The Truman Show, Peter Weir. Estados Unidos, 1998.
Truman está por cruzar la puerta que dice “Exit” y que está incrustada en el único cielo que conoció durante toda su vida. Apenas 30 años aunque en “El show de Truman” ciertamente parecen muchos más, quizás porque a Jim Carrey ya le pesan. Pero Truman, escuchando a su “Cristo”(f), está a punto de despedirse de la audiencia que lo vio nacer, crecer, tener sexo, perder a su padre, enamorarse de verdad. Truman está por salir por la puerta de ese mundo de mentiras hacia el otro en el que se creó y perpetuó la mentira. “La puerta para salir del mundo” es apenas un pedazo de cielo con una inscripción al final de una escalera que nunca pretendió ser usada de esa manera.
“El show de Truman”, esa transmisión a gran escala de la vida de una persona, protagonizada por él mismo, que ni siquiera es actor porque no lo sabe, pero que vive rodeado de actores. “El show de Truman”, esa farsa de 24 horas que se vende por real en la televisión por cable en todo el mundo con la excusa del “mayor show jamás visto”. Como si nunca escucháramos esa clase de afirmaciones sensacionalistas. Un hombre en la tina, dos viejas abrazadas a la almohada de Truman, dos policías que postergaron sus actividades indefinidamente, un bar repleto de admiradores (incluyendo a los que atienden), una ciudad que se hizo de pantallas gigantes para que todos puedan seguir la historia del momento, que no pierde vigencia a base de trastocar continuamente una historia. Una vida, en verdad, pero ¿a quién le importa?
Está bien. Todos asisten y se emocionan hasta las lágrimas, ¿pero a quién le importa ese pibe que no conoció jamás el verdadero sol?
Solamente a Sylvia, aquella extra que sólo tenía que hacer el montón de la ciudad de cartón y que cruzó las únicas miradas verdaderas con lo que hay detrás de los ojos de ese personaje del mundo. Sylvia, que tenía otro nombre para la historia, que se suponía que no debía conocerse, pero que se termina enamorando, y él también se enamora, y es de sus labios que recibe la única muestra real de cariño.
Todo. Todo lo demás, todo lo que hay ahí y detrás de esa maqueta inmensa que “junto con la muralla China son las únicas construcciones humanas que se pueden ver desde el espacio exterior”; todo eso, todos esos abrazos y amigos y bicicletas, sombreros y pasto y arena, todo lo demás es un artilugio televisivo. Un artilugio sostenido a base de represión: lo que no debe estar ahí, lo que no fue planeado, es sacado a los trapazos de escena, y cualquier intención, sentimiento o deseo de Truman por conocer algo más que lo permitido se reprimirá hasta la frustración terminal, que paradójicamente hará que Truman se escape de la maquinaria que lo tiene atado.
El apellido de Truman es Brubank, y seguro que hay un banco por ahí que pagó ese apellido. Todo en Truman Show se vende. Claro que esto no es por amor al arte, pero Truman no recibe un peso. Sólo una esposa rubia vestida a los 50s, como todos los demás, sonrisas perfectas, camaradería, casas iguales y últimos modelos de todo. Toda esa construcción armada “para él” también está disponible para el resto del mundo: se vende las 24 horas y basta sintonizar el canal más visto de toda la historia. Truman es Truman, pero también esa señora que abraza el almohadón de Truman terminó atrapada por el monstruo publicitario-comercial que se lo vendió. La maquinaria reprimió a Truman y a todos los que lo aman.
Y del otro lado, mirando cómo él junta trozos de rostros de mujeres para formar una idea del suyo, Sylvia lo espera. Supuestamente está en Fiji, en el culo del mundo, y él trata de viajar, pero todo está armado para que no pueda salir de la ciudad.
Le tomó 23 años poder descubrir los sucios hilos de la construcción de Cristof, pero finalmente terminará burlando a las cámaras que todo lo ven, y el Gran Hermano lo perderá. Truman le teme al agua porque allí perdió a su padre, o creyó perderlo o lo que sea a esta altura. Pero tras embaucar a los que todo lo ven, está listo para cruzar las márgenes. La tormenta de ese Cristo le cae encima ante la mirada atenta del ráting más explosivo de la historia. Finalmente choca contra una pared. Truman teme tocar el cielo de cartón. Ese fue su verdadero cielo, y ahora está al alcance de su mano. Siempre quiso ser explorador pero ahora sólo quiere volver a besar a esa chica que vio una vez, el mismo día que conoció a la actriz insoportable que, según el guión, debía casarse con él.
Y descubre la escalera.
Con la puerta ya abierta, Christof le habla a los billones que se están yendo por esa ventana a otra historia. Pareciera paternal, pero es una mente enferma, aunque esa enfermedad no está catalogada en ningún manual, y bien sabemos por qué. Todo el mundo lo está viendo. Sylvia también, ya con el saco listo para correr a sus brazos después de que las fuerzas de seguridad la echaran a patadas del plató.
Christof cree convencerlo. Es el arquitecto, él es su creación: ¿cómo puede escapársele? Si todo el mundo está viendo y… “En caso de que no te vea… Buenos días, buenas tardes y buenas noches”.
Aún sin saberlo, Truman siempre pareció llevar su historia como una gran comedia fácil de vender. Tal vez fue formateado para que cree sus gags, pero el show se termina en algún momento.
Para los cuerpos cansados del otro lado de la pantalla, sin embargo, siempre hay algo nuevo para ver.

El mundo de Andry (Man on the moon), Miloš Forman. Estados Unidos, 1999.
(Mujer) -Parece que simplemente no respetas nada.
(Andy) -Claro que lo hago. Es sólo que creo que el mundo es una ilusión y no debemos tomarnos a nosotros mismos tan seriamente.

Mucho ruido hay en esta película y, como resulta lógico de pensar, poco silencio, excepto cuando su protagonista Andy Kaufman medita. Sí, un cómico del prime time, protagonista de la sitcom más vista del momento adhiere a la meditación trascendental y la necesita. Siempre. También parece querer moverlo todo sacudiendo las rígidas estructuras de la industria ABC.
No se considera un comediante –jamás hice un chiste en mi vida, dice-, pero la verdad es que lo es. Su cara, sus gestos, su impostura, su locura invitan a la risa… aunque sea una risa escondida por momentos. Un día, cuando aún no es todo lo conocido que será, George Shapiro lo ve haciendo primero el ridículo y luego una imitación fantástica de Elvis Presley: así, como caras de una misma moneda. Un segundo en que nadie ríe es seguido por aplausos, baile y frenesí. El público y su vaivén. Desde el momento en que Shapiro lo ve se convierte en su manager y lo hace llegar muy alto, sí. Y reniega. No sólo con Andy, sino con otro personaje de su invención: Tony Clifton. No es fácil con uno, menos con dos. Y encima vienen con un amigo entrañable y genial, Bob.
Si hay algo que tiene Man on the moon es bullicio de industria y estudios de grabación. Casi no hay paz porque Andy no para: todo el tiempo está inventando un nuevo número que cree será genial y hará estallar a toda la audiencia. A veces le sale, pero a veces recibe la espalda del público y por ende de la gerencia. Él sigue, insiste en pegar y pegar –no por nada llegará a ser campeón de boxeo intersexual-. (?)

¿Cuáles son sin embargo los verdaderos golpes que da Andy más allá de esas peleas/ jueguito con mujeres a las que primero provoca con comentarios por demás de sexistas y hartantes?
Los verdaderos golpes los da fuera del ring y van dirigidos al corazón –si es que lo tiene- de la propia industria en la que trabaja. Quiere cambiar algo de todo eso acartonado y siempre igual, pero con nombres y rostros distintos que se olvidan fácilmente. Él quiere dar esa bofetada –como postuló Artaud- o ese cross a la mandíbula –idea acerca de la literatura que llevó adelante Arlt-, en otras palabras quiere que el público deje de sentarse pasivamente a consumir cultura, como un producto más del capitalismo devorador imperante. Y su decisión es provocar el sismo desde adentro. Y también desde afuera. Adentro, Kaufman; afuera, Clifton. Ataca desde todos los frentes, pero muere muy joven, muere muy rápido. Llega a la cima y debe bajarse o ascender volando a esa luna en donde siempre estuvo en realidad.
La escena que mejor grafica el cross que pretendía Kaufman es aquella en la que ante el pedido avasallante del público para que representara –¡¡una vez más!!- a Latka, ese personaje que encarnó a regañadientes en una sitcom y que fue furor, Kaufman lee –les lee- El gran Gatsby ¡completo! Obviamente, el público al principio ríe y sigue gritando, pero la cosa va en serio. Ellos se lo buscaron, dice Kaufman y tiene razón: la audiencia a veces parece querer recibir la bofetada para empezar a mover las telarañas del trasero sobre la butaca.
Y Kaufman y su invento Clifton -¿cuál es verdad? ¿existe verdad, verdadero, real?- están dispuestos a abrir la mano completa y dársela. Una tras otra. No sabemos bien si con intereses socio-culturales o qué…quizá de puro lunáticos y desvergonzados. No sabemos, pero las dan.
Van hasta donde les da el cuerpo. Dejan dudas por donde sea que pasen, nadie parece en realidad saber si existen o qué o si el cáncer es cierto. Siempre pensamos que nos está gastando, que nos planea un chiste. Pero la muerte siempre es verdad.

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