Mientras la ciudad duerme (The asphalt jungle), John Huston. EE.UU., 1950.
The Asphalt Jungle
Mientras la ciudad no duerme
“Eso suena infernal”, exclama dolida la mujer de uno de los asaltantes. Pero ella no sabe del robo de la joyería. Sólo sabe que su marido está herido, gravemente herido. El sonido de las sirenas en la noche reclama a los culpables. Ella las escucha, acompañada por Gus, el conductor y cómplice de los bandidos. Probablemente todas las personas las escuchan en la noche.
“La ciudad de la jungla”, una traducción algo más literal y aceptable que “Mientras la ciudad duerme”, el título con que conocimos a la película de John Houston (“The Asphalt Jungle”). Y esto porque la ciudad sabe, escucha los gritos de las fieras, no está dormida. Sí, quizá, el sistema de control de la ciudad… pero hasta que se vuelve inaceptable, con el gran robo.
Bestias son -para la policía y los ciudadanos- los malhechores que asedian la ciudad. Bestias, también, porque sus rasgos son duros, tienen la expresión seria, como acechando. “Nací con esta espalda que llevo, no la elegí”, dice Gus, refiriéndose a su joroba. Su cabeza es cuadrada, tiene poco pelo, es cojo. Es también el cómplice número uno de la banda. Sus actitudes son más bien bondadosas, casi como una madre que oculta las travesuras de sus hijos. Y, sin embargo, sus facciones están ahí, delatándolo. Es una de las criaturas de la jungla.
“Tú y Louis tendrán una docena de hijos, fuertes y gordos como lechones…”. Nadie escapa de su destino, ese es el mensaje. Los hijos serán animales salvajes, como sus padres. Y aun cuando vivan en una cerca, no se les podrá ocultar su cola y su olor. Están marcados. “Y los hijos salen iguales a ellos”, se oye decir por ahí, no tan lejos… Es la misma historia, no debería sorprendernos.
Y no nos sorprendemos. Eso es lo más triste.

“El crimen no es sino una forma primitiva de la violencia humana”
El “Doctor”, quien ha ideado el plan que debía de ser maestro, está sentado frente a sus financiadores. Cobby, el contacto para llegar al abogado Emmerich, está parado a la derecha de este último. Emmerich fuma un habano, sentado en su sillón magistral.
Es la fiera que va al león en busca de ayuda, y la hiena que se arrastra cobarde a su lado. El león y la hiena, como los malos de “El rey león” de Disney -hubo más que “Hamlet” inspirando a Walt-… El rey y su bufón también, en la corte. Es una imagen constante… Y, siempre, el del gran sillón es el malo disfrazado de bueno.
Pero Emmerich no es la voz de mando. Es sólo parte de un ensamblaje, un pequeño resorte. “¿Qué te pasa? Nadie me manda a callar”, le responde un detective privado al abogado ante un exabrupto de este; después de todo no es el más poderoso de la jungla. Y el detective, Bob, que cree que nadie lo puede acallar, es el primero en morir de los implicados en el robo. ¿Quién manda?
El teniente encargado del distrito, es en realidad el encargado de que los malhechores circulen sin problemas. La policía, que debería estar al servicio de la civilización, está a merced de la barbarie. ¿Quién es el responsable? Si van cayendo de uno en uno, “los últimos serán los primeros”, como dijo Jesús de Nazaret. Y es que hay una infección originaria, porque “el crimen no es sino una forma primitiva de la violencia humana”. Emmerich pensaba, al decir esto, que caerían los simples operarios; que, como siempre, los guantes blancos no se mancharían… Y, sin embargo…

“¿Qué pasará con mi viaje, tío Lon? ¿Cuento con él?”
Marilyn Monroe es -siempre será- la sirena de todas las películas y los sueños que protagonizó. Pero también la víbora: no por nada ambas tienen el poder de la perfidia, de poseer y morder a las víctimas que caen en su poder.
La estelaridad reside en su nombre más que en el papel que ocupe. Es sólo la amante de Emmerich en la película, pero su presencia merodeará toma tras toma, justo como las víboras con sus presas. Este es un efecto posterior al film, eso está claro: su poder radica en su mítica belleza, que es por la que todos la conocemos.
Pero hay algo innato en ese merodear por el film: ella es la belleza echa mujer; la debilidad de los ladrones, pero también de los policías. Estará en el medio, tratando de salir lo más ligera posible de todas las situaciones, y esperando un poco más: ¿seguirá su viaje a Cuba en pie?, se pregunta… “Y muchos viajes más”, admite el abogado antes de morir. Esa es su revelación: el poder de la belleza es superior al de los hombres. La mujer encarna la belleza (desde la mirada patriarcal de la película, está claro). Y cuando todos los hombres caigan, ella seguirá en pie, en la ciudad de la jungla.

Me verás caer…
Dix es el animal fuerte -cualquiera que fuere-, capaz de hacer los trabajos pesados. Quizás el caballo que añora de su niñez. Es también el que se sabe que va a caer. El más endurecido es -se piensa- el más hosco… pero no lo atrapan.
Cae en las manos de los policías pero, por miedo, los comerciantes que lo sufrieron no lo delatan. Su rostro está marcado, como el del Doctor. De este último vemos los documentos en manos del comisario: estamos preparados para ser los detectives, para atrapar a los delincuentes. Pero quisiéramos que al menos Dix se salve.
Huye de la ciudad junto a su compañera, Doll; probablemente el amor entre ellos sea el más sincero de la película: necesitan cuidarse, morir juntos si es necesario. Porque él se está muriendo: el encuadre de la cámara no muestra todo el ancho del camino por el que circulan: lo corta por la mitad, se ven los árboles y el campo. Dix está perdiendo la consciencia y sólo quiere llegar a su hogar. A la jungla, quizás, con sus añorados caballos.
Doll lo ve caer en el pastizal; finalmente han llegado y él ya no necesita más fuerzas. Muere entre los caballos, que se acercan, como para rendirle tributo, darle el último adiós, mientras Doll llora y los animales sueñan con no tener que pisar nunca la ciudad de la jungla.
No, no es la guerra la única contienda que devuelve a los hijos sin vida…

Anuncios