Bolivia, Israel Adrián Caetano. Argentina, 2001.
Bolivia es una película cruda, pero sin rojos. Caetano se sirve sólo del blanco y negro para mostrar una realidad a la cual sería difícil agregarle otros colores.
La comparación es inevitable: Herencia de Paula Hernández –no es casual que sean ambos films del mismo año- proponía, como dijimos unas entregas atrás, el encuentro con el extranjero, el abrazo, el asilo. Bolivia, en cambio, pone de manifiesto la intolerancia y el crimen como muestras de la imposibilidad de algunxs de estar con otrxs. El espacio, en cambio, es un punto en común: lo principal transcurre en el adentro de un café/bar, espacio por cierto sumamente porteño. Los protagonistas están de muchas formas encerrados en ese lugar, sea por amor, sea por necesidad. Olinda ama su restorán y allí es feliz, es todo lo que logró hacer en años de trabajo y dedicación; Freddy depende de la parrilla del café de Enrique para subsistir. Espacio complejo, viciado y no amoroso como el restorán de Olinda, en el cual el protagonista en el umbral del mismo recibirá un disparo mortal.
Si continuamos con la comparación, llegamos a otra diferencia grande: Freddy sí se encuentra con la policía: dos hombres brutos que le piden de mala manera los papeles y le preguntan lo de siempre, de dónde viene, si trabaja, qué hace aquí. Además, lo amenazan: “si te vuelvo a ver por acá te meto preso”. Escena esta impensada en Herencia, ¿alguien se imagina a Peter interceptado por la policía? Seguramente no. Es rubio y tiene buen porte, nada sospechoso. La discriminación en general y la xenofobia en particular son así de chicatas e inconsistentes en cuanto a argumentos.
Conmueve el ojo de Caetano para subrayar la ternura y la calma de Freddy. Su lentitud y una ausencia de maldad amalgamadas con ese sentimiento profundo de extrañar a su mujer y a sus tres niñitas. Llamarlas por teléfono representa el lujo que no está dispuesto a perderse, así le cueste diez pesos, sabiendo que gana quince en la jornada completa. Gestos –como la canción en quechua, hermosa- que nos obligan a ponernos en la piel de este extranjero digno. Nos obliga a prestar oídos. Aunque duela.
El Oso –no por nada tal seudónimo para nombrar a alguien que tiene poco de humano, pero ¡ojo! los animales no discriminan, así que tampoco le queda del todo bien oso- puede ver en las películas yanquis cómo nos estigmatizan –que siempre los malos son latinos o negros, le dice su amigo y compañero en la merca-, pero lo justifica. Dice que los que se van para allá no tienen un sope. Nos preguntamos, ¿entonces está bien que te discriminen? Mientras que acá, sostiene el Oso “viene cualquier hijo de puta y se llena de plata, mientras que uno –que labura todo el puto día- no saca ni para los chicles.” Confuso todo su sistema de pensamiento: nadie vale nada. Todo vale todo. Él es el que tiene problemas, eso le da derechos para cualquier cosa que se le cante hacer. Él se siente acorralado y por eso grita, maltrata, prepotea y –el final peor- dispara.
Por último, sin ánimos de exhaustividad, otro punto de comparación entre Herencia y Bolivia es que en la primera, el lenguaje que circula es ameno –pese a los gritos de Olinda, gritos inofensivos que demuestran afecto-, las malas palabras no son moneda corriente, sino chistes que hacen soltar carcajadas en momentos tensos, tristes. En Bolivia, en cambio, los hombres que frecuentan el bar tienen siempre a tiro mierda, puto, y miles de formas más de cargar toda atmósfera con violencia. No podemos dejar de compartir, como lúcido hallazgo, lo que escribe Ivonne Bordelois sobre la película de Caetano en su extraordinario libro La palabra amenazada:
“Uno de los méritos de la película de Adrián Caetano, Bolivia (2001), fue precisamente poner de relieve la diversidad de estilos entre porteños y gentes de países vecinos entre las cuales la pobreza de ningún modo ha significado condescender a la vulgaridad. Dentro de esta perspectiva, una escena me impresionó en particular. En un momento dado, la muchacha paraguaya, que trabaja en la limpieza del café que es escenario central del film, encuentra prudente y necesario -como lo es, dadas las circunstancias- advertir al boliviano parrillero, con quien está despuntando un romance, que uno de los muchachos que asiste al bar tiene interés en él, y así se lo dice. El boliviano, demasiado inocente o bien ocupado en otras cosas, no reacciona, y la paraguaya comprende que hay que explicitar mejor la situación. No dirá que el chico es gay, término que no figura en su lenguaje; pero tampoco dirá que es puto, como diríamos el 90% de los porteños cultos y supuestamente bien hablados en el mismo contexto. La muchacha paraguaya observa suavemente: “No le gustan las mujeres” -y el boliviano comprende sin más trámite. La paraguaya no ha necesitado insultar, y tampoco ha distorsionado la situación -el chico en cuestión no está buscando de ningún modo prostituirse. Donde el porteño insulta y degrada gratuitamente, una paraguaya aparentemente sin instrucción enseña discreción y elegancia. Dura lección -tan dura que acaso haya sido uno de los factores de la brevedad en el cartel de esta excelente película.”
Y Bolivia no termina con el silencio, duro, que invade toda la escena cuando el Oso asesina de un tiro a Freddy. Como la vida, todo sigue marchando sin él: el señor de la pensión se queja de que le dejen bártulos -¡Hasta los documentos!-, Rosa sigue en el bar café y Enrique pega un cartel en la ventana en el que nuevamente expresa la búsqueda que trajo a Freddy un día al lugar que le deparaba la muerte: Se necesita cocinero –parrillero. Nosotrxs nos quedamos con una especie de remordimiento, como si fuéramos culpables también de algún crimen… será impotencia camuflada. Quizá, pero duele.

Los nombres del amor (Le nom des gens), Michel Leclerc. Francia, 2010.
La gripe aviar alarma a Francia. También los árabes, los judíos y el holocausto, las violaciones, la xenofobia creciente y el fachismo. Curiosamente, todo se ha vuelto objeto de sospecha, y no sin razones.
Baya escucha a Arthur explicar el peligro inminente que debe prevenirse en Francia al encontrarse un pato muerto. No lo puede creer y manda a callarlo. ¿Cómo se puede crear semejante paranoia por algo de lo que aún ni siquiera se sabe? En ese estado, primero empiezan con los patos y así no paran hasta matar a medio mundo para purificar la raza, o alguna desfachatez semejante. Creyéndolo facho, se cruzan, se conocen, se desean un poco, pero todo el sexo que ella quiere tener con él es para exorcizarlo del otro fantasma, el de la derecha, el verdadero temor de la humanidad. Según Baya, todo ser de derecha es un facho que hay que transformar, y su poder de transformación está en la cama, o en el ascensor o donde sea que pueda tumbarlo y arrancarle el empecinamiento conservador ardid de todas las guerras e injusticias.
Pero Arthur vota a uno de izquierda que ni siquiera sale segundo, y finalmente gana Sarkozy, para desgracia de todos los pueblos. Arthur es nieto de judíos, por parte de su madre. Judíos muertos en Aushwitz y sobre los que no se habla. Su padre trabaja en una planta nuclear y estuvo en Argelia haciendo investigaciones que ayudaron muchísimo a su empresa; y contaminaron todo lo demás, también. Su madre evita el tema de los padres, o quizás nunca se lo planteó correctamente. Lo cierto es que hay una laguna enorme en esa historia, y la abruma el silencio. Los padres de Arthur son puritanos, de derecha hasta la jeta y cumplen con todas las formalidades para ser discriminadores hechos y derechos.
El padre de Baya habla poco, pero es porque siempre hay alguien que quiere decir otra cosa, y no hace más que pensar en los demás. Argelino que sufrió la guerra independentista, se mudó a Francia buscando vaya uno a saber qué mejor porvenir y se cruzó con la mamá de Baya, que es incluso más radical que ella, y se casaron un poco por los papeles y otro poco por amor. Baya no es hija única, pero es la única que se ve. Las pinturas del argelino, que por vergüenza desde pequeño mantiene a oscuras, son los otros retoños de la historia.
Una mesa con todas esas posturas encontradas no puede ser más que una calamidad… o tal vez no. Sólo basta con proponerse a no nombrar, aunque sea de costado, los temas tabú, para que aparezcan en un segundo uno sobre otro. Y eso es lo que pasa cuando los padres de Arthur van a comer, invitados por Baya que ya se enamoró de ese casi-zurdo veterinario preocupado por la gripe aviar. Y todo se complica cuando el argelino y la revolucionaria también caen a la mesa. ¿Para qué nombrar lo de la planta nuclear? Se desata la guerra, todo ha de derrumbarse y se debe encontrar una nueva escapatoria: que los hombres arreglen la avanzada máquina de café -uno porque sólo sabe ayudar a los demás, el otro porque se apasiona con los productos tecnológicos-. Al final de la noche, la revolucionaria le dirá al nuclear que le ha encantado discutir con él, y que le perdone sus modos bruscos y acalorados de discusión.
Nada ha ido tan mal.
¿Y entonces qué pasó?
Pasó que obstinados en mantener los silencios, han sacado los temas que creyeron que iban a molestar, y que en realidad no molestaron a nadie. Esos temas se volvieron tabú para ellos, pero están más que naturalizados en sus padres, en los otros que siempre se protege para comodidad de uno mismo.
Todos fachos, todos perversos, todos obscenos, sobre todo ellos mismos, tratando de arrancar todos los pretextos que los separan y que finalmente los encuentran.
Lo que no se soporta es la inestabilidad de quien se siente mejor en la comodidad; así que Arthur, después de un gesto hermosísimo, aleja a Baya. Pero, claro, al final se reencuentran.
A Baya la violaron; quería ser concertista y nunca pudo aprender piano en sus lecciones. Arthur se queda sin conocer la historia de sus abuelos, así que con los pocos datos que le da su mamá se fabrica una anécdota al menos risible para ponerle fin al desconcierto. Están cansados de los Sarkozy; él aprendió a cansarse de que los viejitos no lleguen a tomar el subte, pero necesita de Baya para solucionar el problema, porque él no puede y parece inhabilitado de querer. Y están cansados de cargar con razas y nombres e historias de linaje que devuelven todo a unas casillas muy específicas y clasistas. Desde la comedia de enredos, la película es única porque devuelve como golpes todo lo que creemos ya tan pensadito, incluso las propias exigencias de lo correcto, apropiado y ya rayado de haberse pensado tanto. Quizás faltó pensarse un poco más. Y, aunque nada resuelve, la frase final deja flotando sus amenazas, esperanzas y temores: “Nos importa un carajo el origen: Chang Martin Benmahmoud. Me pregunto para quién, nuestro hijo, será un extranjero”.

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