel comienza a perseguirse, se enamora y su disfuncionalidad lo hará trastabillar en el amor. A la vez, un crítico literario (Dustin Hoffman) lo asesora para determinar en qué clase de historia está. Karen Eiffel, por último, sufre un bloqueo de escritora, lo que le da a su personaje unos días más de vida. ¿Pero es su personaje?
Es una tragedia, pero roza la comedia, y de a ratos “Más extraño que la ficción” logra enamorar, lo suficiente como para seguir alargándole la vida a Harold por unas horas más. Y aunque se va a morir -en este cuento o en el otro más largo, que al menos Karen no escribe-, queda latente la esperanza de que el film tenga un final feliz, algo medio irónico, como que la última palabra quede a medio escribir, hasta que alguien complete la frase.
Mientras tanto, su vida se va construyendo entre los susurros de una escritora bloqueada y preocupada por lograr su obra maestra. Si por momentos produce la necesidad en el espectador de plantearse qué es lo que nos sucede, o peor, qué es la vida, lo tira todo por la borda para sacarnos una sonrisa y recordarnos que no es más que entretenimiento. Y tampoco está tan mal, para nada. Después de todo, las grandes respuestas no se van a presentar en una pequeña obra de vaya uno a saber qué, ni en ningún otro lado; sino ya las conoceríamos. Pero cuando la comedia genera la curiosidad, aún con el ridículo, sobre todo con el ridículo, es probable que nos estemos acercando bastante a un esbozo posible. No podría decir de qué respuesta. En absoluto. En general una buena película no da respuestas; más bien genera preguntas, incluso cuando no tuvo la intención.
Por el momento, y para no matar a nadie, esta frase queda incompl

La Venus de las pieles (La Vénus à la fourrure), Roman Polanski. Francia 2013
Un teatro vacío. Dos personajes. Una mujer y un hombre: Vanda y Thomas. El texto de una obra de teatro: una adaptación de La Venus de las pieles de Leopold von Sacher-Masoch. Una audición y una voz: la de ella interpretando el papel de la otra Vanda, Vanda Von Dunayev. Un encierro: él no saldrá del teatro en toda la película; encierro doble: también está enmarañado en su escritura, en su Obra.
La humildad falsa de remarcarle a ella que es el “adaptador” y no el “escritor” de la pieza teatral. Falsa porque luego desdeña una producción belga sobre la película “La diligencia”. Falsa porque no acepta que ella le cuestione el epígrafe de su texto: “El Todopoderoso le hirió, poniéndole en manos de una mujer” y, para peor, se justifica diciendo que lo sacó de la novela. Sí, le dice ella pero elegís poner estas palabras sexistas como epígrafe de TU texto. Confusión. Cómo a veces él se desprende de su obra y otras veces la defiende con mucha fuerza y violencia. Está encerrado.
¿Quién eres, Vanda? Le pregunta este obnubilado hombre frente a la voluptuosidad y a la voz de esta mujer que rompió con todo lo previsto: el sushi con Maríe Cécil en un rato, la frustración de no encontrar su actriz, la tranquilidad con lo escrito. Quién es esta Venus también nos lo preguntamos repetidas veces quienes observamos cómo serpentea en la película: de dónde salió, por qué sabe todo, está allí para mostrarle a él lo que verdaderamente es el sadomasoquismo, está allí para qué, desde dónde, hasta cuándo. Por qué hemos entrado y salido del teatro de su mano, cuál es la causa de que nos haya llevado hasta ese lugar y por un tiempo breve pero frenético nos haya sacudido de aquí para allá demostrándonos que el poder es eso: un movimiento constante, lo inasible que viaja. Poder que vuela, poder jamás quieto.
Y así, empieza ella mendigando una audición para terminar manejando todos los hilos del asunto. Incluso los profundos, aquellos que tienen que ver con el sentido y con la crítica de lo escrito. Poner en duda es una actitud que ella profesa desde el desparpajo pero con incisiva determinación. Y él lo capta. Le ha dado, de mala gana, la posibilidad de la audición pero quién no te dice, el evaluado/observado/examinado eres tú, Thomas.
Así, también los roles mutan: por momentos estamos frente a Vanda y a Thomas, casi en el mismo acto pasamos a ser testigos de ese amor antiguo entre Vanda y Severin. Así, los personajes infligen y reciben; poner en duda y son puestos en duda, manejan la situación y son manejados por ella. Y así los personajes se mueven por el espacio, ventilando o recibiendo las ráfagas del poder. Así, van cambiando de lugar, de semblante, de objetivo. Así van llevándonos como espectadores y espectadoras por un laberinto pasional que puede terminar mal –intuimos que terminará mal-, pero que se nos presenta como irresistible de voluptuosidad. Un juego que chorrea cierto regocijo de antemano. Un juego que no entendemos –las reglas no estás claras-, pero que rumiamos será definitivo.

Anuncio publicitario