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Los caprichos de Julie Delpy

Un espacio sin críticos, sólo libros, películas y música conectados así nomás, como toda cosa.

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Recomendadas

Recomendada: Hunt for the Wilderpeople

“Hunt for the Wilderpeople”, hermosura tierna y fresca de Taika Waititi, el de “What we do in the shadows”, “Eagle vs. Shark” y “Boy”.
Un nene que escribe haikús para liberar tensiones y una inspectora de la “juve” que le pelea el nickname de Terminator y Sarah Connor. Y, lo importante: mientras la policía armadísima los persigue por el bosque, el nene no puede dejar de remarcar que es todo muy “El señor de los anillos”.
Hay gente que sabe.
Hunt for the Wilderpeople, Taika Waititi. Nueva Zelanda, 2016.

Hunt for the Wilderpeople

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=mwgu2yRsiFI

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Recomendada: Pistas para volver a casa

Pistas para volver a casa, Jazmín Stuart. Argentina, 2015.
Pistas para volver a casa
“Pistas para volver a casa” es una apuesta que aprovecha todas las ventajas de la simpleza para contar una historia. Simple y sensible. Una cámara que se centra en el rostro y el cuerpo cansado, triste, solitario y final de una mujer que trabaja de noche y duerme mal (interpretada por Érica Rivas); y en un hombre con aspiraciones de macho, que se quiebra muy rápidamente porque no sabe cómo llegar a fin de mes (Juan Minujín).
Los dos hermanos deben salir a buscar al padre que tuvo un accidente en un pueblo perdido en el interior de Argentina. El padre busca a la madre, y encontrando a la madre podrán intentar responder algunos de sus infortunios. El padre tiene, además, una bolsa con dinero en coordenadas extrañas que deben descifrar. Y sueña con el beso de esa mujer que se fue tanto tiempo atrás, lo dejó con sus hijos y desapareció. Sus rastros, las huellas para volver a encontrarse, serán las pistas para atar cabos en las vidas de esta familia. Pistas que, aunque en micro escala, hacen recordar a otras búsquedas de verdad y justicia por la memoria.
Tal vez al texto le sobren algunos diálogos, y la música abrume por momentos, pero es esa visión sensible, la cámara apenas siguiendo a dos seres en crisis, con un detenimiento de quien ve más allá del sufrimiento, lo que hace de “Pistas para volver a casa” una película para tener en cuenta.
Hace muy poco leí “La hora sin sombra” de Osvaldo Soriano (apenas un par de semanas). No pude dejar de pensar que “Pistas para volver a casa” es quizás esa búsqueda que el mismo Soriano intentó en su último libro, completada en su plenitud. Él afirmaba que no le salían los personajes femeninos, que no lograba desarrollarlos por más que lo intentase. Jazmín Stuart logra (y seguro que tiene, hay que esperar sus próximos films) ese toque que el gran Soriano anhelaba, en una historia bastante similar. Lo logra con apenas unos simples trazos, sin dificultad, con un tinte de esperanza flotando en tanta nebulosa.

Dejo un fragmento de “La hora sin sombra” de Soriano como pista para encontrar similitudes de “Pistas para volver a casa”:
La hora sin sombra

Recomendada: Weekend

Weekend, Andrew Haigh. Gran Bretaña, 2011
Weekend
“Weekend” es lo que queda para enamorarse, volver a creer en el amor, sacarse de encima los miedos, para que todo se termine yendo en un tren, camino a Norteamérica. Suena conocido, sí. “Antes del amanecer”. Sólo que no hay Julies ni Weekend posterEthans, sino dos pibes, dos hombres, que se enamoraron. Y no es “Antes del amanecer”, no es tan ideal todo, sino mucho más posible, porque puede suceder con cualquier acento occidental.
Russell se lleva a Glenn a su casa. Glenn es completamente abierto en cuanto a su homosexualidad, y Russell aún no ha salido del closet. Se encuentran por un experimento; hablan mucho de sexo, de quién sabe, quién no, esas charlas que siguen siendo obligatorias, aun cuando nada de todo eso debería necesitarse explicar. Y se besan, tienen sexo, se miran, los miran, se espían, se esperan, hasta que Russell finalmente se va a Portland, cruza el charco, buscando, escapando, vaya uno a saber bien qué. A estudiar arte, por ahora. ¿Justo tuvo que aparecer Glenn ese fin de semana?
Un romance que en este caso es homosexual, aunque ya es hora de que al amor les saquemos los sexos, y no para parecernos iguales, como dejando a todos conformes. Nada de conformismo. Russell en esa ventana es cualquier persona anhelando lo que no pudo ser.

Recomendada: “Caro diario” de Nanni Moretti

Querido diario (Caro diario), Nanni Moretti. Italia, 1993.
Caro diario
Nanni reúne en su diario tres capítulos de viajes y encuentros: en su vespa, en las islas y en/con los médicos. Es cineasta, pero anda solo, bien solo, y es Moretti después de todo, pero esta es también otra creación: la de develar la voz oculta con la que las personas nos enfrentamos a lo muy conocido, y a lo desconocido también. Ambas cosas conviven.
Es la narración íntima del diario la que le devuelve a la cotidianeidad lo que en esencia se le ha prohibido: la posibilidad de descubrir, descubrirnos, asombrarse y crear en consecuencia; no ya grandes inventivas, sino sólo lo que se nos cruza en una conversación cualquiera con el yo que cargamos.
Y cómo no enamorarse de Moretti.

Recomendada: Frank (Lenny Abrahamson)

Frank
Frank, Lenny Abrahamson. Irlanda, Reino Unido, 2014.
Burroughs escucha en la radio a los integrantes de una banda que va a tocar esa noche en su pueblo. Están agarrándose a las piñas antes de empezar. Más tarde encuentra a uno de esos rayados entregado a la sal del mar, y ahí nomás se convierte en el tecladista de “Soronprfbs”.
Pero Burroughs también escribe: es un compositor, de música de mierda, y encerrado con la banda para grabar un álbum (del que nunca le hablaron), le mostrará a Frank sus creaciones; a Frank, el de la cabeza desconocida, el de la cabeza enorme y de mentira para la cual tiene una prescripción. ¿Por qué hacen esa música tan inentendible? Buscando la fama, el nuevo tecladista les dirá que tienen que hacer canciones más pegadizas, menos locas, más vendibles, porque tienen muchos seguidores en las redes sociales.
Se disuelven, la cabeza se quiebra y buscando la fama se romperán en mil pedazos. ¿Dónde quedó la música? ¿Dónde el arte? En una cuenta popular de Twitter, no.

Recomendado: Siete de oro [LIBRO]

“Siete de oro” de Antonio Dal Masetto (1963)

 
Siete de oro Antonio Dal Masetto
Hay un agobio muy pesado en el personaje de “Siete de oro”, que ha perdido el nombre a fuerza del “vos” y de algún circunstancial “usted”. Deambula encontrándose pero alejándose, y comienza su viaje negando a Bruna.
Llega al sur y se encuentra con otras personas, otras más entre todos los nombres con los que se ha cruzado y compartido momentos, pero la recuerda: en una frase sin importancia, al calor del exceso de alcohol, en las otras mujeres que no pudieron apagar ese fuego. Dirá por ahí que todas las mujeres son una en el amor, y es porque en su cabeza es Bruna la que siempre vuelve. Huraño, de pocas palabras y con muchas historias encontradas, será testigo de grandes oscuridades y en el calor de un fogón ajeno se creerá pleno.
Dirá también que no cree en los lugares, que no se escapa de nada, que asentarse en un lugar no tiene ninguna importancia. Pero, su residencia es el recuerdo, que es tiempo, y ese recuerdo es con Bruna.
“Siete de oro” es la épica en primera persona de un hombre cansado que espera, incluso viajando; y las palabras que fluyen sin cansancio invitan a ese viaje por el frío, el vino y otras tristezas.

Cuando subimos Bruna mira alrededor, estudia, comprueba. Me gustaría tener la pieza un poco más presentable, la cama hecha, las sábanas limpias, el piso barrido. Me gustaría haber tenido tiempo y ganas de pintar las paredes, de fabricar un par de estantes. Me gustaría haber pagado el alquiler, además de las otras deudas. Me gustaría tener algunos pesos en el bolsillo. Siempre me dejo tomar por sorpresa. Es en momentos así cuando pienso que también he arrojado a la espuma cuanto me quedaba de orgullo e intimidad, que soy terreno abierto, que cualquiera puede caminar por él, trazar sus propias marcas, tachar lo que no le guste, aprobar e insultar. Me parece advertir que mi fuerza, que estaba en el silencio, ha pasado de moda, ya no convence a nadie. Ahora se me exige que hable, que diga lo mío con la fuerza y la convicción que debería haber aprendido.

Fragmento del anteúltimo capítulo de “Siete de oro”.

Leímos el capítulo 2 del libro en el “Programa 26” de “Los caprichos de Julie Delpy”.

Recomendada: 7 cajas

7 Cajas
7 cajas, Juan Carlos Maneglia y Tana Schémbori. Paraguay, 2012.
Obsesionados por el dólar, y corriendo para seguir el curso obligado del mercado capitalista, un carretillero del Mercado 4 de Asunción acepta una carga de 7 cajas con contenido incierto, pero sospechado.
Perseguido por la policía, los que le encargaron el mandado y los que no, y sobre todo por el que se perdió el trabajito por llegar tarde, Víctor correrá, se esconderá, descubrirá lo que lleva y seguirá soñando con el teléfono con cámara para poder verse como en la tele.
Y mueren muchos por varios miles de dólares que se lleva uno solo y que se repartieron un montón. En las noticias, y por cadena nacional, el video del último enfrentamiento y Víctor ante todo el país momentos antes de romperse el cuello.
La carga de “7 cajas” duele a cada rato, pero no es el dolor de los músculos por transportar inmundicias ajenas. Duelen el dólar, y los medios, y las corridas consumistas, y la policía, y todo eso que me suena a bastante conocido.

Recomendada: “Ida” (Paweł Pawlikowski)

Ida
Ida, Pawel Pawlikowski. Polonia y Dinamarca, 2013.
Anna, a punto de tomar sus votos de monja descubre que es hija de judíos. La madre superiora del convento la obliga a conocer a su única familiar viva, una tía. El encuentro es trágico, y finalmente Anna recupera su nombre, su pasado, su historia. Es Ida Lebenstein y sus padres murieron durante la ocupación nazi.
En blanco y negro, la cámara es testigo del descubrimiento muy personal en la historia de una persona que ha desconocido hasta entonces todas sus raíces. Hija de padres judíos, en algún momento soltará el hábito, mirará a la cámara y dejará a la vista su cabellera. También conocerá a un hombre, se quedará observando cómo se baña una hermana del convento y finalmente se pondrá tacones y beberá alcohol de la botella. “Ida” es el encuentro, el desencuentro y la identidad recuperada enfrentada a su realidad anterior. Y aun cuando siga usando los hábitos como coraza, ante la equivocación afirmará que su nombre es decididamente Ida, con toda la carga histórica que ese nombre trae consigo.

El gigante egoísta por Wilde y Barnard

El gigante egoísta (The selfish giant), Clio Barnard. Gran Bretaña, 2013.

“El gigante egoísta” de Oscar Wilde es un bello cuento. Uno puede obviar la relación con el Paraíso y el niño con clavos en manos y pies (la referencia al mundo cristiano, a la redención y a alcanzar la pureza son bien manifiestas), y concentrarse en el relato para niños. Se encontrará entonces con un colorido relato de aprendizaje que sabe colarse hondamente en el corazón de los lectores. En general, los cuentos de Wilde tienen la particularidad de la historia colorida mezclada con la enseñanza que termina entrando por el lado de la belleza, una construcción bien pensada de The-Selfish-Giant-2013adjetivación, personajes que se superan y escenarios que permiten el encuentro de mundos opuestos. En este caso, el gigante convertido en monstruo es el dueño del lugar más bello y deseado por los niños.
Por estas particularidades, representar un cuento de Wilde con fidelidad implicaría no salirse de la animación, una forma de presentar la obra tan cómoda como la comodidad en la lectura de sus cuentos. Aun en el caso de que la película sea concebida sin animación, el resultado no será más que la transposición de un texto literario a otro lenguaje, casi una traducción más que se acumula en el cúmulo de historias que ya se han contado.
“El gigante egoísta”, como cualquier otro cuento de Wilde, necesita ser resignificado para poder ser llevado al cine y que transmita al menos algo en nuestro tiempo. Esa búsqueda es la que ha tomado Clio Barnard para la película que escribió y dirigió, inspirada en el cuento de Wilde. Los niños salen de las escuelas pero no van felices al encuentro de ese paraíso que es el patio más asombroso jamás visto, como lo pensó Wilde. Los niños salen tristes y enojados de un lugar del que no se sienten parte, caminan solos o en grupos reducidos, se ríen poco y gritan mucho; toman pastillas para controlar sus impulsos. Se las dan sus padres o las escuelas mismas cuando a sus padres no les alcanza para poder pagárselas, que es casi siempre. Sus nombres están escritos en letras chiquitas junto a un montón de indicaciones médicas, psicológicas y registros familiares. Este no es el mundo esperanzado de los cuentos de Wilde (algunos cuentos más esperanzados que otros, pero todos con un poco de luz); no hay niños felices, los padres están muy ausentes, las instituciones los han excluido y olvidado.
Y ese patio lleno de flores y de frutos y pájaros y felicidad es ahora un juntadero de chatarra, administrado por un explotador que administra el delito y las desgracias de sus empleados. Arbor y Swifty son sus dos nuevos empleados. Uno fue expulsado y el otro suspendido del colegio por una gresca. Arbor es hiperactivo y Swifty, un joven con alma pura que sigue al único amigo que lo acompaña y protege de quienes lo llaman tonto. Etiquetados por todos lados, y viviendo en un mundo de violencia que no es muy diferente a la primera mitad del relato de Wilde (aunque hermoseado con su estilo), los dos juntarán chatarra en las calles y patios ajenos para ganarse algunas libras.
Pero los celos y la explotación por parte de Kitten, el dueño del jardín de chapas viejas, hacen que Arbor se aleje de Swifty y se ponga a Kitten en contra. Cuando el chatarrero descubre que Arbor le estuvo robando, lo manda a cortar cables de larga tensión para pagar su deuda. Swifty, en su intento por ayudarlo, termina quemado por la electricidad. Es un quiebre en el relato: quiebre con el cuento de Wilde, que jamás se hubiera permitido este desenlace, y quiebre con los personajes que de tanta violencia han salido a pedir un poco de paz.

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No sólo Kitten es el gigante egoísta en el film de Barnard. También lo es Arbor, el niño hiperactivo que ve morir a su amigo que intentó ayudarlo. El gigante de Wilde es un ser violento que atemoriza a los tiernos niños que rondan su patio. Kitten posee y explota ese patio gobernado por el invierno de los días; pero Arbor es el que en verdad atemoriza: Arbor y el resto de los violentos en que nos hemos convertido. Cuando Swifty muere, la redención les llega también a ellos (como le sucede al gigante en el cuento, cuando ayuda al niño más chiquito de todos a subirse al árbol) porque ven caer al espíritu más noble. Kitten se hace cargo y va preso; Arbor no encontrará consuelo hasta que la mamá de Swifty le permite al fin que la abrace.
Poco moralista y bien incisiva, “The selfish giant” de Clio Barnard va a contrapelo del relato de Wilde para mostrar todo lo que falta y todo lo que sobra para alcanzar cualquier cielo o Paraíso posible. Falta tanto, y nos viene sobrando tanto más, que la idea de cualquier Paraíso, con el nombre que sea, ni siquiera se plantea. ¿Para qué? Después de todo, ese muro que reza “Entrada estrictamente prohibida bajo las penas consiguientes” no tiene ni la más mínima intención de ser derribado por el momento.

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