¿Por qué la trilogía de “El Padrino” es un clásico del cine? Algunas de las razones más directas, simples, repetidas, son las que señalan el poder de la industria, su distribución, su procedencia norteamericana, el triunfo de Coppola en la época en la que surge junto a otros directores como Scorsese o Brian De Palma; por su elenco, que coloca en el centro a figuras como Al Pacino, Robert De Niro, Robert Duvall, Diane Keaton, pero que se establece con el renombre de Marlon Brando en la primera parte de la franquicia.
En un segundo orden -muy cercano a la industria norteamericana-, porque “El Padrino” es un film eminentemente narrativo. No hay ningún cabo suelto en las casi 10 horas de películas: cada personaje, cada circunstancia, cada escenario, rasgo, frase, indumentaria tiene su razón de ser. No sólo la estructura clásica del género narrativo está trabajada palmo a palmo en cada entrega, sino y sobre todo que cada elemento contribuye al devenir narrativo. Hay paralelismos, hiatos, flashbacks, conflictos centrales, conflictos en cada personaje principal y de segundo orden, resoluciones totales. La muerte, el final definitivo, calma el inquietante suspenso generado en el espectador, y esa apabullante tranquilidad narrativa mantiene en vilo al público deseoso de mirar y conocer historias. Incluso por la violencia, las películas de gángsters triunfan.
Pero los gángsters, estos gángsters, tienen un conjunto de valores que defienden a ultranza, que los acecha, que va marcando su paso. La trilogía de “El Padrino” es una gran ceremonia orquestada con música clásica, ritos católicos y fiestas familiares de alta alcurnia. Hay ritos para iniciarse, la puerta debe cerrarse antes, la mano de El Padrino debe ser besada, hay una cola que respetar, un legado que conservar, una imagen que preservar. Hay bodas, y bautismo, y la ordenación ronda la segunda y tercera entrega. Hay confesión, comunión. No hay confirmación porque el pecado envuelve, y no hay extremaunción porque la muerte sobreviene constantemente, que es lo mismo decir que en cualquier momento llega, que en realidad ya no hay forma de prepararse, sino sólo evitarla. La Familia debe respetarse, cuidarse, vanagloriarse de y por ella. El embarazo es buscado, esperado, y debe ser varón. Las mujeres son compañía, compañeras, silenciosas, golpeadas. Cada golpe mafioso es una ceremonia, un ritual que debe seguirse al pie de la letra. Por medio del ritual, de la ceremonia, de los valores, “El Padrino” se embarca en una cruzada hacia lo clásico, porque de lo más clásico viene: de la familia como sucesión, de las instituciones centenarias, milenarias
de la violencia, y los asesinatos, los robos, las infamias, la defraudación mundial.
Y por tan ceremoniosa, la trilogía recuerda a otros films que curiosamente tienen un marcado vínculo con la religión cristiana, con el catolicismo, con el Vaticano: “Los diez mandamientos”, “Ben Hur”. Es lo ocre de la imagen, no del todo rojizo, quizás el único verdadero elemento formal que hace a la iconicidad clásica del film. De los tres films. Mientras todo lo demás (planos, movimientos de cámara, angulación, montaje, música) reafirman su condición narrativa, es el color ocre lo que refuerza la idea de clásico, propio de los films señalados, por lo demás imposible de repetir hasta el hartazgo para que el efecto pierda su valor.
Está además el arte que rodea al film, el guión construido en base a la obra de Puzo, las 10 horas de películas, detalles que hicieron de varias películas clásicos instantáneos del cine.

Pero está también la genialidad. No que nada de lo anterior no sea simplemente asombroso, pero la iconicidad de la obra de Scorsese es tan grande que las referencias a “El Padrino” son constantes y, sin haber visto la trilogía, más o menos todo el mundo sabe de qué se trata.
La puerta que se cierra, la mujer del otro lado, los hombres besando la mano del Don. Los asesinatos múltiples, orquestados, mientras el nuevo Don se convierte en Padrino, mientras la sociedad de Familias se disuelve, mientras el nuevo Papa duerme. El asesinato del hermano en el peaje, la balacera en la calle, en medio de la procesión, y la muerte del adversario. La reunión de Vito con los cabecillas de cada familia. Las pastas. Las venganzas, incluida la del niño que escapó a Estados Unidos y volvió muchos años después con otro nombre, impuesto, a cumplir con el honor de su familia. La ópera del hijo, del nieto, la trama siniestra que recorre 45 minutos de película, mientras que en 10 minutos se resolvieron todas las muertes en la primera entrega. El disparo en las escalinatas del teatro. La hija desangrándose, apenas cayendo, casi como una muñeca que mancha su vestido. El grito del padre. El grito mudo del padre que desgarra. El helicóptero y la balacera en la reunión de capos. El asesinato del hermano en el lago.
La muerte entre los tomates mientras corre al nieto, apenas tosiendo con su voz ronca, tumbando algunas plantas, y la cara del nieto que sigue el juego mientras la trama se desangra para volver a empezar.
“El Padrino” ha nacido siendo un clásico porque ha hecho uso de los triunfos del arte cinematográfico, porque los conflictos se suceden sin dar respiro al espectador que reniega de la mafia y lucha contra sí mismo por no volverse un Corleone más, y porque no hay un instante en el que la trilogía deje de sorprender, maravillar, temer, pensar, espectar. Espectar y esperar, seguir sentados mientras la historia de la humanidad se sigue contando ante un rostro sin alma de todos los pasados que recuerdan.

151119

El padrino (The Godfather), Francis Ford Coppola. EE.UU., 1972.

El padrino II (The Godfather Part II), Francis Ford Coppola. EE.UU., 1974.

El padrino III (The Godfather Part III), Francis Ford Coppola. EE.UU., 1990.

Anuncios