Un dios salvaje (Carnage), Roman Polanski. Francia, Alemania, Polonia, EE.UU., 2011.
Como nos atamos, nos prendemos para no seguir, perdemos la oportunidad de avanzar. “Un dios salvaje” es una puesta en escena de poco más de una hora de una atadura. Lo que ata no es ni siquiera la discusión entre los hijos. Es otra cosa. Probablemente uno mismo. Hay alguna violencia no resuelta que es preferible confinar a un evento, a una circunstancia.
La circunstancia, el evento, está ubicado en un departamento. Todo ocurre en un departamento. El afuera, lo que delimita el espacio, es una pelea entre sus hijos; es un absurdo, absurda violencia en otro espacio, en otro tiempo.
Si parece extraño que esa pareja acaudalada no logre salir de ese encierro, no logre cerrar la conversación, es porque no es la vida misma, es apenas una representación. No se representa una pelea, una discusión entre dos parejas, o cuatro personas, o dos mujeres contra dos hombres, o entre padres preocupados. Lo que se representa es una discusión interior que no está dicha. ¿Qué se discute? No si Zachary estaba armado. Se discute si cada uno en esa sala está dispuesto a ceder su punto de vista, su afrenta cotidiana, si alguno debe dar el brazo a torcer. Lo que se representa no es lo real, al menos no en los términos convencionales; se representa lo simbólico, o lo oculto, o lo que no vemos… en el cine.
La puesta en escena no es el hecho fílmico, sino la representación de una pieza teatral filmada. De ahí que pierda verosimilitud, de ahí que se vuelva irreal, y de ahí que esté hablando de otra cosa.
Como espectadores, acostumbrados a la representación verosímil, de lo real si se quiere, “Carnage” es una película inquietante. Y esa no es una cualidad que cuadre con el cine convencional. Lo inquietante llama a cambiar de canal, a levantarse de las butacas, a cortar la proyección. La conversación es inquietante. Es una película de la conversación. Es todo un género. Y no por eso deja de ser cine. Polanski transforma un diálogo inagotable en un acontecimiento fílmico.
Hay tres momentos, tres secuencias: a dos no las vemos, las perdemos, son el fuera de campo dentro del film. Son las dos secuencias ausentes en la obra teatral: el principio y el final, las escenas del parque, la pelea entre los niños y la reconciliación. Existen más allá del diálogo de los padres. Son momentos completamente independientes de ese suceso. La reunión de los padres es otra cosa. Es lo no visto, no relatado, lo que queda fuera de cuadro, borroso, ausente. Es un sueño, una pesadilla, la negación.
“Carnage” es una película mínima, aunque enorme. “Carnage” es un manifiesto filosófico que hay que revelar. Es un sueño que necesita ser analizado, por eso es psicológica. Es materia de análisis más que análisis sobre cualquier materia. Aunque analiza varios puntos de la condición humana, lo más jugoso es lo que queda por revelar.
Pero la revelación también permanece en el terreno de lo no dicho. Más que una palabra, es un gesto, un guiño. Esas personas seguirán encerradas en el departamento. Que el teléfono siga sonando no los va a liberar. No hay forma de despertarse. El despertar es otra cosa, “Carnage” es una negación, simplemente no es. Detrás de esa materia bien construida, cuatro personas que son miles y también una sola, están atrapadas en sus propias desdichas, repitiendo palabras una y otra vez para alterar el curso de la vida de los otros, cuyas vidas siempre son más interesantes que la propia. Incluso en un sueño eterno.

El nombre (Le Prénom), Alexandre de La Patellière y Matthieu Delaporte. Francia, 2012.

Dime cómo te llamas y ¿te diré quién eres?

El nombre propio pesa o no pesa. Gusta o no gusta. Podemos renegar o no de él, podemos incluso ser indiferentes y, de hecho, lo naturalizamos la mayor parte del tiempo… hasta que nos ponemos a pensar. Y pensar qué dice el nombre de nosotrxs es un pensamiento imbricado y nos mete en un laberinto sin salida. De hecho, otrxs decidieron por nosotrxs la palabra que nos nombraría para siempre.
En Le prénom aparecen esta y muchas otras discusiones.
Élisabeth y Pierre son una pareja de cuarentones con dos hijxs que recibe en su casa invitadxs a cenar. Por un lado, Claude, el mejor amigo de ella desde la infancia; y por el otro, Vincent, el hermano de Elizabeth, con su mujer Anna –que llega una hora tarde- y que pronto serán padre y madre por primera vez.
Así, la cena. El espacio predominante del film es un living amplio que desemboca en un comedor. Estaremos durante casi dos horas encerradxs con estos cinco personajes que dialogarán con el ritmo de una marea: despacio y fuerte, con irrupciones casi impredecibles.
El tono de la cena cambia en el momento que Vincent les comunica que su hijo se llamará Adolphe, sí, con P H E, pero Adolf al fin, ¿no? Pierre no lo puede creer y no lo acepta para nada, desde ningún punto de vista. Claude es un personaje más neutral, pero que entiende el punto que marca Pierre: básicamente es un nombre que carga con un estigma y que no podemos dejar de pensar ese acto privado de nombrar a un hijo como un acto político y público.
Además, la densidad político-intelectual de las conversaciones es un rasgo estilístico del cine francés. Por lo general, al menos un personaje es un gran lector –en este caso, Pierre es un profesor universitario de literatura y su mujer es docente de francés en un colegio- y tiene una postura política interesante que problematiza la historia. Este es un gran punto a favor de Le prénom porque asistimos a conversaciones que, desde lo personal –porque sí, también vendrán los reproches históricos, de toda una vida de silencios- se llega a lo público y se mira la realidad en la que viven los franceses y que en algunos casos nos sirve por supuesto para pensar el propio andar.
La contracara en la densidad de los diálogos está en el manejo de los silencios y también es un punto a favor en la película. Cuando la marea ha subido tanto, baja abruptamente. La escena cae entonces en un silencio tenso, difícil entre los personajes. Y nosotrxs, lxs espectadorxs, ahí estamos junto con ellxs transitando ese aire que se corta con cuchillo.
El silencio sobreviene cuando lo que se dijo necesita digerirse. O también cuando el burlador se transforma en burlado y no soporta ese rol. Vincent que siempre es el que monopoliza y comanda los temas de conversación, en un momento es puesto en el centro porque hace una mueca cuando miente. Y todos los personajes coinciden con este descubrimiento de Pierre y se le ríen. Vincent no aguanta más, pero todavía falta lo peor: una confesión.
En Le prénom estallan silencios apretados durante años y cada personaje hará con esas bombas lo que pueda. La comodidad ha sido asaltada por la verdad. Llegando al final de la película, claramente, ni la comida, ni el sofá ni las luces hogareñas son las mismas que al principio. Parecen haberse convertido en piedra…

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