Esperando la carroza, Alejandro Doria. Argentina, 1985.

Muerte en un funeral (Death at a funeral), Frank Oz. Reino Unido, Estados Unidos, 2007.
Un ataúd recorre una ciudad británica para estacionarse en un mega funeral en el que están esperando a otro finado. “¿Quién es este?” pregunta el hijo, que carga íntegramente con la ceremonia. El cajón, que ya antes había hecho unas cuadras en la dirección contraria, ahora debe retirarse rápidamente por los muñequitos de la funeraria para evitar el bochorno inexplicable en la antesala del ritual.
Y el tío gruñón que le caga la mano a un amigo
el hermano talentoso que no se hace cargo de nada
la madre que saca lágrimas de donde puede
el primo dealer al que se le traspapela un pastillero lleno de ácidos
que ponen de la cabeza al novio de la prima que termina desnudo en la terrza después de tumbar el cajón del muerto
que ponen de la cabeza al enano que nadie conoce y que resulta ser el amante del padre muerto que ahora reclama una compensación económica y que muere un rato pero al final golpea en el cajón que comparte con su amado
que ponen del mate al tío intranquilo y gruñón que también termina en el techo amando al cielo
y el hijo que intenta dar su discurso de despedida al padre en medio de tanto escándalo que es cualquier ceremonia y más aún un sepelio, que es un popurrí inaceptable para los buenos modales británicos.
La desmesura propia de la comedia de enredos, negra, bien negra en “Muerte en un funeral”, deja entrever que el funeral es una excusa argumentativa para reunir a una familia -con sus delirios, desmadres y apariencias- que bien podría explotar en cualquier otra circunstancia. El funeral habilita lo negro, y también la ruptura con lo prohibido, y ahí mismo justifica la risa del escándalo. Lo demás es una hora y media de personajes tratando de que no se noten las flatulencias del sepelio con gladiolos robados por el novio del muerto, antes de salir de juerga.