La demora, Rodrigo Plá. Uruguay, México y Francia, 2012.

Ella se va (Elle s’en va). Emmanuelle Bercot. Francia, 2013.
El título es fascinante: ella se va. Un título en femenino es una obscenidad querida: si es ella, importa más la hazaña que el nombre. Si se va, quiere decir que estuvo durante mucho tiempo en una misma situación. Quiere decir que ha roto con esa situación y, a la vez, que no tiene rumbo fijo. No dice si piensa volver, si es por mucho tiempo, si tiene algo definido. Apenas indica que se va, se aleja, no se detiene. Y se va sola, por sí sola, libre al fin.
Es obsceno porque pareciera que esas son las partes que no pueden mostrar las mujeres: su voluntad, su deseo, su pequeña revuelta salvadora.
También es obsceno porque quien se va es Bettie, un personaje interpretado por Catherine Deneuve, que es un símbolo, diva del cine, de increíble apariencia física y escénica, ya vieja pero no menos hermosa y perfecta actriz.
Se va del restaurant que no funciona, de la madre que la fagocita, del enamorado que pudo seguir con su vida. Es apenas una anécdota: de pronto sale con los pedidos a medio tomar, prende un cigarrillo, enciende el auto, y se va. Se detiene para dejar ver sus manos temblorosas, el cigarrillo que no alcanza, la angustia que la persigue.
Si bien, con la aparición del nieto, la película se vuelve más risueña, ese primer instante del se va hace de “Elle s’en va” una tragedia pura, un designio roto, una transformación dolorosa. Con la llegada del nieto, la mirada se bifurca, sobre todo porque introduce otra voz y porque esa voz es la de un niño. Ante lo volátil del “se va” inexplicable, el nieto trae un poco de tranquilidad y vuelve a la historia más terrenal: no por eso menos interesante, pero sí más conocida.
Pero ese niño será el que terminará de atar cabos, el que se robará las mejores escenas y las mejores líneas, el que la hará asistir al reencuentro de reinas de belleza, sólo porque se quedaron sin dinero para comer y en ese palacio hay comida de sobra. “Little Miss Sunshine”, pero ya la niña ha crecido y se ha vuelto abeja, al fin. Abeja reina, miel pura en un panal a medio caer.
Y es aún más interesante cuando la primera imagen de ella en la película es en el mar. No sabemos nada de ella todavía, y sin embargo ya está perdida, desencontrada. “La mujer sin cabeza”, pero con menos pretensiones, y eso la vuelve maravillosa: pequeña, pero maravillosa.
El resto es un viaje que hay que transitar. Que tiene un fin, y un fin amargo pero feliz. Hacen bien las películas de viaje, cualquiera sea la excusa, y más aún cuando quien viaja no busca encontrar nada sino todo lo contrario: ir desprendiéndose de a poco de todo lo que la tuvo atada durante tantos años.

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