Un gato en París (Une vie de chat), Jean-Loup Felicioli y Alain Gagnol. Francia, 2010.
Un gato recorre de noche los tejados de París. Entra sigilosamente a las casas de los coleccionistas adinerados que juntan obras de arte y otras reliquias, y regresa al amanecer a los brazos de Zoë con algún obsequio: lagartijas muertas, o alguna otra alimaña que haya cazado, o tal vez una pulsera de peces de diamante que le diera su otro dueño (o mejor, su otro compañero), un ladrón humano pero felino que muy sigilosamente se apropia de las joyas ajenas. Un ladrón que también se dedica a salvar a niñas.
“Un gato en París” sería una película policial de acción si no fuera porque es una película animada, bellamente animada. El gato que se deja abrazar por Zoë de día mientras duermen, o mientras ella llora, sale de noche con rumbo desconocido por las tapias ajenas, molestando a un perro insoportable para llegar a la ventana de Nico que lo está esperando para seguir saltando techos juntos, sin hacer el menor ruido, sin despertar a nadie, guardando joyas, máscaras y cofres en un morral. Son ladrones, ladrones que se pasean completamente inadvertidos por los cuartos, y se van sin golpear a nadie, apenas riéndose por la fechoría realizada, burlando a guardias y coleccionistas sonámbulos, para llegar a casa, a la segunda casa del gato, con los músculos más estirados y relajados que nunca.
Nico ha mirado y estudiado muchísimo a su amigo, que entra, espía y maúlla para avisar que la zona a robar está despejada y que vale la pena entrar. Ha copiado todos sus movimientos, e incluso se ha conseguido una visión nocturna propia. Dos ladrones felinos que acumulan delitos se acarician en silencio antes de que el gato vuelva con algún obsequio a la cama de la pequeña Zoë que sigue acumulando tristezas. También su madre, que es policía y está siguiendo la pista del ladrón felino, así como la del enemigo número uno de la intendencia: el mafioso Costa, que entre otros crímenes, mató a un policía, a su marido y padre de la pequeña.
Costa estudia los movimientos para robar también una obra de arte, el “Coloso”, y para eso introdujo a una espía en la casa de la superintendenta, que se encarga de cuidar a la pequeña. Tiene un perfume horrible y fuerte que hace estornudar al gato, que sospecha. A los gatos se les da por sospechar también, y va a recordar muy bien ese perfume para luego salvar a Zoë. Porque la pequeña reconoce a Costa y a su niñera en una de sus reuniones nocturnas, y a partir de allí su vida corre peligro. Había salido de noche persiguiendo la misteriosa vida nocturna de su gatito negro con manchas anaranjadas, y antes de llegar a destino escucha al grupo mafioso y es descubierta. Se esconde en la casa de Nico, y es ahí donde él la salva y se sucede la persecución que acabará con la banda mafiosa, luego de idas y venidas entre los diferentes criminales. En el medio, la niñera se lleva la tajada más grande al raptar a la niña, embaucando así a la policía que apresó por unos minutos al ladrón felino.
Costa y Nico se encuentran, pelean en el intento de Nico de salvar a Zöe, y para el final de la noche Costa terminará derrotado por el gatito, la mamá y el ladrón, que ha exhumado todas sus culpas.
Zoë siempre sospechó de la niñera y cuando supo la verdad no pudo contarla, porque un trauma, seguramente la muerte de su padre, la había enmudecido. Zoë dibuja, como Celestine en “Ernest y Celestine”. Dibuja todo lo que no puede decir, y ahí se cuela el placer creativo de los creadores en ambas películas. Un dibujo dentro de un dibujo, como un sueño dentro de un sueño, dentro de otro sueño, bajo todas las estrellas que brillan en la noche de París, la ciudad de las luces que en el sueño creativo de los dibujantes deja aún resplandecer el brillo propio de la noche.
“Un gato en París” es apenas una historia que se pasa como leyendo un libro para niños, observando los dibujos, los contornos que se mueven resaltando los colores que brotan y explotan en cada página, como en cada cuadro, en cada plano, escena y secuencia, soltando de pronto la sonrisa de haberse encontrado con una pequeña obra maestra que anhelamos como parte de nosotros mismos, con la excusa de un gato que roba y abraza, y además salva a niñitas que están recuperando la voz.

Ernest y Célestine (Ernest et Célestine), Stéphane Aubier, Vincent Patar y Benjamin Renner. Francia- Bélgica, 2012.
“¡Nada! ¡Yo les voy a decir lo que me reprochan! ¡Me reprochan vivir con un oso! ¡Todo por culpa de sus malditos prejuicios! ¿Así quieren criar a sus niños, en el miedo de los ratones? ¿Quieren que sean estúpidos?” grita Célestine que es ¡una ratona!
Grita desaforada en un juicio injusto al que llegó por romper las normas de lo establecido. Llegó por desconfiar de las historias que le contaban desde pequeña; desconfiar la hizo no asirse de los prejuicios que son socioculturales, no propios. Y que son construidos y que deben problematizarse y erradicarse.
Célestine dibuja mucho, ama su cuaderno de bocetos: en él se atreve a dibujar un oso que tiene upa a un ratón. Imposible, es lo que sus compañerxs de orfanato le dicen luego de haberse tragado por años las temibles consecuencias de los osos para los ratones en el relato de la mujer adulta “responsable” de la educación de lxs pequeñxs. El miedo que le han inculcado de lo diferente es además un miedo violento: todo el sistema educativo de lxs ratones en su mundo tiende a que puedan huir, evitar y despreciar a los osos que viven arriba, en la superficie. Como reverso, en el mundo de los osos se ha inculcado el asco y el grito como reacciones ante un ratón. En el mundo que habita Célestine, por otro lado, se espera de ella que sea dentista. Un destino prefijado: sus dibujos van a parar a la basura. No lo sabe Célestine aún, pero es Ernest -¡un oso!- quien le preparará su atril y le proveerá de todo lo necesario para ser lo que ella quiere: artista. Él también tenía que ser juez, pero ama la actuación y la música y se revela y se aísla… busca su propio destino.

Algo tenemos en claro cuando recorremos el camino de Ernest y Célestine: estos animales fueron puestos ahí, como protagonistas en lugar de las personas para que lejos de alejarnos, nos acerquemos a lo que somos. Y para que pensemos, por favor: no es para menos esta película.
¿Eso que vemos que hacen en el mundo de los ratones y aquello similar que pasa en el mundo de los osos, no es la representación del modo de construir la vida que tenemos como sociedad?
Es la fábula. Poner a animales en situaciones totalmente humanas con el fin de dejar una enseñanza, la moraleja. En este caso no nos parece estar frente a un discurso moralizante, aunque son más que claros algunos elementos de la fábula: la estructura del relato, los animales personificados, la linealidad de los acontecimientos. Y sí, logra algo relativo a la moraleja: dejarnos hilos de los cuales tirar para desarmar un poco la madeja de lo que se nos ha ido imponiendo sobre la piel. Descascararnos, finalmente.
Ernest y Célestine es una película animada y aunque sí, está íntegramente conformada por dibujos, no deja de ser un film que, además de hacernos viajar a la infancia y sus encantos, nos pone adelante una vez más otra forma de contar el mundo. Nos aporta –sin la presencia de personas en escena- igualmente la posibilidad de identificarnos con la lucha de los protagonistas: una ratona valiente e idealista y un oso holgazán, amoroso y bohemio que se han conocido para demostrarle al mundo –ese que marcha siempre así, siempre en el mismo sentido, despiadado- que las diferencias no son como nos las cuentan: todxs tenemos hambre, sueños, deseos, un modo de ver y de hacer, una meta, obligaciones, rebeliones internas y externas, dolores, pérdidas y más. Todxs en definitiva somos parte de lo mismo y el modo mejor de vivir es tolerar: tolerar debería significar tomar del otrx*.
Detalle: Ernest y Célestine no se queda en el final feliz –que obviamente se da-, sino que una vez contentxs y tranquilxs en casa, en lugar de “ser felices y comer perdices” (porque sí, hay cierto erotismo en este vínculo inesperado y fuera de la “norma”) lxs protagonistas ponen en marcha el relato. Activan la rueda. Esto hay que contarlo, piensan… y tienen tanta razón.

 * TOLERAR: Del latín “tolerans” gen. “tolerantis” que es ppa. de “tolerare” – “soportar, cargar, tolerar”, emparentado con el verbo “tollere” – “levantar” (cf. it. “togliere” – “quitar”, o fr. ant. “toldre”, ct. “tolre”, esp. ant. “toller”), de raíz indoeuropea *tel-, *tol-.
 Compárese con el gr. τάλαντον “tálanton” – “balanza” o el verbo τλῆναι “tlénai” – “soportar, tolerar”, de donde proviene el nombre del titán de la mitología griega Ἄτλας – “Atlas”, quien luego de perder la lucha en la titanomaquía fue castigado para “cargar” o “soportar” (tlénai) el cielo sobre sus hombros.
 También está emparentado con el lat. “tuli”, tiempo perfecto de “ferre” – “cargar” y con el germ. “þul-ae” – “soportar, tolerar”, como en got. “þulan”, ang.saj. “þolian” y al. moderno “dulden” – “tolerar”.
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