Jackie Brown: Triple traición (Jackie Brown), Quentin Tarantino. EE.UU., 1997.
En un universo de hombres, Jackie Brown se empodera con su perfecto maquillaje para salir de pobre. Salir de pobre, con discos de pasta porque no puede actualizar su discoteca con CDs, ganando 16 mil dólares al año en la peor compañía aérea en la que se puede estar, traficando despacito dinero no declarado del matón de varias de las películas de Tarantino; traficando con tacos y faldas, como una chica Almodóvar más, pero sin Almodóvar, sino con ese maniático armado de palabras, imágenes y canciones que sabe poner la bala para terminar con los problemas de sus villanos.
“Jackie Brown” es quizás la más humana de las películas de gángsters de Tarantino, porque la que lucha también trabaja, y si lucha es porque su trabajo no le permite llegar a fin de mes, y si va hasta el final es porque se siente presionada, amenazada y porque está a punto de perderlo todo, que es prácticamente nada. Y de todos los malos, el verdadero malo es uno solo que no duda del disparo certero cuando la situación puede llegar a complicarse. Pero el malo no es tan fiero como la heroína, esa diva que le terminaría de abrir el camino a la experta en artes marciales de Kill Bill, para caer siempre peinada y maquillada para su nueva presa.
Si Jackie decide ir por todo el dinero que le pueda sacar a Ordell es porque terminó presa por él, y por estar presa casi muere, porque hay que limpiar rastros, y todo así. Como las muertes se suceden en las películas de Tarantino, parecería que quienes caen no tienen más que un cuerpo, que se ha perdido ya, que se ha olvidado muy rápidamente: no hay el peso del policial, en el que una muerte es una catástrofe. Una muerte es apenas una circunstancia, un detalle, que terminará de decorar toda una parafernalia de irregularidades perpetradas por el duro de turno.
Quizás por eso la música ocupa un valor fundamental narrativamente en las películas de Tarantino: porque los que mueren estaban escuchando música, la música acolchona el golpe, le quita su dureza, la vuelve reutilizable. Y también porque incrementa ese aire de comedia que no se devela del todo pero que tiene la forma de una presencia, un halo que recubre cada toma, no sólo para seguir cubriendo el golpe, sino para transportar el crimen a una esfera más cercana, más global. Por eso Tarantino es un gran director de Hollywood: porque su lenguaje es fácilmente vendible overseas, y porque aun así tiene todo un universo por revelar.
En ese universo, Jackie Brown se deja enamorar, logra quedarse con el dinero y finalmente puede volar en paz. En paz después de esquivar la ley y la muerte. En un universo donde quien mata último y se queda con el dinero se vuelve el nuevo empoderado, Jackie Brown decide viajar a España y tener un viaje de placer. Tal vez escuche a los Delfonics y recuerde a Max mientras se pinta nuevamente los labios de rouge, y pague en efectivo verde recién lavadito ese alucinante traje negro que hasta hace muy poco no se podía permitir.
Todo con un poco de dinero sucio del que ya no se tiene rastro.

Perros de la calle (Reservoir dogs), Quentin Tarantino. EE.UU., 1992.

Un hombre bueno es difícil de encontrar, sin melancolía.

Mirar una película y no dejar de pensar en un cuento: Perros de la calle pegadita a Un hombre bueno es difícil de encontrar de Flannery O´Connor. Las coincidencias son varias, por eso agrego, sin más, el link abajo para que busquen y lean si les place relacionar como mi mente se empecinó en hacer con estas dos obras de arte*.
Sí, porque aunque Stephen King haya dicho que películas como Kill Bill La venganza de Tarantino no importan , para mí siempre algo importa de lo que se mira. Me parece que hay un público que es siempre heterogéneo y que las personas buscamos cosas distintas al momento de ver cine. ¿Cómo se puede obturar el abanico artístico diciendo que una película importa y otra no sin caer en una subjetividad avasallante?
Pero en Perros de la calle, otra de este director polémico llamado Tarantino encontramos mucho que importa. Hay para analizar y discutir, como en toda película.

Primero lo primero: la escena inicial.
Y luego lo otro, estallado.

Varios hombres sentados alrededor de la mesa de un bar vidriado como muchos de los bares yanquis conversan, por ejemplo, sobre Like a Virgin y otras canciones de Madonna que interpretan según diferentes puntos de vista. Diálogos logrados y graciosos, distendidos. El punto justo. Justos además el contraste con lo que se viene.
La cámara en esta escena es un ojo ambicioso que intenta captar todo, girando alrededor de la mesa como un espectador curioso, sediento de oír. El clima es, junto con las conversaciones, propicio para hacer de esta escena una película en sí.
Me quedé pensando varios días en esta cuestión: ¿qué sería de Perros de la calle si hubiese sido sólo eso: la conversación posterior de un robo que salió mal, pero en estos términos, es decir tipo after office en un bar mientras uno discute el mandato de la propina?
-Ah,- me respondí -no sería una película de Tarantino.
No habría rojo por todos lados –eufemismo de “sangre por doquier”-, no habría tiros ni discusiones entre hombres nerviosos y armados, no habría policías muertos como si no fuesen nada, sólo un pedazo de carne y no habría cuerpos al borde de la butaca todo el tiempo que dura la película.
Esa es la sensación a partir de la segunda escena en la cual ya cambiamos de espacio, aunque no tanto porque sigue el encierro. Pasamos del bar a un auto en el que Sr. Naranja grita de dolor porque le dispararon en el estómago. Y del auto pasamos a un galpón enorme en donde se desarrollará lo que queda de trama.
Hay un momento, sin embargo, en el que el afuera aparece y es pura luz y tranquilidad. Al mismo tiempo que Sr. Rubio tortura sádicamente -mientras baila- a un policía que tomó como rehén en el robo, sale al exterior a buscar la gasolina con que roseará el cuerpo lastimado de su presa y ahí, cuando esa puerta de ese galpón se abre, se abre la idea de que no hay escapatoria del adentro. La ciudad sigue marchando –lxs niñxs van a la escuela, la chica riega el jardín, el hombre vuelve cansado del trabajo-, pero adentro están la tortura y el crimen. Como en el cuento de O´Connor, aunque en este último es peor porque ni siquiera a cielo abierto se puede tener un accidente en paz sin cruzar al Desequilibrado y morir de disparos a sangre fría a pleno sol.
Pero en Tarantino está el adentro contrapuesto con el afuera, en esa sutileza tan simbólica que es una puerta que se abre. Ese tajo en la película es un mensaje: lo de adentro está podrido y desde afuera nadie puede ayudarte. La ley del sálvese quien pueda.
Y si quedan dudas de que no existe escapatoria: recordemos a Sr Naranja, el mejor de estos perros de la calle. Él, policía encubierto que se comió el papel de delincuente para entrar al grupo y combatirlo termina muriendo de un disparo a minutos de su salvación milagrosa: entra la policía, pero él ya le confesó a su “amigo” Sr. Blanco lo que verdaderamente era y bueno, es asesinado.
Todos mueren entonces de un disparo. Sólo queda sangre y una idea acerca del mundo de hoy: ultraviolento sigue siendo y lo será mientras la sociedad crea que ir armadxs o más policías en la calle son soluciones a la llamada inseguridad de cada día.
Es imposible no nombrar que el disparo que le produce tal agonía a Sr Naranja lo recibe de una mujer cuando le roban su auto para escapar del robo que los unió y que los mató a todos.
Pero también queda un guiño de Tarantino. Guiño que proviene de escenas que no conforman la historia principal pero que son indispensables para reconstruir el discurso de este director. Humor no falta y teatro tampoco. La escena genial en la que Sr Naranja imagina mientras memoriza un supuesto delito que cometió por portación de marihuana. Mientras lo relata a Mr Joe -el cabecilla, el buscado, el organizador y el millonario- lo que vemos es la representación de esa historia: lo teatral. Entra al baño y hay policías con un perro preparado para oler lo que sea. Y la cámara los capta en redondo con ojos sumamente abiertos y semblantes paralizados. Teatro dentro del cine… quizá todo fue una broma.

 * http://www.lamaquinadeltiempo.com/prosas/flannery01.html
 ** http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/radar/9-1788-2004-11-04.html
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