El último concierto (A late quartet), Yaron Zilberman. EE.UU., 2012.
Una mujer y tres hombres conforman un cuarteto denominado La Fuga y llevan tocando juntxs veinticinco años. Detrás de esas personas que vemos sobre el escenario, como se sabe, hay una historia. Y tantos años de a cuatro tejieron en común, otra que camina a la par.
En este sentido A late quartet es una película que se abre: en la primera escena el aplaudido cuarteto entra al escenario, toma posiciones y arranca a tocar. Pero no sabemos que es el último concierto de la formación… hasta la última escena.

En el medio, la apertura, el desliz de la narración hacia caminos paralelos y a veces perpendiculares. Cuatro seres con su vida entregada a la música: esas partituras y esos ensayos la fueron llenando de sentido. Aunque, siempre se necesita algo más, así sea un pequeño cambio.
Peter, el mayor del cuarteto, es viudo hace un año y extraña a su mujer y sufre por su desaparición. Además, le diagnostican Parkinson. Su carrera roza el fin, él lo sabe y en el transcurso de la película –con mucho retraimiento- va asumiéndolo.
Juliette no puede ni considerar la idea de tocar sin Peter. Es la mujer de Robert –el tercero del cuarteto- y siente tristeza y dolor por pensar en el vacío que significa para ella que su protector ya no toque en La Fuga. En el medio de la película, como si este dolor no fuera suficiente, descubre que Robert una noche se acostó con otra. Lo echa de casa y trata de sanarse.
Robert siente que no es tan bueno como Daniel –el cuarto de cuatro-y por eso ocupa el lugar de segundo violín. Reclama alternar los asientos, pero no recibe aceptación. Ni Juliette lo apoya porque no está segura frente a los cambios. La noche en que su ego es herido, engaña a su mujer con otra, una chica que conoció haciendo ejercicio. Dice sentirlo muchísimo porque ama a Juliette, pero también-en ese tiempo de separación-se hace (y le hace) preguntas profundas como tajos sangrantes: ¿te casaste conmigo sólo porque quedaste embarazada? ¿Me querés realmente?
Robert y ella tienen una hija, Alexandra que es alumna de Daniel. Como músico es obsesivo y como profesor, tremendo, pero se seducen y terminan enamoradxs.
Daniel defiende ese vínculo por sobre La Fuga, pero Alexandra no puede pensar que por su culpa el cuarteto –es decir, la vida de sus padres- corra riesgos. Lo deja a poco de que empiezan a salir. La obsesión de Daniel parecía sosegada y sus gestos se descomprimieron, pero duró poco.

Frente a todas estas vicisitudes de la vida, La Fuga. Frente a cada cuestión personal un hilo invisible lxs une constantemente. Hay una fuerza, la música, que se apodera de ellxs cuando toman el instrumento: grandes protagonistas del ojo de la cámara además.
Y todo A late quartet es eso: un paseo por las vidas privadas y la música como si fueran indisolubles. Inherentes. Y la lucha de los personajes por seguir también se nota: qué siente Juliette, por ejemplo, al escuchar de su propia hija los reproches por el abandono que suponían las giras. Es mi trabajo, dice… pero es más.
Es lo que mueve y no puede ser abandonado: un amor extremo por un arte y, como uno de los materiales de los que disponen los artistas son las emociones, en A late quartet, estallan y salpican al espectador, a la espectadora. En un/una artista existe una sumersión hacia aguas profundas del interior y con esa humedad se crea, más la disciplina constante de trabajo sobre la técnica.
Un nudo en la garganta es la sensación constante que acompaña la proyección de esta película que se cierra en la última escena –que es la primera, pero después-. Es el último show, Peter públicamente se retira y llama a Nora Lee para que lo reemplace.
Lágrimas y música con las partituras cerradas y que salga pues de otro lado el sonido. Que se abra el pecho y se saque el alma.
¡A tocar, La Fuga, el show debe seguir!

Whiplash: Música y obsesión (Whiplash), Damien Chazelle. EE.UU., 2014.
Andrew y Fletcher se conocen en un ambiente de música. En la mejor escuela de música del país (y, por ende, debe ser una de las mejores del mundo), el conservatorio de música Shaffer. Andrew está practicando con su batería, y Fletcher está buscando incansablemente al primer “verdadero” talento en ese instituto. Ve algo en Andrew, pero lo deja tocando con un portazo en medio de la prueba.
Fletcher es el buscatalentos del instituto. Dirige la banda de Shaffer. No acepta errores. Quiere que cada composición suene perfecta. Sus alumnos se estresan tanto que lloran, no pueden levantar la vista, creen equivocarse cuando el profesor pone en duda su actuación, y si no se agachan justo a tiempo puede que reciban un sillazo. Andrew es tal vez el más contestatario de ese grupo, pero también es el que más sufrirá. Sufrirá la persecuta de perfección que impone Fletcher, y también sufrirá sus propias presiones, familiares sobre todo, por intentar ser el mejor.
Si Fletcher es un empoderado quisquilloso insufrible, violento e intimidante, Andrew es un joven con demasiadas obsesiones interiores, violento a su manera, también, desquitándose con golpes de tambor y platillo, con incomprensiones amorosas, completamente atado al camino del triunfo, sin importarle un carajo si tiene que pisotear a más de uno para llegar donde él quiere. Fletcher y Andrew no son tan diferentes, en definitiva, y por eso sus miradas se terminan encontrando en el final de la película, después de enfrentarse a las denuncias cruzadas. Se miran porque se reconocen lo suficiente en el otro como para saber que ambos han logrado sus objetivos, objetivos de dudosa abnegación cultural.

“Whiplash” no necesitaba de la historia de amor ni del accidente de tráfico, pero ambos elementos se suman como para agregarle más conflicto, y quizás eso le quite algún mérito.
La historia de amor, obligatoria en la narrativa hollywoodense tradicional, sirve para agregarle otro enredo al conflicto principal. En “Whiplash” ocupa un lugar menor y podría evitarse completamente sin perder la construcción del personaje: Andrew es también un desalmado, más allá de que le diga o no le diga a la noviecita que su relación interrumpe su crecimiento profesional. Es un desalmado por su relación familiar. El noviazgo es apenas una anécdota en un personaje que no la necesita para nada.
El choque, el accidente, marca un corte entre dos películas: la del alumno, y la del exmúsico que terminará enfrentándose al maestro. A ambas películas las conecta la anécdota de Charlie Parker enfrentándose a su maestro, tras recibir un platillazo por la cabeza. Esa es la relación que Fletcher propone, y el desafío: que Andrew no abandone por más presión que tenga que soportar. Esa será la única lección, quizás, de Fletcher: aguantarse todo para ser mejor. Siempre ser mejor. Entre el entrenamiento y el enfrentamiento, está ese accidente: una apuesta visual acostumbrada del cine hollywoodense, innecesaria porque el personaje ya había colapsado, innecesaria porque oscurece el clima de música y obsesión que bien plantea el título en Hispanoamérica. Un accidente es eso: un accidente, un hecho de violencia sin demasiadas explicaciones, por más negligencias y momentos extremos que puedan rodear al hecho.

El accidente es innecesario, porque a pesar de la historia, “Whiplash” es una película de música. No una película musical, sino una exaltación audiovisual a la música en vivo. Y “a pesar de la historia”, porque la trama gira en torno a una relación enferma, enfermiza, asfixiante, mientras que la pasión se dispara en las cámaras, en la acentuación en los instrumentos, en los movimientos vertiginosos que tratan de seguir el origen de cada sonido. Todo esto se profundiza en el final de la película, en el momento en que Andrew planea desquitarse por la última humillación de Fletcher (increíble, increíble J.K. Simmons, que dejó todo en escena y se puso el traje de malo en un cuerpo que, también en una película de música –The music never stopped-, no ha hecho más que repartir bondades) con una presentación pasional, improvisada, orquestal, que termina apasionando al mismo profesor que momentos antes quería terminar con su carrera.
En ese momento la cámara se dispara y no para de seguir la música. Pero ya antes la cámara venía persiguiendo: sólo que al proceso, a la creación del monstruo –o del héroe-, a las manos que se rompen de tanto golpear, a los instrumentos que acompañan pero no oprimen. Primeros planos, iluminación de estudio, de sesión, cuerpos cansados e indicaciones de fondo.
“Whiplash” es maravillosa a pesar de su historia, aun cuando su historia termine atrapando. Pero son dos momentos, dos lecturas, dos hallazgos. Y se entrecruzan, se hallan, logran equipararse de a ratos, sobre todo cuando el profesor, cansado de notar imperfecciones minúsculas, y casi guardándose algún algo de buenos modales, le agrega el “quite” (casi) a su corrección. Sí, a nivel de la historia, la mejor línea es: “Not quite my tempo”. Todo lo demás es una enorme orquesta que reclama ser vista.

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