La caza (Jagten), Thomas Vinterberg. Dinamarca, 2012.

Miente y algo quedará.

Vinterberg desnuda en La caza algunos supuestos y algunas creencias que naturalizamos en nuestras sociedades occidentales. Naturalizar tiene que ver con olvidar: todo lo que creemos natural es histórico y cultural –como bien expuso Barthes ya en 1957 en Mitologías-, sólo que olvidamos a menudo problematizar lo que se nos ha ido imponiendo. Estamos cómodxs así como estamos y seguimos andando.

En un pequeño pueblo danés, Lukas –un maestro que trabaja con niñxs en una guardería- intenta acomodar su situación familiar: se ha divorciado y quiere ver a su hijo, pero su mujer está obstaculizando ese deseo. Sin embargo, este no es el conflicto central en la historia.
Una de las niñas del jardín en donde trabaja, Klara –quien es además la hija de su mejor amigo- un día lo besa en la boca y le regala un corazón que ha hecho ella misma. Lukas no advierte la peligrosidad de lo que está pasando. Cree en la inocencia “natural” de lxs niñxs. Lo que sí hace es hablar con ella y decirle que “eso no se hace”. La niña entonces se enoja y lo acusa con la directora de la institución diciendo que Lukas es feo porque le ha mostrado su miembro. La mujer titubea un poco, pero como también cree en la inocencia de lxs niñxs enseguida empieza a tomar cartas en el asunto: llama a un psicólogo, avisa a los padres, echa a Lukas, advierte a la novia de este –una colega del jardín-, es decir, propaga la psicosis.
Pronto, en cuestión de días, todo el pueblo está enterado de que Lukas es un abusador y comienzan a hostigarlo: no lo dejan comprar más en el supermercado, lo golpean, le matan a su perra, lo miran raro, su mejor amigo – quien quiere creerle, pero Klara es su niña- casi lo golpea y le dice que no quiere verlo más…
Nadie pone en duda que lo que dice la niña es verdad, excepto el hijo del protagonista, Marcos y uno –tan sólo uno- de sus amigos. Estos son los personajes que lo ayudarán y contendrán hasta las últimas consecuencias como la cárcel. El resto del pueblo, no, ya que responderá con violencia y rechazo a una acusación que cree verdadera.
La caza es genial, entre otras cosas, por el lugar en el que nos sitúa como espectadorxs. Algunos indicios nos permiten captar que Klara puedo haberlo inventado, por ejemplo, el video sexual que su hermano le muestra una tarde y que a ella le hace cerrar los ojos como asustada y mantenerse quieta y más sola que siempre contra la pared. También vemos que Lukas aparece como una figura que la rescata de las discusiones y descuidos de papá y mamá y que la lleva –caminando apaciblemente- al jardín, rescatándola.
Nosotrxs sí sabemos la verdad: estamos en el lugar de víctima junto con Lukas. Estamos con él en su dolor y en su sorpresa frente a lo que le cae de arriba. Vemos el derrumbamiento. Nos quebramos con él progresivamente. Sabemos también nosotrxs que no podemos competir contra la palabra de Klara, su discurso tiene el valor de lo infalible. A tal punto que en el momento en que la niña se retracta, en una conversación con su mamá en la cual confiesa que inventó una tontería, la adulta le responde que se tranquilice, que seguramente lo borró ahora de su mente de tan traumático que fue todo. Así vemos que no hay salida: lo que pronunció Klara es verdad, aún cuando ella misma diga lo contrario. Sin embargo, por momentos, admiramos y nos desesperamos frente a su actitud que parece demasiado calma frente a las acusaciones. Sabemos que lo que se le ha impreso sobre la frente es imborrable.

En La caza asistimos a una develación: lxs niñxs no son inocentes, lxs niñxs también son capaces de inventar y de mentir, como Klara quien además, pequeño detalle, tiene un tic: ¿cómo es posible que nadie advierta lo que hace con su nariz cada vez que está faltando a la verdad? Oh, no, claro… no es posible que una niña de esa edad mienta e involucre a un adulto en una situación tan grave, ¿o sí?
Además, Lukas es hombre y en ese sentido carga con un peso, ya que son muchos –y casi a diario- los casos en que algunos abusan de otrxs.
En este sentido el final es claro: las aguas han bajado, su mejor amigo supo ver la inocencia de Lukas en esa escena magistral de la misa de Navidad y están nuevamente todxs juntos celebrando que Marcos –el hijo del protagonista- ingresa en el mundo adulto a través de una ceremonia de inicio en la caza, pero de repente, en el medio del bosque, un disparo. Lukas cae y ve una figura borrosa que se aleja. Aunque el Dogma no lo acepte aquí sí nos permiten una ilusión: pensar que esa amenaza no es sólo el disparo contra el protagonista, sino un metafórico indicio de que a Lukas siempre lo perseguirán la culpa, las dudas, el rumor, las miradas esquivas.
Una mancha imborrable para siempre quedará en su persona.

Dogville, Lars von Trier. Dinamarca, 2003.
Sólo en dos momentos de “Dogville” la ciudad queda tapada e irreconocible: cuando finalmente deciden vapulear sin asco a Grace, y cuando los gángsters queman por completo al pueblo y a sus habitantes, exceptuando al perro. En el primer momento, es la nieve la que cubre las calles y casas y deja sin nombre a las limitaciones impuestas por los habitantes de Dogville. En el segundo momento, el humo y las cenizas se encargan de borrar la huella de lo que alguna vez hubo allí.
Hubo un pueblo. Un pueblo cuya historia termina con un prólogo y 9 capítulos. El prólogo es apenas una introducción necesaria para indicar la monotonía del poblado al que llega, tras escucharse unos disparos, la frágil y, sin embargo, altiva Grace (interpretada por Nicole Kidman, que se la pasa susurrando y que nunca grita).
Grace es una mujer sospechada, explotada, atada a una pesada rueda y violada. Su crimen (como si algún crimen justificara todo lo anterior): pedir asilo y protección. ¿Por qué habrían de dárselo esos pueblerinos que viven mejor sin acarrear problemas ajenos? ¿Acaso se justifica poner en riesgo su equilibrio y monotonía por una mujer cualquiera que llega asustada y sin implorar lo suficiente por su ayuda? En ningún momento están muy convencidos, pero aprovechan sus favores que se volverán trabajos, primero pagos, luego ya no, y finalmente será esclavitud para terminar atada y marchar a los gritos.
En algún momento los pobladores parecerían querer convencer a la estabilidad de que Grace ha llegado para hacerle bien a Dogville, pero muy pronto ese discurso se volverá viejo, y Grace sólo habrá llevado tristeza y problemas a sus tranquilas y siempre complicadas vidas. Si algo permanece estable en ese lugar (y se quiere así) es la sonrisa, el comentario hermano y el “no meterse” como formas de coexistir sin generar demasiados ruidos ni compromisos en una organización que finge demasiado y vive bastante poco. Y el personaje de Kidman entra en escena para poner en movimiento a esas figuras desapacibles, vacías y aun así muy recelosas, pendientes de las faltas del otro, esperando el error para mostrar que su semblante sigue en alto. La arrogancia como figura cuestionada aparece nombrada recién al final, pero todos están ahí criticándose “esa” forma de decir, de hacer, de mirar, de portar un vestido, de cuidar las plantas.
Ronda la sospecha en cada personaje. Todos son sospechados y todos son sospechosos, pero como hay una intrusa en sus calles, entonces toda la podredumbre va a parar ahí. Desde el más criticón hasta la más contemplativa. Todos en algún momento la apartan, la escupen o violan o golpean o le hacen pasar miserias. Todos se aprovechan de ese ser que debe permanecer en silencio y que no puede gritar. Grace no levanta la voz ni siquiera cuando ya no tiene que ocultarse, ni tampoco cuando manda a matar; como si todo aquello le fuera tan ajeno; y no lo es. En esos nueve capítulos los ha visto rechazarla, quererla, despreciarla y vapulearla. Los ha visto caer una y otra vez en su pequeño mundo personal de ventajas y desventajas, proyecciones y pérdidas, mundo del que ella es poco más que una parte de un engranaje muy chiquito y oxidado.
Del dogma que Lars von Trier firmó en el ’95, queda sobre todo el recurso de la cámara en mano: pareciera hacer al espectador presente de la escena, por supuesto que desde un punto asignado (el ojo de la cámara), pero con la movilidad del pulso que vuelve lo creado en cercano, porque no borra las huellas. Claramente ninguna huella del hacer fílmico se quiere borrada en Dogville, y eso es lo que hace que las tres horas de película vayan golpeando cada vez más hondamente en el espectador. Y es verdaderamente una escena, porque el espacio pareciera estar montado sobre un escenario: no hay casas, apenas un precario mobiliario; sólo dos puertas son corpóreas: todas las otras exigen mover los picaportes imaginarios; las casas, calles, el sitio del perro e incluso las pocas plantas que hay están delimitadas con tiza blanca o alguna pintura. Es casi la antesala de una función, una especie de ensayo teatral. Pero es la obra en sí, su prólogo y sus 9 actos, y cuando las puertas se abren hacen ruido. Cuando llueve, se escucha la caída del agua aunque no se ve llover. Nieva y lo cubre y borra todo. De escenografía hay un árbol viejo y sin hojas, unas montañas empinadas (o lo que se entiende por el comienzo de un conjunto de montañas), y la entrada de una mina, hecha sólo con los dinteles que sostienen la construcción. Todo lo demás, todo lo que no se ve, se recrea con la palabra: la voz del narrador va ilustrando la escena carente de la mayor parte de los elementos, y finalmente el pueblo del perro se logra ver o reconocer. Pero el precedente está sentado: todo lo que ahí vemos no es más que una intervención de una historia que ocurre en otro lado que no es la pantalla, e incluso con otros personajes. Quizás los habitantes de Dogville sean en rigor de verdad los que aparecen en las fotografías del final de la película. O quizás no. El Dogma 95 hace películas y dice que hace películas: todo lo demás está ahí para ser visto y sentido por el espectador.
Grace hubiera huido del pueblo si Tom no la hubiera animado a enfrentar a sus amigos y reclamar un lugar. Tom es un filósofo, un escritor que no escribe, un orador que aburre, un pensador y planificador que atraviesa todos los senderos mentales pero no lleva ninguno a su propia vida, algo así como el “todo lo sólido se desvanece en el aire” de Marx y Engels en el “Manifiesto comunista”. Convencida y amada por Tom, Grace se queda para ser explotada, rechazada y violada por los habitantes de Dogville. Y, claro está, Tom nunca quemó el contacto con los captores de su amada, y cuando también le convino (“también”, como a todos sus amigos), los mandó a llamar.
El final es el del pueblo en llamas y el negro del afuera que se expande. Grace dispara la última bala y el perro se queda solo en ese espacio lleno de muertos. En toda la película no hay un afuera más que el de los relatos del narrador y el de los personajes. El afuera, desde los márgenes del pueblo, es un no-espacio negro que apenas si se puede imaginar, pero que los personajes no imaginan porque lo que hay más allá puede atraparlos y devolverlos a la vida. Chuck, el primero en violarla, ya le había dicho que todos en ese pueblo estaban podridos. Ahora que el afuera ha llegado, todo se ha vuelto negro y oscuro, y el perro finalmente tiene colmillos.
Quizás para volver de “Dogville” haya que prender fuego todo lo que nos ata.

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