La teta asustada, Claudia Llosa. Perú, España, 2009.
“La teta asustada” es un poemario con voz de mujer cansada que escribe tejiendo una mortaja inacabable. Teje con hilos gruesos de colores pasteles. Dibuja las sombras de lo que ha visto. Reclama entre esas sombras una respuesta a su tiempo.
La mortaja que cubre a la madre que no puede recibir sepultura se va tiñendo por el paso de las horas en las que la hija intenta emitir alguna palabra. Se desmaya por la madre, pero también por la teta asustada. Se desmaya también por una papa, y aunque vemos caer sus brotes, es el elemento mágico de toda la historia. La teta asustada, en cambio, tiene más presencia en el cuerpo agobiado de la hija. Apenas se nombran los años oscuros de la represión, y sin embargo es su miedo, esa teta asustada, lo que señala el oscuro pasado de Perú, pero también de Latinoamérica.
No hay agua en “La teta asustada”. O, mejor, cuesta llegar al mar. La tierra que todo lo cubre debe calmarse con una pileta o con un jardinero que moje un poco las tierras de los jardines de los ricos. El color y el olor a barro fresco de la primera lluvia en mucho tiempo cubren la representación de Claudia Llosa y dejan la huella de lo vivo a pesar de la muerte.
Por ser poesía –en la imagen, en la voz que canta de la hija, en los cuadros que compone Llosa mientras se vela a la muerta-, “La teta asustada” semeja al pueblo en el que se busca a Pedro Páramo. Pareciera que ha de descenderse para hablar con los muertos e intentar recuperar la historia, pero también lo sagrado. Lo sagrado no como método, sino como rito en el interior de las familias.
Por dejarse humedecer por lo literario, la película ahonda en otras liturgias mientras circula la idea de muerte: como en “Crónica de una muerte anunciada”, una boda cruza al personaje principal, y si bien no llega ningún obispo, la protagonista debe salir a pesar de la muerte.
Por ahondar en la memoria e intentar una sepultura posible, la protagonista es Antígona, la incomprendida a la vez que la guerrera, que recorrerá incansablemente las puertas del deber para reclamar lo que es suyo.
Por decirse con voz de mujer, casi contándose con voces de mujeres, “La teta asustada” es casi una huella que recorre un texto literario posterior, la de otra mujer que también cruza los márgenes habitados para desenterrar una historia, tapada por la tierra, el tiempo y el olvido. No ya como “teta asustada”, sino como mancha que va señalando a los hijos de esa negra que es madre de todos, y que ha dejado su huella en la descendencia. Ha de ser que ahí donde las historias no son cosmopolitas, el registro se vuelve más cercano, y las manos que tocan el adobe para construir la historia finalmente se encuentran. Quizás por eso “Los manchados” de María Teresa Andruetto dialoga tanto con una película como “La teta asustada”. Dialoga sin palabras, aun en el universo de las palabras. Dialoga, más bien, con cierta sonoridad que nace de los cuerpos que desentierran su historia y la comparten en una tarde cansada, con los perros vagando por las calles en busca de un poco de sombra. La tierra que las aúna pareciera dejar brotar a las papas que se cosechan en las vaginas asustadas, brotes secos que buscan humedecerse y crecer sin miedos, aun cuando la marca inconfundible del tiempo las deje desamparadas en algún territorio de provincia, esperando que una letra amable las recupere.

XXY, Lucía Puenzo. Argentina, Francia, España, 2007.

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