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Los caprichos de Julie Delpy

Un espacio sin críticos, sólo libros, películas y música conectados así nomás, como toda cosa.

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Abrir los ojos y mirar lo que queda de Italia: el Neorrealismo italiano

Ladrón de bicicletas
«Ladrón de bicicletas» de Vittorio De Sica.

El neorrealismo fue el primer fenómeno cinematográfico que cambió de forma drástica la forma de filmar y concebir el cine. Antes de los años ’40, Europa había visto florecer distintas vanguardias (en Rusia, Francia, Alemania) que aún siendo de trascendencia histórica, fueron expresiones aisladas. Mientras, en Estados Unidos, el cine clásico de Humphrey Bogart hacía suspirar a más de una.
¿Y en Italia? Las pantallas mostraban películas del llamado “cina fascista”, amoldado al estilo clásico y comercial, con producciones grandilocuentes y heroicas, además de comedias ligeras sobre burguesas en apuros, habitualmente conocidas como “películas de teléfonos blancos”.
1945. Fin de la Segunda Guerra Mundial. Italia pierde y está destruida; también lo está su industria cinematográfica. ¿Qué sentido tendrían películas banales cuando en la calle sólo hay ruinas? Con la consigna de mostrar la realidad italiana, se filman películas que constituyen el fenómeno neorrealista. El cine cambiaría para siempre. Tres elementos, que hoy suenan básicos, fueron la base: el uso de escenarios naturales, la participación de actores no profesionales y el relato de historias cercanas a la realidad del espectador. Roberto Rossellini y Vittorio De Sica serán los directores emblemáticos.
A continuación, nombraresmo algunas películas destacadas del movimiento, verlas nos traslada a una realidad desgarradora pero cierta.
Roma, Ciudad Abierta
El clásico de entre los clásicos del cine italiano fue estrenado en 1945. Rossellini inicia con este film su llamada “trilogía de la guerra”. Historias cruzadas que trascurren durante los últimos años de la ocupación nazi en Italia. El título Ciudad Abierta se refiere al estado de un lugar que, en tiempos de guerra, queda abandonado y no da combate. Dos de los personajes protagonistas son un sacerdote, interpretado por Aldo Fabrizi, y una madre, Anna Magnani.

El ladrón de bicicletas
Vittorio De Sica era un famoso actor hasta que incursiona en la dirección y pasa a la historia con este film de 1948. Adiós al galán, bienvenido el cineasta. El rol protagónico lo interpretó Lamberto Maggiorani, quien en la vida real era obrero. De Sica lo prefirió pese a las sugerencias de los productores de poner a Cary Grant, una cara famosa con la que otra hubiera sido la historia. El film habla de la desocupación de la posguerra, a través del retrato de un padre y un hijo. Un poco de melodrama hay, pero el neorrealismo también tiene algo de eso. Un clásico que hay que ver.

La tierra tiembla de Luchino Visconti data del año 1948. Es una adaptación de la novela de Giovanni Verga I Malavoglia, de 1881.
La historia tiene lugar en Aci Trezza, un pequeño pueblo de pescadores en la costa de Sicilia, Italia. La película hace referencia a la explotación de los pescadores por parte del hijo mayor de una familia de abolengo del pueblo, el Valastros. El héroe de la historia es Ntoni el cual se rebela contra la injusticia y busca una salida individual comprando una barca que le de independencia… aunque su sueño se hace añicos.

Arroz amargo de Giuseppe De Santis es una película de 1949 que introduce el erotismo en el marco de un relato social.
Un grupo de jóvenes jornaleros llega a las plantaciones de arroz del valle del Po. Entre las trabajadoras se encuentra Francesca, una camarera que ha robado unas joyas. Drama clave del neorrealismo italiano, que aparte de su indudable interés artístico resultó extraordinariamente popular por la impresionante carga de erotismo que desprende su protagonista. Nunca se insinuó tanto enseñando tan poco.

Umberto D., Vittorio De Sica
Umberto D., Vittorio De Sica
Parte de la nota pertenece al blog locoxporelcine. A la nota pueden encontrarla en http://www.locoxelcine.com/2012/10/29/cinco-peliculas-para-entender-que-fue-el-neorrealismo-italiano/ bajo el título "Cinco películas para entender qué fue el neorrealismo italiano".

30 de julio de 2015 – II Programa 63

EN ESTA TARDE DE OTROS

Parte 1:
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Parte 2:
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150730
Parte 1:
«Ante un ejemplar de Defense of Poetry con el sello ‘Pacific Railway Library, B. Bca., nº 185 (to be

returned within 14 days)`» de Sergio Raimondi.

Tanguito – La historia de un muchacho (Billy el náufrago)

Película: «Umberto D.» (Vittorio De Sica)

Vox Dei – Ritmo y Blues con armónica

«Yo digo adentro mío» de Jorge Boccanera.

El Reloj – Blues del atardecer

«La oveja negra» de Ítalo Calvino.

Luis Alberto Spinetta – Agua de la miseria
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Biopic: Vittorio De Sica.

Daniel Melingo – La canción del linyera

Los caprichos de la semana: Agenda cultural.

In a world: Neorrealismo italiano.

Serú Girán – Cinema verité
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Parte 2:

Divididos – Dame un limón

Película: “La nona» (Héctor Olivera)

Claudio Gabis/León Gieco – Malas condiciones.

Fragmento de «El cine Edén» de Marguerite Duras.

Lisandro Aristimuño/Boom Boom Kid – How Long

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Fragmento de la introducción de «El grotesco criollo» de Discépolo-Cossa».

Fito Páez/Joaquín Sabina – Buenos Aires

Fragmento de «Candidatos a millonarios» de Roberto Arlt.

Manal – No pibe
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Umberto D. – La nona

Umberto D., Vittorio de Sica. Italia, 1952.
La fuerza narrativa de “Umberto D.” no está en la trama, sino en la iluminación. En la iluminación y, eventualmente, en la música, que no para de acompañar al pensionado. El neorrealismo ha venido a decir: esto no es la vida, esto es cine sobre la vida. Cine. Una construcción. Un relato de hora y media que rescata la vida de un par de personajes sufridos en la posguerra.
Todo es demasiado triste. Como Umberto Ferrari, no hay manera de levantar la cabeza e intentar sonreír. La risa no es una posibilidad para ese viejo que no puede pagarse ni un techo al mes, y que busca durante toda la película a quién dejarle a Filke, su perro, para desaparecer. Para irse, perderse, morir por voluntad propia. Suicidarse.
Porque lo que ha hecho la guerra es no llevárselo. Y, agrego, no llevárselos. No ha dejado nada, más que unos pocos ricos que se juntan por las noches en la casa de una madama que sobrealquila cuartos para el romance. Se reúnen a cantar, a reír (ellos sí ríen, ellos) a usar la vajilla fina, a mirar con desprecio a ese viejo que debe un par de meses de alquiler y que seguro que apesta. Porque Umberto no se baña, casi ni come, ya no duerme, está enfermo, tiene frío, está solo.
La guerra ha dejado a unos pocos con todos y a muchos con casi nada. Ni para escribir sobre “Umberto D.” se permiten eufemismos. Umberto piensa sin decirlo que la guerra lo ha dejado librado a la muerte, cuando hasta entonces todo era muerte. ¿Por qué lo sabemos? Porque en sus ojos sin dormir la gruesa línea de la tristeza se marca muy profunda, en su mirada perdida, su ceño caído, sus manos entrelazadas, ese simple talante de hombre alguna vez respetado, en esas sombras se vislumbra el pasado, realzado por la figura de la sombra que se proyecta por las paredes y los derredores, bajo una luz muy fuerte que es la del presente, que hace estallar los recuerdos, reafirmar las soledades, volver a la guerra, a la muerte, tan cercanas, que Umberto, antiguo empleado público, no es más que un mal recuerdo ya, teñido por las cenizas de lo que ya ardió.
Umberto con Filke. Umberto queriendo pedir limosna. Umberto con una mínima dignidad resguardada, doblando su mano para no recibir la limosna. Umberto frente al ferrocarril. Huyendo en la penumbra para no ser visto. Arrastrando las explicaciones para recibir la ayuda que nunca obtendrá.
Umberto solo. Con Filke, pero solo. Umberto Domenico Ferrari. Conserva su nombre, pero es un fantasma. Es curioso que el neorrealismo haya retratado tantas almas en pena, postergadas de todo tiempo, repitiendo día a día sus penurias, sin salvación, con una luz inmensa atravesándoles el vacío. El Umberto que juega y cuida a Filke es un Umberto inexistente, olvidado, quizás no sepultado, pero muerto ya. Nada lo redime, salvo su propia existencia. Su existencia que es pura tragedia, puro desencanto, en un país que ha seguido muy bien sin él, o a pesar de él. La historia ha continuado, pero ni el pensionado ha conseguido techo, ni se ha recuperado la bicicleta para laburar en el “Ladrón de bicicletas”, ni habrá justicia en “El limpiabotas”.
Después del tren, con tanta gente en ese parque romano (Roma sin fuente de Trevi, sin Coliseo, sin iglesias eternas), la figura de Umberto D. perdiéndose entre la muchedumbre con Filke siguiendo la piña-pelota, recuerda a un sueño, recuerda a cuerpos que levitan, que flotando se alejan por algún horizonte, sin destino, sin camino, sin suelo. ¿Qué hay entonces en su andar callejero que lo vuelve tan invisible, tan ausente para ese presente de posguerra? El pasado. Umberto D. Ferrari se ha ido con la guerra, ha dejado de pertenecer, no puede adaptarse porque está diezmado, o tomando mates al costado de una ruta del sur argentino, esperando al Malacara, que también se ha ido, llevándose lo mejor de ambos, lo mejor de todos, que es el aliento a vida.

La nona, Héctor Olivera. Argentina, 1979.

Biopic: Vittorio De Sica

Vittorio de Sica
Vittorio De Sica fue un actor, productor, guionista, músico y director de cine italiano, que nació en Sora en 1901 y murió en Francia en 1974.
Debutó en el cine como actor en 1917, en el film “El proceso Clémenceau”. En la década del ’30 tuvo su propia compañía teatral y, tras varios años de trabajar en el cine como actor y director, en 1946 presenta su film “El limpiabotas”, que sería una de las primeras películas del denominado “neorrealismo italiano”, movimiento que comenzó en 1945 Roberto Rossellini, con el film “Roma, ciudad abierta”. El guionista Cesare Zavattini, uno de los autores más importantes del movimiento, trabajó activamente con De Sica en sus películas más aclamadas.
Entre los films de De Sica, destacan: “Rosas escarlatas”, “La puerta del cielo”, “Umberto D.”, “El oro de Nápoles”, “Dos mujeres”, “Boccaccio 70”, “Matrimonio a la italiana”, “Siete veces mujer” y “El viaje”, su última película, de 1974. Su film “Milagro en Milán” obtuvo la Palma de Oro en el Festival de Cannes en 1951. A su vez, sus películas “El limpiabotas”, “Ladrón de bicicletas”, “Ayer, hoy y mañana” y “El jardín de los Finzi-Contini” obtuvieron el galardón a mejor película extranjera de los Premios Oscar.
En entrevista de 1974 con Antonio García Rayo, esto dijo Vittorio De Sica sobre su vinculación con el neorrealismo italiano: “Apenas terminada la guerra hago “El limpiabotas”, que es, sin género de dudas, el primer filme neorrealista junto con Roma, ciudad abierta, de Roberto Rossellini. Nosotros dos fuimos los primeros que iniciamos este estilo, este movimiento. Aunque, pensándolo bien, no se trata ni siquiera de un estilo, porque el “neorrealismo” no fue creado en torno a una mesa o en medio de una discusión. Nació en nosotros, en nuestro ánimo, en la necesidad de expresarnos de forma diversa a como nos habían obligado el fascismo y un cierto tipo de cine norteamericano. Así, de esta rebelión, digamos, nació “El limpiabotas”, y poco después hice “Ladrón de bicicletas”, con lo que el neorrealismo se convirtió en algo definitivo, válido en el terreno de la expresión cinematográfica o en el del arte, naciendo una forma de espectáculo que sería posteriormente muy apreciada y que acabaría imponiéndose en todo el mundo”.

* Entrevista realizada por Antonio García Rayo en 1974, publicada en “Ya” y recuperada por ElCultural, en la entrada “Ladrón de bicicletas”. http://www.elcultural.com/revista/cine/Ladron-de-bicicletas/7882

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Magical girl – Le meraviglie

Magical girl, Carlos Vermut. España, 2014.

El país de las maravillas (Le meraviglie), Alice Rohrwacher. Italia, 2014.
Una familia apicultora compuesta por mujeres que temen al padre, al marido, al ¿hermano? Una familia apicultora a metros del mar, en una tapera habitada, con los sueños diezmados por la figura paterna que hostiga, mutila, y a la vez empodera.
Hay verdaderas pinturas por fotogramas. Rohrwacher les ha pintado un mundo nuevo, distinto, maravilloso, a esas mujeres dolidas y tristes que acatan las órdenes del hombre. Les ha puesto soles donde los ojos jamás han visto, aromas dulces en escenarios putrefactos; cielos inmensos en medio de tanto encierro; las abejas y su miel, que titilan una esperanza ausente; y el mar y los ojos, las dos escapatorias: el mar y los ojos, ahí donde la cámara ya no llega porque el horizonte se vuelve incierto y siempre está conectado con un más allá desconocido.
Luna quiere conocer. Caterina quiere volar. Marinella tiene ya un mundo paralelo. La madre y la tía Cocó resguardan, protegen, acarician para salvar. Gelsomina, la muy triste Gelsomina, acata buscando el cariño paterno, sueña buscándose a sí misma, apenas intenta sonreír para no dejarse caer, y vuelve a soñar con soñar, a ver si así encuentra al conejo blanco que la libere de la opresión, de las picaduras de abejas en su rostro de nena que quiere ser vista, que quiere mucho más que quitarle los aguijones a su padre.

Las canciones no deberían hacernos escapar. Al menos, no creo que esa sea su función. Cuando Ana (Torrent) baila primero y luego canta a solas “Por qué te vas” de Jeanette (esa oscuridad sexual teñida de niña), lo que no quiere, lo que evita, es el recuerdo de la madre muerta, del padre muerto, de la tía que debe morir. Con “Le meraviglie” no se puede dejar de pensar en “Cría cuervos” de Saura: ¿por qué la canción de Gelso y Marinella es “T’appartengo” de Ambra? (Sí, “Te pertenezco”; hay una versión en español). ¿Por qué las nenas bailan esa canción en el claustro del laboratorio donde procesan la miel?
Ambra suena en la radio. Las nenas no tienen la canción: la canción de pronto aparece y las salva, las arranca del mundo y por un par de minutos se permiten ser otras, quizás quienes quieren ser, aún con una canción tan menor como esa, apenas un hit armado para gustar. Pero no bailan las dos: Gelso observa. La más grande, la “capa” de la familia, observa. Está preparando a su hermana, le está dando las herramientas que ella nunca tuvo, le está diciendo que hay otra posibilidad, algo que la madre intenta decirle a la Gelso picoteada y avergonzada, y que termina por no hacerlo, simplemente porque sería mentirle, generarle más esperanzas de las que jamás podrá tener.
Sí, el fin del mundo se acerca, como anuncia el padre (y por eso las arrastra a su infierno): llega porque una niña no tiene permitido soñar.

Gelsomina pone una abeja en su boca. Nadie alcanza a ver el artilugio. Luego, el silencio. Descubre su cara, sus ojos inmensos, sus labios caídos, sus aritos colgando -único recuerdo de un mundo inexistente-. Los brazos caen lentamente mientras su boca se abre. Una abeja sale de su interior. No sabíamos que estaba ahí. Una abeja sale de su boca, sin picarla. Camina lentamente por su rostro, cuesta arriba. Ahí donde otras abejas la han picado, esta abeja se detiene. Levemente corre a la abeja de sus pómulos para arrastrarla y cobijarla entre sus dedos. Ahí, finalmente ahí, Gelso sonríe. Sonríe por la travesura que se permitió hacer, ante los ojos sorprendidos y enamorados de quienes presenciaron la magia.
El cuadro de textura granulada se detiene un segundo en los ojos de la niña. Hay un mar inmenso inundándolo todo.

Dos personajes irrumpen en la vida de esta familia: uno es Milly Catena (Monica Bellucci), un personaje de la tele que conduce un nuevo concurso: “El país de las maravillas”. El otro es un niño recluso de Alemania que, por un programa de integración, llega a esa familia para prestar sus músculos. Ambos -al menos- manejan otro idioma. Las niñas los miran como a extraños, como a posibilidades latentes. El niño intentará escapar. El sueño que promete Milly Catena y su concurso se escapará con sus sueños, después de que tuvieron que vender todo para cumplir con las reglas y pagar las deudas.
“Le meraviglie” es no sólo el mundo soñado por las mujeres, sino también la promesa televisiva, el uso de su imagen para promocionar otra cosa. La maravilla es también otra mentira, en la que tampoco existen, al fin.

Cuando Gelso encuentra finalmente al niño que se había escapado del concurso y los besos, duermen abrazados. Finalmente él se deja abrazar y ella abraza. Duermen abrazados al lado de una fogata, en una cueva que proyecta otras sombras, las de dos niños dejándose ser en una noche oscura: dos cuerpos impresos en la roca del tiempo, hasta que el viento lo arrase todo.
¿Qué buscan los carabineros en el comienzo de la película? En la oscuridad de la noche los faros de las camionetas bañan de luz al campo. Por esa luz exterior conocemos a esta familia, logramos hacerlos presentes. “Le meraviglie” cuenta la historia de los olvidados que quieren dejar un rastro de su historia, así sea escondiendo un recuerdo debajo de una baldosa.
Duermen afuera cuando Gelsomina llega. Con la panorámica de la cámara, las cuatro niñas y los mayores desaparecen. Ha quedado otra casa abandonada. Abandonada y sin puertas. Granulado el universo, puerta a puerta se enfatiza la ausencia, mientras el viento mueve los lindes de la sábana que tapa lo que vendrá, así sea el silencio, la noche, la oscuridad nuevamente, hasta que una niña asustada y con frío prenda los fósforos que no vendió en una ciudad que también la olvida, a medio camino de su casa, donde la espera la paliza y, en ese rincón del mundo, la muerte, el más certero de los horizontes.

Capturas: Le meraviglie

El país de las maravillas (Le meraviglie), Alice Rohrwacher. Italia, Suiza y Alemania, 2014.
El país de las maravillas (Le meraviglie), Alice Rohrwacher. Italia, Suiza y Alemania, 2014.

Cinema Paradiso – Be kind rewind

Cinema Paradiso (Nuovo Cinema Paradiso), Giuseppe Tornatore. Italia, 1988.

Cinema Paradiso: el arte de narrar

Cinema Paradiso es la historia de una vida que corre en paralelo a la vida de un cine como espacio y a la Historia del cine como arte: sus idas y vueltas, sus progresos, sus luchas y sus victorias. La vida de una persona y la vida de un arte pueden contarse a la par y para quienes amamos las historias perfectas, esta nos hace llorar una y otra vez, aunque la hayamos visto cinco veces.
Salvatore es un hombre adulto que vive en Roma, rico y muy ocupado hace décadas que no vuelve a su pueblo natal para visitar a su familia –al menos, esto creemos al principio, pero la razón es mucho más profunda. Una noche, recibe la noticia de una muerte: la de Alfredo, su guía en la infancia, en la adolescencia, siempre. Aquí, el presente de la narración, pero como siempre nos preguntamos: ¿dónde empieza una historia? Y como acostumbramos a responder: antes, siempre antes.
Volamos entonces a la infancia de Salvatore, cuando es Totó: inteligentísimo, tierno, travieso y apasionado. Ama la cabina del cinematógrafo. Su fascinación ante las películas y el aparato que las hace posible a los ojos de su pueblo lo llevan a estar merodeando un lugar peligroso. En ese tiempo aún, las cintas son altamente inflamables. Tanto así que el propio Alfredo, experto en ese trabajo de proyectar se quema una noche solidaria y queda ciego, pero sobrevive gracias a Totó que, ante el pánico generalizado recuerda que en esa piecita que se quema está él, su amigo entrañable, su otra mitad.
Alfredo dice ver más desde que quedó ciego y le ordena que se vaya de ese pueblo pequeño y pobre. En la infancia del protagonista, además, somos testigos de los estragos de la guerra y sus saldos: la muerte y la pobreza. El padre de Totó por ejemplo no regresa del combate y deja a una madre que con poco hace lo posible para subsistir con sus dos hijos. Lo logra con esa fortaleza estoica de quien entiende que la vida es dura. Totó, en cambio, afronta su situación desoladora dejándose llevar por historias que ve en el cine y que lo envuelven y lo hacen un volador nato, alguien capaz de vislumbrar que la vida también es otra cosa, que la vida está también un poco más allá de lo palpable de la miseria. En fin, es un niño cuyo mundo se ha ensanchado gracias a los artilugios de un arte que lo apasiona. Esta es la pasión nata que ve Alfredo y que lo impulsa a darle el consejo de irse a Roma porque es un viejito ciego que entiende que toda esa pasión puede ser el motor para cosas enormes. Y tiene razón.
Pero la huella de lo vivido en la infancia y en la adolescencia: las travesuras, el primer amor, el coraje y la inocencia quedan siempre tatuados en la piel y Salvatore recuerda todo perfectamente y sabe que esa fue su vida y hacia allí vuelve. Retornar a la tierra natal para un funeral o para cualquier cosa. Retornar no es dar marcha atrás. Retornar es avanzar.
La sorpresa: la mujer de Alfredo le dice a Totó que su marido dejó algo para él. En contraposición a la realidad del cine del pueblo que está por demolerse –la crisis, la TV, los casetes-, Alfredo le deja a Totó un legado eterno: todas las escenas que en años de proyecciones el cura había censurado: besos, caricias, movimientos pornográficos para la época que al sonar la campanita el cura ordenaba quitar. Y el público se quejaba, eso sí: Nunca un beso.
Y el cine se cae, es demolido. Y las caras que vemos, viejas ya, con años encima, parecen caras de nuestra propia vida, de nuestros vecinos que vivieron con nosotrxs experiencias colectivas. Eso es Cinema Paradiso, la historia de una vida en paralelo con la vida de un arte y que a la vez puede pensarse como la historia de todas las vidas: tramas que se arman y se desarman como el tejido de la madre de Totó cuando escucha el timbre y sabe que es el hijo que ha vuelto.

Be kind rewind, Michel Gondry. Reino Unido-EE.UU., 2008.
“Todos los ojos observan”. Probablemente esa expresión se volvió una de las imágenes más válidas del siglo XX que aún no termina. Es la imagen del que especta, del que mira desde afuera, del que no se pierde detalle, del que está atrapado por el horror, por la locura, pero también por la maravillosidad del espectáculo. El siglo XX comenzó con las guerras, y los ojos no se perdieron detalle. Pero, antes, el siglo XX había comenzado con los medios masivos de comunicación, y con ese acto de mirar, de observar, de mantener a la fuerza los ojos abiertos para no perderse detalle. Y el cine nació antes que el siglo. “Todos los ojos observan” es válido para otras edades, siempre hay algo para mirar, pero “todos los ojos observan” tiene un nuevo valor cuando es la única parte del cuerpo en movimiento.
Benjamin dice en “Experiencia y pobreza” que la guerra mundial (la primera, murió durante la segunda) terminó con el relato de la experiencia, con la anécdota de lo vivido. Que sólo dejó el horror, la palabra inconexa, el grito desgarrado. No lo dice así, pero es la idea. No es que ya no haya nada para contar, pero sin lugar a dudas que esa órbita incesante de cambios y golpes a las estructuras hicieron que el cúmulo de historias se concentrasen en otra parte. En la radio. En la televisión. En el cine, claro. Todo junto en internet, ahora. Y parece seguir desarrollándose. Esa incapacidad de recobrar lo propio, de exponer la voz propia, de recuperar las historias de nuestras vidas.
Un mundo que observa no es un mundo que haga demasiado. Aunque hay que ser un buen observador para poder actuar. Sólo que estamos formateados para un entrenamiento eterno.
“Be kind rewind” es muchas películas, y no sólo porque necesitan regrabar los VHS que perdieron en un infortunado acto de vandalismo. Es muchas películas porque comienza siendo una locura adolescente de Jack Black, para pasar a un ardid creativo por recuperar una tienda (el desenlace de la comedia de enredos), para terminar con unos diez minutos finales de ojos que se observan, un “Cinema paradiso” en el que el último truco es el que termina contando. Y, en el medio, siempre incrustada, la historia de amor.
En una historia en capas vale la pena mantener la paciencia para el final. Aunque nada tenga desperdicio, en verdad. Jack Black magnetizado borra todas las copias de una tienda de alquiler de videos que está, por unos días, bajo el cuidado de su mejor amigo. La escena en la que se magnetiza es bien de la llegada de “Terminator”, pero la recreación pura de títulos conocidos del cine llegará cuando necesiten videos para alquilar. Hacen remakes con la calidad de Ed Wood o peor, y a eso le llaman películas suecadas. Suecada porque con un nombre extranjero siempre suena mejor, incluso para Norteamérica. Y el barrio se apasiona. La bolilla se corre y llega gente de todos lados para pedir la versión suecada de su película favorita.
Pero también llegan los buitres, los que cuidan los intereses de las grandes franquicias, les rompen todas las cintas y los amenazan con un juicio por derechos. No son los únicos buitres carroneando la tienda: con la excusa de no contar con los requerimientos básicos para funcionar, un emprendimiento inmobiliario planea tumbar el edificio y robarle la historia a ese comerciante negro amante del jazz.
Robarle la historia. Volver la experiencia nula, irrecuperable. El dueño del video sabe que no podrá conservar el lugar, pero forma parte del último intento del grupo de hacedores aficionados por recaudar fondos para pagar las deudas. Hacen una nueva película; completamente nueva, no una remake. Cuentan el mito que fueron construyendo de ese músico de jazz que recorre la película, que supuestamente nació en ese video, que supuestamente es del barrio. Tienen una semana para hacer la película sobre Fats Waller. La exhiben en la última noche de ese edificio. Van cien personas a verla y cada uno paga la entrada para asistir a su propia película, esa de la que sí son parte, y no sólo por identificación. Películas con pasión, dirá el personaje de Mia Farrow. La pasión es la de contar y ver lo que uno lleva dentro, y no es para nada una mala definición.
En mitad de la proyección llegan a reclamar que desalojen para proceder con la demolición. Los dejan terminar de proyectar. Pusieron una sábana contra el vidrio y ahí pasan sus cuerpos mientras los ojos observan. De un lado y del otro. Sí, del otro. Porque fuera del edificio se produce la verdadera exhibición. Policías, vecinos, transeúntes, curiosos, todos se han quedado paralizados, muertos de risa, admirando una historia que es ajena, pero no tanto. Son los últimos diez minutos de la película. Ya no hacen “Ghostbusters”; es más parecido a “Cinema Paradiso” cuando no hay lugar en la sala y Toto y Alfredo la proyectan en la puerta de un edificio ajeno. Esa misma noche Alfredo perdió la vista. Pero le quedaron los recuerdos.
¿Por qué los ojos sólo observan, paralizados, el transcurrir de la historia? El siglo XX, más allá de los años, terminará cuando esos ojos vuelvan a ser parte de su propia historia. Mientras tanto, eso que llamamos tiempo, seguirá en pausa.

Recomendada: «Caro diario» de Nanni Moretti

Querido diario (Caro diario), Nanni Moretti. Italia, 1993.
Caro diario
Nanni reúne en su diario tres capítulos de viajes y encuentros: en su vespa, en las islas y en/con los médicos. Es cineasta, pero anda solo, bien solo, y es Moretti después de todo, pero esta es también otra creación: la de develar la voz oculta con la que las personas nos enfrentamos a lo muy conocido, y a lo desconocido también. Ambas cosas conviven.
Es la narración íntima del diario la que le devuelve a la cotidianeidad lo que en esencia se le ha prohibido: la posibilidad de descubrir, descubrirnos, asombrarse y crear en consecuencia; no ya grandes inventivas, sino sólo lo que se nos cruza en una conversación cualquiera con el yo que cargamos.
Y cómo no enamorarse de Moretti.

30 de agosto de 2014 – Programa 24

Parte 1:

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Parte 2:

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Parte 1:
Fragmento 6 de «La espera» de Roland Barthes, en «Fragmentos de un discurso amoroso».

Bob Marley & The Wailers – Waiting in Vain

Película: «Caos calmo»

Soda Stereo – Ojo de la tormenta

«Apunte callejero» de Oliverio Girondo en «Veinte poemas para ser leídos en el tranvía».

La Porturaria – Nadie sabe dónde va

Fragmento de «Ciudad de cristal» de Paul Auster.

Invisible – Que ves el cielo
Spinetta y los Socios del desierto – La espera

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Biopic: Nanni Moretti.

Leonard Cohen – I’m your Man

In a world: Relatos salvajes.

Charly García – Buscando un símbolo de paz
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Parte 2:
U2 – Stuck in a Moment You Can’t Get Out of

Película: «El empleo del tiempo»

Las Pelotas – ¿Para qué?
La Bersuit Vergarabat – ¿Qué pasó?

Fragmento («El terror en la calle») de «Los siete locos» de Roberto Arlt.

Andrés Calamaro – Los aviones
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«Despedida» de Alejandra Pizarnik.

Humo del Cairo – Fe

Los caprichos de la semana: Agenda cultural.

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota – Perdiendo el tiempo

Fragmento de «Leer en seis notas» de Carlos Skliar.
Lisandro Aristimuño – How Long

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