La dolce vitta, Federico Fellini. Italia, 1960.

Orfeo y frenesí

Mucha noche, trasnoche, alcohol y fiesta es lo que se ve en seguida en La dolce vitta, sí. Y paparazis, como moscas zumbando encima de todo y de todxs. Y un Marcello irresistible, también: novia que lo espera, aristócrata que lo lleva a pasear y algo más en casa ajena, gran actriz importada que se remoja en la Fontana de Trevi con él, etcétera. Pero ¿qué le pasa a este hombre?
Ante todo y tomando las palabras de Rodrigo Fresán, La dolce vitta es una gran novela. En términos narrativos es genial, tres horas de historia: capítulos que componen una vida y si querés una ciudad y una profesión y una época. Capítulos que se abren. El rizoma total en blanco y negro.
Sin embargo lo que más me interesa decir alude a la primera y a la última escena, que son distintas pero casi lo mismo: en la primera, Marcello en helicóptero ve unas mujeres tomando sol en la terraza y con ellas intenta una conversación. No se oyen. En la última, Marcello está en la playa –ya no usa traje negro como antes, ahora usa uno blanco y tiene tal actitud de soberbia- observando con “amigxs” un gran bicho enorme que encontraron unos pescadores y ve a una rubiecita que ya había conocido que intenta decirle algo. La mira y no la oye: el mar tiene su imponencia sonora. Aunque tampoco se mueve para acercarse a ella y comunicarse. Es Orfeo. Acostumbrado a ser mirado y escuchado y deseado no puede hacerlo él. Está imposibilitado para oír. No sabe, no quiere, no puede… en fin. El gran tema: la comunicación –o la falta de comunicación- humana.
Así como tampoco ha podido en lo que dura la peli comunicarse con Emma, su novia. Bah, al padre le dice que es la chica que limpia. El vacío es Marcello: dónde está su verdadera cara, qué es lo que es.
Volviendo al aspecto narrativo, es destacable además cómo se presentan los aspectos que componen al protagonista. El mejor ejemplo, es decir, el que más me sorprende es el hecho de que una hora después de iniciada la peli –la escena de la Fontana de Trevi y Anita quedó atrás- aparece un encuentro casual: Marcello ve a Steiner y con él descubrimos una faceta que desconocíamos del primero: su veta intelectual y sus intereses literarios. Aunque ahogados por el trajín del día a día laboral –mejor es decir de la noche a noche- en Marcello habitan deseos de escribir algo más que notas para los periódicos: una obra. La pregunta se instala sin miramientos: cómo cree que siguiendo tal ritmo de vida lo conseguiría. No hay muchos que soporten todo junto.
Este personaje, Steiner traerá la tragedia al film: mata a sus hijxs y se suicida. Lo había anticipado: la paz lo asustaba porque percibía algo terrible latiendo en ella, y sí: aquello tremendo estaba dentro de él, cierta pulsión de muerte. Los paparazis estarán, cómo no, cubriendo el hecho sin respetos ni distancias. La muerte vende y la tragedia más todavía.

Otro aspecto: el ritmo. Esta reseña incluso y todo lo que se diga sobre La dolce vitta debería ser caótico, cargado, así al estilo del film: la proliferación. Enumerar la cantidad de cosas que suceden y la cantidad de personajes que aparecen ya daría cuenta de lo amplia que es la película de Fellini. Cito a Fresán que lo hace maravillosamente: “…si algo es La Dolce Vita es una película divertida. El equivalente en cine-de-arte a Los cazadores del arca perdida: una sucesión de good parts que incluyen una estatua de Cristo voladora, un milagro infantil, un padre extraviado, un suicidio filosófico con filicidio, una diva local, una puta sufrida, una novia más sufrida todavía, unos insufribles intelectuales, un rocker mediterráneo, una diva importada, un novio hollywoodense, una orgía fallida, un monstruo marino que encalla en una playa para que lo contemplen los monstruos terrestres, y sigan pasando que al fondo hay más lugar.”* Sí, pasen y vean porque en La dolce vitta hay más mucho más.

* http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-6405-2005-05-07.html

Elsa y Fred, Marcos Carnevale. Argentina-España, 2005.
La historia de “Elsa y Fred” es bastante conocida en Argentina. A pesar de ser relativamente nueva se ha convertido en un clásico instantáneo, seguramente por la participación de China Zorrilla y, sobre todo, por la historia de amor de una pareja de ancianos que recuperan los años a fuerza de abrazos. El encuentro ocurre en un edificio de Madrid, en el que desde hace muchos años vive Elsa y al que llega, bajo las exigencias de su hija, Fred. Hace unos pocos meses que él es viudo. Ella, Elsa, dice que es viuda hace 27, 23, no… no recuerdo bien… Titubea. No importa, igual. Está sola y lo busca, lo busca a ese viejito serio, gris, triste, hasta que lo saca del encierro y del luto y lo devuelve a la vida. Se enamoran, los hijos rechazan la unión, y al final Elsa termina muriendo. Ya se sabía, y Fred no está del todo triste: cuando le lleva flores junto a su nieto, es otro el talante, hay un pequeño brillo en los ojos. Elsa se ha ido y, a pesar de eso, Fred ha recuperado las ganas de reír.
El argumento es ese, y como toda historia de amor está destinada a tener buena acogida. Y más aún cuando ese amor es la última posibilidad de sacarle el jugo al tiempo que da el cuerpo. Sin embargo, hay algo más que enamora en “Elsa y Fred”: Carnevale ha podido retratar no sólo a los enamorados, sino también al gesto que enamora, el lento trepidar del encuentro al abrazo y de ahí a la sonrisa compartida. La palabra clave es “sonrisa”, o risa o picardía, también. Y complicidad. Y los ojos que no se pueden soltar.
Manuel Alexandre recupera el color conforme se va dejando meter en ese cuento que le va creando su Elsa. Empieza bien gris, callado, los labios bien apretados y con una leve curvatura hacia abajo. Su cuerpo se deja caer en el sillón o cama más cercana. Y ahí planea quedarse, recordando a esa doña que se le murió hace siete meses y por quien mantiene el duelo. Sin embargo, cuando Elsa le pide que le hable de “la otra”, él sólo puede decir que era ordenada. No se adentra en sus sentimientos con la difunta, pero ese cansancio aparente por tantos años, ese aburrimiento insuperable, ese abuelo que se quiere enfermo con miles de pastillas, todo parece indicar que lo que en verdad sufre es el hastío en el que su vida se ha vuelto. Un nieto bastante vivo, compañero; una hija imperante, de malos tratos; un yerno que espera y quiere dinero para sus emprendimientos; y su perro, Bonaparte. Es todo lo que le queda. Y un amigo, si no lo molesta tanto. La cámara frente a sus otros es vertiginosa, o al menos no para. Sólo con él se detiene a mirar con lentitud lo que aún resta llenarse de polvo. Hasta que aparece Elsa.
China Zorrilla tiene cáncer y nunca se lo cuenta a Fred, que lo terminará descubriendo de todas formas. China miente, miente, miente. Esa picardía que dejó salir en todas sus obras, el titubeo y el hilo de voz que van recorriendo las frases –algunas deben haber sido mejoradas por sus propias ocurrencias-, aparece nuevamente para inventarse otra vida. El dedo índice siempre está acomodando las palabras, deja la mirada perdida para encontrar la idea y que nadie se la embrolle, y finalmente le miente a ese viejito que le está costando mucho trabajo, pero que al final es una especie de ángel. No entiende cómo la hija es así, cómo la finada tenía esa cara. La otra. Y sus otros: sus hijos; su difunto marido que está bien vivito y que le va a advertir a Fred que sería un error perderla; sus amigas, que resultaron ser las enfermeras y el joven doctor al que le cuenta sus andanzas; todos están deconstruyendo el relato para ver qué hay de verdad detrás de esa anciana que abraza, que mantiene a su hijo artista robándole al otro, que tiene ganas de no perderse nada cuando sabe que tiene a la muerte tan cerca.
El ojo de Carnevale ha realzado el ingenio actoral de China y Manuel, y con una estructura bien simple, planos que se suceden sin murmullos, los ha vuelto inseparables. Como el recuerdo de Anita y Marcello. “La dolce vita” es muchas películas de un mismo personaje, y la escena de la fontana con Anita Ekberg -esa actriz extranjera que parece perdida en su mundo, dejándose adorar, dejándose llevar por sus impulsos-, es quizás su ícono más destacado (junto con el helicóptero y el Jesús colgando; junto con el engaño de los niños que ven a la Virgen; y todo así). Elsa dice haber sido como Anita cuando joven. La única verdad en ella, que sale de su boca, es que quiere visitar la fontana de Trevi, como Anita lo hizo, descubrirla y meterse con el minino blanco, y dejarse ser. Fred es su Marcello, y él la lleva a revisitar a Fellini.
“Elsa & Fred” es una buena remake. Shirley MacLein y Christopher Plummer son grandes actores. Le falta esa chispa, ese poder del encuentro, esos ojos enlazados eternamente. Quizás encante menos (seguramente que la versión en nuestra lengua, con nuestros movimientos, nos resulte siempre más cercana), pero encanta. Lo curioso es que Elsa está fascinada por Anita y quiere hacer todo en esa escena como ella. Y Shirley MacLein hace algo parecido, pero con China. Sobre todo cuando maneja su auto y escucha no ya “Hoy puede ser un gran día” sino algún rap, alguna música más circunstancial, se encorva como la China, que lo hacía sin problemas. Shirley es mucho más esbelta que la uruguaya, que siempre fue corpulenta y, sin embargo, al volante, vestida tal y como en la versión original, de a ratos uno parece reconocer a la Elsa con acento argentino. Quizás lo más notable de “Elsa & Fred” es que le rinde homenaje a su predecesora, a la actriz que encarnó a su personaje principal, en un film que le rinde homenaje a otro film, y pareciera que la cadena no se corta. En ambas se recrea ese silencio que se produce alrededor de Anita y Marcello dentro de la fontana. Es el silencio del encuentro, nuevamente. El silencio de lo inminente que ya ha llegado.

Elsa: ¿Te reíste mucho?
Fred: Qué pregunta…
Elsa: “Qué pregunta”, no. Es una muy buena pregunta.

 

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