El gran pez (Big fish), Tim Burton. EE.UU., 2003.
Cuando decimos “el mundo”, ¿a qué nos referimos? ¿Al que está ahí afuera o al que llevamos dentro? En el mismo sentido, cuando hablamos de nuestra vida, ¿de qué hablamos? ¿La vida es el continuo de cuerpo y sangre transformándose constantemente en su paso por el mundo hasta que todo se detiene, o la vida es el conjunto de palabras que elegimos para contarla? ¿Se detiene la vida?
“El gran pez” es una historia filosófica, estrechamente vinculada a la mitología y los problemas que ha intentado resolver, y mucho más cercano a nosotros, “El gran pez” es una película para encontrarnos. Todo un género el de “películas para encontrarnos”, pero lo cierto es que el camino al que asistimos con las historias de Edward Bloom nos preparan con el encuentro. Encontrarse en la escena final donde sobran las palabras, donde el mito se devela, y se vuelve relato épico, la épica de lo que ya es un recuerdo teñido por historias. En grupos, sonriendo, porque a nadie se le sale la tristeza en llanto en ese funeral, se ve a las criaturas mitológicas de sus relatos compartiendo anécdotas, desnudando silencios y riendo noches viejas y sueños probablemente muy flacos, pero completamente vivos.
En un mundo que nos prepara para la verdad (que ha de ser siempre una sola a falta de mejor definición) el último truco del futuro abuelo, el mejor, es el de encontrarse no sólo con el pasado, sino con la crudeza del presente y con la incertidumbre de los días que vendrán. Ese mundo en el que ha nacido y al que ha abrazado el hijo de Edward, a base de sospechas, de rencores y de bodas arruinadas por falta de protagonismo, ese mundo lo ha apartado del hombre de las historias que ya se conoce de memoria, y espera, anhela encontrar la verdad, el hecho concreto, el hecho infeliz detrás de tanta invención.
¿Cómo conoció a su madre? ¿Qué hay de cierto en la historia de su nacimiento? ¿Y en la de él? ¿Por qué sigue nombrando al gran pez que casi pescó una vez, que se llevó su anillo, que luego se lo devolvió? Edward es un pez muy grande con historias por vida, y una sola verdad: ama a su mujer y a su hijo, ellos son su conexión segura con el mundo de los hechos. En el otro mundo, en el de lo dicho, ha salvado a su pueblo de un gigante para llevarlo luego a triunfar en el circo, dirigido el circo por un hombre lobo muy petiso que lo tuvo tres años trabajando hasta darle el nombre de la mujer con la que el gran pez iba a casarse. En el mundo de lo dicho, conquistó a su enamorada con un campo lleno de narcisos, se casó luego de una misión secreta en la que conoció a las gemelas cantantes; y ya casados logró comprar su casa gracias al pago de un expoeta ahora corredor de bolsa en Nueva York, donde está el verdadero dinero y también el verdadero robo.
En el mundo de lo dicho, en las historias que una y otra vez repite Edward, él llego dos veces a un pueblo, pero una vez temprano, y otra vez muy tarde, y la primera fue para marcharse, y la segunda fue para salvarlo. Allí conoció a Jenny, la de los pies descalzos, que también será bruja, pero en otra historia, y que también será la amante de Edward, pero sólo en la mente del hijo que quiere saberlo todo porque poco de lo que su padre cuenta es verdad. Aunque esa sí que es una mentira.
Will sospecha de su padre porque no sabe nada de él, o cree no saberlo, aunque lo sabe todo pero no con completa exactitud. Edward mira con tristeza a su hijo al que amó porque espera apenas hechos, datos, y no sabe disfrutar el verdadero valor de las historias, saborear el jugo de un encuentro. Y todos ven ese desencanto entre padre e hijo: la nuera, el doctor, la amada Sandra Bloom, esposa enamorada a fuerza de narcisos y otras formas del amor. Ante la mirada triste del hijo, la madre ve en los ojos de Edward Bloom al hombre detrás de las historias, al hombre que no ha pescado grandes peces pero que se ha enamorado de la viva imagen del pez recorriendo sus vidas. Sandra teme secarse, teme perderlo en el lecho de muerte, o en la tina, o donde fuera que no sean sus brazos, bañados ambos de historias mezcladas con recuerdos. Pero Edward no ha de morir así: él vio su muerte en los ojos de la bruja, y por eso nunca ha temido al cáncer, porque la muerte en él era otra cosa.
Ya redimido, a punto de volver a encontrarse, Will cuida a su padre en el hospital en las horas decisivas. Él ya ha sentido al gran pez nadando en sus propias márgenes, él ya ha visto el color en los relatos de su padre, y como la historia de Daniel Wallace llevada al cine por Tim Burton es de encuentros, es en esa sala donde aprenderá a contar sus propias historias, y comenzará a dejar el legado: “El río”, apenas murmura su padre. Y la historia comienza ahí, así, ellos dos juntos, la verdad, ¿cuál verdad?, escapándose del hospital, cruzándose con las criaturas mitológicas que ahora sí son reales para llegar al río, al agua, y poder finalmente salir a nadar, el gran pez, inatrapable, invencible, que sobrevive al paso del tiempo. Por supuesto que no han salido de la sala, y apenas que si Edward respira, pero ahí, con el murmullo de la muerte rondando y llenando la sala, Will ha llevado a su padre al agua con tan sólo unas palabras.

El gran Hotel Budapest (The Grand Budapest Hotel), Wes Anderson. EEUU, 2014.

Cuando el recuerdo se transfiere

El señor Moustafa, dueño del Gran Budapest, tiene una historia para contar: la historia de cómo se hizo dueño de ese maravilloso hospedaje, sin comprarlo. Jude Law interpreta a un escritor en busca de una historia y será el receptor del tesoro de Moustafa. Y hace de eso que le es transmitido una novela que lo consagra como –valga la repetición- “tesoro nacional” y tiene un busto post mortem y lectores y lectoras. Honores.

En la primera escena una joven con un libro visita el Antiguo Cementerio Lutz, en particular se para frente al monumento de un escritor y le deja una llave. Así también termina la película, con la escena de la misma chica en el mismo sitio. En el medio, “la trama se enreda”. Esto sería el presente: una fanática visitando los restos del escritor admirado.
Escena 2: 1985, viajamos un poco al pasado y encontramos a ese escritor, antes de morir, quizá repasando algunas de sus ideas acerca de la invención –en el medio de tremenda reflexión es interrumpido por un nieto que le dispara con un arma de juguete-: “Es un error extremadamente común: la gente cree que la imaginación del escritor siempre trabaja, que inventa constantemente una infinidad de incidentes y episodios, que simplemente sueña sus historias de la nada. La realidad es que sucede lo contrario. Cuando el público sabe que eres escritor, ellos te proporcionan personajes y hechos. Siempre que conserves la capacidad de observar y escuchar con atención las historias continuarán —(nieto dispara)— buscándote a lo largo de toda tu vida. A aquel que con frecuencia ha contado las historias de otros, muchas historias se le contarán.” Y ahí nos interpela, avisándonos que los hechos a continuación, les fueron narrados exactamente como los presenta. Oh, no, escritura como transcripción: un imposible.
Es cierto que ha escuchado la historia que nos transmite y la ha hecho circular, pero en su narración se imprimen huellas de él. No creemos en el mero pasaje en limpio de un testimonio. Si hay escritura, hay invención.
Escena 3: 1968. Un poco más al pasado estamos entrando. Aquí se narra el momento germinal, el encuentro entre el portador y el necesitado de historias. El legado, la anécdota que se comparte. El rayo que se dispara desde la intimidad y que circula perpetuamente, llegando a quien quiera oír. Moustafa le cuenta a ese escritor sus peripecias para llegar a ser heredero del Gran Hotel Budapest. Una historia, por cierto, excelente: llena de acción y enredos, llena de amor y color. Historia que gira alrededor de dos personas amadas para el ahora nonito Moustafa: Gustave –el conserje que le legó todo lo necesario para desenvolverse en la vida, siendo tan joven y habiendo visto tantas cosas- y Agatha, su pastelera amada, su mejor recuerdo. Y su motivo para conservar ese hotel que le ha comido su fortuna.

Saber escuchar. Sentarse a viajar en el tiempo a través de una voz que desnuda su pasado y comparte un legado íntimo, que de otra manera moriría en el olvido. No llevarse a la tumba. Contar. Narrar. Abrir así las posibilidades de ensanchar el mundo con más y más relatos. Mostrar lo que se sabe, lo que se ha visto, lo que se conoce, permitiendo así que circule y sea –de alguna manera- de todxs, de la humanidad. Dejar correr un libro de mano en mano para dar a conocer. La literatura como transmisión de mundos. El escribir como ofrenda: lxs otrxs merecen conocer.
El gran Hotel Budapest es una película poética desde la imagen y los colores, pasando por las palabras y llegando hasta la música. Desde todos los ángulos, estamos frente a una obra bellísima. Viajamos sin sobresaltos –salvo algunas carcajadas inevitables al ver por ejemplo cómo sube las escaleras Zero, el joven Moustafa- por los corredores de un pasado que muestra el resplandor de una Europa llegando a su fin frente a la amenaza de destrucción del fusil, los soldados y la guerra.
El relato de Moustafa permite trasladarnos a un espacio fantástico por momentos, pero porque proviene del cántaro íntimo de su recuerdo. El recuerdo es siempre invención del pasado. Cuando se narra, se inventa. Es así, sin vueltas. Si no, limitémonos a ver fotos, por ejemplo del pasado del hotel y sus antiguos empleados. Pero no: accedemos en la película –como en muchos momentos de la vida- a los hechos mediante la voz de uno de sus protagonistas, por lo tanto entramos por una puerta que se ha inventado Moustafa para presentarnos lo que ha sido la etapa más maravillosa de su vida.
Para cerrar, un dato, lo tiramos a lo último, como el mismo film lo hace: todo este viaje al recuerdo está basado en los escritos de Stefan Zweig. Viena, 1881. Petrópolis, 1942

Anuncios