Mis gloriosos hermanos (C.R.A.Z.Y.), Jean-Marc Vallée. Canadá, 2005.
Amores secretos. Pecados capitales del capricho personal. Cualquier persona a lo largo de su vida ha declarado al menos un amor secreto con la fuerza de la pasión y, por lo general, sin necesitar de la enunciación para volverlo parte de uno mismo. Se lo resguarda contra todas las formas posibles de amenaza y aún en el final de sus días se sigue escuchando esa canción (o recordando aquella frase, aquel momento, aquel susurro del ser amado) con la misma sensación de atemporalidad. Claro que ese amor secreto puede ser muchas veces algo mucho menos interesante que una canción, pero son los amores poéticos los que merecen contarse.
Gervais ama la música, especialmente “Crazy” de Patsy Cline. No se abstrae, sino que se compenetra tanto con la melodía que el espacio-tiempo en el que vive quedan en otra burbuja. En esa burbuja, y mientras “Crazy” sigue sonando, un hijo muere por las drogas y otro se vuelve la peor amenaza para esa estructura familiar que él construyó y que ahora peligra: cometió el pecado (y es realmente el pecado, la religión católica está bien presente durante toda la película) de ser gay.
Zac, el cuarto de los hijos (el séptimo si contamos los tres embarazos que perdió su madre), es el preferido y el más parecido a su padre, y sin embargo ese Zac que es no cumple con los requisitos del Zac proyectado por su padre. Es la eterna lucha por la identidad y por la aceptación personal (que en realidad, todas las demás tardan siempre bastante más en llegar) retratada en un film con mucha música. Zac sufre su homosexualidad porque sus hermanos lo llaman marica (como lo hacen con todo el mundo), porque escucha a sus padres discutir por sus gustos, y porque prefiere un cochecito de bebé a un juego de hockey para su cumpleaños, y su padre se lo prohíbe. Y, sobre todo, porque esa orientación o condición o cualquier forma de mal-llamarlo no cumple con las normas sociales preestablecidas y está destinada a ser el objeto de las burlas, el ridículo y, nuevamente, la discriminación.
Zac lucha durante toda la película por no dejarse ser, y en esa lucha estará siempre Gervais marcando territorio, y su madre, con sus oraciones, protegiéndolo. Zac tiene una conexión muy fuerte con su madre, una conexión que seguramente tiene con sus cinco hijos pero que parece estar muy marcada en este caso para salvarlo del ridículo y de la muerte (dos formas grotescas de la vida). Pero también tiene una conexión muy fuerte con su padre, y es esta unión (y ruptura) la que se privilegia. ¿La unión? Los discos, la música, el viaje en auto con un buen casete sonando y las ventanillas bajas. Dos generaciones de canciones que no se oponen (como sí lo hacen para los personajes de “The music never stopped”), sino que marcan un camino cultural que Zac visitó en su niñez y que completó con Bowie, Pink Floyd y los Rolling Stones.
Y con ese deseo de querer ser como su padre, ese hombre cool de las grandes anécdotas y del mundo controlado, con lentes de sol y un auto increíblemente cuidado. Ese deseo por ser que se enfrenta a la homosexualidad a la que –estereotipadamente- se le ha dicho que Zac no puede obtener nada de lo que desea de su padre. Esos preconceptos que él también tiene indican la oposición homosexual-macho/varonil, y todo lo cool que puede llegar a ser se verá manchado por el siseo, el contoneo y las plumas que piensa que finalmente tendrá. Y sueña, sueña todo el rato: repite los gestos de su padre, larga el humo como vio que él hacía, lava el auto con prestancia, se apasiona también por la música, realmente se apasiona, pero lo persigue el fantasma del disco que alguna vez rompió. Y con ganas.
“Crazy” de Patsy Cline, en versión importada, lo perseguirá y se pondrá por encima de sus propios amores secretos para cumplir con su verdadero deseo, que jamás cumplirá del todo: volver a tener ese vínculo tan cercano y especial con su padre, de admiración mutua. Encuentra el disco, después de tantas búsquedas, en Jerusalén, la tierra añorada por su madre, tierra de todos los conflictos, tierra de religión, de búsqueda y de memoria. Y es cuando saca el disco para entregárselo a su padre (de quien había huido por esos temas que son muy superiores a la sexualidad) que descubre el pequeño truco de Gervais: esa pasión secreta y gritada a viva voz, esa canción de casi tres minutos, se volvió el nombre de su progenie, las iniciales de sus hijos: Christian, Raymond, Antoine, Zachary, Yvan. Un gesto de la familia que él sostiene y que, sin embargo, logra colar algo mucho más profundo y sincero: trasladamos a nuestros propios días eso que nos quita el aliento. Sucede que en general solemos perder el aliento por cualquier cosa, indiscriminadamente, y nos vemos vencidos por nuestros cansancios, miedos y sufrimientos. Hay que llenar de poesía y melodías los espacios sin tiempo para que emerjan a cualquier hora, en cualquier forma, y nos roben un suspiro y nos devuelvan la imaginación.

Casi famosos (Almost famous), Cameron Crowe. EEUU, 2000.
Casi famosos es una película larga, voluptuosa y excesiva como imaginamos que deben ser las giras de los músicos de Rock & Roll. A su protagonista lo conocemos cuando tiene 13 –bah, en realidad 11- años. El problema con su verdadera edad es culpa de su madre, una profesora obsesiva que lo adelantó para que empezara antes la escuela y por ende la terminara con anticipación también. Ella cree que le regaló años, él sufre las cargadas de sus compañeros cuando ingresa a la secundaria. En realidad, sufre lo justo porque tiene mucho sentido del humor. Le dicen: “No tienes pelos, no tienes pelos” y él responde, airoso “me los afeité”. Gracioso y tierno es y será William Miller.
Su hermana ni bien cumple los 18 se va de casa con su novio. Huye despavorida de esa madre absorbente y controladora, pero le deja como legado a su hermanito una valija llena de discos: Led Zeppelin, Joni Mitchel, The Who, Bob Dylan que deslumbran al niño y, como consecuencia, alumbran su pasión: quiere ser un periodista de rock. En este camino conoce a Lester Bangs, un crítico border que tiene una revista alternativa, nada parecida a la Rolling Stone, obviamente. Este personaje, encarnado por el genial y recientemente fallecido Philip Seymour Hoffman, es el que le entrega la llave: un consejo. Le dice que no confíe en la amistad que promete el ambiente, la cual va en busca de adulaciones posteriores en revistas, sino que se mantenga honesto e inclemente. Will lo cumplirá a medias: se mantendrá fiel a sus principios, pero se enamorará de una groupie maravillosa que sale de gira con los Stillwater y es amante del guitarrista: Russel Hammond. Sí, todo está pasando.
Esta chica fanática de las canciones y del ambiente apoya al grupo durante la gira Casi famosos 73 –gira que vivimos y viajamos con todos/as ellos/as porque Will intenta en ella hacer su trabajo: entrevistar a los miembros de la banda y escribir una nota para la gran revista, sí, para la Rolling Stone. Y no lo consigue a tiempo y esto lo obliga a seguir viajando junto con la tripulación rockera a costa de la salud mental de su madre que está altamente preocupada por su graduación y por las drogas y el sexo y el alcohol. Nosotros/as también nos vemos entonces obligados a seguir de viaje y participar un poco de ese mundo exuberante que se abre bajo los pies del protagonista.
La película entonces propone dos espacios que se contraponen y funcionan como polos distantes, pero en constante relación y conflicto: la ciudad natal del protagonista –en la cual lo espera su madre y lo atiende siempre por teléfono Lester Bangs- y el espacio del viaje en esa gira en la que están presentes todos los excesos que tanto preocupan a la madre de Will, pero en la que hay también –y mucho más- música y libertad.
Libertad, justamente, es lo que encuentra este adolescente como le anticipó su hermana al regalarle los discos –al oído le dice: debajo de tu cama te dejé un regalo que te liberará- y que no quiere soltar. Ser libre implica vivir esta experiencia pero sin olvidarse de los consejos del genial Bangs. Ser libre es tener esos ojos que tiene Will y que todo lo ven y que con todo se van comprometiendo. Al punto de enamorarse y trastabillar, pero salir una vez más airoso de la situación. Aquí podemos decir algo importante: Will tiene siempre mucha suerte a lo largo de la peli, pero no consigue el tesoro que en realidad descubre que buscaba. No se quedará con su chica. Este punto es interesante en Casi famosos porque por fin, como pocas veces, los personajes terminan solos contra toda suposición instalada gracias, justamente, a este tipo de películas.
Will triunfa en su nota que saldrá en la tapa de la Rolling Stone luego de varios contratiempos y eso es muy importante. Así como también es importante que no logre el amor de Penny Lane, sino que la ganancia de todo este viaje y este mundo haya sido la experiencia. Su experiencia, la cual es si se quiere imposible de compartir totalmente, intransferible… exceptuando las líneas de su nota de tapa.
Y queda una pregunta sobrevolando siempre que vemos una película de estas, es decir de la gran industria: ¿por qué desde la misma maquinaria nos aportan la clave para no caer en la trampa? Bangs le dice a Will lo que todos/as debemos saber: no confíes, te están usando.
Y arriesgamos una respuesta: la industria de este modo se adelanta para plantear algo que no quiere que sea tomado por otro cine -¿independiente quizá?- como crítica o sea, en su contra. Por suerte, si miramos atentos/as el film podemos captar ese consejo como tal.