Le Week-End, Roger Michell. Gran Bretaña, Francia, 2013.

Weekend, Andrew Haigh. Gran Bretaña, 2011.
¿Para qué enamorarse? ¿Por qué enamorarse en una noche, antes de que amanezca? ¿Me amarás aún mañana?
Russell es gay pero no quiere que la gente sepa. La gente es el resto, no la intimidad. Pero aun en la intimidad, Russell intenta borrar toda huella de su homosexualidad. No quiere que se note.
Glen es gay y quiere que la gente lo sepa. Es artista, tiene un par de teorías sobre la homosexualidad. También sobre la sociedad y la homosexualidad. Anda cazando putos para coger por primera vez, muchas veces, y que le cuenten sus historias.
Hay pitos en “Weekend”. Dos, que se ven. Eso es muchísimo más que la sombra que se insinúa con cabeza en “Terminator”, la uno, y es todo cuando en “Terminator Genesys” cubren a Reese con cabezas, artefactos, ilusiones. ¿Por qué hay pitos en “Weekend”? Porque los pitos gay encontrándose, molestan. Molestan tanto que Glen tiene razón al decir que esa obra suya, o esa película de Haigh no serán vistas más que por gays que atienden a una función para ver cuerpos desnudos.
Glen y Russell hablan sobre sus cuerpos, su sexo, su pasado. Se enamoran. Se enamoran mientras Russell teme que llegue el final de ese fin de semana, y mientras Glen duda en viajar para hacer un curso sobre arte. ¿Viajar? ¿Escapar? No es lo mismo, pero él también está cansado. Está cansado de que, por más cultura progre que se ande expandiendo por el mundo occidental, los duros de la calle le siguen gritando “puto”, “maricón”, “faggot!”. Cansado de tener que escuchar siempre las mismas conversaciones entre machos, tanto dedo en vagina ajena, y que eso sí esté legitimado, mientras que un beso entre dos hombres siga molestando en la calle. Ambos, tan radicalmente opuestos, deambulan y se encuentran en los mismos pensamientos: nos amamos, sí, pero nos cuesta abrazarnos en público. Y si no lo hacemos es para que no nos peguen, para que no nos griten.
Por eso el encierro. Por eso también la desesperanza de que alguna vez tiene que acabar. Aún en el primerísimo primer mundo y con la llegada de un tren.
Dentro de la simpleza narrativa de “Weekend”, hay una pureza en la descripción de la naturaleza humana que nos mantiene alertas, expectantes: ¿para qué nos enamoramos si es todo tan difícil? Plantear la discusión sobre la homosexualidad en la actualidad desde el enamoramiento es la mayor virtud del film: porque todos sabemos más o menos de qué se trata enamorarse, porque eso es lo que nos vuelve más cercanos, y porque eso es lo que mantiene en una constante paradoja a cualquier crítica sobre el amor diverso.
Y porque detrás de todo lo que no quiere verse, no quiere escucharse, no quiere saberse sobre cómo dos hombres se besan, se tocan, se penetran, ahí, detrás de las paredes, siempre saliendo del clóset, dos personas quieren amarse libremente. Pero la libertad, ya bien sabemos por “La isla de las flores”, “es una palabra que el sueño humano alimenta, que no hay nadie que la explique y nadie que no la entienda”. Y lo que sigue es la incomprensión, porque siempre es mejor para la hegemonía que no entendamos nada.

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