Being Julia (Conociendo a Julia), István Szabó. Canadá, América, Hungría y Reino Unido 2004.
Londres, 1938. Julia y Michael están casadxs desde hace muchos años, comparten una pasión-profesión: el teatro. Ella es actriz y él productor. En su juventud se conocieron en la compañía de Jimmy, a quien ella reconoce como su maestro, su mentor, su iniciador; está muerto hace quince años, pero Julia habla con él, actúa aún para él y sigue sus consejos como siempre. Hasta que al final, soltará quizá el más importante: “…cuando estás en el escenario actuando, el teatro es tu única realidad.”

Hartazgo. Necesidad de quitarse la máscara. Honor. Vanidad: motores que impulsan a Julia a llevar “el mundo real” sobre el escenario. Franquea los límites de lo profesional. Ella misma dice en un momento: “Los sentimientos jamás interfieren en mi trabajo”. Era cierto quizá, pero en cuanto su hijo le recrimina ausencia de autenticidad en su vida, Julia trama una hermosa patada al tablero. Le sale bien –muy bien- por supuesto. Pero no sólo en cuanto a lo teatral, sino que logra al fin poder estar sola con su alma, tomar cerveza y cenar feliz luego del estreno de su obra mejor, su obra más auténtica.
El encierro es una figura de Being Julia. El encierro que tiene muchas formas: no poder dejar de trabajar porque el éxito y el público lo demandan. No poder comer y tomar lo que se desea porque hay que estar delgada y lucir una figura impecable. Sentirse aburrida del mundo alrededor y no poder salir. Decir lo que se espera que una diga y tener un rol preparado para cada situación. Tener que ser elegante full time. El deber ser en estado constante. Ethos puro y el hastío esperable.
La figura contrapuesta al encierro es la llave: Tom (T-O-M), un joven americano que llega a Londres queriendo trabajar en el mundo teatral y hacerse rico. Admira fanáticamente a Julia y la desea. Podría ser su hijo, pero no lo es: comienzan un affaire que no termina bien porque Julia no puede dejar de sentir –o sentir menos, con algo de mesura- y comienza a celarlo y a enojarse. Pero con él sonríe y ha encontrado una llave. La vida tiene nuevamente color, colores.
La llave funciona hasta la aparición de Avis Crichton, una joven con talento teatral que enamora a Tom y que se acuesta con su marido. Roger, el hijo de Julia y Michael, le transmite a su madre esa información. Jamás Michael desconfió de Julia y Tom, así como Julia no tuvo tampoco tiempo de pensar en Michael y Avis. Aunque era tan evidente. Roger además le tira en la cara una verdad que a Julia la moviliza entera: “Creo que en realidad no existes”. El hijo le dice además que no quiere pertenecer al mundo de ella y Michael, donde las apariencias y las cáscaras se han comido todo lo auténtico y genuino de la vida.
Ese creo que no existes del hijo, en realidad, le duele a más no poder porque su vanidad ha sido resquebrajada y rota luego en mil pedazos por este Tom que, en principio está deslumbrado –como corresponde- por Julia, pero que aún teniendo un amorío con ella, se enamora de otra, más joven encima.
Julia se siente herida en su fuero interno y tomará revancha. Pero no sólo de Tom, sino de todo su mundo: dejará subir al escenario su vida enmascarada. Con actuación y palabras –humillación a Avis de por medio- irá desenmascarando, corriendo el velo de los acontecimientos últimos de sus días.
Y siempre Jimmy impulsándola y guiñándole el ojo cuando la cosa viene bien. Su maestro que –recordemos murió hace 15 años- está en su sangre latiéndole palabras y formas de sobrellevar “lo real” que para él es “pura fantasía”, ya que lo que en realidad existe es lo que sucede sobre el escenario. Julia, como toda buena discípula, supera a su maestro demostrando que todo es parte de un todo y que el material de lo que vivimos llevado a escena con altura y desempeño teatral puede hacer morir de risa al público. Aquello que nos ha destrozado abajo del escenario, sobre él, actuando, puede lograr un efecto mágico. Una conexión inesperada.
Y el aplauso mejor, el más esperado por esta mujer complicada y bellísima –arrasadora- es el del hijo que sonríe como diciendo ahora sí, mamá,
ahora sí existes.

Burton & Taylor, Richard Laxton. Reino Unido, 2013.
Una mujer con carácter, por no decir iracunda, por no decir orgullosa, pero casi diciéndolo; borracha, juguetona de a ratos y simpática con el público, que es toda Norteamérica y el mundo. Una mujer, esa mujer, ha decidido producir una obra de teatro que no se ha tomado el trabajo de leer, porque piensa interpretarla y no quiere perder la frescura del encuentro con el texto y su personaje. La obra en cuestión es “Vidas privadas” del británico Noël Coward, y para el rol masculino mandó a llamar a su actor favorito en el mundo, que es también se exesposo a quien no puede dejar de amar y de extrañar.
Esa mujer iracunda, orgullosa, bella, muy bella, obstinada, glamurosa y un tanto vulgar, que se contonea un tanto para enamorar, como las sirenas, y otro poco porque el paso de los años embebidos en excesos le han marcado el ritmo; esa mujer es Elizabeth Taylor, y es la verdadera protagonista de la película, como también de la obra que protagonizará en la película, aun cuando toda esta representación fílmica no sea más que una biopic, apenas una circunstancia en su vida, un encuentro con su Antonio, la Cleopatra que ha gobernado el mundo pero no su corazón.
Antonio es, claro, Richard Burton, y aunque el título lo ponga primero, será apenas su sombra, amándola desde lo más íntimo, representando dentro y fuera esas “Vidas privadas”, como se dice y sabe de los grandes intérpretes que llevan la obra a la vida misma. El texto de Coward, sin embargo, es usado como excusa para el encuentro, porque -una vez más- la productora y estrella que lo ha elegido nunca lo leyó. Y, sin embargo, con qué facilidad su voz se acomoda al personaje; mira con aburrimiento y obstinación los esfuerzos de una de las actrices queriendo comerse el papel en el ensayo, pero cuando ella llega, y aun lo suficientemente empastillada como para poder mantenerse en pie, tira al aire las primeras palabras del texto como si ese parlamento hubiese sido siempre de ella.
Taylor y Burton se admiraron mucho, se amaron bastante más. Alguna vez, y gracias a ese encuentro íntimo que les posibilita la obra, hablarán del amor y de lo que necesita una pareja. Más tarde se dirán que se aman, pero él… él no puede, no se atreve, esa relación lo destruiría. Es al cerrar la temporada; poco tiempo después morirá casado con otra mujer. Suena a excusa, pero es posible que no se aguante tanta pasión.
Y hay demasiada pasión dando vuelta. Desde el decidirse a tomar el papel, tener que soportar los estados de ánimo de la diva y el constante requerimiento de aprecio, de cariño, de un poco de amor; desde el no poder ensayar hasta estrenar con malas críticas pero con un público complacido; salas repletas salvo cuando Liz falta, para suspender luego hasta que regrese. Y cuando regresa, se encuentra con que Richard se ha casado con su novia, en ¡Las Vegas! (Elizabeth enfatiza el “en Las Vegas”, como si hubiera pocas cosas más ridículas, aunque en lo íntimo no pueda sostener un segundo más sus lágrimas), y ya en el escenario se aparece con un loro en su dedo de reina, apuntando a la moral de nadie pero desestabilizando una vez más esa relación tan herida y arrancada de cuajo de la imposible felicidad.
Elizabeth Taylor es retratada como una mujer solitaria, triste, una amante que se entrega por completo y que debe sufrir por ello. Es la actriz que no interpreta, sino que ES todas las mujeres del mundo, aunque en un gesto de humildad poco habitual le dirá justamente eso a Richard Burton: que él es sus personajes. Un Burton que admite por ahí que él interpreta papeles, tal vez mejor que nadie, pero que ella es. Ella es Cleopatra, es Marta en Virginia “cómosellame”, pero es sobre todo Liz Taylor, la madre y abuela, la divorciada que anhela una vieja época en la que estaba a su lado, en la que le regala un cuadro, de la que nunca podrá olvidar detalle alguno. Quizás Richard haya sido un erudito, un actor comprometido con su obra, una persona responsable, pero ante Elizabeth era un espectador más, el más cercano, esperando a tomarla de la mano y agradecerle por tanta magia.
“Burton y Taylor” es una biopic de dos estrellas, con la figura avasallante de la Taylor cubriéndolo todo, y no sin méritos. La película es una representación cabal del poderío del star system y de las revistas de corazón, que quizás estén por encima de lo que realmente hacen: actuar. Helena Bonham Csrter interpreta a Taylor, y su rostro es tan conocido que a veces la conexión con la representada se pierde, pero la figura de Liz Taylor es tan fuerte y está tan marcada en el film que se termina imponiendo.
Más cercano a la vida, esta biopic es la historia de una mujer sola montando un show para poder compartir unos minutos más con su ser amado, en silencio o ante todos, como sea, pero juntos; y mantener ese momento a fuerza de todos los caprichos imaginables, de todos los trucos que tengan bajo la voz todas las sirenas de Ulises, destapar todas las orejas, abrazar, amar y sentirse amada aunque sea por una última vez.

Por Leandro Almeida

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