Todo sobre mi madre, Pedro Almodóvar. España, 1999.

El cine de Pedro Almodóvar es un cine que nos hace bien porque nos ayuda a ser menos prejuiciosxs, es decir, nos ayuda a ser mejores personas. En una misma película, Almodóvar toca, entre otros, el tema de la donación y el trasplante de órganos, el sida, el travestismo y todos están atravesados por un hilo conductor: el amor. No resultan en ningún momento imposturas o excusas para mostrar un cine progresista, sino que estos temas parecieran haberse impuesto como capas en la historia que decidió contar el director, la de una madre y un hijo que muere, un hijo arrebatado por el destino, arrebatamiento que impone una soledad, un vacío que debe ser atravesado. Para esto, la protagonista decide viajar.
Todo sobre mi madre finaliza con la siguiente dedicatoria que sin embargo bien puede saborearse desde el principio: “A Bette Davis, Gena Rowlands, Romi Schneider… A todas las actrices que han hecho de actrices, a todas las mujeres que actúan, a los hombres que actúan y se convierten en mujeres, a todas las personas que quieren ser madres. A mi madre.” Ya vimos cuando leemos estas palabras que la película, como la vida, está compuesta de planos, capas, raíces, hilos que se escapan hacia diversas e impredecibles direcciones. Vimos que en la película las actrices hacen de actrices y los hombres que nacieron hombres –desde la biología- son finalmente lo que deseaban ser: mujeres. Vimos que una película puede ser profunda y dar cuenta de cierto dinamismo que tiene la vida obligatoriamente; lo que no se mueve, está muerto. Y vimos, sobre todo, color y texturas, belleza en la imagen y en las palabras y en la historia. Vimos que se puede hacer belleza desde todos los ángulos… ¡Todo sobre mi madre salpica eso: belleza y conmueve tanto!

Un tranvía llamado deseo es la obra teatral que marcó la vida de Manuela: en su juventud la representó y en esa actuación se enamoró de Esteban quien se convertiría en el padre de su único hijo que llevará su nombre. Sin embargo, Esteban padre no sabrá de la existencia del otro sino dieciocho años después y porque Manuela decide buscarlo para contarle la trágica noticia de la muerte de este hijo de ambxs. Quiere devolverle, aunque tarde, una verdad, que se llevó al huir de Barcelona.
Falta un gran acontecimiento: Esteban es Lola. Al poco tiempo de casadxs, él la había dejado en España para viajar a París y asentarse, pero dos años –aunque no sean tanto tiempo- cambiaron radicalmente a Esteban. No es que dejó de quererla, sino que el cambio fue más bien físico: se ha puesto unas tetas más grandes que las de ella. Pero Manuela siente que Esteban no ha cambiado tanto y siguen juntxs, un tiempo hasta que ella no soporta más el insólito machismo de él –¿Cómo se puede ser machista con semejante par de tetas?-, y se va a Madrid, con su hijo adentro.
Un tranvía llamado deseo es también la obra que Manuela va a ver con Esteban, su hijo, el día de su cumpleaños. Luego de la función, el joven le pide que esperen a que salgan los actores y las actrices porque quiere un autógrafo de la protagonista. Llueve y están debajo de un paraguas multicolor. Sale Huma Rojo y Esteban corre tras su taxi para que le firme su libretita. Un auto que venía por el canal no lo vio, lo atropelló y lo mató. Con su tapado rojo intenso, Manuela sólo puede gritar ¡Mi hijo! y llorar como una loca. Es enfermera y, fiel a sus principios, dona los órganos del hijo arrebatado y toma el tranvía nuevamente, pero en sentido contrario: Madrid – Barcelona. No lo sabemos, pero busca al padre para contarle el dolor y la verdad.

En Barcelona es donde la estructura de la trama se abre y aparecen tres mujeres más – y al final, cuatro, porque conoceremos a Lola también, aunque en circunstancias tristísimas-. Manuela se encuentra con una vieja amiga, Agrado, una mujer maravillosa llena de siliconas y retoques que la ayudaron a ser tan auténtica como ella deseó. Agrado le presenta a Rosa, una joven asistente social cuyo trabajo es ayudar a los demás. Como Agrado, que lleva ese nombre porque siempre quiso hacer de la vida de los demás una vida más agradable. Por último, como necesita trabajo y no sólo por eso –ya intuirán- termina siendo la asistente personal de Huma Rojo, aquella actriz que esperó Manuela junto con Esteban, en esa espera que se transformó en la última actividad que compartió con él.
Agrado representa de alguna manera la difícil vida que lleva una travesti en un mundo que no las comprende y que las liga a la prostitución y a la satisfacción de deseos sexuales. El mundo las ha cosificado y transformado en artefactos que calman los nervios, por ejemplo, lamiendo pollas. En realidad, quitando el eufemismo, no es el mundo el que las ha llevado a ese lugar sino cada unx de nosotrxs cuando no las pensamos como personas, sino que, regidxs por la heteronorma y los prejuicios más añejos, nos creemos mejores o norma/normales por ser como somos y no aceptando aquella autenticidad ajena, labrada con años y con dolores como toda personalidad. Amamos a Agrado y sí, ha logrado hacer de nuestra vida una vida mucho más agradable, sobre todo después del monólogo que improvisa ante la ausencia de las actrices principales para la función de cierta noche en la que nos reímos mucho CON ella y su autobiografía basada en números: cuánto se agregó aquí y allá y cuánto dinero le ha costado. Amamos a Agrado en su sinceridad brutal, no exenta de cierto desparpajo que es su charme.
Rosa se ha acostado con Lola – ¡Lola, Lola, hija de una gran puta, Lola!, grita Manuela al enterarse, y con razón- y está embaraza, así que le pide asilo a Manuela en su casa alquilada recientemente allí, en Barcelona. Ella al principio se resiste, pero falta algo: Rosa tiene sida. Entonces ante tremendo movimiento de las vidas, Manuela acepta. El niño nace y Rosa muere. En su entierro es donde conocemos a Lola -tristísimo momento húmedo de lágrimas- quien recibe noticias como cachetadas que tiene Manuela para ella.
El tercer Esteban de la historia ha nacido con el estigma de la enfermedad de su madre. La abuela –la biológica madre de Rosa- no quiere ni tocarlo y así Manuela vuelve a tomar el tranvía llamado deseo y se lleva al niño con ella. Huye una vez más de Barcelona, sin despedirse de Agrado que queda como asistente de Huma Rojo en lugar de la protagonista. Dos años después, sin embargo, el mismo tranvía la lleva nuevamente a Barcelona a un congreso sobre el sida porque Esteban ha negativizado el virus en un tiempo récord.
La otra hermosa capa de la película –la tercera- es Huma Rojo, la actriz principal de la obra teatral que marcó a Manuela. Es una mujer que vive padeciendo la adicción de Nina, su pareja y coprotagonista de la obra. Intenta ayudarla sin darse cuenta de que las drogas la tienen presa y que entonces Nina necesita una solución más drástica, la internación, como le sugiere Manuela. La sensibilidad de Huma es casi contradictoria con lo que su vida según ella ha tenido: sólo humo, por eso su nombre artístico. Su sensibilidad es enorme, tanto así que tras enterarse la triste historia de Manuela y la muerte de su hijo, le regala a la madre huérfana un autógrafo… aquel que le quedó debiendo a Esteban.

Así las historias de cada una. Así la vida y sus encuentros. Así la vida, sus movimientos y sus capas como telas que caen a veces y dejan al descubierto cierto núcleo. Ese núcleo es tan rojo como los saquitos, los cabellos y otros detalles de esta película increíble: ese núcleo es el amor, en definitiva, el motor que permite a estas mujeres seguir marchando a bordo de ese tranvía llamado deseo.

Magnolias de acero (Steel magnolias), Herbert Ross. EE.UU., 1989.
Preparados para una película rosa, porque esta es de las más características, y quizás una de las que más poder tiene sobre el final, que no es decir mucho, pero sí lo suficiente como para no descartarla sólo con escuchar su nombre.
Las mujeres de “Magnolias de acero” son las protagonistas de esta historia, en la que los hombres están ausentes y las han dejado olvidadas en sus ocupaciones hogareñas o sus trabajos. Se apoyan mutuamente, y se dicen todo lo que tienen para decir, porque en sus casas no hay mucha posibilidad: o sus maridos se han muerto ya, dejando buenos o muy malos recuerdos, o están ahí, queriendo pasar desapercibidos, como ausentes. Y cuando el personaje de Julia Roberts está por casarse, todas se juntan en la peluquería de Dolly Parton y se confiesan los secretos propios y ajenos.
Siempre hay una historia por develar, cuando queda ya poco misterio en las propias. Al salón de Truvy llega una joven que no sabe si está casada o no, que sufre una pareja perseguida por los policías y a la que ya no ve. Está sola, sin dinero, ni ropa, y consigue ese trabajo para el cual se estuvo preparando. Es nerviosa, tendrá colapsos emocionales y se volverá hiper-religiosa, rayando el fanatismo y comentando cuando hay que llamarse a silencio, por obra y gracia de la verdad revelada en la que cree.
Y la mamá de Julia Roberts, Sally Field, ve cómo su hija con diabetes se casa con ese hombre del que también desconfía; ve cómo se van y cómo van a descuidar la salud de Shelby, desatendiendo los consejos del doctor: un embarazo puede ser fatal para ella, y como madre no puede pensar en perderla. Pero finalmente, Shelby tiene a su hijo, y la felicidad de la progenie se expande, por un tiempo. Tras el embarazo y los comienzos de la crianza del bebé, Shelby se debilita, necesita diálisis, y luego un riñón. Es su madre quien se lo dona, y ambas salen bien de la operación, pero luego Shelby está sola en su casa con su niño y no alcanza a avisarle a nadie su malestar, y su marido la encuentra al rato (quizás y probablemente muchas horas después), inconsciente.
Shelby ya no sale del coma, y M’Lynn, su madre, se quedará a su lado todo el tiempo, por si se despierta por dos minutos y ella se lo pierde. Pero no despierta, y el yerno de la familia firma la autorización para desconectar los equipos. Hay un silencio muy grande en la sala, apenas si los hermanos, el padre y el marido pueden contener las lágrimas. Y la madre está finalmente partida. Ha pasado todas sus horas haciendo lo que a las mujeres de Luisiana les han mandado hacer: casarse, criar y cuidar a sus hijos, trabajar (con suerte, y como estilista), y acompañarse. A esto último nadie se los pidió, pero es lo que las ha salvado. Se mantienen firmes, chismoseando y abrazándose por igual, dejando que las horas pasen para armar el casamiento, criar a los hijos, mantener la sonrisa incluso cuando mueren los suyos.
“Estoy bien”, repite una y otra vez la madre destruida por la muerte de su hija a la que cuidó y previno de todos los males durante tantos años. “¡Estoy bien!” les grita a sus amigas cuando se acercan para no dejarla caer. Debe mantenerse en ese estado de circunstancia ahora que su hija ha muerto, e incluso después, cuando vea a su nieto crecer sin su madre, y a ella misma, vivir sus últimos años sin su hija. Y hasta se considera “egoísta” pensando en eso, porque a las mujeres tampoco se les permite pedir mucho, ni siquiera llorar.
“Magnolias de acero” no problematiza demasiado, y ni siquiera plantea otras posibilidades, porque la recién llegada estilista también corre por su embarazo, y esa y no otra es la esperanza de ese pequeño pueblo del sur de Estados Unidos. Y, aunque a las mujeres sólo se les dé la oportunidad del decir (cuando, por lo general, se escucha siempre lo que los hombres tienen para decir), o de poder dirigir su propia radio, lo que queda dando vueltas es la fortaleza que se les pide, reclama y que en realidad tienen estas y todas las mujeres subyugadas por las diferentes formas de poder y de relacionarse. Se les pide entereza, y responden con firmeza, unidas, convencidas y riendo. Quizás no reclamen por su posición, y en sus conversaciones se nota bien el discurso conservador que por un lado o por otro terminan reafirmando los valores preestablecidos, pero definitivamente han aprendido a sobrevivir en un mundo que las quiere flores, bellas flores que sirven para acompañar y resaltar fiestas y velorios. Compañía, en fin.
Nada de esto se dice, pero está ahí latiendo, y esa sospecha que genera la vuelve diferente de todas las demás. Lo que sí se dice es que no pueden permitirse una vida tan seria, que los momentos fríos, duros, tristes deben enfrentarse con un poco de humor. Shirley MacLaine se roba ese y todos los momentos con su papel de la vieja loca “Ouiser”, la mal llevada y sarcástica del grupo, pero también la que comprende antes que todas. Ahí, cuando todo se vuelve ya difícil y está a punto de explotar, la bruja “Ouiser” les saca una sonrisa.
“Magnolias de acero” depende completamente de su título. En definitiva, no se puede conseguir lo que se espera de una flor si cambia completamente su naturaleza. Una flor que ya no es dócil, no engalana nada.

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