Gilda, Charles Vidor. EE.UU., 1946.

¡Qué pequeño es este mundo!
Cuando la Alicia animada se encuentra con la Liebre de Marzo y el Sombrerero Loco, Alicia descubre que también es su no-cumpleaños, y el Sombrero Loco suelta un “¡Qué pequeño es este mundo!”.
Johnny Farrell (Glenn Ford), el jugador en Buenos Aires que está a punto de ser asaltado, es salvado por Ballin Mundson (George Macready), quien lo invita a un verdadero lugar donde liberar sus vicios. Resulta que ese lugar es un casino, en el que Farrell terminará trabajando hasta volverse la mano derecha del propio Ballin, que resultó ser el dueño del lugar.
Ballin ya había tirado la máxima de que el juego y las mujeres no pueden convivir (sí, el juego y las mujeres, cosas de machos), pero resulta que va y se enamora y se casa al otro día con una tal Gilda (Rita Hayworth), que vaya si es pequeño el mundo, termina viajando a Buenos Aires para vivir con su esposo y reencontrarse con ese viejo amor llamado Johnny. Se casó para darle celos, pero ¿cómo lo encontró? Para los yanquis, todo sucede en Buenos Aires, un lugar en el que rara vez se habla español y en el que se puede contrabandear y evadir muy fácilmente.

El nacimiento de un cliché: Buenos Aires, paraíso del crimen yanqui
Farrell se está haciendo la vida en esa ciudad en la que le van a robar muy rápidamente en inglés, y donde va a trabajar para un empresario corrupto del juego que también es estadounidense, empoderado de un cartel que alguna relación con el nazismo tiene, mafia entre las mafias, pagando coimas y evadiendo impuestos y matones a cada instante.
¿Cómo nace un cliché? Con una gran película que plantea un estereotipo posible. Quizás fue antes, pero el cliché de la mafia en Buenos Aires ha quedado bien instaurado con “Gilda”, y siguen llegando norteamericanos a filmar crímenes en la capital de la República Argentina. Y se celebra siempre la visita de la estrellita, no importan sus fines nunca, obvio.
“Soy de América”. “Yo también soy de América”. Esa línea, esa sola línea nos devuelve algo de patria.

En todo el mundo se habla inglés
Más que un cliché, una necesidad de la industria de Hollywood: no importa el lugar, el idioma es siempre igual. Los que intentan decir una palabra en español tienen esas “u” y esas “ies” tan cruzadas como los no hispanos que intentan aparentar español en las cintas filmadas en Estados Unidos para una producción de ese mismo país. Pareciera que es muy difícil conseguir un verdadero nativo en general, y en particular, en “Gilda” no hay traductores: todos entienden perfecto el perfecto inglés que unifica.
Sin embargo, y como festejo, la multitud canta la “Marcha de San Lorenzo” en ese casino clandestino, pero bien puesto. ¿Qué festejan? El fin de la guerra. Ballin observa desde su panóptico, para cerrar indignado las mirillas y salir a proteger sus cárteles.

La traición de Rita Hayworth
El primer libro de Manuel Puig fue enterito para esa actriz completa, hermosura arquetípica del cine de Hollywood, postura de reina, movimientos de sirena, sonrisa de joven risueña not that inocent.
Todas las películas en las que actúa Rita Hayworth son películas de Rita Hayworth. Serán las historias más apasionantes del mundo, tendrán un enorme coro de estrellas siguiéndola, pero ella es la historia y el coro y los créditos finales. Ella, contoneándose, cantando, bailando, sacándose la pantimedia, revoloteándose los pelos; siendo golpeada, besada, deseada; indiferente, sonrisa inmensa, piernas larguísimas, escotes, vestidos de diva, un pitillo every now and then.
En las películas de Rita Hayworth, ¿cuál es el artilugio? Iluminarla, regalarle los mejores planos, las frases más escandalosas, pícaras; llenarle los ojos de luz en una penumbra total, dejarlos brillando. Y que todas las miradas se concentren en ella: acá, allá y en todos lados.

Mujer bonita
¿Cómo se presenta a otra mujer de belleza arquetípica? “Mujer bonita” de Garry Marshall tiene un comienzo muy similar a “Gilda”, sólo que no son dados los que ruedan, sino un par de monedas que se aparecen y desaparecen bajo las órdenes de un jugador que embauca.
Julia Roberts no es Rita Hayworth, ni intenta (ni intentan) serlo. Justamente porque se ha bautizado a una nueva empoderada, bajo el legado de las leyendas.

Pegame que me gusta
El macho pega. La mujer condesciende, aun cuando es la más hermosa del mundo. Condesciende porque el amor es más fuerte. Lindo mensaje da el cine clásico de Hollywood, ¿no? Después de unos cuantos golpes y humillaciones llega el final feliz.
Con la potencia de Gilda, cualquier abuso merece el más frío de los destierros. Por eso Gilda debería ser reivindicada. Gilda y “Gilda”. Salvada, como salva el tío Pio (las divas siempre tienen tíos, como Marilyn en “The Asphalt Jungle”) en el final a esa pareja que se ha venido evitando todo el rato. La salva el tío y la salva la policía. Y huyen finalmente a esas mejores tierras, a los Estados Unidos de América, a América, pero yo también soy de América, y acá también tenemos a nuestra propia Gilda.

mullholland gilda
Mulholland Drive, David Lynch. EE.UU., 2001.

Bailar es soñar con los pies: por eso el foxtrot del principio.
Y otras anotaciones sobre Mulholland Drive.

Mulholland Drive es una calle y toda calle es un pasaje: un espacio de tránsito que se recorre para ir de un lugar a otro. Así, esta película es un camino que emprendemos al inconsciente de una mujer, más precisamente al “lugar” en el que transcurren los sueños.
David Lynch hace un corte en la cabeza de su personaje Diane y nos mete adentro de esa ranura. Nos sumerge en esa masa ultrailuminada que es un sueño profundo de ella. Transitamos durante más de una hora un hueco íntimo y plagado de signos como lo es todo sueño y en donde Diane es Betty, una joven recién llegada a Los Ángeles para triunfar en Hollywood. Su tía le ha dejado un departamento hermoso para que su estadía fuera fantástica. Pero adentro le espera una sorpresa: Rita, una mujer desconocida que ha sufrido un accidente y dice no recordar nada. Ni siquiera su nombre, se puso Rita por un afiche de Gilda que vio en el baño.
Betty está feliz y radiante, no para de sonreír y de ver todo claro y hermoso en el lugar que más quería estar en el mundo. Así que decide ayudar a Rita a reconstruir su vida. Empieza por el bolso, lo trae y juntas miran a ver si encuentran un dato: sólo hay dinero allí y una llave azul.
Hay en ese sueño una llave azul entonces que como toda llave abre y permite entrar. O cierra y entonces se sale. En el film la utilización de esa llave nos sacará a flote, lo cual es una manera de decir: nos saca del espacio de los sueños y nos coloca en el espacio de la vigilia de Diane. Esa atmósfera comenzaba a transformarse en algo menos comprensible que al principio. Salimos, pero nos espera lo peor. Además, Rita no encuentra a Diane en el espacio reducido del departamento: la rubia desapareció y la morocha amnésica abre la cajita azul.
La luz se ha apagado casi del todo o es otra luz. En la cama en la que antes vimos el cadáver de una mujer desconocida está Betty durmiendo, la rubia iluminada que desde el principio del film se la pasó sonriendo y anhelando las audiciones que le esperaban en Hollywod.y el brillo de sus ojos y de su cara, así como su sonrisa constante se han borrado. Es otra, aunque no tanto: es ahora lo que verdaderamente es. Antes era su idea de ella y lo cierto es que ahora se llama Diane y ya no tiene esperanza ni color.
Rita es Camila –el this is the girl, ahora sí va tomado sentido-. Toda esa trama oscura que no está muy alejada de la “realidad” del negocio de Hollywood parece tomar forma. Los teléfonos que sonaban, los hombres siniestros que manejan al director a su antojo y lo obligan a tomar a Camilla como actriz principal de su peli. Uno de esos teléfonos es el de Diane. Camilla la llama para confirmar que se encontrarán ¿dónde? En Mulholland drive.
Vuelta al principio, pero casi al revés y sin accidente. Diane va a una fiesta en donde todos los personajes son lo que son y no lo que ella soñó que eran: la administradora del departamento de la tía es la madre del director; Camilla es una chica más que besa en la boca a la verdadera Camilla y todo así.
Después el sicario, la depresión, el remordimiento y el disparo final. Pero como es Lynch, falta un acoso más que sufrir para la rubia: una mujer y un hombre diminutos entran por la ranura entre la puerta y el piso y la acosan: ellos son el síntoma manifiesto de la culpa. Y pensamos en El inquilino –ese encierro, esa soledad- y sí, Diane termina suicidándose.

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