“Los caprichos de Julie Delpy” vuelven esta noche de 10 a 12 por MQC Radio. Este es el programa:

Frank, Lenny Abrahamson. Irlanda, Reino Unido, 2014.
Música de mierda. Frank está bajo los dominios mágicos de los 140 caracteres y el sonido digital, escribiendo para otro público, dejándose hacer por el creador de la parafernalia que volvió al “chinchilla” su marca. Todos lo conocen, pero nadie sabe quién es.
Frank, el tipo debajo de la enorme cabeza con prescripción médica, el gran artista, esa clase de tipos que despiertan lo mejor de uno, tiene su bandita. Imposible de pronunciar el nombre de esa banda (The Soronprfbs). Imposible decir lo que están haciendo. Y, claro, imposible saber qué hay debajo de esa enorme cabeza.
Frank tiene una enorme cabeza, que funciona sólo junto a Clara, y bajo su cuidado. Es enormemente vulnerable, aunque sabe calmar las angustias de una turista que se quedó sin lugar para vacacionar. Con tan sólo prestar un poco de atención a una manta vieja descubre un mundo. Y ese mundo ya es canción, porque es la única forma que tiene de exteriorizarse.
Detrás de Frank, y como un agregado que va corrompiendo de a poco todas las simientes, está el pequeño Tom, que escribe canciones también sobre lo que ve, pero sólo sobre lo que ve, y no termina de escribir porque todo suena igual a alguna canción que se le cruzó en el urbano, en los auriculares de algún otro. Escribe sus propias canciones, pero no escribe ninguna, y cuando descubre a los Soronprfbs el tecladista titular está queriendo ahogarse, así que entra como suplente. Y de ahí, y también por casualidad, se mete a grabar el disco, y después a financiar la banda, y encima a venderla online. Todo puede venderse online, incluso lo que no hay. Se venden mejor las historias que ese exceso de sonidos inexistentes que quieren ser un disco. Y no hace falta más que un Twitter y un par de videítos ridículos. Todo sea por exteriorizar rápido lo que nos aprieta el estómago. Escupir lo ajeno como propio.
Detrás de Frank está Tom. Ese que más que músico es publicista y que termina sobre el escenario, cantando su insufrible canción de “lalalalalalas”, en una versión unplugged de una banda que se encargó de destruir desde adentro. Merced a la máquina, claro. A la publicidad, al video, al tuit que no para de sonar.
“Frank” es el conocido relato de cómo la industria rompe sueños e ideales, en base a promesas, visitas en Youtube y eventos multitudinarios. La música de Frank no está llamada a las masas, y aunque Frank quiere enamorar, su sonido experimental es más bien una experiencia para encontrados, casi como decir “para pocos”, pero eso tampoco es lo importante. Sólo que para los músicos originales de The Soronprfbs, lo que están haciendo mueve sus vidas, no pueden soportar la pregunta de “¿qué sienten cuando tocan?”, ni tampoco pueden soportar la música de mierda.
Frank colapsa en el escenario con esa música de mierda. Se quiebra su cabeza. Clara cumplió con su promesa de apuñalar a Tom, uno de los músicos fue esparcido en el desierto horas antes del gran evento, los otros dos dejaron la banda justo antes de subir al escenario. Y Tom, que lo ha conseguido todo, dice que es el día más importante de su vida y toca esa canción que estuvo elaborando en más de un año de encierro con los freaks, y que aun así sigue siendo una payasada, copia de otras copias ante un público que aplaude hasta que la cabeza enorme del artista explota.
Luego Frank desaparece, Tom recapacita. Alguien finalmente le dice que esa campaña basura publicitaria ya está hartando. Encuentra a Clara tocando en un bar casi muerto. También encuentra a Frank. Más tarde. Cuando ya la música ha muerto, los baños apestan y es tiempo ya de reunir a los que de verdad tienen ganas de hacer música y dejarlos crear con pasión, así no le guste a nadie. No hay nada que entender. Sólo que Twitter no es ninguna solución revolucionaria, señoras, señores. Y menos cuando lo que importa, lo que de verdad se quiere decir, es más profundo que 140 caracteres y 10 segundos de video.
“Frank” apenas se plantea lo que es el arte. La cabeza del artista, aun destrozada en el medio de la calle, es más importante. La cabeza: iluminada desde atrás, con los músicos creando, mientras un boludo con su telefonito está teniendo una vida paralela. Otra virtualidad. No con una cabeza ajena. Apenas con un chip y con abreviaciones para hacernos la vida más fácil. Rompernos la cabeza o que todos nos amen. “Olor a cigarrillos y úrea rancia, los amo a todos”.

Lars and the Real Girl, Craig Gillespie. EE.UU. Canadá, 2007.
¿Qué es eso que arrastra a un hombre hacia su soledad? ¿Qué motiva el deseo de estar solo o sola? ¿Es una elección? ¿Es a lo último que llegamos luego de renegar del mundo? En fin, qué es y para qué existe la soledad parece ser el planteo que subyace en Lars and the real girl.
El protagonista –un concentrado Ryan Gosling- se nos presenta en la primera escena mirando por la ventana hacia el patio ultra conocido desde siempre y nevado, un paisaje desolador. Su cuñada sale apresurada y eléctrica de la casa más próxima –después entenderemos que Lars vive en el garaje de esa casa- y lo invita a desayunar. Algo anda mal en Lars, hace mucho que no lo ven, que él no va a la casa de su hermano y etc. Pero sobre todo algo en la reacción de Lars frente a esa mujer, frente a la presencia del otro, es lo que nos alarma.
Y sí, finalmente las conjeturas se materializan: frente a su hermano y a su cuñada, Lars decide presentar a una chica, su novia o lo que sea. Pero Bianca, que así se llama, es una muñeca de plástico –bastante parecida a una mujer, puede ser, pero que a las claras no lo es: ¡la chica no se mueve, Lars! ¡No te toca ni nunca te hablará!-. Quizá son estos rasgos -los que la diferencian del resto de las mujeres- los que a Lars le hace bien, porque a él le quema que lo toquen. La compró en internet, aunque parece no recordarlo y arma alrededor de ella una trama ficcional que constituye la vida de Bianca.
Su cuñada, muy amorosa por cierto, hasta casi comprensiva del todo convence al hermano de Lars para que le sigan el juego –al menos esa noche, la noche de la presentación-, después se verá qué se hace con el pueblo, las habladurías, la salud de Lars, etc.
Y lo llevan de la médica del pueblo. Como la acción transcurre en una villa diminuta, quien se encarga de la salud física de los habitantes es al mismo tiempo una especie de psicóloga y con la excusa de un problema grave de salud en Bianca, la hermosa y comprensiva del todo médica, también trata a Lars, aunque más no sea dejándolo hablar e intentando establecer algún motivo o buscando alguna causa para su enamoramiento enrarecido.
Dos cosas más a rescatar en Lars and the real girl además del análisis de la soledad: una, la fuerza de la ficción y dos, la posibilidad que ofrece para ser pensada como síntoma: qué nos pasa como sociedad para que tengan lugar estos “delirios”.
La fuerza de la ficción está planteada desde el comienzo porque ayudar a Lars tiene que ver con pretender creerle esta historia que está contando. La historia es la vida de Bianca y el pueblo, poco a poco, se dispone a colaborar y la llenan de trabajos al punto de que Lars se siente casi abandonado y sí, tienen una fuerte discusión y todo el estruendo. Incluso los habitantes del pueblo sufren como Lars la muerte de Bianca, lo acompañan en ese dolor. Sin embargo, hay quien mira o cree esta ficción desde otro lugar: Margo, una compañera de trabajo de Lars que lo ama, más allá de todo o con todo.
Por último, el film como síntoma parece el punto más interesante porque nos permite pensar la espesura detrás de la trama y nos interpela: nos enfrenta con el mundo en que vivimos y sus consecuencias. Si bien la acción transcurre, como ya dijimos, en un diminuto pueblo los mandatos pesan igual -¿o más aún?-: ir a misa, socializar, trabajar, tener hijos, y ya aburre. Lars algo de todo esto no quiere o no puede hacer y el delirio es una llamarada que arde para que se observe. Arde y no dejará de arder mientras duren las obligaciones, aquello que hacemos porque debemos y nos afea, sí, todo el tiempo.

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