2 días en París (2 days in Paris), Julie Delpy. Francia, Alemania, 2007.
El cine no es una foto, los recuerdos no son cine, pero el cine tiene todos los elementos para representar los recuerdos, y los recuerdos se conservan mejor en una foto. Para evitar el olvido. Para no pasar horas y horas observando el lento andar de dos caracoles por el patio de tu casa. Para evitar los bloqueos, las demoras, tiempos muertos que son signo de enfermedad.
“Dos días en París” es una película de recuerdos. Del recuerdo de un amor que también se frustró. Del recuerdo de un último viaje en pareja, que termina en la casa de los padres, en el acelerado andar por las calles parisinas, perdida toda magia o misticismo de la belle époque. Y es también el recuerdo de todo ese largo camino de Marion, una niña con problemas de visión, que se quedaba horas mirando a los caracolitos en el patio, que devino fotógrafa porque esa fue la solución que le encontró la madre a sus bloqueos, que ve con manchas, que anduvo con varios, que se mudó a Nueva York, quizás por Jack, quizás por su carrera, quizás porque se hartó de la hostilidad del parisino. Y sueña en imágenes, en fotos propias y ajenas, en noviazgos olvidados que vuelven a reflotar, en fotos de pitos y globos que se repiten. En amores tristes, que alguna vez parecieron distintos. Sueña entre una madre amante de Jim Morrison y un padre amante de los conejitos, cerditos, todo en salsas, ambos exrevolucionarios que llevan aún en el cuerpo la necesidad de cambiar el mundo y continuar ese otro sueño de liberación de los 60.
Las películas de Julie Delpy (cuando no retratan un personaje histórico) van directo a la niñez. No son una postal de la niñez, pero continuamente le están consultando sus obsesiones, sus miedos, sus desventuras. Y no desde un punto psicológico, sino más bien místico, interno, en un universo poblado de naturaleza viva que convive con esa niña que está conociendo el mundo. No son tan místicas como los poemas de Marosa di Giorgio, pero igualmente nacieron artistas, observan con fruición el mundo, juguetean oníricamente con lo que las rodea y se detienen en la sexualidad para prenderse eternamente, lobas en un universo de caperuzos.
Son mujeres con fuerza, que hacen uso de la palabra, universo privativo de los hombres. Si el discurso suena a feminista de a momentos, no es del todo por convicción sino porque el discurso hegemónico es demasiado machista como para atarse a las convenciones. Celine es Marion y también la mamá de Titine en “Le Skylab”. En las tres historias, esas mujeres tienen un lazo muy fuerte con sus padres, con su familia. En las tres películas aparece Albert Delpy, el papá de Julie, y salvo en Le Skylab, Albert y Marie Pillet son esa pareja llena de vitalidad que cumplen con el rol paterno y materno (en “Antes del atardecer” son vecinos, en apenas unos segundos de película, pero emerge el vínculo conociendo la filiación), pero que en realidad son más que padres; como debería ser, en fin.
Julie rescata su niñez y rescata a su familia, trabaja sobre ellos, los incorpora a sus proyectos, busca expandir el tiempo, la filiación, con unos minutos de cámara juntos que inmortalicen la unión. En “2 días en París” (como en “2 días en Nueva York”) es la historia con el novio el eje central de la película, pero lo más rico es el personaje de Albert enojándose con ese Jim Morrison y rayando autos mal estacionados, esa madre que plancha todo el tiempo, que se manda a la habitación de su hija para alcanzar la ropa, que llora porque la hija le reclama los kilos extra del gato, que hace escenas porque no puede ya soportar tanto amor. Y Marion, la irreverente Marion, peleando finalmente con el más “gorila” de los taxistas, después de una agitada noche de alcohol y sobresaltos, diciendo finalmente que están en Francia, Francia marchando al son de la marcha Nazi, con pequeños bigotitos y el brazo estirado. Ella en su propia Francia, en su propio París, derrapando con una cachetada de burguesa a tanto burgués acomodado que maneja un taxi o que toma un taxi o que escupe un taxi porque “ahí van los otros”.
Cachetea para dejar una hermosa postal de París. De París y de su viaje y de ese amor fallido. Aun cuando señala las bajezas de París, la ciudad de las luces es todo eso que se ve en las películas y todo eso que se filma con la cámara familiar antes de ir a hacer las compras al mercado.
Al mercado con ese novio que es más encopetado que Jesse, muy insoportable, perseguido, sarcástico y difícil. En último lugar, Jack, el Jack que ve en cada hombre un examante de Marion, con una musiquita de suspenso resaltando la tensión, la misma musiquita repitiéndose a cada rato, porque Marion realmente se ha acostado con varios, con muchos más de los que se le permite a la mujer, no importa cuántas pasaron por su cama.
“2 días en París” comienza con una secuencia de fotos, que se recupera en varias ocasiones, y termina con un racconto de la discusión, de la ruptura: una narración que resume cuatro horas de tristezas, de miedos, de frustraciones, una repetición constante para esa mujer que sólo pasó a visitar a sus padres y a recuperar a su gatito. Fotos e historias, dos formas de contar reunidas en el cine, esa cámara que guarda recuerdos para un futuro incierto cuando ya no somos los mismos. Como ahora. Como ahora. Como ahora, también. Y, sí, como ahora.

2 días en Nueva York (2 days in New York), Julie Delpy. Francia, Alemania, Bélgica, 2012.

La vorágine en N. Y. city.
Y una reflexión acerca de nuestros días

2 días en N.Y. es una historia… de títeres. Marion le cuenta a su hijita lo que pasó antes de que ella naciera: una historia, de amor entre otras cosas.
2 días en N.Y. es también un relato de nuestra contemporaneidad: nuestros días transcurren esquivando la vorágine, lo rápido, lo efímero, lo líquido. 2 días en N. Y., con muchísimo humor da cuenta de este acelere importante del cual somos víctimas. A veces, victimarios.
Marion vive con Mingus en un departamento en la ciudad de Nueva York. Ambxs tienen hijxs, unx cada unx de una relación anterior. Conviven, pues lxs cuatro. Hasta que un día, caen de visita el padre de Marion, la hermana y una sorpresa… el novio de la hermana de Marion. Ex de Marion. La mezcla, desde el comienzo.
2 días en N. Y. es también esos días de gran tumulto francés en la casa tan yanqui de la pareja. El tumulto es muy gracioso y desenfadado: marihuana, chistes sexuales, sexo en el baño, exhibicionismo, gula. Todo en un departamento y en dos días. Rápido y comprimido como lo que nos rodea hoy.
Mingus está incómodo porque no entiende del todo. No le resulta sencillo naturalizar lo que ve. No quiere tampoco que su hija vea lo que está pasando, claro. La vorágine entró al hogar. Sin malas intenciones por parte de nadie, todo se ha movido. El ritmo de esta película da cuenta de la alteración de Mingus por las visitas.
Marion está por estrenar una muestra de fotos. Y también de vender su alma. Sí, porque además en 2 días en N. Y. hay un elemento fantástico: un papel que se firma y el sentimiento de ella de haberse quedado sin alma. Ella no cree en el alma, pero la necesita. Y se entrevista con el comprador, pero no la consigue de vuelta. Afortunadamente, puede vengarse: salva a una paloma atorada en alambres y esta caga encima del comprador que no quiso devolverle su alma. Justicia.
La familia de Marion es un torbellino incontrolable, amoroso. El padre sobre todo es un personaje que parece habitar una realidad paralela a la vez que observa ésta con ojos de niño. La hermana de Marion es ninfómana, sí. Incontrolable, también: exhibicionista. Un combo explosivo. Y su novio, no importa nada de cómo sea, porque Mingus sabe que tuvo una historia con Marion y eso basta… para ser una molestia.
Sin embargo, las grietas. Alrededor del bullicio del film podemos oír una voz más baja que nos arrastra a repensar cómo vivimos y algo de cómo vemos el mundo. Las reflexiones de Marion, que son las de Julie Delpy y por eso la amamos, son brillantes: concisas, tajantes y verdaderas. Además, la seguridad con que dice las cosas asusta y su tono: la rabia.
“Pero antes del triste final que nos espera a todos podemos compartir bellos y efímeros momentos con los que queremos.” Ese es el mensaje casi final. Y quizá 2 días en N. Y. también sea eso: un modo de escapar de la muerte, es decir, un modo de olvidarnos por hora y media del triste final que a todxs nos espera.

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