El inquilino (The tenant), Roman Polanski. Francia. 1976.

En donde vivo pasan cosas raras

“¿Qué derecho tiene mi cabeza de llamarse yo?” y “¿en qué momento una persona deja de ser quien cree que es?” son dos preguntas que se formula el protagonista de El inquilino, Trelkovsky cuando su situación es ya muy complicada.
El protagonista al inicio de la película renta un piso en una casona de París. El dueño de la misma le advierte o le recuerda lo difícil que es encontrar casa. Trelkovsky lo sabe y por eso paga en efectivo la seña si es necesario, pero quiere casa.
La portera cuando le muestra la habitación le dice dos cosas: por un lado que la anterior inquilina intentó suicidarse tirándose por esa ventana –y es más: lo invita a mirar cómo rompió el vidrio al caer, es decir, el agujero- y por otro que el baño está a la vuelta del pasillo y que por esa ventana ve directamente a la gente dentro: linda vista, ¿eh?
Simone Choule es quien vivía en ese apartamento y quien intentó suicidarse, pero no lo logró: está internada y el protagonista va a verla. Necesita confirmar que está lo suficientemente mal como para no reclamar la casa que él ahora quiere y necesita habitar. Y también va porque nunca entendió a los suicidas, sin juzgarlos para nada, simplemente no comprende cómo se llega a esa decisión. Ya lo sabrá.
En el hospital conoce a Stella, una amiga de Simone y con ella va al cine, luego casualmente se encuentran en un bar y terminan hablando junto con otros amigos de Simone hasta que terminan en una fiesta en la casa de uno. Y obvio que Trelkovsky y Stella esa noche por fin terminan solos en la casa de ella. Pero no pasa nada porque en ese momento afloran en él esas preguntas que señalábamos al comienzo. Afloran en ese momento porque el personaje ya no da más, siente que algo raro está pasando con los vecinos. Siente que lo confunden con Simone, él no es Simone.
Ve cosas raras además: las personas se quedan horas paradas en el baño observando algo, encuentra un diente en un agujero de la pared al correr un mueble de lugar, se le cae basura por toda la escalera y cuando deja las bolsas y vuelve para limpiarla ya está nuevamente impecable, una vecina y su hija vienen a preguntarle si él las denunció porque las quieren echar de la casa –todo porque ella es discapacitada, dice la madre-. La señora Dioz –sí, ¡Dioz!- lo obliga a firmar luego una petición general justamente para que esas vecinas se vayan. Él tiene valor y dice que no lo hará, y ahí aparece el gran discurso de ella a favor de la solidaridad y en contra de la gente que sólo piensa en sí misma.
Trelkovsky es un extranjero y lo que sucede en esa casa, con sus vecinos, podría pensarse como un síntoma peor: es más o menos lo que le pasa en la vida habitando un país que no es el propio.
Todo esto encima ocurre en una ciudad trastocada, descolorida. Estamos en París, pero no parece. Estamos en París pero no tiene color, parece como apagada. La atmósfera general de la película es agobiante y, muchas veces, queremos pegar un grito como el que pega Simone, toda vendada. Queremos largar eso que sentimos se nos está pegando: cierta desconfianza hacia todo lo que tenemos alrededor. Soltar o mudarse, eso le faltó a Trelkovsky.

Agujeros

La trama de El inquilino comienza mostrándolo casi todo y asistimos como espectadores/as a muchas de las actividades que lleva a cabo el protagonista: la fiesta con los y las amigos/as, la vida en soledad, los cambios en el mobiliario del departamento, su vida laboral y más.
Sin embargo, cuando la paranoia –porque esto es lo que el personaje empieza a sufrir- se instala en su mente, la trama para nosotros/as cambia y se llena de elipsis: grandes agujeros quedan sin rellenar y es nuestro trabajo entonces interpretar para entender aquello que no se muestra. Un ejemplo, fuerte, es que no sabemos si él solo se saca el diente o si en realidad –como Trelkovsky cree- fue un ataque de los vecinos en su afán de que él sea Simone.
En este sentido vamos a la inversa: mientras más ve el personaje, menos nosotrxs. Porque lo que la paranoia genera en él es hacerle decirle a la realidad más de lo que dice. Cada signo para él representa más de lo que en realidad representa. Y así la enfermedad y luego –cuando ya se ha tocado fondo- la decisión final y tremenda del protagonista de suicidarse del mismo modo que Simone. Pero peor: como no muere, vuelve a subir las escaleras hasta su departamento y se tira nuevamente.
La teatralidad de ciertas escenas es genial: nos permite sentir el mismo horror que creemos que está sintiendo Trelkovsky: me refiero en particular a esta última en la que los vecinos verdaderamente quieren ayudarlo una vez que se tiró y él siente que quieren rematarlo y huye para hacerlo él. Y la otra es cuando, mirando desde la ventana, el protagonista ve que en el patio de abajo están maltratando a las vecinas “problemáticas” –la madre y la hija- al punto de disfrazar a esta última de bufón y de pronto, el protagonista ve que el bufón tiene su cara. Un espanto, pero que no existe. O sí, existe sólo en la mente de él, la soledad absoluta.
El fin de la película es circular y quizá por esto nos tranquiliza de alguna manera, o nos confunde más y eso nos deja por momentos descreídos: es él ahora quien está internado como Simone, todo vendado y a punto de pegar un grito que mejor, bajen el volumen.

La comunidad, Álex de la Iglesia. España, 2000.
Cuidado con los emprendimientos deshonestos que envuelven a inmobiliarias y vendedores oportunistas. Puede que llegues a un edificio con oportunistas mejor armados, organizados y furiosos.
Algo así le pasa al personaje de Carmen Maura (Julia), una representante de inmobiliaria que ofrece megaventajas a quien encuentre por un edificio por el que no da ni cinco centavos, incluso sin conocerlo. Pero ese departamento en particular es una joya, y ella se queda después de la primera visita. Se queda, descubre una gotera de cucarachas, se hace de bomberos, irrumpe en el departamento que todo el edificio ha querido, y toma un tesoro: al exdueño lo han perseguido, se ha mantenido recluso en su vivienda, se ha muerto y su gato se encargó de alimentarse con lo que quedaba de él.
Olor a podrido, cucarachas, caras deformes, enormes pelucas, golpes, garrotazos, cuerpos desnudos, pajas, y sangre, mucha sangre, componen “La comunidad”, una comedia negra, incluso de enredos, donde la protagonista es perseguida luego de hallar miles y miles de euros que el edificio estaba esperando. Esperando del ahora difunto, que cómo no se murió antes.
Álex de la Iglesia hace uso de ese ritmo de tertulia y es casi una danza espontánea la trama de sus películas. Encuentros, miradas, despistes y escapes se suceden orquestadas por una banda sonora que suena a festejo cuando se está desarrollando una masacre. Una masacre por un poco de dinero, como siempre. ¿Qué no harían esos vecinos de una supuesta comunidad que se cae a pedazos por un trozo de esa maleta? Se encaman con la propietaria, o la usurpadora; mienten a la policía, la raptan, la dejan con un zafado que no tiene ningún tipo de problema en pegarle a las mujeres, de hecho lo disfruta demasiado. Y cae como muerto por un golpe extraño, mientras siguen llegando parejas interesadas en el departamento, cada vez más lleno de dinero, sangre y otros vicios.
En ese edificio también está el jedi, uno que la pasa bien haciéndose el freak, que junta billetes de mentira (ni siquiera falsos, son apenas cupones y cartas de póker), que siempre está observando; es un voyeur que parece admirar la belleza del personaje de Carmen Maura, y que planea un escape. Un escape que se terminará concretando cuando ya todos corren con los puños en alto para matar, si es necesario, a la del trajecito rosado, que no abandona los tacos ni siquiera cuando está a punto de caer en lo más alto del edificio, perseguida por la última alma corrompida de esa manada, o quizás la más fiera de todas.
Julia termina escapando con el jedi, pero después de un despiste que ni siquiera ella conocía. El jedi manda a llamar en el diario, en un aviso muy chiquito, a su princesa Leia. La comunidad, que siempre ha seguido los pasos de cualquier sospechoso de llevarse su fortuna -una fortuna que nunca le fue propia, pero que con tantos planes y organizaciones la creyeron como parte de ellos mismos-, no descifra el mensaje, porque el pibe vestido de jedi estaba demasiado guardado y olvidado como para tenerlo en cuenta, y porque se quedaron con el montón de billetes falsos como verdad, o como treta segura. Billetes y cartas volando por los aires, como la carta del Joker que encuentra Julia antes de ingresar al edificio por primera vez. Sin lugar a dudas “La comunidad” tiene muchos guiños al cine de Hollywood, pero con una impronta cultural española muy arraigada, y que con tantas mujeres (y con Maura, sobre todo) hace pensar en todo momento en Pedro Almodóvar y su universo. Hay más conspiración y menos guión risueño en las películas de Álex de la Iglesia, pero la picardía aflora como identidad.
Y, cayendo, con el maletín repleto de dinero falso, sin soltarlo en ningún momento, va Terele Pávez, encontrándose con cuanto tendedero y sábanas hay a su paso. Actriz fetiche de Álex, queda encumbrada en “La comunidad” al caer con todo sobre sábanas casi blancas, rojas de sangre, pero como flotando: acaso ha caído y muerto un ángel o acaso es un ángel caído, y la maldad siempre tendrá forma de demonio o de una valija repleta de mentiras que se venden como dinero.

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