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Los caprichos de Julie Delpy

Un espacio sin críticos, sólo libros, películas y música conectados así nomás, como toda cosa.

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The ghost writer – Il portaborse

El escritor oculto (The ghost writer), Roman Polanski. Franciia, Alemania, Reino Unido, Estados Unidos, 2010.

Il portaborse, Daniele Luchetti. Italia, 1991.
Un travelling sobre un balcón y el mar. Una vasija, sólo que ya ha germinado, florecido. Faltan las cortinas, pero como el film es italiano y el granulado suena a nostálgico, “Il portaborse” recuerda a “Cinema Paradiso”. Pero al revés, porque el travelling recorre transversalmente a ese balcón, hay otras vasijas y hay también un escritor. Luego sí el travelling se irá acercando al dintel de una puerta y, ya no una vasija sino una viga a medio dejar caer el piso superior, será el centro de atención de la cámara que avanza hacia adentro. Hacia la viga y el material que se va desprendiendo sin mayor motivo que el del paso del tiempo.
¿Por qué tanta nostalgia, tanta quietud y tranquilidad?
Dentro de ese cuadro hay un espíritu inquieto que está a punto de perder la paciencia ante el escrito de uno de sus alumnos que se prepara para un examen nacional. Y de otra de sus alumnas que lee al mismo tipo en el diario. ¿Pero qué demonios leen para escribir así? Dos alumnos que escriben sobre política para romper toda buena norma por un fulano que no sabe dibujar una A.
Le gritan, pero es un profesor querido. Hay mucha pasión en “Il portaborse”, como hay mucha pasión en las películas de Nanni Moretti, incluso en las que produce, como en esta. La pasión le juega una mala pasada a los espíritus inquietos que conviven con los cuadros armoniosamente compuestos del cine italiano. La comedia ya no va hacia lo grotesco, hacia el baile, la singularidad de las familias de la enorme Italia, sino al contrapunto. Por eso “Cinema paradiso”, aun cuando la alusión pueda ser menos querida: ante el otro, el protagonista es un ser patético al que le cuesta circular sin trastabillar. Y, a la vez él también tiene sus propias manías, no es un ser tan inocente como Chaplin, tiene cierto rasgo de iracundo. Y, sin embargo, es más inocente y simple que los tipos que lo gobiernan todo, como Botero, el Ministro que sabe que van a adelantar las elecciones y que ya está haciendo campaña para ser reelecto.
Es la frase y la mirada: la frase del niño y la mirada del adulto que le recuerda que ya no es un bebé, que debe dejar de jugar con el micrófono y empezar a comportarse. Y, además, es la constante indignación por lo impuesto, ante la ignorancia y el chiste que se pasó de la raya. Esa es la comedia en Moretti y también de este film de Luchetti.
Y los contrarios que se unen por una razón tan romántica y, a la vez (siempre “a la vez”), cotidiana como mantener en pie la casa familiar, que es un monumento histórico, pero eso sí qué importa, hasta que importa. El profesor, que es escritor, le escribe los discursos a ese tipo en el que desconfía y no cree y ha criticado, que es Botero, que va a la carrera electoral nuevamente, y Luciano no hace otra cosa más que seguir jugando con el discurso, como un juego, claro, hasta que ya empieza a no ser divertido. Y Botero, que es todo menos un soñador, que está bien despierto, eso es, también tiene sus rabietas, pero ahí sí que dan bronca y producen rechazo, pero para que duela debe pasar tiempo. Hasta que Luciano despierte.
Es curioso que el thriller político que hubiera podido ser “Il portaborse” se convierta en una comedia nostálgica, triste de a ratos, opresiva sobre el final, risueña siempre. Es curioso porque Polanski también dirigió una historia sobre un escritor fantasma, que es puro thriller político, y del mejor, acabado, completo. Y es curioso porque hay una musiquita que acompaña sobre todo a la primera parte de la película que luego recupera Polanski en otra de sus películas -ahora sí comedia, pero oscura, bien oscura-, Carnage. Digo que es curioso lo obvio, que las mismas historias pueden decirse de muchas formas y todas pueden enamorar, incluso cuando no producen las mismas sensaciones, aunque algo hay en el trasfondo que las vuelve cercanas. Ese detalle que podría alejarnos, nos vuelve tan cercanos, probablemente porque, como los personajes de Nanni Moretti, como Luciano, como Botero, también nosotros estamos en una disputa interna por saber cómo decirnos, en esa necesidad que tenemos de decirnos todo el tiempo, incluso cuando afloran las contradicciones, y nos encontramos en la disyuntiva de tratar de ocultarlas o reírnos de ellas.

Escritores ocultos: una tipología posible

Es preciso que se asocie un misterio al acto de la creación. La sociedad lo pide a gritos.

Umberto Eco, en “Nadie acabará con los libros” (Eco, Carrière).

Dibujo de Kafka
Dibujo de Kafka

En “The ghost writer”, Polanski presenta en tono de thriller la historia del fantasma detrás de la autobiografía de un exprimer ministro británico. La idea de “escritor fantasma” u oscuro se aplica al creador de una obra escrita cuya verdadera identidad nunca debiera conocerse. La fama (no así el mérito) es de otro. Vale remarcar que la intertextualidad juega una pasada extraña en las definiciones: ¿cuánto de autor queda después de repetirnos eternamente? Y la no menos intrigante pregunta de: ¿qué hacemos con el concepto de “autor” que es propia de los albores del capitalismo y la modernidad. Más allá de estas cuestiones, no hay una sola forma de escritor oculto o, más bien, tiene varios matices:

  • El autor Anónimo, así difundido en la difusión de libros, ese que ya no puede descubrirse, como en el “Cantar de mío Cid”.
    Como una forma de lo anterior, el “inventor” detrás de los relatos orales que resistieron al paso del tiempo, como los autores de los mitos y las leyendas.
  • Y como parte de lo mismo, el nombre que queda con la obra mítica, y a quien se le atribuye y cuestiona su autoría, como Homero en “La Ilíada” y “La Odisea”. Al respecto, Jean Claude Carrière -en su conversación con Eco publicada en libro bajo el nombre de “Nadie acabará con los libros”- cuenta reflexivamente lo siguiente:

En la época de mis estudios clásicos, nuestro profesor se pasó cuatro meses con la “cuestión homérica”. Su conclusión fue la siguiente: “Ahora sabemos que probablemente los poemas homéricos no fueron escritos por Homero, sino por su nieto, que también se llamaba Homero”.

  • El escritor que oculta su obra y que es salvado de las garras del olvido, como gran parte de la obra de Kafka.
    El escritor que confunde y firma con seudónimos, como Pessoa. (Y también el que recurre al seudónimo para salvar su vida).
  • Y, en una forma más extrema de lo anterior, las escritoras que debieron firmar con nombre de varón para ser leídas y rescatar su obra, como Mary Ann Evans, que publicó bajo el seudónimo de George Eliot la novela “Silas Marner” de 1861.
  • El corrector de una obra, cuando se lo desconoce, o cuando se empieza a sospechar que en muchos pasajes fue más que un corrector, como se han encargado de poner en cuestión a la figura de Max Brod, amigo de Kafka, que salvó gran parte de su obra de la hoguera.
  • Y, finalmente, el escritor considerado en sí mismo como “oculto”, el verdadero autor de una obra que es firmada comercialmente por otro, como se plantea en la película de Roman Polanski.

Y, ya que nombramos a Kafka, compartimos uno de sus relatos rescatados del olvido:

De Prometeo nos hablan cuatro leyendas. Según la primera, lo amarraron al Cáucaso por haber dado a conocer a los hombres los secretos divinos, y los dioses enviaron numerosas águilas a devorar su hígado, en continua renovación.
De acuerdo con la segunda, Prometeo, deshecho por el dolor que le producían los picos desgarradores, se fue empotrando en la roca hasta llegar a fundirse con ella.
Conforme a la tercera, su traición paso al olvido con el correr de los siglos. Los dioses lo olvidaron, las águilas, lo olvidaron, el mismo se olvidó.
Según la cuarta, todos se aburrieron de esa historia absurda. Se aburrieron los dioses, se aburrieron las águilas y la herida se cerró de tedio.
Solo permaneció el inexplicable peñasco… La leyenda pretende descifrar lo indescifrable. Como surgida de una verdad, tiene que remontarse a lo indescifrable.

«Prometeo» de Franz Kafka».

Estrenos de la semana 13/08/15 Argentina

ARGENTINA
El clan, Pablo Trapero. Argentina, 2015.

MEGAESTRENO-SECUELA
Ted 2, Seth MacFarlane. EE.UU., 2015.

EUROPEAS DE 2013
La piel de Venus (La Venus A La Fourrure), Roman Polanski. Polonia, Francia, 2013.

El capital humano (Il capitale umano), Paolo Virzì. Italia, 2013

La Vénus à la fourrure

23 de julio de 2015 – II Programa 62

LO TUYO ES PURO TEATRO

Parte 1:
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Parte 2:
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150723
Parte 1:
Fragmento de «Rayuela» de Julio Cortázar.

XTC – I am the Audience

Película: «Carnage» (Roman Polanski)

Pez – No te escucho bien

Fragmento de «Descripción de una lucha» (Franz Kafka)

Charly García – No te mueras en mi casa

Fragmento de «Al abrigo» de Juan José Saer.

Catupecu Machu – Refugio
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Biopic: Jodie Foster.

Tom Petty & The Heartbreakers – American Girl [«El silencio de los inocentes»]

Los caprichos de la semana: Agenda cultural.

In a world: Adaptaciones teatrales en el cine III (Cine argentino).

The Decemberists – I Was Meant For The Stage
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Parte 2:

The Cure – Play for Today

Película: “Le prénom» (Alexandre de La Patellière, Matthieu Delaporte)

Lisandro Aristimuño – Tu nombre y el mío

Fragmento de «Rayuela» de Julio Cortázar.

Liliana Herrero – Oye niño

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«Nombrarte» de Alejandra Pizarnik.

Luis Alberto Spinetta – Tu nombre sobre mi nombre

«Un hombre» de Juan Gelman
Ulises Butrón/Isabel de Sebastián – Entero o a pedazos [Catupecu Machu]

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Carnage – Le Prénom

Un dios salvaje (Carnage), Roman Polanski. Francia, Alemania, Polonia, EE.UU., 2011.
Como nos atamos, nos prendemos para no seguir, perdemos la oportunidad de avanzar. “Un dios salvaje” es una puesta en escena de poco más de una hora de una atadura. Lo que ata no es ni siquiera la discusión entre los hijos. Es otra cosa. Probablemente uno mismo. Hay alguna violencia no resuelta que es preferible confinar a un evento, a una circunstancia.
La circunstancia, el evento, está ubicado en un departamento. Todo ocurre en un departamento. El afuera, lo que delimita el espacio, es una pelea entre sus hijos; es un absurdo, absurda violencia en otro espacio, en otro tiempo.
Si parece extraño que esa pareja acaudalada no logre salir de ese encierro, no logre cerrar la conversación, es porque no es la vida misma, es apenas una representación. No se representa una pelea, una discusión entre dos parejas, o cuatro personas, o dos mujeres contra dos hombres, o entre padres preocupados. Lo que se representa es una discusión interior que no está dicha. ¿Qué se discute? No si Zachary estaba armado. Se discute si cada uno en esa sala está dispuesto a ceder su punto de vista, su afrenta cotidiana, si alguno debe dar el brazo a torcer. Lo que se representa no es lo real, al menos no en los términos convencionales; se representa lo simbólico, o lo oculto, o lo que no vemos… en el cine.
La puesta en escena no es el hecho fílmico, sino la representación de una pieza teatral filmada. De ahí que pierda verosimilitud, de ahí que se vuelva irreal, y de ahí que esté hablando de otra cosa.
Como espectadores, acostumbrados a la representación verosímil, de lo real si se quiere, “Carnage” es una película inquietante. Y esa no es una cualidad que cuadre con el cine convencional. Lo inquietante llama a cambiar de canal, a levantarse de las butacas, a cortar la proyección. La conversación es inquietante. Es una película de la conversación. Es todo un género. Y no por eso deja de ser cine. Polanski transforma un diálogo inagotable en un acontecimiento fílmico.
Hay tres momentos, tres secuencias: a dos no las vemos, las perdemos, son el fuera de campo dentro del film. Son las dos secuencias ausentes en la obra teatral: el principio y el final, las escenas del parque, la pelea entre los niños y la reconciliación. Existen más allá del diálogo de los padres. Son momentos completamente independientes de ese suceso. La reunión de los padres es otra cosa. Es lo no visto, no relatado, lo que queda fuera de cuadro, borroso, ausente. Es un sueño, una pesadilla, la negación.
“Carnage” es una película mínima, aunque enorme. “Carnage” es un manifiesto filosófico que hay que revelar. Es un sueño que necesita ser analizado, por eso es psicológica. Es materia de análisis más que análisis sobre cualquier materia. Aunque analiza varios puntos de la condición humana, lo más jugoso es lo que queda por revelar.
Pero la revelación también permanece en el terreno de lo no dicho. Más que una palabra, es un gesto, un guiño. Esas personas seguirán encerradas en el departamento. Que el teléfono siga sonando no los va a liberar. No hay forma de despertarse. El despertar es otra cosa, “Carnage” es una negación, simplemente no es. Detrás de esa materia bien construida, cuatro personas que son miles y también una sola, están atrapadas en sus propias desdichas, repitiendo palabras una y otra vez para alterar el curso de la vida de los otros, cuyas vidas siempre son más interesantes que la propia. Incluso en un sueño eterno.

El nombre (Le Prénom), Alexandre de La Patellière y Matthieu Delaporte. Francia, 2012.

Dime cómo te llamas y ¿te diré quién eres?

El nombre propio pesa o no pesa. Gusta o no gusta. Podemos renegar o no de él, podemos incluso ser indiferentes y, de hecho, lo naturalizamos la mayor parte del tiempo… hasta que nos ponemos a pensar. Y pensar qué dice el nombre de nosotrxs es un pensamiento imbricado y nos mete en un laberinto sin salida. De hecho, otrxs decidieron por nosotrxs la palabra que nos nombraría para siempre.
En Le prénom aparecen esta y muchas otras discusiones.
Élisabeth y Pierre son una pareja de cuarentones con dos hijxs que recibe en su casa invitadxs a cenar. Por un lado, Claude, el mejor amigo de ella desde la infancia; y por el otro, Vincent, el hermano de Elizabeth, con su mujer Anna –que llega una hora tarde- y que pronto serán padre y madre por primera vez.
Así, la cena. El espacio predominante del film es un living amplio que desemboca en un comedor. Estaremos durante casi dos horas encerradxs con estos cinco personajes que dialogarán con el ritmo de una marea: despacio y fuerte, con irrupciones casi impredecibles.
El tono de la cena cambia en el momento que Vincent les comunica que su hijo se llamará Adolphe, sí, con P H E, pero Adolf al fin, ¿no? Pierre no lo puede creer y no lo acepta para nada, desde ningún punto de vista. Claude es un personaje más neutral, pero que entiende el punto que marca Pierre: básicamente es un nombre que carga con un estigma y que no podemos dejar de pensar ese acto privado de nombrar a un hijo como un acto político y público.
Además, la densidad político-intelectual de las conversaciones es un rasgo estilístico del cine francés. Por lo general, al menos un personaje es un gran lector –en este caso, Pierre es un profesor universitario de literatura y su mujer es docente de francés en un colegio- y tiene una postura política interesante que problematiza la historia. Este es un gran punto a favor de Le prénom porque asistimos a conversaciones que, desde lo personal –porque sí, también vendrán los reproches históricos, de toda una vida de silencios- se llega a lo público y se mira la realidad en la que viven los franceses y que en algunos casos nos sirve por supuesto para pensar el propio andar.
La contracara en la densidad de los diálogos está en el manejo de los silencios y también es un punto a favor en la película. Cuando la marea ha subido tanto, baja abruptamente. La escena cae entonces en un silencio tenso, difícil entre los personajes. Y nosotrxs, lxs espectadorxs, ahí estamos junto con ellxs transitando ese aire que se corta con cuchillo.
El silencio sobreviene cuando lo que se dijo necesita digerirse. O también cuando el burlador se transforma en burlado y no soporta ese rol. Vincent que siempre es el que monopoliza y comanda los temas de conversación, en un momento es puesto en el centro porque hace una mueca cuando miente. Y todos los personajes coinciden con este descubrimiento de Pierre y se le ríen. Vincent no aguanta más, pero todavía falta lo peor: una confesión.
En Le prénom estallan silencios apretados durante años y cada personaje hará con esas bombas lo que pueda. La comodidad ha sido asaltada por la verdad. Llegando al final de la película, claramente, ni la comida, ni el sofá ni las luces hogareñas son las mismas que al principio. Parecen haberse convertido en piedra…

12 de marzo de 2015 – II Programa 45

MIS VECINOS ANDAN EN ALGO RARO
Parte 1:
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Parte 2:
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150312
Parte 1:
Fragmento de «Fuenteovejuna» de Lope de Vega.

Sui Generis – Mariel y el Capitán


Película: «The Tenant» (Roman Polanski)

Los Fabulosos Cadillacs – El muerto

«La ventana» de H.P. Lovecraft

Carca – Asesina a tus vecinos


Fragmento de «Dónde estuviste de noche» de Clarice Lispector.

Olga Zubarry – Alucarda
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Biopic: Carmen Maura

Maysa Matarazzo – Ne me quitte pas [Jacques Brel] Aparece en «La ley del deseo»

Los caprichos de la semana: Agenda cultural.

In a world: Películas que cumplen 30 años.

Huey Lewis and the News – The Power of Love
Simple Minds – Don’t You (Forget About Me)
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Parte 2:
Soda Stereo – Picnic en el 4ºB

Película: «La comunidad» (Álex de la Iglesia)

Pez – Os garcas
Skay Beilinson – La rueda de las vanidades

Fragmento de «Bosque» de Antonio Dal Masetto.
The Doors – People Are Strange

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«Hostigamiento» de H.P. Lovecraft.

Pappo’s Blues – Especies

«Aparición urbana» de Oliverio Girondo.

Nina Simone – Nobody Knows You When You’re Down and Out
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The tenant – La comunidad

El inquilino (The tenant), Roman Polanski. Francia. 1976.

En donde vivo pasan cosas raras

“¿Qué derecho tiene mi cabeza de llamarse yo?” y “¿en qué momento una persona deja de ser quien cree que es?” son dos preguntas que se formula el protagonista de El inquilino, Trelkovsky cuando su situación es ya muy complicada.
El protagonista al inicio de la película renta un piso en una casona de París. El dueño de la misma le advierte o le recuerda lo difícil que es encontrar casa. Trelkovsky lo sabe y por eso paga en efectivo la seña si es necesario, pero quiere casa.
La portera cuando le muestra la habitación le dice dos cosas: por un lado que la anterior inquilina intentó suicidarse tirándose por esa ventana –y es más: lo invita a mirar cómo rompió el vidrio al caer, es decir, el agujero- y por otro que el baño está a la vuelta del pasillo y que por esa ventana ve directamente a la gente dentro: linda vista, ¿eh?
Simone Choule es quien vivía en ese apartamento y quien intentó suicidarse, pero no lo logró: está internada y el protagonista va a verla. Necesita confirmar que está lo suficientemente mal como para no reclamar la casa que él ahora quiere y necesita habitar. Y también va porque nunca entendió a los suicidas, sin juzgarlos para nada, simplemente no comprende cómo se llega a esa decisión. Ya lo sabrá.
En el hospital conoce a Stella, una amiga de Simone y con ella va al cine, luego casualmente se encuentran en un bar y terminan hablando junto con otros amigos de Simone hasta que terminan en una fiesta en la casa de uno. Y obvio que Trelkovsky y Stella esa noche por fin terminan solos en la casa de ella. Pero no pasa nada porque en ese momento afloran en él esas preguntas que señalábamos al comienzo. Afloran en ese momento porque el personaje ya no da más, siente que algo raro está pasando con los vecinos. Siente que lo confunden con Simone, él no es Simone.
Ve cosas raras además: las personas se quedan horas paradas en el baño observando algo, encuentra un diente en un agujero de la pared al correr un mueble de lugar, se le cae basura por toda la escalera y cuando deja las bolsas y vuelve para limpiarla ya está nuevamente impecable, una vecina y su hija vienen a preguntarle si él las denunció porque las quieren echar de la casa –todo porque ella es discapacitada, dice la madre-. La señora Dioz –sí, ¡Dioz!- lo obliga a firmar luego una petición general justamente para que esas vecinas se vayan. Él tiene valor y dice que no lo hará, y ahí aparece el gran discurso de ella a favor de la solidaridad y en contra de la gente que sólo piensa en sí misma.
Trelkovsky es un extranjero y lo que sucede en esa casa, con sus vecinos, podría pensarse como un síntoma peor: es más o menos lo que le pasa en la vida habitando un país que no es el propio.
Todo esto encima ocurre en una ciudad trastocada, descolorida. Estamos en París, pero no parece. Estamos en París pero no tiene color, parece como apagada. La atmósfera general de la película es agobiante y, muchas veces, queremos pegar un grito como el que pega Simone, toda vendada. Queremos largar eso que sentimos se nos está pegando: cierta desconfianza hacia todo lo que tenemos alrededor. Soltar o mudarse, eso le faltó a Trelkovsky.

Agujeros

La trama de El inquilino comienza mostrándolo casi todo y asistimos como espectadores/as a muchas de las actividades que lleva a cabo el protagonista: la fiesta con los y las amigos/as, la vida en soledad, los cambios en el mobiliario del departamento, su vida laboral y más.
Sin embargo, cuando la paranoia –porque esto es lo que el personaje empieza a sufrir- se instala en su mente, la trama para nosotros/as cambia y se llena de elipsis: grandes agujeros quedan sin rellenar y es nuestro trabajo entonces interpretar para entender aquello que no se muestra. Un ejemplo, fuerte, es que no sabemos si él solo se saca el diente o si en realidad –como Trelkovsky cree- fue un ataque de los vecinos en su afán de que él sea Simone.
En este sentido vamos a la inversa: mientras más ve el personaje, menos nosotrxs. Porque lo que la paranoia genera en él es hacerle decirle a la realidad más de lo que dice. Cada signo para él representa más de lo que en realidad representa. Y así la enfermedad y luego –cuando ya se ha tocado fondo- la decisión final y tremenda del protagonista de suicidarse del mismo modo que Simone. Pero peor: como no muere, vuelve a subir las escaleras hasta su departamento y se tira nuevamente.
La teatralidad de ciertas escenas es genial: nos permite sentir el mismo horror que creemos que está sintiendo Trelkovsky: me refiero en particular a esta última en la que los vecinos verdaderamente quieren ayudarlo una vez que se tiró y él siente que quieren rematarlo y huye para hacerlo él. Y la otra es cuando, mirando desde la ventana, el protagonista ve que en el patio de abajo están maltratando a las vecinas “problemáticas” –la madre y la hija- al punto de disfrazar a esta última de bufón y de pronto, el protagonista ve que el bufón tiene su cara. Un espanto, pero que no existe. O sí, existe sólo en la mente de él, la soledad absoluta.
El fin de la película es circular y quizá por esto nos tranquiliza de alguna manera, o nos confunde más y eso nos deja por momentos descreídos: es él ahora quien está internado como Simone, todo vendado y a punto de pegar un grito que mejor, bajen el volumen.

La comunidad, Álex de la Iglesia. España, 2000.
Cuidado con los emprendimientos deshonestos que envuelven a inmobiliarias y vendedores oportunistas. Puede que llegues a un edificio con oportunistas mejor armados, organizados y furiosos.
Algo así le pasa al personaje de Carmen Maura (Julia), una representante de inmobiliaria que ofrece megaventajas a quien encuentre por un edificio por el que no da ni cinco centavos, incluso sin conocerlo. Pero ese departamento en particular es una joya, y ella se queda después de la primera visita. Se queda, descubre una gotera de cucarachas, se hace de bomberos, irrumpe en el departamento que todo el edificio ha querido, y toma un tesoro: al exdueño lo han perseguido, se ha mantenido recluso en su vivienda, se ha muerto y su gato se encargó de alimentarse con lo que quedaba de él.
Olor a podrido, cucarachas, caras deformes, enormes pelucas, golpes, garrotazos, cuerpos desnudos, pajas, y sangre, mucha sangre, componen “La comunidad”, una comedia negra, incluso de enredos, donde la protagonista es perseguida luego de hallar miles y miles de euros que el edificio estaba esperando. Esperando del ahora difunto, que cómo no se murió antes.
Álex de la Iglesia hace uso de ese ritmo de tertulia y es casi una danza espontánea la trama de sus películas. Encuentros, miradas, despistes y escapes se suceden orquestadas por una banda sonora que suena a festejo cuando se está desarrollando una masacre. Una masacre por un poco de dinero, como siempre. ¿Qué no harían esos vecinos de una supuesta comunidad que se cae a pedazos por un trozo de esa maleta? Se encaman con la propietaria, o la usurpadora; mienten a la policía, la raptan, la dejan con un zafado que no tiene ningún tipo de problema en pegarle a las mujeres, de hecho lo disfruta demasiado. Y cae como muerto por un golpe extraño, mientras siguen llegando parejas interesadas en el departamento, cada vez más lleno de dinero, sangre y otros vicios.
En ese edificio también está el jedi, uno que la pasa bien haciéndose el freak, que junta billetes de mentira (ni siquiera falsos, son apenas cupones y cartas de póker), que siempre está observando; es un voyeur que parece admirar la belleza del personaje de Carmen Maura, y que planea un escape. Un escape que se terminará concretando cuando ya todos corren con los puños en alto para matar, si es necesario, a la del trajecito rosado, que no abandona los tacos ni siquiera cuando está a punto de caer en lo más alto del edificio, perseguida por la última alma corrompida de esa manada, o quizás la más fiera de todas.
Julia termina escapando con el jedi, pero después de un despiste que ni siquiera ella conocía. El jedi manda a llamar en el diario, en un aviso muy chiquito, a su princesa Leia. La comunidad, que siempre ha seguido los pasos de cualquier sospechoso de llevarse su fortuna -una fortuna que nunca le fue propia, pero que con tantos planes y organizaciones la creyeron como parte de ellos mismos-, no descifra el mensaje, porque el pibe vestido de jedi estaba demasiado guardado y olvidado como para tenerlo en cuenta, y porque se quedaron con el montón de billetes falsos como verdad, o como treta segura. Billetes y cartas volando por los aires, como la carta del Joker que encuentra Julia antes de ingresar al edificio por primera vez. Sin lugar a dudas “La comunidad” tiene muchos guiños al cine de Hollywood, pero con una impronta cultural española muy arraigada, y que con tantas mujeres (y con Maura, sobre todo) hace pensar en todo momento en Pedro Almodóvar y su universo. Hay más conspiración y menos guión risueño en las películas de Álex de la Iglesia, pero la picardía aflora como identidad.
Y, cayendo, con el maletín repleto de dinero falso, sin soltarlo en ningún momento, va Terele Pávez, encontrándose con cuanto tendedero y sábanas hay a su paso. Actriz fetiche de Álex, queda encumbrada en “La comunidad” al caer con todo sobre sábanas casi blancas, rojas de sangre, pero como flotando: acaso ha caído y muerto un ángel o acaso es un ángel caído, y la maldad siempre tendrá forma de demonio o de una valija repleta de mentiras que se venden como dinero.

Caprichos 2014 en habla no hispana

Se termina el primer año de “Los caprichos de Julie Delpy”. Presentamos 81 películas y en esta nota vamos a destacar 5 films en habla no hispana que compartimos en 2014:
Caprichos 2014

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    • En la quinta entrega de “Los caprichos…” hablamos de una película dirigida y protagonizada por Julie Delpy, “Le Skylab” que en la Argentina se tituló “Verano del ‘79”. Una familia se reúne un fin de semana para el cumpleaños de la madre. Las noticias han alarmado a la población por la inminente caída del satélite Skylab, y la familia de Delpy le transmite la alarma al resto, como si hicieran falta más alarmas en esa familia. Se han vuelto muy diferentes los hermanos, la madre sólo quiere un cumpleaños normal con los suyos, y la pequeña Titine está experimentando a toda hora. El tío de la familia es el papá de Julie, Albert, que con pocas escenas se come la película.
    • En el séptimo programa hablamos de “Hacia rutas salvajes” (Into the wild), una película de Sean Penn que se volvió un clásico de las películas en el camino. Basada en una historia real, un joven escapa de la vida que le armaron los padres para rumbear por las rutas de Norteamérica como sus héroes. Siguiendo los pasos de Jack London, llega hasta Alaska luego de todo un viaje de descubrimiento, y come por equivocación una planta venenosa. La música de “Into the wild” es de Eddie Vedder.
    • “La venus de las pieles” (La Vénus à la fourrure) de Roman Polanski apareció en el programa 19 de “Los caprichos de Julie Delpy”. Una actriz hace una audición de último minuto para la adaptación de la novela “La venus de las pieles”, para terminar refutándole toda la obra al director y ponerlo bajo sus dominios, atado al falo que su texto representa y sin posibilidad de escape.
    • “C.R.A.Z.Y.” de Jean-Marc Vallée salió en el programa 23. En la película, el padre de familia está enamorado de la canción “Crazy” de Patsy Cline, y utiliza las iniciales para ponerle el nombre a cada uno de sus cinco hijos. Al anteúltimo, Zack, se le cae el vinilo importado de la canción y es una declaración de guerra. Aunque la guerra real es otra: Zack es gay y tarda mucho en aceptarse, porque busca en todo momento la aceptación de su padre que simplemente no llega, aunque aprenden a convivir. “C.R.A.Z.Y.” es una película con mucha música, que es la otra gran unión entre padre e hijo.
    • En el programa 30 hablamos de la francesa “Le nom des gens”, de Michel Leclerc, cuya traducción correcta sería “El nombre de las personas”, pero que se tradujo como “Los nombres del amor”. Una revolucionaria con el sexo y un hijo de conservadores que es zurdo, se conocen, y a pesar de las mil diferencias, se dan cuenta de que necesitan estar juntos. Juntos para poder hacerle frente a todos los tabúes e imposiciones con los que los han cargado.

Adaptaciones teatrales en el cine I: Grandes directores

La gran diferencia entre la puesta en escena de una obra teatral y la realización audiovisual del mismo texto radica en que “el aquí y ahora”* propio de la función se pierde en el film. No sólo puede haber cambios en el guión, que son propios del hacer del director, sino que el cine permite el corte y volver a filmar que es casi imposible en teatro; tal vez, y con suerte, si todo ha salido mal, la obra se retoma desde el principio en el peor de los casos.
Teatro y cine son dos formas muy diferentes de arte, y ninguna va en desmedro de otra, sólo que en el cine se espera que ese “aquí y ahora” se garantice con una visión renovada y fresca de la obra en cuestión.
A continuación, compartimos cinco títulos teatrales que han sido llevados por renombrados directores al cine:

    • “La muerte y la doncella” (Death and the Maiden), obra del chileno Ariel Dorfman fue llevada al cine en 1994 por Roman Polanski. Protagonizada por Sigourney Weaver, Ben Kingsley y Stuart Wilson, el film muesra el encuentro entre una mujer secuestrada, violada y torturada durante la dictadura de Pinochet, y su agresor que por casualidad se encuentra con su esposo.Carnage
    • “Un dios salvaje” (Carnage), también dirigida por Polanski está basada en la obra homónima de la dramaturga francesa Yasmina Reza de 2007, sólo que el escenario se traslada a un departamento en Nueva York. En él, las parejas que conforman Kate Winslet y Christoph Waltz, y Jodie Foster y John C. Reilly se encuentran para discutir sobre una pelea reciente de sus hijos, hasta que la apariencia de sus formalidades y buenos tratos va desapareciendo para dar paso a las miserias más grandes que llevan dentro.
    • “Edipo Rey” de Pier Paolo Pasolini de 1967 está basada en la tragedia homónima de Sófocles. Fiel a su estilo, y haciendo lo propio con esta pieza literaria como con tantas otras, Pasolini le imprimió su lectura al volver a Edipo, sus padres, guardias e incluso al oráculo y la esfinge en criaturas bien terrenales y cercanas, y no en seres mágicos inalcanzables, como en la forma habitual de estas representaciones. Esa cercanía también se enfatiza en las vestimentas, la ciudad y los caminos que transita el rey que mata a su padre, y se casa y tiene hijos con su madre.

  • “Evita” de Alan Parker de 1996, y con Madonna y Antonio Banderas como actores principales, está basada en el musical de 1976 compuesto por Andrew Lloyd Webber, que se estrenó en 1978 en el West End de Londres. Madonna interpreta a Eva Duarte de Perón en una puesta con algunos errores históricos sobre la vida de la líder política y esposa del Presidente Juan Domingo Perón.nazareno cruz y el lobo
  • Por último, la adaptación al cine no de una obra teatral sino de un radioteatro: “Nazareno Cruz y el lobo”, escrita por el argentino Leonardo Favio y su hermano, y basada en el radioteatro homónimo de Juan Carlos Chiappe. Protagonizada por Alfredo Alcón y Juan José Camero, el film explora el mito guaraní del lobizón, y es hasta hoy la película más taquillera de la historia del cine argentino.
*Walter Benjamin en “La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica”

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