Umberto D., Vittorio de Sica. Italia, 1952.
La fuerza narrativa de “Umberto D.” no está en la trama, sino en la iluminación. En la iluminación y, eventualmente, en la música, que no para de acompañar al pensionado. El neorrealismo ha venido a decir: esto no es la vida, esto es cine sobre la vida. Cine. Una construcción. Un relato de hora y media que rescata la vida de un par de personajes sufridos en la posguerra.
Todo es demasiado triste. Como Umberto Ferrari, no hay manera de levantar la cabeza e intentar sonreír. La risa no es una posibilidad para ese viejo que no puede pagarse ni un techo al mes, y que busca durante toda la película a quién dejarle a Filke, su perro, para desaparecer. Para irse, perderse, morir por voluntad propia. Suicidarse.
Porque lo que ha hecho la guerra es no llevárselo. Y, agrego, no llevárselos. No ha dejado nada, más que unos pocos ricos que se juntan por las noches en la casa de una madama que sobrealquila cuartos para el romance. Se reúnen a cantar, a reír (ellos sí ríen, ellos) a usar la vajilla fina, a mirar con desprecio a ese viejo que debe un par de meses de alquiler y que seguro que apesta. Porque Umberto no se baña, casi ni come, ya no duerme, está enfermo, tiene frío, está solo.
La guerra ha dejado a unos pocos con todos y a muchos con casi nada. Ni para escribir sobre “Umberto D.” se permiten eufemismos. Umberto piensa sin decirlo que la guerra lo ha dejado librado a la muerte, cuando hasta entonces todo era muerte. ¿Por qué lo sabemos? Porque en sus ojos sin dormir la gruesa línea de la tristeza se marca muy profunda, en su mirada perdida, su ceño caído, sus manos entrelazadas, ese simple talante de hombre alguna vez respetado, en esas sombras se vislumbra el pasado, realzado por la figura de la sombra que se proyecta por las paredes y los derredores, bajo una luz muy fuerte que es la del presente, que hace estallar los recuerdos, reafirmar las soledades, volver a la guerra, a la muerte, tan cercanas, que Umberto, antiguo empleado público, no es más que un mal recuerdo ya, teñido por las cenizas de lo que ya ardió.
Umberto con Filke. Umberto queriendo pedir limosna. Umberto con una mínima dignidad resguardada, doblando su mano para no recibir la limosna. Umberto frente al ferrocarril. Huyendo en la penumbra para no ser visto. Arrastrando las explicaciones para recibir la ayuda que nunca obtendrá.
Umberto solo. Con Filke, pero solo. Umberto Domenico Ferrari. Conserva su nombre, pero es un fantasma. Es curioso que el neorrealismo haya retratado tantas almas en pena, postergadas de todo tiempo, repitiendo día a día sus penurias, sin salvación, con una luz inmensa atravesándoles el vacío. El Umberto que juega y cuida a Filke es un Umberto inexistente, olvidado, quizás no sepultado, pero muerto ya. Nada lo redime, salvo su propia existencia. Su existencia que es pura tragedia, puro desencanto, en un país que ha seguido muy bien sin él, o a pesar de él. La historia ha continuado, pero ni el pensionado ha conseguido techo, ni se ha recuperado la bicicleta para laburar en el “Ladrón de bicicletas”, ni habrá justicia en “El limpiabotas”.
Después del tren, con tanta gente en ese parque romano (Roma sin fuente de Trevi, sin Coliseo, sin iglesias eternas), la figura de Umberto D. perdiéndose entre la muchedumbre con Filke siguiendo la piña-pelota, recuerda a un sueño, recuerda a cuerpos que levitan, que flotando se alejan por algún horizonte, sin destino, sin camino, sin suelo. ¿Qué hay entonces en su andar callejero que lo vuelve tan invisible, tan ausente para ese presente de posguerra? El pasado. Umberto D. Ferrari se ha ido con la guerra, ha dejado de pertenecer, no puede adaptarse porque está diezmado, o tomando mates al costado de una ruta del sur argentino, esperando al Malacara, que también se ha ido, llevándose lo mejor de ambos, lo mejor de todos, que es el aliento a vida.

La nona, Héctor Olivera. Argentina, 1979.

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