Olive Kitteridge, Lisa Cholodenko. EE.UU., 2014.
“Olive Kitteridge” es un descubrimiento. Un descubrimiento que pone a Frances McDormand en un universo de tonos pasteles y flores frescas, en el que la principal preocupación es cómo seguir viviendo. Cómo vivir cuando la tristeza es tan grande, tiene grandes categorías psiquiátricas y atraviesa como una línea los árboles familiares.
La intro que abre el primero de los cuatro capítulos de la mini serie, lleva la atención a la cotidianeidad. El aire a hogar que se construye poco dice sobre el suicidio, sobre la aparente dureza de esa mujer retratada, y sin embargo todo está ahí: en la disposición de los elementos, en el entramado íntimo de los bártulos que forman parte de la pequeña historia, del nimio horizonte, del relato que no busca universalidad. “Olive Kitteridge” es un acto de simpleza entre tanta generalidad –manifiesta, querida-, un cimbronazo a las estructuras productivas, y un mimo a los ojos. Cuadro a cuadro, la obra de Chodolenko va desnudando su pretensión de pintura en movimiento, pintura del detalle, del viento en las imágenes, del contrapunto entre lo que se ve y lo que se esconde detrás de la figura de una mujer.
Una mujer casada, con un hijo (un gran patán), con un amorío a medio andar y que nunca caminará; maestra, celadora, vecina parroquiana sin cargar con las cruces simbólicas sino con las de sus vecinxs atormentados, y con la suya propia. Deambulando perdida, pero sin aparentarlo, negando sus emociones hasta que ya nadie puede oírlas; cosiendo su propio vestido de suegra para ser criticada y arruinar el mejor de los vestidos blancos de esa nenita que al tiempo va a dejar a su hijo, arruinarlo con un marcador rosado. Todo para quedar sola, no olvidada pero sola. Después de haber desmantelado varios intentos de suicidios, recordará sus propias enseñanzas en un bosque lejano por el que Hansel y Gretel corretean con sus escopetas matabrujas. Olive, la fuerza de muchxs, negada por su hijo, sin su compañero de toda la vida, está finalmente en el bosque con un arma cargada y una mantita bajo sus rodillas.
Así empieza y así termina. O casi. Empezar por el final para necesitar desandar esa historia y saber finalmente por qué un arma recorre como un fantasma lo más íntimo, lo más profundo y también lo más oscuro en la vida de una mujer. Una mujer que ha acompañado a otras personas por el largo camino contra el suicidio, que ha entendido el sufrimiento y se ha hecho eco de su tiempo y de su lugar, en algún paraje remoto contra un acantilado y, finalmente, el mar.
Todo ese mundo está presente en una intro-estampa, un destello de toda una historia que permite rescatar su aura, teñirla de significado, darle un nombre, a ese nombre darle una virtud, a la virtud teñirla de sombras, a las sombras darle vida para que inunden los pasajes y nos dejen ver. Ver, conocer una historia perdida, acurrucada en una cama imposible, contra otro cuerpo que también quiere seguir desentrañando eso que se llama vida, mientras el mar sigue agitando las horas por las que han pasado, casi sin dejar rastros, tantas mujeres sin nombre, sin sueños y sin ninguna verdad revelada. O tal vez sí.

El erizo (Le hérisson), Mona Achache. Francia, 2009.