Obvious child, Gillian Robespierre. EE.UU., 2014.
A Donna se le caen dos lágrimas enormes, se deslizan por los surcos del rostro cansado hasta perderse en lo recóndito de la pantalla. La imagen está tan iluminada que apenas se perciben las gotas, pero ahí están. Cayendo despacio, mientras ella se deja hacer, un tanto dopada por la anestesia, un tanto golpeada por esa circunstancia que nunca esperó, nunca soñó ni dejó que soñasen por ella, nunca pensó que podría pasarle también a ella.

Mientras Jenny Slate (Donna) derrapa en escena, Gaby Hoffman (Nellie) mira a su amiga (quizás ya ni la escucha, sólo la mira y la admira) con ese micrófono en la mano, al fin soltándose, dejando de lado algunas inseguridades, poniendo en consideración pública muchas otras, y ese, su rostro de Gaby Hoffman (no ya la niña, sino la mujer madura y crítica), se le llena de calma y de emociones cruzadas por el show de su amiga.
Donna hace stand up. Lo hace en un bar, junto a algunos amigos y otras personas que no le cierran. Sus rutinas giran en torno a su vida. Es muy escatológica. Pero también es muy insegura (completamente insegura) y si tiene alguna confesión que hacer, elige el escenario para desembarazarse de sus infortunios.

Donna está embarazada. Después de una rutina, en el inicio de la película, su novio la deja. Pasa noches de lágrimas y mensajes interminables, increíblemente hilarantes (sí, hillarious), despotricando contra su ex y su nueva novia, que era su amiga. Los stockea. Se emborracha. Grita en la noche solitaria de su departamento. Departamento que puede perder porque cierra la librería donde está trabajando. Se le amontonan las cosas, y acude a su salvación Nellie.
Treintañeras. Perdedoras para un sistema que tenía muchas imposiciones para ellas, imposiciones que se han encargado de esquivar, no sin penas ni remordimientos. Nellie (las espesas cejas de Gaby Hoffman) se ha hecho un aborto. Lucha contra la desigualdad entre el hombre y la mujer. Se le sale por los poros la lucha. Y es quien tira la bomba: “¿no estarás embarazada?”. Lo dice como al pasar, pero es entonces que Donna se da cuenta de que nunca tuvo un atraso, de que nunca le dolieron así las tetas, que puede que no se haya cuidado con ese sexo casual que se tiró un pedo en su cara mientras meaba en la calle.
El que se tiró el pedo en su cara era un tierno, casi mojigato, niñito bien, estudiante amado por sus profesores, amado por la madre de Donna, que es profesora, que usa alpargatas (carísimas alpargatas) en una noche de invierno neoyorquino. Se conocen, bailan desnudos en el departamento de él, cogen. Luego ella se va. La anécdota es el pedo, pero él después la busca. La busca cuando ella ya sabe que está de tres semanas y de que tiene que esperar dos más para poder practicarse un aborto.

Su aborto está programado para el 14 de febrero. Sí, para el día de los enamorados. Todo “Obvious child” está construido en base a las ironías. Es un chiste tras otro, como los encuentros, los desencuentros amorosos, como las manchas en los calzones y los pedos de la primera cita. Sería una comedia de enredos si “Obvious child” no tuviera la ventaja de ser lo suficientemente indie como para evitar las principales tipificaciones. Es una comedia romántica indie, pero es más que eso.
Es colorida. Simple. Muy simple. Con luz hiperreal, en el mejor de los escenarios posibles para disfrutar de lo que vemos. Y para resaltar las penas propias y ajenas, también. Y dura una hora veinte. Eso significa que no es pretensiosa, que acude a las estructuras narrativas simples para contar una historia, para entretener mientras se exponen algunas penas humanas. Para desmoralizar lo moralizante y cuestionarnos sólo un poco, lo justo como para no tomarnos la vida tan en serio. La vida como una rutina de stand up, antes de que te deje tu novio. No más que eso. Todo eso.

A Donna se le caen las lágrimas. Nunca imaginó tener que hacerse un aborto. No era una posibilidad ni para ella ni, pensó, para sus padres.
Las lágrimas recorren los surcos de su rostro cansado. Afuera lo espera ese pibe que la embarazó, pero también ese pibe que piensa cuidarla. Que la invita a mirar una película de “como diez horas”, sólo para estar juntos. “Lo que el viento se llevó”. Ninguno de los dos la vio.
Entre tantas canciones que acompañan los días de Donna, en esa sala de procedimientos clínicos aturde el silencio. Quizás sea ese silencio intempestivo, ajeno, lo que se desprende de sus ojos cansados.

Nate & Margaret, Nathan Adloff. EEUU, 2012.
Nate & Margaret es una película lineal y simple, pero que más allá de estos dos adjetivos, dice algo acerca de cómo va el mundo: muy parecido a siempre.
El nombre del film ya remite, si se quiere, al conflicto: lo que mueve la acción dentro de la narración son los protagonistas y aquello que hacen hacia adentro o hacia afuera de ese vínculo. Son vecinos y amigos, aunque él tiene veinte y ella 58 años. Y comparten paseos en bicis, charlas, cenas y se acompañan en las respectivas pasiones: Nate todo el tiempo la incita a seguir haciendo lo que verdaderamente satisface a Margaret, stand up; ella, sostiene el micrófono en toda la filmación del trabajo cinematográfico final de él. Se conocen, se quieren, se eligen… más allá de la edad y de lo que diga la gente.
Pero un día, Nate da un paso al costado porque conoce a James: un amor que le hace abrir y pensar su ser en relación a la sexualidad y que parece que todo va bien, hasta que un día James se equivoca, feo. Es de noche y ambos quedaron en ir a la casa de Margaret a cenar. James repentinamente le dice a Nate que deben irse ya al boliche para llegar a tiempo y escuchar a tal DJ impresionante. Nate le dice que sí, pero en un rato porque acaban de llegar a la cena. El nuevo le insiste y lo presiona a que huyan: vámonos ahora y en el taxi le mandás un mensaje pidiéndole disculpas. Nate no quiere en principio: valora a Margaret y no puede hacerle eso, pero lo hace. Y ella los pesca justo y se van. Nate olvidó las llaves en lo de Margaret.
Esto no es todavía el error de James, sino que viene después. Ya en el boliche le dice a su novio nuevo y lindo que quiere que el DJ los vea juntos. Revancha, digamos, sí, se entendió. Nate se siente algo incómodo, no capta muy bien -o sí-, pero no quiere. Hasta que James le dice sin anestesia eufemística: quiero exhibirte. Fin de la relación.
Queda pedirle disculpas más que sinceras a la amiga de siempre, la leal y fiel compañera de todo. Pero ella ha entrado al departamento la noche esa en la que huyen los novios, lo ha limpiado y se ha olvidado de cerrarlo. A Nate le acaban de robar todo culpa de ella. Gota necesaria para que el vaso… y le grita en la cara estúpida y otras cosas y se muda y se separan hasta que él vuelve y todo se arregla. Sabemos que todo se arregla.
El argumento, como se ve, es así de simple porque esta peli circula para otra cosa: para detener un rato el pulso del mundo cotidiano. Detener la vorágine de los días y sentarse a ver y espiar así otras vidas y ampliarnos.

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