El gigante egoísta (The selfish giant), Clio Barnard. Gran Bretaña, 2013.

“El gigante egoísta”, como cualquier otro cuento de Wilde, necesita ser resignificado para poder ser llevado al cine y que transmita al menos algo en nuestro tiempo. Esa búsqueda es la que ha tomado Clio Barnard para la película que escribió y dirigió, inspirada en el cuento de Wilde. Los niños salen de las escuelas pero no van felices al encuentro de ese paraíso que es el patio más asombroso jamás visto, como lo pensó Wilde. Los niños salen tristes y enojados de un lugar del que no se sienten parte, caminan solos o en grupos reducidos, se ríen poco y gritan mucho; toman pastillas para controlar sus impulsos. Se las dan sus padres o las escuelas mismas cuando a sus padres no les alcanza para poder pagárselas, que es casi siempre. Sus nombres están escritos en letras chiquitas junto a un montón de indicaciones médicas, psicológicas y registros familiares. Este no es el mundo esperanzado de los cuentos de Wilde (algunos cuentos más esperanzados que otros, pero todos con un poco de luz); no hay niños felices, los padres están muy ausentes, las instituciones los han excluido y olvidado.

Leer la reseña completa en la entrada El gigante egoísta por Wilde y Barnard.

El gato desaparece, Carlos Sorín. Argentina, 2011.

La lógica del gato.

Advertencia: En esta reseña se encontrarán con una repetición de la palabra “gato” y nos parece un conjuro. Nombrar tanto un animal como para protegernos de su misticismo, de su mítica. Es una mascota que carga tradicionalmente con historias no del todo felices.

El gato desaparece justo justo el día en que Luis vuelve a su casa luego de una internación, psiquiátrica. Un brote violento lo llevó esposado al “manicomio”. Sale porque los médicos y todo el personal responsable de su salud mental aseguran que no volverá a pasar. Beatriz, su mujer, se muestra llena de color preparando la vuelta a casa de su marido. En un primer momento, ella, la casa, la ciudad, todo está bien y hermosamente iluminado.
Así las cosas al principio de El gato desaparece, una película buenísima como nos tiene acostumbradxs Carlos Sorín ya desde Historias mínimas. El director demuestra saber recortar la realidad y plasmar un momento, un par de personajes, pocos espacios, pero siempre un cambio, un drama, una transformación en esa realidad representada y narrada con precisión.
Pero el gato desaparece: Donatello ni bien ve llegar a Luis a casa lo ataca, esa es la bienvenida. Un rasguño, no es nada. Pero el gato desaparece. Y Beatriz que ya es gatuna en sus rasgos, mientras busca y espera a su mascota se va convirtiendo más y más en una gatita ausente. Su mirada está bastante perdida cuando mira el salmón que Luis prepara para sushi o cuando se suspende mirando para arriba, hacia los árboles, hacia los techos y pensando dónde está mi gato, mi Donatello.
Además, Beatriz tiene mucho miedo, no duerme y se siente amenazada. Cada abrazo de su marido le duele, la exalta y la hace saltar de su sitio. ¿Intuición gatuna… como si fuese una gata negra que, dicen, son brujas metamorfoseadas?
No sale mucho de casa tampoco. La lógica de El gato desaparece es claustrofóbica casi siempre: esa pareja que estuvo separada bastante tiempo por la internación de él, de pronto, retoma la convivencia. Para ambxs fue difícil el tajo y ahora hay que empezar a sanarlo, o no. Ella tiene intenciones y se muestra cariñosa, pero algo adentro la atormenta.
Los colores del principio han cambiado a grises y negro –incluso la ropa de ella ya no es blanca ni celeste-, los árboles parecen murmurar un mensaje cifrado, la casa se achica, las pesadillas invaden los sueños de Beatriz hasta que una noche, explota. Quedó marcada a fuego en alguna parte de su ser la violencia que brotó de Luis un día y le ha quedado un trauma. Y cuando sangra, como toda herida, sangra por dentro. Y duele por dentro además. Entonces busca un refugio en su hija que todo lo ve liviano y exagerado por parte de su madre y también busca refugio en el escape: planea y confirma ese viaje a Brasil que él le propuso. De hecho la película termina con ese inicio: el remis camino al aeropuerto.
La lógica animal del gato es, también, la lógica de esta película que alude en muchísimos puntos a El gato negro de Poe. Sin embargo, la referencia literaria si bien es clara –sobre todo al final cuando aparece Donatello y hay gato encerrado, propiamente- está resignificada. El trabajo de Sorín es un trabajo de lectura, ya que toma de un cuento una idea, un paisaje pero hace de y con ella otra obra de arte y no un pasaje de literatura a cine tal cual. Sorín se ha apropiado de un texto y lo ha transformado para contar algo que estaba en él.

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