Antes del amanecer (Before sunrise), Richard Linklater. 1995, EE.UU, Austria y Suiza.
“Antes del amanecer” marca el inicio de una trilogía inesperada. Una trilogía del encuentro y del amor. Comenzó como una búsqueda, una persecución de discursos amorosos, conversaciones repletas de coqueteo e ideas mezcladas, destinadas a completar la noche, despedirse entre besos y no volver a verse nunca más. La búsqueda terminaría dando letra a una segunda y tercera parte, totalmente necesarias, porque las historias de amor no soportan las incertidumbres.
El encuentro. Todas las historias hablan del encuentro. Dos personas viajan en un tren, curiosamente se han subido a ese tren, luego de una serie de eventos probablemente desafortunados, y por una comodidad aparente, deciden sentarse cerca. Les llama la atención la lectura del otro, la discusión ajena que los acercó, la belleza que el halo del ser amado desprende. Y ya, pronto, se han desatado los hilos del destino para dejarlos hacer. Para conocerse, contemplarse, dejarse enamorar.
“Antes del amanecer” plantea el mejor de los escenarios posibles, si bien por nueve años todo pareciera indicar que sólo fue el amor de una noche. Que todo vivió y murió ahí, en apenas un par de instantes. Plantea el amor ideal, aunque después Celine se ufane de eso. Dos jóvenes con muchas ganas de enamorarse, de acompañarse, de dar todo lo que tienen en ese rato que les queda hasta que Jesse tome el avión para volver a Estados Unidos. Debe tomar su avión en Viena. Caminan, se miran, se rozan las manos, se dejan besar. Casi como un primer amor que los despierta con el alba.
Jesse está en Europa por una novia que no quería recibirlo. Pasó semanas con un ticket libre recorriendo las vías de la red europea. Celine está de regreso de Budapest. Fue a visitar a su abuela. Siempre encuentra algún momento para hablar de ella. Para el final de la noche, ella ya debería estar en París. Sin embargo, está tirada, su cabeza sobre el regazo de Jesse, frente a una fuente, en alguna calle llena de historia de esa ciudad que los mantuvo juntos.
Y tuvieron ganas de estar juntos. Mientras toman un café en el bar, frente a frente, ella no para de acomodarse el pelo, poner su cabeza de costado, mirar para abajo con un dejo de timidez, pero siempre con sensualidad. Y mirarlo, mirarlo. Mirarlo sin que lo note, cruzando la vista también, dejándose ser. Mientras toman ese café en el tren, el mismo plano medio que es casi un primer plano, lo muestra a él estirándose, dejándose observar, robando sonrisas, pavonearse para no demostrar que está completamente rendido ante esa parisina que se le acercó con un libro en la mano. Y la mira, la mira como si no pudiese creerlo, como si nada de eso fuera posible. La mira como descubriendo que ese viaje nefasto puede que no termine nada mal, puede que lo termine abrasando, puede que lo devuelva a la vida.
Tienen ganas de enamorarse, y parece que se han pensado todo, porque sueltan sin titubear, apenas acomodando un poco las ideas, el conjunto de sus creencias, sueños, deseos, miedos, verdades que les son muy propias, que los encantan y que terminan encantando. Se acercan, se alejan, miden las distancias. Toman cerveza en un bar, piden prestado un vino, desconfían de la religión en una iglesia antigua. Hacen el amor en un parque a la luz de sus ojos, o de la luna y las estrellas. Ya no quieren despegarse. Pero el amanecer está por llegar.
Antes del amanecer ellos han caminado, han visto y la cámara no ha dejado de seguirlos, de perseguirlos, mientras se chuparon toda la nostalgia de la noche vienesa. Se cruzan con un poeta, con una pitonisa que le lee las manos a Celine, con unos actores de teatro, con una bailarina que recupera la danza de nacimiento. Terminan la noche bailando al son de unas notas robadas, jurándose con los ojos, con la sonrisa, con lo que les queda del cuerpo cansado de tanta noche, que jamás se olvidarían. Se besan apasionadamente en la puerta del tren que ella va a tomar. Luego, ambos siguen en sus butacas particulares, alejándose. Miran a la nada, recordando. Se les cae una sonrisa antes de cerrar los ojos. Y dejarse ir. Dejarse. Se han dejado. Prometieron verse a los seis meses en ese mismo lugar. Pero sospechan, se van casi sabiendo que es muy probable que nunca vuelvan a verse.
Antes del amanecer es el momento ideal para enamorarse. La noche tiene sus propias leyes, o no tiene ninguna. No hay reglas para la noche, salvo las que exija el cuerpo. Pero Jesse y Celine suspendieron el tiempo y se dedicaron a amar. Incluso en la noche del parque, antes de que finalmente tengan sexo, el amanecer sigue haciéndose presente. Es sólo una noche. No una noche más, quizás la más larga, pero también la más intensa. Todo lo cubre el rojizo del sol que está por alumbrar a esa parte del mundo en el que dos personas se han encontrado. Encontrado y enamorado.
Difícil vivir un “Antes del amanecer”, en cualquier parte del mundo, por más que el film de Linklater inaugure una serie de búsquedas infructuosas de una Julie con un libro o de un Ethan con el corazón arruinado. En definitiva, es el amor ideal de dos personas en tránsito que se bajan del tren para vivir una aventura. Y no se dan los números de teléfono al final del día. Todo se resolvería más rápido con Facebook. Seguro. Pero, ¿adónde iría la pasión sin un poco de incertidumbre?

Antes del atardecer (Before sunset), Richard Linklater. EE.UU., 2004.

“Muchas veces escribir es recordar lo que nunca existió. ¿Cómo lograré saber lo que ni siquiera sé? Así: como si recordase. Con el esfuerzo de la “memoria”, como si nunca hubiera nacido. Nunca nací, nunca viví: pero recuerdo, y el recuerdo está en carne viva.”

Clarice Lispector.

Antes del atardecer es la remembranza y la continuidad. Dos personas que se vuelven a encontrar después de nueve años de la primera vez que se vieron –Antes del amanecer-retoman aquella gran conversación que tuvieron caminando las calles de Viena, pero ahora caminan París. Y son algo más adultxs y los temas parecen haberse reelaborado, un poco.
En el primer encuentro él debía tomar un avión para volver a EEUU a las 9:30 de la mañana siguiente y ella lo acompaña en esa noche que deben pasar en vela porque no hay dinero para el hotel. Y conversan, sobre todo. También se besan y toman vino y hacen el amor. Pero conversan. Y esto es lo importante de esta trilogía: la primacía del diálogo. En Antes del atardecer, de hecho, ella se lo confiesa –ya pasaron años, no tiene más 23, ahora tiene 32 y sabe-: no es fácil conectar con alguien –vaya que no-, lo que quiere decir que no es sencillo conversar, compartir la palabra y con ella todo lo que se nos desprende: la infancia, las desventuras y aventuras amorosas, los proyectos, la ideología…
La continuidad de ese diálogo es la prueba de que realmente existe la posibilidad de encontrar a alguien con quien simplemente caminar y conversar e ir tejiendo de esa manera una trama que puede muy bien parecerse al amor, por qué no. Sin cotidianidad, ni compromisos constantes, ni rutina. Trama que crean ellxs como casi desconocidos pero con algo que los ha trabado: quizá la pasión. Esas miradas ardientes que se hacen unx al otrx, taladrando las ropas y deseando todo. En Antes del amanecer él se la pasa hablando de sexo; en la siguiente es ella la que quiere saber y tira puntas sobre la sexualidad. Y bueno, lo dice: los franceses no son tan “calientes” como los norteamericanos. Quedamos perplejxs: cómo sabe tanto. Y es que sí, en esos nueve años ella vivió algunos en el país de él. Hubieran podido encontrarse a no ser por el pacto de no pasarse números ni direcciones. Lo que hubiera pasado, no pasó.
También nos enteramos, aunque luego ella se haga la que no lo recuerda, que cuando tuvieron sexo también se comunicaron y siguieron así trabando una conexión que les costará mucho –y no podrán- deshacer. Entonces, las otras relaciones que fueron estableciendo –él está casado- no fueron para nada lo que esperaban del amor. Dejaron todo esa noche con la promesa de volver a encontrase seis meses después. Él fue, pero ella no. Desilusión y abandono.
¿Y la remembranza? Sale de los poros de ambxs. Sólo quieren remitirse a aquel encuentro y a qué huellas dejó en el otro esa noche. Él está en París presentando un libro justamente sobre un hombre que conoce casualmente a una francesa y bla bla. Ella va a verlo a la librería y antes había leído el libro: lectura que movilizó todos los cimientos y la dejó bien triste.
Salen juntxs a caminar y continúan aquel diálogo hasta que terminan en el departamento de ella –el avión de él otra vez está a punto de salir- y él le pide que le cante y ella tiene vergüenza, pero finalmente canta un vals que no sólo contiene el nombre de él –Jesse-, sino que además cuenta la historia de ese encuentro casual, inolvidable que llevan ambxs tatuado en el cuerpo.
Así la escritura para Celine y Jesse que se impuso como medio para no olvidar. Aunque no hace falta pasarlo por escrito porque está en la piel, pero bien se sabe que la escritura se impone y… andá a escapar.

Antes del anochecer (Before midnight), Richard Linklater. EE.UU., 2013.

Jesse: Escribí una versión ficticia en la que tú llegabas.
Celine: Ah, ¿y qué pasa?
Jesse: Bueno…
Celine: ¿Qué?
Jesse: Hacemos el amor como 10 días seguidos. Esa es una parte.
Celine: Interesante. La puta francesa, ¿verdad?
Jesse: Sí, exacto. Es que se conocen más y se dan cuenta de que no se entienden.
Celine: Eso me gusta. Es más real.
“Before sunset”, Richard Linklater.

Él perdió el avión. Perdió el avión y tuvieron sexo por días y días. “Antes del anochecer” empieza terminando. El hijo sobre el que nadie se pregunta en el final de “Antes del atardecer” está por tomar el avión rumbo a Estados Unidos. Es el final de sus vacaciones en Francia con su padre, madrastra y hermanas gemelas, y debe volver con su madre, a quien parece no estimar demasiado. Es una secuencia larga en la que a Jesse le cuesta mucho darle el último abrazo. La secuencia termina con él saliendo del aeropuerto, rumbo a la camioneta en la que está apoyada Celine, hablando por teléfono sobre algo demasiado importante como para soltar todo por su Jesse, y la cámara lo sigue hasta la puerta del conductor, pasando por la ventanilla abierta donde se ve a las gemelas rubiesísimas como la mamá, durmiendo.
Han pasado nueve años y todo se resume en esa toma que inaugura la nueva secuencia. Acá termino con el tema de las secuencias. Lo importante de todo esto es que tras haber dejado al hijo, y en viaje ya hacia la estancia del escritor amigo en la que se están hospedando (sólo por una noche más), Jesse empieza con la charla del tiempo que perdió con su hijo, y de que necesita una figura paterna, etcétera, y Celine al vuelo le caza la idea de que quiere mudarse a Chicago. Claro que no lo dijo, pero lo piensa y más tarde lo hará. Y Celine pronuncia la sentencia de muerte: “Oh por Dios. Así es como termina. Así es como la gente comienza a terminar”.
El tema de la separación aparece una y otra vez en las conversaciones propias y ajenas. Como nunca en “Before midnight” Celine y Jesse comparten largas charlas con otros. Ya se terminó el tiempo de estar solos, y no sólo por los hijos. Por supuesto, el amor es muy ideal cuando no hay mucho más que hacer que estar juntos. Pero cuando la cotidianeidad cubre todos los espacios, entonces ya es casi imposible encontrar un momento en el que se pueda hablar de uno mismo, de lo que siente, de lo que piensa, de lo que sueña, de lo que teme. Desde que Jesse entró en la casa de Celine, el espacio abierto se clausuró y a partir de ahí comenzó la vida del mal aliento, el trabajo, los hijos y sus horarios, los viajes de negocios -que los tienen, por más idealistas románticos que sonasen en sus juventudes-. Así es imposible salir a enamorarse en un tren en Viena. Y cuando escuchan a esos conocidos hablando con tanta despreocupación de sus relaciones, como algo más en sus vidas, casi riéndose de eso, ellos que han construido su historia en base a un relato romántico lleno de magia, no pueden ver más que el ocaso, la noche que llega, el sol que se va, se va, ya no está.
Tienen un ¿último? paseo juntos y a solas. Les han regalado una noche en un hotel mientras les cuidan a las nenas. Empiezan a caminar, el travelling sigue apareciendo, pero falta algo. Quizás que no se produjo el encuentro, porque siempre estuvieron ahí y hace mucho que no se buscan. Lo cierto es que las conversaciones ya no tienen esa pasión de la primera vez; ni de la segunda, incluso. Y antes de llegar a la habitación de hotel ven su “Antes del atardecer”. Durante esta primera parte de la película suena un instrumental bastante parecido a “A waltz for a night”, la canción que le canta Celine a Jesse en el final de “Before sunset”. Cuando termina de anochecer, cuando ven caer el sol, se desata la tormenta. Ahora que están solos y juntos, todas las conversaciones conducen a cada una de las situaciones del/con el otro que les molestan tanto. Intentan tener sexo, el primero que se ve en los tres films, y sin embargo es imposible percibir aunque sea algo de ese amor único que desprenden las partes anteriores. Muy intenso, muy oscuro. Hay una agresión latente que va a salir muy pronto y va a terminar con Celine afirmando que ya no lo ama más. Lo hace después de intentar irse de esa habitación de mierda por tercera vez. A pesar de la oscuridad, mantiene algún guiño cómico, pero ya todo está demasiado desgastado. Sí, desgastado.
“Antes del amanecer” era iniciática, de búsqueda, de encuentro. Podía funcionar muy bien sola, pero estaba llamando a una segunda parte. El amor debía durar más que un último beso después de la mejor noche de sus vidas. “Antes del atardecer” es quizás la más esperanzadora, menos vital que la primera pero más sincera, aunque depende completamente de la primera. “Antes del anochecer” es otra cosa. Es quizás la mejor de todas, pero el gusto amargo que deja, indefectiblemente la opone a cualquier espectador ilusionado por dos personajes maravillosos, inteligentes, bellos, aventureros e incluso medio torpes que lograron unirse. Bueno, nada de todo eso les asegura una vida feliz, y menos cuando tienen un pasado que no se las hace fácil. O tal vez eso tampoco importe.
En “Antes del anochecer” hay más exterior, más personajes, menos vuelo filosófico, pero no menos amor. También es parte del amor llegar a un aparente fin. Aparente, porque por más que Julie Delpy, Ethan Hawke y Richard Linklater aseguren que con esta entrega cierran la historia, parece que no les cuadra mucho terminar un relato a medio andar, y menos Linklater con su “Boyhood” –nota: hay una manía en el personaje de Hawke por nombrar proyectos similares a “Boyhood” en las “Antes de…”-. Bergman se tomó bastante tiempo, también, para hacer encontrar a los separados de “Escenas de la vida conyugal” en su “Saraband”. Tanto si se separan, como si deciden estar juntos a pesar de que quizás ya no se amen, como dice Celine, hay algo que aún no se ha contado sobre Celine y Jesse. Antes de que comiencen los títulos ambos empiezan a jugar de nuevo, y la noche apenas está empezando con la medianoche.

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