Good bye, Lenin!, Wolfgang Becker. Alemania, 2003.
En la ventana que da a uno de los grandes edificios de la Alemania Oriental se observa una bandera roja que se despliega. La madre de Alex debe sospechar que es del Partido Socialista Unificado a cargo del poder en la dividida ciudad de Berlín. Pero mientras se va desplegando la bandera, le llega la noticia que una y otra vez tratará de ocultarle su hijo: Coca Cola se ha apoderado de las paredes, de los anuncios, de ese lado del muro que ya no existe.
Tras diversos disturbios en Alemania, el muro de Berlín finalmente es derribado y es el final del socialismo y de la división este-oeste. Sólo que Mutter no ha llegado a ver el final del gobierno con el colaboró, ni de la inminente recuperación de terreno de las grandes empresas. Tras ver a su hijo formando parte de una trifulca en rechazo a la supresión de libertades en la Alemania del Este, tiene un infarto y tarda ocho meses en salir del coma. Es durante esos ocho meses que el muro cae y con él la división y la resistencia al capitalismo.
El médico sugiere que le eviten cualquier tipo de agitación si quieren mantenerla con vida, porque no iba a resistir a otro infarto. ¿Pero cómo protegerla del avance de la historia? No puede quedarse en el hospital, porque a cualquiera se le podía escapar el “todo ha terminado”, “¡qué buenas son las zapatillas yanquis!”. Deciden llevarla a la casa, que ha sufrido también muchos cambios merced a la llegada del capitalismo. Todo debe volver atrás, todo en sus vidas debe ser parte de una historia que ya no existe, y aquello que ha cambiado sin posibilidad de retorno debe ocultarse. Entre esos cambios: su hija trabaja en Burger King y su hijo vende puerta a puerta un sistema de televisión satelital.
Pero en la casa, en la habitación de la madre, desfilan los viejos productos, las ropas antiguas, las etiquetas falseando la procedencia de las aceitunas. Y Alex busca un tarro de aceitunas añorado por su madre. Las más nimias costumbres se vuelven una pantomima a representar día a día. Una farsa histórica más, pero esta vez destinada a preservar la salud de su madre que no puede enterarse de que en la heladera tienen botellas de Coca Cola.
Y la farsa se extiende más cuando ella reclama ver televisión. Es el momento de rescatar los vestigios del viejo partido y, junto a un amigo de Alex que quiere ser cineasta, le graban y transmiten noticieros viejos apelando a una de las críticas más grandes que se le ha hecho al socialismo soviético y a sus aliados, y que los mismos personajes de “Good bye, Lenin!” citan: de todas formas, siempre pasaban lo mismo en esos noticieros del partido. Como si durante más de 40 años no hubiesen hecho otra cosa más que vender humo.
El programa creado por Alex para su mamá se mantiene con éxito, y cuando el afuera se introduce en la habitación de la madre, el noticiero que ellos inventan explica los sucesos para tranquilidad del corazón herido de la mujer.
Y cuando Mutter se atreve a caminar, descubre sin que nadie se dé cuenta, la ciudad y la escultura de hierro de Lenin transportado por los aires por un helicóptero, con rumbo al olvido. Ella está perdida en la inmensidad de la ciudad y de lo desconocido, viendo a uno de los baluartes de sus creencias volando por los aires, despidiéndose con un saludo yanqui en sus labios silenciados.
Con la nueva posibilidad que le da su cuerpo de explorar, y atajada por sus hijos a cada instante, la mentira ya no puede durar mucho, y perseguida por el recuerdo de su marido, su corazón falla nuevamente. En la sala del hospital, la enfermera, que es también la novia de Alex, termina con el cuento de la Alemania del Este, pero lo mantienen en secreto.
“Good bye, Lenin!” es una historia de amores desesperados que luchan por permanecer juntos. El de Alex por su madre es el más obvio y fuerte en la historia, pero también están los otros: el de la hermana con su pareja y sus hijos, el de Alex con su novia, el de los padres de Alex, alejados por el partido del cual quisieron escapar, y que por miedo a represalias hizo que Mutter se quedara marchando en las filas del socialismo y con esmero. La farsa creada por el hijo es apenas una pequeñez comparada a la farsa de la madre por mantenerse con vida junto a sus hijos, y esa mentira que mantuvo por años la separó definitivamente de su esposo. En definitiva, todos estuvieron manteniendo una mentira para tratar de ser felices juntos.
Finalmente la madre muere. Muere viendo con admiración el cuidadoso trabajo que hace su hijo para cuidar de ella y salvarla de la tristeza. Y Alex despide sus restos cremados haciéndolos volar por los aires, como si estuvieran por encima de cualquier historia, división o contienda. Los hace volar por los aires en los que imaginó al camarada cosmonauta, el primer alemán en el espacio, su ídolo. Los hace volar por los aires de la imaginación, cubriéndolo todo con el recuerdo de lo que sí fue.

Herencia, Paula Hernández. Argentina, 2001.

Ir y volver para poder mirar las cosas con distancia.
Distancia-herencia.
Siempre que nos vamos llevamos, aunque a la distancia, nuestra herencia.

“Herencia” propone un encuentro, el de Olinda y Peter, los protagonistas de esta película emotiva y argentinísima. Olinda y Peter se encuentran como espejos: sus historias son idénticas, pero con años de diferencia. Por eso es quizá que en el primer momento en que se ven –por accidente- ella le rompe un plato en la cabeza a él: tal vez quiere romper la imagen que este alemán -extranjero sin dinero vagando por Buenos Aires- le devuelve de ella misma.
Seguir con nostalgia abriendo cajones del recuerdo es una manera de vivir; aunque sin olvidar, se puede transcurrir lejos de la tierra natal. Pero siempre se espera poder volver.
La búsqueda de un amor fue, por sobre todo, el motivo que llevó a lxs protagonistas de Herencia a partir de su país natal siendo jóvenes y venir a la Argentina. Olinda dejó Siponto, su pueblo italiano para buscar a un hombre y Peter dejó Alemania para buscar a Belén, una mujer que ama, pero que –un poco más adelante en la narración- descubre que está con otro y espera un hijo. El tiempo que transcurre entre su arribo a Buenos Aires y este triste descubrimiento es el tiempo en el que conoce a Olinda, Federico, Ángel, Luz y otros hermosos seres porteños que se congregan día a día en el restorán de la italiana argentina.
Ahora el viaje tiene sentido. Sí, vos viniste a buscarla y la encontraste. Igualmente vos te fuiste de Alemania porque te querías ir ¿no? Ahora podés volver si querés o quedarte o ir a otro lado. Ahora podes elegir, así le dice Luz conteniéndolo en el momento que parecía una derrota, pero que abrió otro camino. Peter al encontrar a Belén aunque ni hablen –sólo verla ya le permite entender, además las palabras no tendrían sentido- puede soltar aquello que trajo consigo desde Alemania y empezar de nuevo, acá en Buenos Aires, una ciudad que le gusta mucho por el sol, el cielo y el calor de la gente… cosas que en su país no tienen tanto color.
Peter vive en el restorán de Olivia porque se lo imploró. Cuando le roban su dinero en el hotel de mala muerte en donde está alojado, queda con poco y necesita un lugar donde pasar la noche. Ella escucha, luego de mucho tiempo, otra lengua y eso le remueve todo adentro. No es que Olinda hable alemán ni inglés, su otra lengua es el italiano -¿cuál sería la otra lengua? El español, por opción y el italiano es la lengua madre, ¿cuál es la otra lengua?-. Además, Olinda es buena –se le nota, pese al carácter fuerte, gritón y enojoso- y le termina diciendo que sí y Peter se convierte en su ayudante junto con Ángel, un joven que termina renunciando para trabajar en Burger King.
Olinda no soporta que le rompan un plato de su restorán. Cada pieza es única en ese, su lugar. Un día va a conocer el fast-food en donde ahora trabaja Ángel. Quién sabe lo que siente al ver que todo se tira, incluso los papeles que cubren las bandejas. Ella que guarda cada trozo de aquellos que cubren la mesa de Federico porque él se empeña en dibujarlos. Las contradicciones del mundo de hoy: la rapidez y el descarte, frente a la conservación y la lentitud. Cada plato en el restorán de Olinda es hecho con manos que amasan tradiciones y recetas de años. Herencias culinarias que se comen, sí, no se devoran.
En una conversación entre Olinda y Peter otro punto se nos presenta como común entre ellxs: para la mujer su venida a la Argentina tiene que ver con la guerra y en Peter está bien presente el trauma del Muro de Berlín: su padre contemplándolo en silencio, la familia dividida por ese paredón absurdo: este-oeste y las lágrimas cuando finalmente cae.
Una tarde, Olinda se entera por el diario de que su pueblo natal está desapareciendo. Pensamos nosotrxs: desaparece como su comedor, al cual piensa vender porque las cuentas no cierran. Todo resta, todo se borra. Pero ella alberga dos cosas valiosas en su ser: cree en la fe y la esperanza que, según se lo expresa a Peter, la ayudan a seguir buscando la felicidad. En ese sentido también el joven extranjero es parecido a ella: la felicidad es el faro al que buscan llegar, aunque es necesario sortear los 12 segundos de oscuridad. Bancarse la intermitencia de la luz y la ausencia de esta. Así se camina.
La película termina sin Olinda de aquí para allá. En su lugar están Peter, Ángel –sí, ha vuelto- y Luz. Oli decide partir sin fecha de regreso a su pueblo natal. Herencia finaliza con una postal que le manda la protagonista a Federico en la que dice que su pueblo no ha desaparecido, que eso “no era para tanto” y que incluso hay casas nuevas. La suya ya no está, en su lugar hay un restorán. Las últimas líneas rezan lo siguiente: En realidad, Siponto sigue siendo el mismo, pero está distinto. A veces pienso que a las personas nos pasa igual, cuando encontramos lo que buscamos. ¿Qué piensa? Yo, que en la vida unx merece una segunda oportunidad. Extraño su compañía.
Ella extraña a Federico. Nosotrxs también extrañaremos a estos personajes amorosxs y frescos. Es difícil decir adiós.

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