La piel que habito, Pedro Almodóvar. España, 2011.
Siempre hay mucho en una película de Almodóvar. Siempre todos los detalles están rigurosamente pensados y van mostrándose de manera tal que encastran en la mente formando la imagen que promete un rompecabezas. En La piel que habito hay:
Una venganza minuciosamente pensada.
Un protagonista más que exacto y puntilloso.
Un culpable que no lo es tanto, pero que sí sufre tanto, de manera inenarrable.
Una sirvienta-madre a escondidas- que sufre el mismo castigo que Casandra.
Un accidente, fuego y luego un suicidio. Gala –la mujer del protagonista- no puede con su imagen en el espejo.
Una hija sola que también se arroja por la ventana frente a lo que no se puede soportar, eso que anida bajo la piel para siempre.
Mucho conocimiento, poder y dinero para llevar a cabo la venganza minuciosamente pensada. El Cigarral no es tan sólo una hermosísima mansión, allí también se experimenta a base de transgénesis, contra toda bioética existente. Y allí también se le cambia el sexo a un chico y se lo transforma a todo su cuerpo en el cuerpo de una mujer. Pero el ser –eso que nadie puede arruinarnos, según el yoga- es el ser y huye hacia su sitio, finalmente.
Mucho rencor y dolor tras la cara sin gestos –casi siempre- del protagonista más que exacto y puntilloso. Y locura también: convengamos que se acuesta con su obra maestra, olvidando lo que decíamos antes: el ser. Él muy médico, científico y artista también, ha olvidado algo: no ha intervenido quirúrgicamente lo de adentro: eso sigue intacto. Y no perdona.
Historia, pasado y raíces tras los ojos de la sirvienta –madre a escondidas- que no llora la muerte de uno de su hijo Zeca, asesinado por su hermano Robert, el protagonista. Llevo la locura en mis entrañas, dice la madre de dos hombres que jugaban a matarse –de niños- y que terminaron haciéndolo.
Infidelidad y capricho apuran a Gala a marcharse de su casa, dejando a Robert por Zeca –nadie sabe que son hermanos-. Rumbo a la tragedia se dirigen los amantes: el auto se prenderá fuego y ella será rescatada por el protagonista que se la arrebata a la muerte. El engañado no puede dejar de amar a Gala y la salva y la cuida y le entrega la vida entera. Y todo lo posterior: sus investigaciones como médico estarán dirigidas a crear otra piel, capaz de resistir hasta el fuego.
Una canción inolvidable en la mente de la hija sola retumbará en el momento menos exacto. Sus traumas afloran y se confunde y grita y sufre hasta la locura. También, como su madre Gala, se arrojará al vacío. La vida no puede seguir así como así después de haber visto tanto. Un cuerpo humano y de tu propia madre que no parece ya humano. Y la caída de ese ser que habita allí, frente a tus propios ojos. Ser la espectadora del suicidio de una madre y las pastillas y el psiquiátrico te guían al salto final, Norma. Tu padre cree que podrá vengarte. Pero Vicente, ese chico que conociste en la fiesta cuando todos creían que habías superado tus fobias, ¿realmente hizo algo que no querías? Esa canción, ¿no podía sonar en otro momento?
Era la canción que aprendiste de niña de la voz de tu madre. Y ella, antes de arrojarse al vacío, te escuchó cantarla y se emocionó nuevamente, luego de tanto sufrimiento.

V de Venganza (V for Vendetta), James McTeigue. EE.UU., Reino Unido, Alemania, 2005.
“V de venganza” es una de las películas que más impacto mundial tuvo en los últimos años, y eso es mucho decir cuando pasan y pasan tantos éxitos de taquilla todas las semanas por las carteleras. El éxito es mucho más que el conjunto de ventas que produce una película en todos sus formatos comerciales. Se habla de éxito (de ventas) cuando una película de la industria triunfa sobre las otras durante una semana, dos, o en el año. “V de venganza” fue un éxito de ventas en 2005, pero cuando hablamos de su impacto no nos referimos a su rédito económico. “V de Venganza” desde sus primeros spots instaló un nuevo imaginario que se sostiene, aún con el paso de los años. Es más, se ha intensificado tanto que casi que se olvida a la película y se queda con la máscara, con la justicia anárquica cuando todo parece caer en la desesperanza y la corrupción. Su impacto cultural es tan grande que sobrevive el mito más que la obra.
La máscara de V (o deberíamos decir, “Cinco” en números romanos), es la máscara de un viejo conspirador, Guy Fawkes, que intentó hacer lo que haría este nuevo súperhombre: volar el edificio del poder, la Cámara de los Lores (Londres) en 1605, o el Parlamento (todo el edificio) en “V for Vendetta”. El mito recupera al mito bajo el fundamento de que los ideales no mueren. No caen. El plan de V es tan extenso como el del Conde de Montecristo, novela que sigue -por el cine- apasionadamente. Extenso, meticuloso, cuidado, atroz y perfecto. Tan perfecto que no concibe una pieza de dominó sin caer, que no concibe la aparición de su alter ego, o de su musa, o de su amor, sin más tapujos: Evey.
El Parlamento termina volando por los aires. Mueren todos los granujas que lo dirigían, salvo uno que había empezado a dudar. Mueren todos los que lo encerraron, lo desarmaron y calcinaron en una prisión campo-de-concentración de las que históricamente conocemos muy bien. Su máscara, su enorme capa, sus guantes, cubren un cuerpo sin piel, arrugado por el fuego. Su máscara no deja caer la sonrisa: el ideal no puede no estar sonriendo. Evey también se enamorará, luego de superar sus propios individualismos, luego de hacerle ver que todo lo que V está haciendo es por venganza. Una venganza que también bulle en el cuerpo de la joven. Pero esa no puede ser la razón de semejante revolución: tiene que haber algo más grande, y por eso ella terminará jalando la palanca y mandando por los aires los cimientos de la mentira, de la desazón, del engaño y del poder anquilosado, militarizado, el poder del miedo.
El Parlamento vuela por los aires como volaron las Torres Gemelas, sólo que eso fue una cortina de humo. El Parlamento vuela para terminar con tantas mentiras. Es curioso que a sólo cuatro años del suceso que marca un cambio en la historia mundial y sirve de argumento al poder de EE.UU. para invadir, atacar y militarizar toda supuesta amenaza a la nación (y al mundo, ya que estamos), salga esta película. Salga y arme otro revuelo, un revuelo que en principio mantuvo ocupado a los medios por un par de semanas, tal vez unos meses.
Como el arte debería ir a contrapelo del sistema, el propio sistema crea a las obras que cumplen esa función, aniquilando así la posibilidad de una verdadera crítica desde la cultura al entramado hegemónico que gobierna al mundo. Crea obras que apoyan los valores “queridos” y también (en menor cantidad) obras que lo cuestionan, que lo critican, que lo vuelven hasta risible. Pero están ahí, y resulta que algunas son realmente buenas, como “Network”, “Wag the dog” y la misma “V for vendetta”.
Pero pocas de esas películas han generado tanto impacto como el film de McTeigue. No sólo porque desenmascarar redes de mentiras y gobiernos corruptos (en un relato futurista, por las dudas), con un tipo bajo una máscara es de por sí atrayente, y más si se utilizan todos los recursos de la industria (todos: explosiones, artes marciales, amor, sangre, máscaras, fuegos artificiales, orquesta –película orquestada y también músical-, flashbacks reveladores, intrigas que se van develando, guión lleno de parafernalias y algún que otro sobresalto visual); sino porque (como en la posterior “Avatar”), hay un edificio que se derrumba, que se aniquila, un edificio que simboliza el poder, como esos del 11 de septiembre, y no la Casa de la Moneda chilena, específicamente.
Hoy las máscaras siguen presentes, muy presentes, con las campañas de Anonymous que, entre otras intervenciones, hackean y así buscan el escarmiento de portales de noticias, de gobiernos, de organizaciones que se la han mandado, algunas más, otras menos. Anonymous tiene la esencia de V, aunque suponemos que no ha estado en la celda cinco, y menos que ha encontrado a una Evey que le cuestione algunas acciones. Pelear el poder con otra suerte de poder, entre tanta venganza, no nos vuelve más grandes, pero ciertamente que termina planteando el debate sobre sucesos de los que no se habla. Y no hablar, acallar o, simplemente, eliminar, no nos estaría haciendo tanto bien como sociedad, por más que lleve una máscara de justiciero. Hay una autocrítica en V que no ha llegado a madurar fuera del film, en medio de otra forma de impunidad que también debería cuestionarse.
En “V de venganza”, para que se desate el caos, una nena que desde el primer momento dudó de las mentiras de la tele, termina muriendo. Es asesinada por pintar grafitis, vestida como V. Sus lentes saltan por los aires, por encima de la máscara, que también cae, para revelarnos una suerte de verdad. Y es que: solos seguimos indefensos.

Anuncios