Estación Central de Brasil (Central do Brasil), Walter Salles. Brasil, Francia, 1998.

Qué tan lejos, Tania Hermida. Ecuador, 2006.
Mochilera en tránsito, mochilera en viaje, rito de sepultura y procesión hacia la boda. El paro ha obstaculizado el paso, y el paro también los ha juntado en el camino. El encuentro, con cualquier otro, es una lucha íntima por congeniar.
La viajera turística que tiene un contrato privado con su cámara se topa con la estudiante ecuatoriana que viaja para impedir una boda. Mientras la española busca generar contactos, acostumbrada a sus viajes de placer, la ecuatoriana busca generar distancias, estirar los espacios, marcar la falta. “Qué tan lejos” comienza a recordarnos que no es tan simple relacionarnos, que en ese juego táctico de miradas cruzadas, ceños fruncidos y frases que se van acomodando al encuentro, lo que queda es una nueva forma de entender lo que nos pasa y de hacerle frente a los días por llegar
o al camino, que es lo mismo.
Haciendo auto stop o tirar a dedo, y en un camino de montaña donde de a ratos todo es dominio de la niebla, las mujeres presencian la aparición de Jesús. Jesús María y la abuela. Está practicando un rito familiar que le fue encomendado. Es una aparición y es también mística, así que llamarse Jesús es una buena opción, aunque él prefiere el sobrenombre de diablo cojo. Su abuela, la otra mujer de la película, está en una urna de madera esperando ser arrojada en su Cuenca natal. Todos van a Cuenca, sólo que los motivos son bien diferentes y cada uno impondrá su andar. La búsqueda de Jesús le permite hablar más pausado, juzgar menos, escuchar más, decir la frase justa. Es actor, también es nieto, y también es un espíritu libre. Trata de no dañar a nadie, pasar inadvertido, dejar su rastro en la niebla, bajarse de un colectivo sin ser escuchado.
El otro, el dueño del auto que adelanta a los tres un buen tramo, intenta hacer ruido, dejar su huella, ser recordado. Va hacia la boda, la misma que intenta impedir la ecuatoriana, pero él no lo sabe. Importa poco su nombre. Tampoco importa demasiado si llega o no, aunque sabemos que sí.
Esperanza conoce a Teresa en el colectivo camino a Cuenca. Teresa se inventa un nombre, como jugando con la ridiculez de lo que cree ver representado. Esperanza conoce así a Tristeza, y aun cuando muchos de sus análisis sociales serán más o menos correctos, a Teresa le queda la marca de lo que Tristeza representa.
De todas, de todos, es la más comprometida pero también la más moralista. Como deja resonando el final del film, las voces de ese andar juntos develan las intenciones, lo que no puede ocultarse, la sombra que quedará por recuerdo. Esperanza necesita unas copas para empezar a retrucarle con ganas a esa niña instruida que está al acecho del error, intentando imponer su visión de mundo. Representa, sí, el sentir golpeado latinoamericano, pero hay un dejo de máxima que también hace dudar.
Claro que una cámara en mano no dice nada del Ecuador, aun cuando se intente filmar las atracciones. La estructura profunda seguirá sin ser descubierta.
“Qué tan lejos” es una película turística, incluso a pesar de ello. Está retratando al Ecuador, como dice Teresa -o Tristeza- por ahí. Las voces, los decires, las miradas, el encuentro, el viaje. Pero sobre todo el encuentro, entre hijos de los hijos de muchos ecuatorianos primeros y subsiguientes. Lo mismo que decir, entre los que estaban, los que llegaron, lo que quedó del sangriento destierro, la sangre que fluye del doloroso pasado. Y lo que se hace con eso: las palabras que se entrecruzan para asistir al relato identitario, que hacen memoria, que reclaman y preguntan y dudan y muchas veces ya ni se hallan. Todo mientras se recorre los caminos del Ecuador, con sus parcelas y ganado y montañas y volcanes y paros y Tristezas y filosofías de tocador. Dudas que aparecen mientras esperamos andando, cuando no sabemos qué tan lejos podemos estar como para respetarnos, hermanarnos y cuidarnos silenciosamente mientras la niebla nos cubre a todos.

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