No estás solo (Du er ikke alene), Ernst Johansen, Lasse Nielsen. Dinamarca, 1978.
“No estás solo” es una película iniciática. Lo que inicia es un recorrido alterno a las razones consabidas. Es una apertura del pensamiento, encerrado desde siempre en las formas arquetípicas de la clasificación, el subordinamiento, el disciplinamiento.
Inicia desde lo más interno, lo más profundo, a la vez más simple, quizás menos intrincado, quizás más libre: la niñez, la juventud, la vertiente de las utopías, de las esperanzas, de la rebelión ante tanto deseo reprimido.
E inicia desde las instituciones más cercanas, más latentes, bien propias de la formación de todo individuo social: la escuela, la familia, la religión, la amistad y el amor (también instituyentes).
“No estás solo” es una película a la vez perdida, encontrada, underground y llena de luz. Dentro de una institución a punto de volar por los aires, los jóvenes de una escuela danesa -muy mojigata, muy estricta, y a la vez incipientemente liberal, con la semilla de algunos profesores inspiradores haciendo lo suyo- luchan contra las imposiciones, contra el encarcelamiento, la rotulación, el orden establecido de las cosas, que tiene a alguien ordenando, un niño enorme y caprichoso que vende tiranía por democracia.
Y la rebeldía irrumpe desde dentro: pone desnudos en las paredes, pone a besar a niños que apenas descubrieron el milagro de la masturbación; desnuda al hijo del director para enamorarse de un nene un tanto mayor, con el vello púbico crecido, que también es gay. Sólo que, en realidad, esa es otra carátula y “Du er ike alene” es una película que invita a revisar nuestras formas de relacionarnos con el mundo, de analizar las relaciones, de construir los espacios en los que nos encontramos.
Por eso, aun cuando representa una lucha (una lucha histórica, por cierto; la liberación moral de los ‘60s, pero en una película del ’78 y con niños), así como el “mayo francés” o el “Cordobazo”, hay una esperanza latente recorriendo el film, el comienzo de una nueva era, quizás más justa y equitativa, quizás más libre y utópica.
Y ese cambio, esa esperanza, ese deseo representado en audiovisual se deja ver en la relación entre Bo y Kim: aun entre rebeldes, la mayoría hombres-niños, alcoholizados, pajeros, aun así, Kim y Bo abrazados no son una extrañeza ni algún símbolo de corrupción: extraña, sí, la tiranía de los tiranos –del director, por ejemplo-; extraña una expulsión que dinamita las posibilidades de un compañero que tiene vastas razones para reclamar un cambio.
Hay algo podrido que hay que derribar, transformar, volver humano. En esa lucha, nos dice la película, no estamos solos. Es mejor cuando nos abrazamos.

Hoy quiero volver solo a casa (Hoje Eu Quero Voltar Sozinho), Daniel Ribeiro. Brasil, 2014.

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