Pink Floyd The wall, Alan Parker. Inglaterra, 1982.
En el año 2012 en un suplemento especial de la Rolling Stone sobre The wall, Claudio Kleiman escribe refiriéndose a la película: “Seguramente una de las claves de su permanencia es que la visión de Waters de una sociedad autoritaria, que ejerce la violencia física y psíquica a través de la guerra, la familia y la escuela, no hizo más que profundizarse durante los años transcurridos desde su aparición. ¿La realidad imita al arte?”.
Estamos totalmente de acuerdo con dicha lectura: los discursos sociales proliferan y calan hondo día a día en nuestra piel sensible; poco a poco, la insensibilidad y el entumecimiento del pensamiento y del sentimiento se notan. Ahí, la depresión, o mejor, cierto estado de anhedonia: de incapacidad de sentir frente a nada, lo que podríamos exagerar al comparar con una incapacidad de ser. El muro se levanta ladrillo a ladrillo cuando se vislumbra lo que las instituciones, desde siempre, hacen de nosotrxs. Le pasa a Pink Floyd –el protagonista del film-, y le ha pasado y le seguirá pasando a muchxs.

Primera institución: la familia. Veamos qué nos explica Bordelois -en su ya citado libro La palabra amenazada- sobre su etimología: “Tomemos por ejemplo la palabra familia. ¿De dónde viene familia? (…) En latín, famulus significa esclavo. Las familias romanas, que eran familias extendidas, donde vivían conjuntamente muchos parientes de distintas generaciones y diferentes grados de consanguinidad, albergaban también a los esclavos, y una famulia o familia es en realidad, lingüísticamente, un conjunto de esclavos.” Es claro: en el seno de esa madre sobreprotectora y al frío de esa ausencia tan grande que significa un padre que ya no está es donde Pink comienza a levantar el muro.
Segunda institución: la escuela. Centrada en la figura del maestro autoritario y siniestro que lastima física y psicológicamente para enseñar –la letra con sangre entra-, en la película observamos un ladrillo más que se erige sobre la humillación de la exposición a la que es sometido Pink en el espacio de la escuela. De allí toda la fantástica imaginería acerca de la maquinaria escolar entendida como una picadora de carne luego de hacernos a todxs iguales. Me lo hubieran dejado hacer a mi manera, ruge el maestro-títere cuando ya la ley está sobre el protagonista.
Tercera institución: el matrimonio. A esta altura, en la convivencia con su mujer, Pink ya está algo más aislado que antes. Dejó de buscar al padre en cada hombre solo que veía, o en cada hombre que hamaca a sus hijxs, dejó de preguntarle a la madre y de acostarse con ella cuando el miedo puebla la habitación de sombras y la escuela terminó por suerte –así como también la guerra esa que se llevó a su padre tampoco existe-, es decir que mitad muro ya se ha levantado. Pero el amor, el amor es otra cosa aunque tampoco logra sacarlo. Pink desatiende a su mujer, deja de mirarla y de abrazarla y la separación se convierte en un hecho, pero el amor golpea adentro y lo obliga a levantar el teléfono hasta que la voz de otro hombre…Un ladrillo más y será el último importante, durísimo de roer.
Cuarta institución: la guerra. Esta, la más sangrienta, atraviesa toda la vida de Pink. Su padre fue soldado y no volvió. La madre oculta el pergamino en el que se le informa de la peor de las pérdidas, pero el niño lo encuentra. Llora un poco y se disfraza de su padre: se pone esa ropa de soldado que conforman la imagen que le legó, un recuerdo poco nítido. Tambalea: “Papi, ¿qué más me dejaste?” Los bombardeos, la sangre, los muertos y el modo de mostrar esas imágenes en The Wall acentúan cierta incomodidad en el espectador/a instalando la misma pregunta de siempre: ¿quién puede creer que la guerra es mejor o que es una solución posible? Sin embargo, en ese momento -1982-, en el del estreno de la película, nuestro país se embarcaba en una inexplicable contra –justamente- Inglaterra.
Después están la industrialización, el mercado, la política, la demagogia y el rock. Pero esos ladrillos son menos irrompibles y además Pink ya está hacia dentro consumiendo TV y recostado en un sillón con el control. Hasta que el rock industria o rock mercado lo viene a buscar de la mano del manager. Hay que salir, pero no se ve nada afuera: todo es un torbellino ininteligible que debe atravesar. La imaginación lo lleva a pensarse como una figura demagógica y nazi. El martillo es el símbolo al que el público mira obnubilado mientras escucha el discurso y la fuerza de la voz. La peor cara del rock, ésta. Waters –como muchos otros, pero queremos nombrarlo especialmente a él: Ian Curtis- sintió en su momento la incomprensión o la sordera parcial de su público. O el ego de Waters no soportó que la gente lo escuchara como quería, a medias o no. Una escucha otra, no la esperada. Y el hartazgo: el deseo de construir un muro entre la banda y el público.

También, debemos hablar de cómo se manejan los tiempos en el film: el pasado –lejano y cercano- irrumpiendo constantemente en imágenes que marcaron al protagonista. Momentos, hallazgos, traumas, encuentros y desencuentros. Situaciones breves que en el tiempo interior de Pink son horas o días o un todo que estalla en el presente. Irrumpen oleadas de pasado que intentan de alguna manera dar forma al estado del presente. Al ver The Wall, una tras otra se presentan también frente a nuestra mirada que se cansa y se confunde por momentos: el cansancio y la confusión de lo real, que no se puede nombrar. Ese hiato y ese vacío de palabras que significa verdaderamente lo real. Pero las imágenes se imponen, aparecen y no se van, sino que dejan un hálito frío y desconcertante. Probemos con nuestra propia vida: atravesemos nuestro presente con fotos de la infancia –o de más acá- estampadas en la retina y veamos qué es lo que se siente.
La película instala todavía hoy en el cuerpo cierto cosquilleo: las imágenes una tras otra y la música increíble de fondo siendo el texto que oímos –esas poesías son las palabras del film- nos enfrentan a algo que quizá ya estamos pensando, pero siempre nos salpica dudas: ¿cómo habitamos el mundo? ¿Qué muros nos construyeron y qué muros hemos construido nosotrxs mismxs para meternos a reposar del ruido, la violencia y el autoritarismo del exterior? Por último, ¿es necesario un muro? ¿A dónde nos lleva el aislamiento?
La mirada crítica y despabilada sobre lo que nos rodea sigue siendo una salida interesante. El muro, como momentáneo escondite también. O mejor, los rincones: salgamos a buscarlos cuando sintamos que viene otra vez la institución –cualquiera sea- a querer transformarnos en sujetos sujetados. O: escapemos de la pretensión de institucionalizar nuestro deseo. Dejémoslo fluir intentando siempre ser y dejar ser felices a lxs demás. Así son las cosas, una película como ésta y nosotrxs terminamos hablando de felicidad.

Hedwig and the Angry Inch, John Cameron Mitchell. Canadá, Estados Unidos, 2001.
Como no sabemos lo que es el amor, bien puede seguir siendo un mito. Después de todo, aquello que sentimos y llamamos amor, y que más de un guionista ha intentado poner en innumerables palabras en cualquier comedia romántica, sigue siendo un misterio. Un misterio que probablemente no resiste ninguna fundamentación científica. Pero sí muchas historias, películas, cuadros, canciones.
“The origin of love” es un racconto de mitos develados, atrapados y juntados para contar, una vez más, la separación de los hijos de la tierra, del sol y de la luna. Con el ombligo como cicatriz, huella imborrable de la afrenta a los dioses, seguimos buscando a quien nos complete. Según Hedwig, las personas estamos incompletos hasta que encontramos a nuestra otra mitad, la que termina el dibujo.
Hedwig tiene un pedazo enojado. Es trans pero al final de la película se desnudará completamente, incluido ese “disfraz”* que tuvo que cargar para huir de la Berlín del Este en tiempos del muro. Como Pink, Hedwig la artista es hija del muro, sólo que el muro es más una cuestión física de la que anduvo escapando: los muros en “The Wall” son esas corazas ante el sufrimiento del mundo, del sistema, del otro aplastante, que pueden transformarte en un monstruo. Hedwig, sin embargo, es hija de la luz. El muro de Berlín no ha hecho un monstruo de ella sino una luchadora empedernida que aspira al viaje a Estados Unidos en busca de esa tan publicitada libertad. Añora. Busca explicaciones. Mientras que Pink no puede hacerle frente a su pasado y actúa en consecuencia, Hedwig apela a la música para transformarse, liberarse. Tiene un pedazo enojado: antes de casarse con un milico que la liberó de las garras de la Alemania comunista, debió operar el nervio que le molestaba. Pero quedó un pedacito, “para funcionar”. Ese pedacito es el trauma, los traumas: las violaciones que sufrió, el muro, la soledad, la separación amorosa, y mucho más cercano al tiempo de la historia: esos que siempre se van.
Hedwig artista, cantante, compositora, creó a una superestrella que le roba sus canciones. Medio que se enamoró o se enamoró en serio, pero él no pudo soportar su pedazo y la abandonó. Se llevó, claro, sus letras. Lo persigue: está casada con un trans que extraña el aspecto de mujer, y sin embargo persigue al portada de la Rolling Stone, Tommy Gnosis. Frente a sus megashows, ella realiza pequeños conciertos en los que cuenta las historias de su vida (como La Agrado de Almodóvar), un relato que se extiende a lo largo de la película. Finalmente se encuentran, ella pierde sus canciones, pero gana popularidad.
“Hedwig and the angry inch” es un musical teatral de John Cameron Mitchell que él mismo se encargó de adaptar, dirigir y protagonizar para el cine. Su personaje -una trans abatida, cansada, diva, colérica- ve pasar en sus canciones el conjunto de sus propias desdichas, pero también de sus sueños, sueños que tienen la suerte de poder ser animados (y las animaciones acompañan al grito apasionado de la performance de Hedwig). Pareciera que las canciones fueron apareciendo a medida que las fue necesitando, como para soltar ese mal trago que le ha tocado en gracia. Sus shows terminan a los golpes, a los tomatazos, al desprecio hacia una verdadera artista que escribe e interpreta mucho mejor sus canciones que ese invento del mercado que es furor en el mundo. Pero, claro, para el buen samaritano es una obscenidad que “una persona así” esté cantando y contando sus historias.
Entre esas historias, la más bella de todas es una incomprensión en la voz de quien no sabe nada de lo que está repitiendo, que dice “el Ciris” en lugar de “Osiris”. Una incomprensión que lo lleva a perder de vista el espíritu de lo que está profiriendo con su voz. Por eso Hedwig es mejor, aunque tenga que desnudarse para que logren comprenderla. No tiene tetas, es un disfraz, pero aun así no sabe si esa otra parte suya es hombre o mujer o qué. Probablemente, y por ahora, es sus canciones. Al calor dolido de cada letra desnuda su cuerpo, se queda con el pedazo enojado ante el mundo y sigue cantando.
Hedwig, a diferencia de Pink, es una performer que interpreta con pasión las historias del pasado que la agobian. Ha sufrido el muro, ese muro que seguramente sirvió de referente para el álbum conceptual de Floyd que después diría otra cosa. Pero, ¿cómo encontrar el amor? ¿Cómo superar el amor? ¿Cuál es el origen del amor? No las únicas, pero las mejores respuestas se han vuelto canciones.

 * Es difícil la definición porque Hedwig está operada de los genitales, pero no se hizo las tetas, y al final de la película termina quitándose ese “disfraz”, como ella misma lo llama en alguna ocasión. Pero pareciera que la operación es algo más que un trámite para salir de Berlín del Este: la madre ya lo estuvo pensando, y una vez operada Hedwig se mantiene trans hasta que la situación colapsa. Definitivamente no es una transformista, porque no se viste para el show. El conflicto sexual también está presente en su pareja, un trans que a escondidas se pone sus pelucas. Así que la obra misma plantea el dilema. Aunque las definiciones, en su afán de encasillar, terminan de quitarle valor a las verdaderas discusiones, que en este caso es la vida personal de estos personajes. Toda búsqueda de definición de este tipo debe hacerse con el completo respeto del otrx, y no malintencionadamente.
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