Psicosis (Psycho), Alfred Hitchcock. EE.UU., 1960.

El amor

Es posible que a veces –o casi siempre- cuando recordamos Psycho olvidemos – ¡qué contradicción!- el hecho de que la película empieza colocándonos como voyeurs de una historia de amor sin matrimonio. Pero es así, en Hitchcock también está el amor como motor. Cito a José Pablo Feinmann porque se vio todas las de Hitch: “Los films de Hitch son formidables historias de amor. Supongo que esto sorprenderá a quienes sólo lo conocen como ‘el maestro del suspenso’…”*
Esa primera escena representa un escándalo, una cosa prohibida, un amor obsesivo y enfermizo que llevará a la protagonista a cometer el robo y la fuga que desencadenará en tragedia. Todas estas calificaciones son irónicas, espero que se entiendan, aunque en 1960 realmente la escena causó revuelo. ¡Y ella está siempre en corpiño!
Y como si esto fuera poco, nuestro lugar como espectadores/as es también un escándalo: entramos a la habitación de hotel que comparte una pareja y nos ponemos a observar una escena privada, erótica y casi de despedida, pero no. Y es el maestro Hitchcock quien nos otorga ese palco en su película… y esto recién empieza.
Esa mujer que ama fervientemente a un hombre se llama Marion Crane. Él es Sam y se reprocha a sí mismo en voz alta y sin camisa, frente a ella no poder darle la vida que merece debido a sus deudas y su divorcio que le exige una pensión mensual para su ex. Ella es la protagonista y por primera vez en la historia del cine morirá a la media hora, asesinada, brutalmente en un motel de ruta del cual ya hablaremos largo y tendido.
De esta forma, con la muerte inesperada y abrupta de la protagonista se nos abre la posibilidad de pensar a partir de Psycho la tensión ausencia/presencia en una narración: ella está muerta –por si nos quedó alguna duda, yace hundida en el pantano trasero junto con los 40 mil dólares que se fueron envueltos en el diario-, pero es el personaje más nombrado, es alrededor de quien girará la historia en todo momento, mejor dicho la investigación de su desaparición que traerá revelaciones.
Su hermana está muy preocupada y con la ayuda de Sam descubrirá la verdad: los héroes. El jefe de Marion, a quien ella le robó los 40 mil para ser feliz, no quiere denunciarla y contrata entonces a Arbogast, un detective privado: otro héroe, pero que no llega a conocer la gloria del caso resuelto.

Un motel llamado Bates

Marion huye de Phoenix porque le robó a su jefe 40 mil dólares, aunque me regocija un poco más –sin caer en la apología- saber que el dinero que se lleva es de Cassidy, un cliente desagradable que paga en efectivo jactándose y con la baba chorreando mientras piensa en la piel y el sabor de la piel de esta rubia.
Sale entonces de la ciudad, abandona a su entorno en busca de algo más verdadero. Duerme a la vera de la ruta lo cual le ocasiona un encuentro con la policía. Aquí empieza si se quiere la creación de la atmósfera de persecución que no durará mucho porque ella morirá, pero que instala en el/la espectador/a un miedo, o cierta empatía con la protagonista: deseamos que logre sortear la ley. Claro, todavía no imaginamos lo que viene.
Lo que viene es su llegada, por pura casualidad al Motel Bates, administrado por Norman Bates, un joven simpático que hasta le ofrecerá la cena, pero que esconde un secreto.
La pobre y desamparada Marion oye desde su habitación la discusión que mantiene el cordial anfitrión con su madre que interpreta esta “cena” como un galanteo y siente repugnancia y se lo dice de manera desaforada. Pero él llega igual con los emparedados y la leche y conversan en una salita de atrás de la oficina de administración, la cual está plagada de pájaros embalsamados. No es particularmente las aves lo que le interesa a Norman, sino la taxidermia en sí, según le confiesa a la rubia fugitiva. Mmmm, aún ni se nos ocurre pensar a qué llegará con este conocimiento.
Marion agradece la cena y vuelve a su habitación. Esconde el dinero robado en el diario, por las dudas. ¡Con lo poco que importa el dinero esta noche, querida! Entra a ducharse y ahí sí definitivamente sospechamos que algo anda mal –muy mal- con Norman: la espía desde la salita descrita anteriormente por un orificio escondido detrás de un cuadro. Ay, era este personaje entonces el responsable de que en nuestro inconsciente repose cierta incomodidad al ir a baños ajenos o, peor, públicos. Siempre sentimos el acecho de una mirada invisible.
No hace falta repetir que Marion está dándose una ducha para que se nos venga a la mente la gran imagen y la musiquita correspondiente, uno de los íconos del cine: el asesinato de nuestra protagonista supuestamente por la madre de Norman, aunque ya todxs conocemos cómo es en realidad. La enfermedad mental del joven lo lleva a mantener una lucha interna en su mente entre dos personalidades: la propia y la de su madre a quien asesinó diez años atrás.

Esto último es Psycho, sobre todo. Pero no olvidemos el amor y la pasión de una mujer por un hombre… pasión tal que la enfrenta con los peligros terribles y el desenlace peor: la muerte. No se trata, se entiende, de culpar al amor… sino al destino del cual sí, como ya nos susurraba Edipo, no podremos escapar. Está trazado y allá vamos.

*Para leer la nota completa, recomendadísima: http://www.pagina12.com.ar/1999/suple/radar/99-08/99-08-08/nota1.htm

El proceso (The trial), Orson Welles. Francia, Alemania Occidental, Italia, 1962.

Ante la ley hay un guardián que protege la puerta de entrada. Un hombre procedente del campo se acerca a él y le pide permiso para acceder a la Ley. Pero el guardián dice que en ese momento no le puede permitir la entrada. El hombre reflexiona y pregunta si podría entrar más tarde.
– Es posible –responde el guardián-, pero no ahora.

“Ante la ley”, Franz Kafka. En “El proceso”.

Los edificios son altísimos, enormes. Las calles por las que deambula errático K. están solas, desoladas, pero bañadas de edificios sin fin y escaleras. Escaleras por todos lados. Muy pocas para bajar, y se baja sólo para acceder a una más larga hacia arriba. ¿Qué hay arriba? No lo sabemos. Casi no hay cielo. Los espacios son cerrados, incluso a plena luz del día. Si hay cielo, hay entonces nubes. Ain con sol todo está gris. Gris y atiborrado de elementos: paredes sucias, pilas de documentos, libros, ¿expedientes?; paredes sucias, para nada lisas; y gente, mucha gente en espacios que se vuelven diminutos, opresivos, insoportables.
“El proceso” de Orson Welles es una parodia teñida de patetismo e incomodidad en blanco y negro. Parodia, comedia, patetismo, todas en la cara y en el cuerpo, y en los diálogos que rodean a K. Definitivamente la única forma de trasladar al audiovisual el enfermizo mundo de Kafka (en “El proceso”, pero también en cualquiera de sus escritos) es volviendo a las atmósferas oprimidas (más que opresivas, porque no se tienen una noción muy clara de quién es el que oprime -¿todos? ¿un anónimo manejado por un autónomo?-, aunque se sospecha), llenas de sospecha, de incomodidad, de cierto patetismo que genera esa incomodidad -porque personas tan altas e ilustradas no pueden ni reaccionar ante el agente externo que lo detiene-, y sueño, pesadilla. Mundo onírico y de sospecha, en una historia en la que todos son sospechosos si dejan un mínimo resquicio a la posibilidad.
Anthony Perkins, como Joseph K., abre las puertas a la incomodidad: salta, comenta, trata de entender, se ríe, besa a las novias de otros, corre con su cuerpo largo y esbelto vestido en múltiples capas; se sorprende, no reacciona, deja hacer a sus asesinos, grita ante una multitud pero después se baja del estrado ante una inexplicable situación amorosa ante las puertas de la ley. Las puertas de la ley son una inmensidad a la que no llega ni a la mitad, y eso que es de los más altos del elenco. Todo le queda enorme, incluso el saco de su abogado, un vivo gordo y de pelos finitos que se la pasa acostado porque ha caído en la enfermedad. En ninguna, en verdad. No necesita levantarse: buitres y culebras se encargan de acecharlo: jueces y clientes. Los acumula en su enorme casa, de habitaciones altísimas, llenas de objetos y aun así imposibles de medir. Deja dormir a uno de sus clientes en la habitación de la servidumbre. Lo encierra, y cuando se cansa de la situación, lo manda a llamar para humillarlo. Eso es lo que hace por su cliente. Y es también lo que pretende hacer por K. Como le dirá un pintor, que es el que maneja la posta en ese enorme aparato que es la Ley (ni siquiera la justicia, sino la Ley), nadie llega a la absolución definitiva. Lo mejor que se puede conseguir es un aplazamiento.
Como el viejo de “Ante la ley”, los arrestados esperan ante las puertas de la Ley para poder acceder a ella: para saber cómo siguen sus causa, cuándo pueden presentar cierto alegato innecesario, en un juicio que no tiene delito como sustento, en una acusación inexplicable. Otra vez: inexplicable y onírico, porque esta historia sólo puede explicarse con los parámetros del sueño. Pero lo cierto es que no resiste ni necesita explicación alguna. Nada en Kafka se dirige hacia la explicación, hacia el mundo inteligible, y es desde ese lugar, desde el patetismo en el que se ven envueltos sus personajes, que se produce el quiebre con las reglas establecidas, se escapa de las leyes, las mismas leyes que lo mantienen subyugado. Como Gregorio Samsa, Joseph K. se despierta una mañana, después de una larga jornada laboral, y descubre un cambio en su ser: se encuentra arrestado. Las marionetas de la Ley lo anotician en su propia habitación, mientras se cambia y reclama su baño cotidiano. En la habitación contigua, la de una mujer que, como todas en Kafka, sólo están ahí para los besos, y tal vez para ayudar un poco, hay tres compañeros de trabajo de K.: Otras tres marionetas que no hacen más que mirarlo, asentir y tocar fotos ajenas. ¿Qué sentido tiene? Ninguno. Y por eso “El proceso”, si se necesita tanto una solución, es un gran sueño, y el soñador no se despierta hasta el asesinato de K., y quizás para entonces el soñador ya dejó de existir. O ya cesó de existir. O, probablemente, se cae finalmente en la cuenta de que nunca hubo nadie soñando.
Probablemente la adaptación de Welles, en la que él mismo actúa –como el abogado, claro-, es la mejor adaptación literaria del cine. Y encima de semejante obra, tan enigmática, encriptada, difusa, onírica (una vez más). Y Welles recupera el sueño, la pesadilla que ronda a Joseph K.: los edificios inmensos, interminables, las escaleras, los niños como demonios, persiguiendo; la acumulación de elementos, de papeles, de injustificaciones, viejos casi desnudos, desnutridos, esperando; todos por su caso. Habitaciones atiborradas de gente o espacios vacíos, edificios, paredes, muebles, alumbrado público, todos en perspectiva, filmados en gran angular para ensanchar la visión, volverla irreal, imposible. Y la ley por encima de todo: los edificios inmensos, con bases en piedra espesa y maciza; columnas opulentas ante los hombres famélicos (las mujeres no esperan por ningún juicio, sólo son las mujeres de alguien o solteras, y en ambos casos, grotescas y al servicio sexual del hombre; o, si están por encima de alguien, apenas si delatoras) que alguna vez corrieron despavoridos y casi saltando como Perkins, pero que luego sólo se quedaron parados y con la mirada quieta, la cabeza gacha, los hombros encogidos, esperando.
Imposibilidad, patetismo, incomodidad, sueño y pesadilla. Y la espera. En tono de tragicomedia, la novela de Kafka ya vislumbraba unos arrestos inexplicables, los cuerpos famélicos y expectantes, y la muerte en un lugar alejado al que nadie quiere ver. Sólo que, por supuesto, era imposible imaginar el tamaño de la bestia. Una bestia con la que, llamativamente, se cruzó en un bar, cuando tan sólo era un huevo pero ya tenía lengua y colmillos.
Y la tragicomedia, envuelta en patetismo, de la mano de Welles, vuelve a revitalizar fantasmas: a K. no sabe de qué se lo acusa, pero su cuerpo carga con la sospecha. La Ley nos vuelve sospechosos y, a la vez, no es posible acceder a ella. Ese texto, “Ante la ley”, es el pilar del relato de Welles. Los viejos barbudos esperando no hacen más que reafirmarlo. Y “Ante la ley” es apenas un relato enmarcado en la novela. Una explicación insulsa en medio de tanta incertidumbre. Es casi un sueño dentro de un sueño. Y el cine es también otro sueño. ¿Entonces quién está soñando? Lo curioso es que ese que sueña nunca existió.

– Todos aspiran a la ley –dice el hombre-, ¿Cómo es posible que durante tantos años sólo yo haya solicitado la entrada?
El guardián comprueba que el hombre ha llegado a su fin y, para que su débil oído pueda percibirlo, le grita:
– Ningún otro podría haber recibido permiso para entrar por esta puerta, pues esta entrada estaba reservada sólo para ti. Yo me voy ahora y cierro la puerta.

“Ante la ley”, Franz Kafka. En “El proceso”.

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