El mago de Oz (The Wizard of Oz), Victor Fleming, Mervyn LeRoy, Richard Thorpe, King Vidor. EE.UU., 1939.

Soñar, pero con un ojo abierto.

“Bueno, claro. Si después de pasarla tan bien con la imaginación, no te bancás nada de la realidad, estás frito. Pero uno se acostumbra. Mirá: si sabés disfrutar con lo que imaginás, a la realidad por más espantosa que sea la tenés dominada.”

Silvia Schujer
“Las visitas”.

La lección que nos da el niño protagonista y narrador de la hermosa novela Las visitas de Silvia Schujer bien puede pesarse en relación a Dorothy y su historia en El Mago de Oz, ya que es una niña que al no ser escuchada por sus tíxs debido al trabajo excesivo que demanda una granja en Kansas –y en cualquier lado-, sueña que viaja al país que está detrás del arco iris, ese al que todxs fuimos alguna vez, ¿o no?
Así la infancia como espacio en el que soñar a raja tabla es posible. Imaginar otro mundo casi sin parangón con el que habitamos, al menos en aspecto. Porque hay que aclarar que por más onírico y deseado que sea eso que Dorothy imagina, la maldad, los antagonismos, el engaño, la mentira y la injusticia también existen. Aunque, no olvidemos, los aliados se le aparecen en los jardines: un espantapájaros que quiere cerebro para poder pensar, un hombre de lata que desea un corazón y un león que no es valiente y necesita coraje. Porque sí, todos buscan algo, hasta en ese mundo, el que está detrás del arco iris. La carencia existe en cada personaje. Como en la vida.
Además, me retracto: Dorothy no es una niña. La edad de la protagonista tiene mucho que ver si pensamos la historia –un poco- en clave psicológica. Ella está en esa etapa que es un tornado –como el que arrasa la granja- porque mucho de lo que la edificaba se viene abajo. Dorothy atraviesa una transición: deja de lado la niña que fue porque la mujer incipiente empieza a ocupar un terreno importante en su cuerpo y en su personalidad, en su todo. Por eso reclama atención, se sabe ahora portadora de una voz que tiene derechos de reclamar. No quiere que su perro sea un arrebato más de la millonaria del pueblo. Quiere justicia y quiere gritar, rebelarse*.
Sin embargo, conserva de la niña que ¿es-fue? una visión, es decir, una forma de ver: los colores de ese mundo que imagina encandilan y un caminito de ladrillos amarillos la lleva hasta el Mago de Oz con una cancioncilla que –y sí, somos adultos- nos hace sospechar porque dice: si es que existe. Y finalmente Dorothy llega al Castillo Esmeralda, pero el Mago no es de carne y hueso, sino una imagen virtual. En esto sí, cómo se adelantó a sus tiempos una película que en el año 1939 imagina que el mandamás o el portador de un saber o poder excepcional sería una máquina. Por suerte, llegando al final, vemos al verdadero que no es tan mago eso sí, sino un juguetón bonachón que reparte los dones que pedían los aliados de Dorothy, pero tienen la forma de medallas baratas.
Lo que pasa es que los dones los recibieron en la lucha contra la Bruja mala. Ya está: los dones estaban en el interior de cada uno y la aventura que el Mago de Oz les obliga a atravesar permitió que afloraran. Fin del cuento.
Termino así esta reseña porque algo me molesta mucho de El Mago de Oz y es su gran tono pedagogizante y moralista. Las imágenes son bellísimas, la trama es llevadera y muy entretenida. Sin embargo, parece que a lxs niñxs todo el tiempo se les debe inculcar los valores culturales impuestos por los años y las élites. Dorothy despierta del sueño con una enseñanza: en ningún lugar mejor que en casa. Lo cual es, encima, mentira. Porque el éxito y el bienestar de una persona no dependen del lugar en el que nació ni le debe nada éste. El éxito o la sabiduría o todo lo bueno que queramos enumerar nos espera en muchos, muchísimos lados, incluso lejos de casa.
Celebro que en nuestro tiempo existan manifestaciones artísticas completamente pensadas para niños y adolescentes que se escapan de esta idea y ya no bajan línea constantemente acerca de lo que hay que aprender para vivir. Las visitas de Schujer es un gran ejemplo de la esperanza.

* Y suena Vallejo:
“La creada voz rebélase y no quiere
ser malla, ni amor.”
(Trilce, Poema V)

El congreso (The congress), Ari Folman. Israel, Francia, Bélgica, Polonia, Luxemburgo, Alemania, 2013.
¿Hacia dónde se dirige el cine y el star systmen? ¿Cine y star system se volverán finalmente uno? “The congress” es una inquietud. Una molestia, quizás, para el ojo empoderado. Pero “The congress” es también una alucinación psicodélica que tiene lo mejor de las animaciones y los climas de “The Wall” y “Yellow submarine”. Es una experiencia de ácidos, un sueño pesado en una noche de mucha fiebre, el umbral a la irrealidad, un trastorno que trastoca al mundo.
Si Robin Wright (sí, la Jenny de Forrest, la Claire de “House of Cards”) pelea con la industria del entretenimiento es porque se niega a quitar al individuo del medio, del medio de la marcha de la historia. Al individuo, claro, que no seguirá en el púlpito dirimiendo todas las cuestiones. El individuo que acata, que responde al señor Ford, que se droga en consecuencia. El individuo que no respira por motu propio sino merced a las exigencias vendidas en el marco del libre albedrío, con la solución perfecta a todos los problemas en una pequeña capsulita eterna. Eterna porque ese no-individuo no reconocerá a la muerte, no sabrá lo que es el horror por más que lo esté viviendo, vivirá en un hermetismo de placer amorfo, sin cuerpos ya, sólo sustancias flotando enmascaradas, fácilmente manipulables, explotables, dirigibles… Si hubiesen querido hacer una versión de “Un mundo feliz” de Aldous Huxley no les hubiera salido tan locamente perfecta. Pero “The congress” está basada en “El congreso de futurología” de Stanislaw Lem.
A Robin -el nombre, la marca- le ofrecen un último trabajo en la Miramount (Miramax-Paramount): escanearla para utilizar su registro digital en cualquier película, volverla protagonista de las películas que rechazó, volverla joven eternamente. Para eso debe desaparecer. Robin lo rechaza pero finalmente lo acepta. Ve cómo los trabajadores del cine se van reubicando o perdiendo sus trabajos. Esta es su última oportunidad. Recibe monedas pero necesita un respiro para cuidar de su hijo. Su hija se terminará yendo, se volverá marginal, como su hermano, pero por razones diferentes. La enfermedad del hijo, su imposibilidad de ver el mundo de la manera autorizada (síndrome de Usher), suma a la trama sólo para contrastar con la realidad alternativa del mundo futuro, el mundo de los narcóticos y los cuerpos animados. Y le permite a la madre tener algo por qué luchar, un recuerdo, una verdad (aunque eso es conveniencia narrativa).
Después de escaneada, ella se vuelve aún más famosa, símbolo de la Miramount, pero será olvidada: lo que existe es el chip, no la persona. Es el comienzo del fin, del fin de la humanidad, o de lo que nos vuelve humanos, al menos. Cuando llega el momento del congreso de futurología, Robin debe viajar a Abrahama, una zona exclusivamente animada. Una zona alucinógena, en verdad: debe tomar una droga para poder entrar. Finalmente empieza la locura. Los campos se llenan de monstruos multicolores, la ruta es un arcoíris floreado a punto de sucumbir. ¿Por qué no sucumbe? Porque Robin quiere ver esas ballenas y arcoíris y ese palacio de cristal al final del camino. ¿Cómo llegó al congreso?, no lo sabemos. En verdad ya no. En Abrahama entramos en un terreno que no tiene nuestras reglas. Somos nosotrxs, espectadores, quienes entramos en un mundo imposible, imposible porque no es nuestro. Pero en ese mundo sí existe Reeve Bobs, ese genio de la informática que ha vendido su alma a las corporaciones, que ha mordido la manzana.
En ese mundo también existen los rebeldes, que han tomado el congreso, pero que no han podido evitar la popularización del último hallazgo: el narcótico que permite volverte quien quieras, quien sea. El cine ha desaparecido: ahora todos pueden ser estrellas, todos pueden beber la esencia de sus personajes preferidos. La identidad ya estaba perdida pero ahora es imposible encontrarse, reconocerse, vivir juntos. Cada uno está en su esfera, en su pequeño mundo privado, siendo Michael o Yoko o Bowie o Robin Wright, que sólo quiere saber de su hijo, qué se siente ser su hijo, poder abrazarlo aunque sea en la imaginación, el último campo libre, finalmente coartado.
¿Qué hay detrás de tanta máscara? Cucarachas, cuerpos sucios, paredes viejas, ocres; ropas uniformes, abrigadas, ensimismadas; ni un poquito de toda esa belleza alucinógena. El cine ya no existe, tampoco Robin Wright, tampoco eso que alguna vez llamamos “verdad”. Existen, sí, unos diez o quince tipos y tipas en una planta alta de un aeropuerto, controlando la puerta de salida, no sea que Truman se escape y descubra el rock, quiera romper el muro, escapar en un submarino amarillo, encontrar la fórmula para volver a empezar de cero, tabula rasa sobre tanta locura infantil.

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