Caos calmo, Antonello Grimaldi. Italia, 2008.
El mar sobre la costa es la calma del día y la furia de la noche y de la tormenta y de lo imprevisto que amenaza a cada instante. Brusco e intenso es el contacto que tenemos con el mar a fuerza de conocerlo y desconocerlo; la sospecha que la posibilidad de la catástrofe inminente nos pone en vilo y sin embargo seguimos atrapados por la necesidad y por el ardor del propio encanto que el horror latente nos propone.
El mar es el lugar para comenzar con el caos contenido que propone la película de Antonello Grimaldi. Lo demás, todo lo demás, es una anécdota, y en definitiva toda nuestra cotidianeidad humana es una anécdota que se vuelve suceso por el ingrediente de lo extraño. En este caso: la esposa de Pietro (interpretado por Nanni Moretti) muere, y él queda a cargo de su hija, Claudia. Completamente a cargo, porque se impone estar todo el tiempo disponible para ella, como suponemos que lo habrá estado su mamá, en un mundo de empresarios en el que las mujeres se quedan en casa y se ocupan de la crianza de los hijos.
Se traslada el papel, se gira el rol y él lo interpreta como puede, desde una especie de estancamiento que hace que decida no asistir a la oficina para quedarse fuera de la escuela de Claudia, esperándola. Todos los días. Tiene un puesto jerárquico en una multinacional, así que puede darse el lujo de completar sus obligaciones en la plaza frente a una escuela cualquiera. La empresa italiana transita una fusión con una estadounidense, encabezada por Steiner, interpretado en una sola escena por Roman Polanski. Comienzan a volar cabezas, y se sucede la lucha por obtener los puestos principales en la nueva participación, y sin embargo Pietro sigue tranquilo y aislado de todo eso. Y la historia de sus días en la plaza, sentado, esperando a su hija, comienza a circular… por los ambientes jerárquicos de una sociedad en la que no se ven clases bajas.
En el mar de la primera escena, Pietro y su hermano salvan a dos mujeres de morir ahogadas en el Tirreno impetuoso. La historia circula en la película, como tantas otras historias que se encuentran en esa plaza donde se observa lo cotidiano por la posibilidad de la quietud. Pero es tras este salvataje, y al volver a su casa de la costa, en Roccamare, que Pietro descubre la muerte de su esposa. Hay en todo momento una dualidad manifiesta de caos y calma a lo largo del film. Todo está a punto de estallar, todas las anécdotas y todos los recuerdos reprimidos. Al final nada estalla; Claudia simplemente le pide a su padre que no la espere más afuera, que “ya sabe cómo son los niños… crueles”, que se burlan de ella. Esa escena es la única explicativa del film e intenta poner un poco de orden a un film bastante kafkiano: comienza sin hacer de cuenta que algo está empezando, sino demostrando que ese pseudo-comienzo es parte de una historia que viene sucediendo, el conflicto se presenta al inicio y el personaje intentará adaptarse como puede a esa nueva situación, y la forma en que se adapta adquiere cierto aire de comedia trágica y de extrañamiento que es similar a los K y demás bestias del universo del praguense. En definitiva, esa explicación podría haberse omitido, y sin embargo le agrega y transmite un matiz a la trama que habilita toda licencia autoaceptada por los hacedores de “Caos calmo”.
Y Pietro ve en esos cuatro primeros meses (o un tiempo parecido, la primera mitad del año escolar antes de las navidades en Italia) del primer año sin su esposa, en esa plaza frente a la escuela de Claudia, cómo ese espacio sin dueño en el que pasa sus días tiene también sus cotidianeidades, sus pequeñas historias y singularidades. Ve cómo todo se va preparando vertiginosamente para cada acontecimiento, sobre todo el de la salida de los niños del colegio, y la espera de su hija que está pronta a terminar. “Caos calmo” es una película de la espera, del hombre sentado en un sillón con la esperanza de volver a abrazar a su hija, tal y como ilustra el cartel publicitario del film. Pero es una espera teñida por los acontecimientos en la que los otros no son extraños, sino que la extrañeza se empieza a reconocer y él comienza a congeniar con ese mundo que se le va presentando en el espacio que él eligió. O que sintió que debió tomar. Ve y reconoce a los habitués de la plaza, a los mercaderes, a los vecinos, pero sólo como parte de una promesa mayor, que es su hija.
Y esa promesa también explica la dualidad manifiesta. Explica que existe lo remediable y lo irremediable, y que se debe aceptar lo irremediable. La muerte no es un palíndromo, no se puede volver atrás con la muerte de su esposa. Pero sí se puede remediar lo que está vivo, lo que se puede seguir abrazando, lo que permite seguir avanzando cuando creímos que sólo la quietud nos podría salvar del caos. Como no hay final, la vida continúa.

El empleo del tiempo, (L’emploi du temps), Laurent Cantet. Francia, 2001.
¿Qué se supone que tiene que hacer un hombre de negocios cuando queda sin trabajo?
¿Es de suponer que un hombre de negocios decida hacerse despedir y, además, no busque rápidamente un nuevo empleo para seguir al ritmo de vida en que venía cabalgando?
La primera pregunta no tiene una respuesta, sino miles. La segunda, por suerte, tiene una sola y es afirmativa: Vincent es un caso y conozco de cerca otro similar.
El protagonista de esta película tenía una vida demasiado común y corriente: una esposa, una hija y dos varones, un padre y una madre presentes y dispuestos siempre a estar, a acompañar, un trabajo estable -con un sueldo abultado-, algunos amigos dispersos aunque poco frecuentados, un compañero de trabajo que almuerza diariamente con él y con quien conversa. Dinero, auto, casa, dinero. Sin embargo, desde el inicio de la película -¿dónde empieza una narración? Antes, siempre antes- una pieza de este rompecabezas terminado se ha movido: sorpresivamente, él no tiene ya trabajo. Más adelante en el film nos enteramos de que se ha hecho echar y que no ha puesto ni un poco de voluntad para conseguir otro empleo. Sorpresas.
¿Preferirían no hacerlo?
Además, no cuenta la verdad a su mujer ni a nadie de su familia, sino que recurre a la ficción: inventa un nuevo trabajo en una ONG que le exige viajar a Suiza. Pasa el día pues fuera de su casa, incluso a veces son varios los días en los que no regresa. Pero no trabaja: inventa. En sus ratos libres -siempre en su auto, en algún café u hotel- estudia números y datos que le sirven para sostener la historia que ha inventado sobre este nuevo empleo frente a su padre y su mujer.
Él mismo confiesa en un momento que prefirió seguir en lugar de confesar. Seguir en lugar de hablar.
Por otro lado, para ganar tiempo, crea otra ficción: un negocio no tan legal en el que haría trabajar el dinero en una cuenta bancaria para crear intereses. Cita entonces a un amigo, Fred, y le pregunta si estaría interesado en invertir sus ahorros en una cuenta que a corto o mediano plazo le daría ganancias. Fred acepta y difunde el negocio: le presenta a otro socio con el que no tienen amistad, por lo tanto se muestra más preguntón y desconfiado y le avisa también a Nono, un amigo en común. Así de fácil florecen inversores para Vincent, aunque no es lo que desearía porque sabe que lo que ha propuesto no es real. Está estafando un poco para ganar tiempo. No sabe muy bien cómo saldrá luego de todo este círculo, pero sigue.
Hay que seguir. Seguir: no parar. Ganar tiempo, todo es ganancia, o puede serlo.
En uno de esos días en que finge trabajar –o por lo menos su familia cree que está haciendo eso: trabajar- conoce a un hombre que, al principio nos parece extraño, pero que nos enteraremos de que es uno más de todos nosotros, metido en la calesita de la oferta y la demanda. Este hombre, decíamos, ha escuchado la conversación entre el protagonista, Fred y el tercer interesado en el negocio de la cuenta bancaria. Quiere saber, parece interesado… en realidad, notó en el rostro -o en los gestos- que Vincent no decía la verdad y, con preguntas, este personaje empieza a tirar del hilo y a desarmar la madeja: es quien enfrenta a Vincent con la realidad de lo que está llevando a cabo o por lo menos es el que lo hace dudar y sofocarse.
Por otra parte, este hombre guarda un interés concreto en Vincent: proponerle un trabajo, un lugar en su “organización” encargada de vender baratijas –relojes, pañuelos, playeras, plumas, lentes- traídas de Polonia y sacar provecho de la diferencia. Un reloj lo paga 200 francos, pero lo vende a 1000 y teniendo en cuenta que puede colocar 100 seguros, la ganancia existe. Como es de presumir, Vincent -ex hombre de negocios y empresas vidriadas y lujosas- siente la propuesta casi como una humillación y huye. Aunque la bicicleta de los cálculos marcha ya en su cabeza y por eso vuelve y sí, trabaja un tiempo con esta tarea de buscar mercadería en Polonia, traerla a Francia y venderla como se sabe.
En la primera hora de la película, el protagonista parece haber logrado lo siguiente: sacarse un peso de encima. Respirar. Tener tiempo libre. Respirar. Recibir el día sin innumerables tareas pendientes. Respirar. No sentir cada momento la presión de los objetivos empresariales sobre el cuerpo, sobre la mente, sobre el ser. Respirar una vez más. No hablar, o hablar poco. Necesariamente llamarse a silencio cuando no hay qué decir porque lo que tenemos enfrente es nuevo: una respiración pausada, un día completo para transitar.
Pero en la segunda hora debe enfrentar el hecho de que su familia sabe la verdad y su hijo mayor lo llama cretino. Tocó fondo, pero es un personaje que tiene apoyo afectivo. Su mujer y su padre lo apoyan, parece que lo han entendido. Le dan una tregua. No le reprochan, sólo piden la verdad.
Y, aunque el final es lo que es, nos preguntamos, ¿Vincent quiere que lo entiendan, lo esperen y le ayuden a conseguir un nuevo súper empleo?

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