Buscar

Los caprichos de Julie Delpy

Un espacio sin críticos, sólo libros, películas y música conectados así nomás, como toda cosa.

Etiqueta

reseña

29 de octubre de 2015 – II Programa 76

ESPECIAL CLÁSICOS: ENTERREMOS A NUESTROS MUERTOS

Parte 1:

Ir a descargar
Parte 2:
Ir a descargar
151029
Parte 1:
Fragmento de «Soliloquio del solterón» de Roberto Arlt.

Viuda e Hijas de Roque Enroll – La familia argentina

Película: «Esperando la carroza» (Alejandro Doria)

Madness – One Step Beyond

«Tango» de Cristina Peri Rossi.

The Jam – Going Underground

Fragmento de «Adiós a mamá» de Reynaldo Arenas.

Rolling Stones – You Can’t Always Get What You Want

————

Biopic: Alejandro Doria.

Los Twist – Probé de todo

Los caprichos de la semana: Agenda cultural.

In a world: Cinco frases de «Esperando la carroza».

Lisandro Aristimuño – Cerrar los ojos

————

Parte 2:

Blue Öyster Cult – (Don’t Fear) The Reaper

Película: “Muerte en un funeral» (Frank Oz)

Peligrosos Gorriones – Manicomio gris
Babasónicos – Once

Fragmento de «Kadish» de Graciela Safranchik.

John Parish/PJ Harvey – Is That All There Is?
Sleater-Kinney – Funeral Song

————

«Prosa» de Hugo Padeletti.

George Harrison – All Things Must Pass

Fragmento de «Llegan los colonoss» de Santiago Alassia.

Nina Simone – My Way

*****

Esperando la carroza – Muerte en un funeral

Esperando la carroza, Alejandro Doria. Argentina, 1985.

Muerte en un funeral (Death at a funeral), Frank Oz. Reino Unido, Estados Unidos, 2007.
Un ataúd recorre una ciudad británica para estacionarse en un mega funeral en el que están esperando a otro finado. “¿Quién es este?” pregunta el hijo, que carga íntegramente con la ceremonia. El cajón, que ya antes había hecho unas cuadras en la dirección contraria, ahora debe retirarse rápidamente por los muñequitos de la funeraria para evitar el bochorno inexplicable en la antesala del ritual.
Y el tío gruñón que le caga la mano a un amigo
el hermano talentoso que no se hace cargo de nada
la madre que saca lágrimas de donde puede
el primo dealer al que se le traspapela un pastillero lleno de ácidos
que ponen de la cabeza al novio de la prima que termina desnudo en la terrza después de tumbar el cajón del muerto
que ponen de la cabeza al enano que nadie conoce y que resulta ser el amante del padre muerto que ahora reclama una compensación económica y que muere un rato pero al final golpea en el cajón que comparte con su amado
que ponen del mate al tío intranquilo y gruñón que también termina en el techo amando al cielo
y el hijo que intenta dar su discurso de despedida al padre en medio de tanto escándalo que es cualquier ceremonia y más aún un sepelio, que es un popurrí inaceptable para los buenos modales británicos.
La desmesura propia de la comedia de enredos, negra, bien negra en “Muerte en un funeral”, deja entrever que el funeral es una excusa argumentativa para reunir a una familia -con sus delirios, desmadres y apariencias- que bien podría explotar en cualquier otra circunstancia. El funeral habilita lo negro, y también la ruptura con lo prohibido, y ahí mismo justifica la risa del escándalo. Lo demás es una hora y media de personajes tratando de que no se noten las flatulencias del sepelio con gladiolos robados por el novio del muerto, antes de salir de juerga.

Estación Central de Brasil – Qué tan lejos

Estación Central de Brasil (Central do Brasil), Walter Salles. Brasil, Francia, 1998.

Qué tan lejos, Tania Hermida. Ecuador, 2006.
Mochilera en tránsito, mochilera en viaje, rito de sepultura y procesión hacia la boda. El paro ha obstaculizado el paso, y el paro también los ha juntado en el camino. El encuentro, con cualquier otro, es una lucha íntima por congeniar.
La viajera turística que tiene un contrato privado con su cámara se topa con la estudiante ecuatoriana que viaja para impedir una boda. Mientras la española busca generar contactos, acostumbrada a sus viajes de placer, la ecuatoriana busca generar distancias, estirar los espacios, marcar la falta. “Qué tan lejos” comienza a recordarnos que no es tan simple relacionarnos, que en ese juego táctico de miradas cruzadas, ceños fruncidos y frases que se van acomodando al encuentro, lo que queda es una nueva forma de entender lo que nos pasa y de hacerle frente a los días por llegar
o al camino, que es lo mismo.
Haciendo auto stop o tirar a dedo, y en un camino de montaña donde de a ratos todo es dominio de la niebla, las mujeres presencian la aparición de Jesús. Jesús María y la abuela. Está practicando un rito familiar que le fue encomendado. Es una aparición y es también mística, así que llamarse Jesús es una buena opción, aunque él prefiere el sobrenombre de diablo cojo. Su abuela, la otra mujer de la película, está en una urna de madera esperando ser arrojada en su Cuenca natal. Todos van a Cuenca, sólo que los motivos son bien diferentes y cada uno impondrá su andar. La búsqueda de Jesús le permite hablar más pausado, juzgar menos, escuchar más, decir la frase justa. Es actor, también es nieto, y también es un espíritu libre. Trata de no dañar a nadie, pasar inadvertido, dejar su rastro en la niebla, bajarse de un colectivo sin ser escuchado.
El otro, el dueño del auto que adelanta a los tres un buen tramo, intenta hacer ruido, dejar su huella, ser recordado. Va hacia la boda, la misma que intenta impedir la ecuatoriana, pero él no lo sabe. Importa poco su nombre. Tampoco importa demasiado si llega o no, aunque sabemos que sí.
Esperanza conoce a Teresa en el colectivo camino a Cuenca. Teresa se inventa un nombre, como jugando con la ridiculez de lo que cree ver representado. Esperanza conoce así a Tristeza, y aun cuando muchos de sus análisis sociales serán más o menos correctos, a Teresa le queda la marca de lo que Tristeza representa.
De todas, de todos, es la más comprometida pero también la más moralista. Como deja resonando el final del film, las voces de ese andar juntos develan las intenciones, lo que no puede ocultarse, la sombra que quedará por recuerdo. Esperanza necesita unas copas para empezar a retrucarle con ganas a esa niña instruida que está al acecho del error, intentando imponer su visión de mundo. Representa, sí, el sentir golpeado latinoamericano, pero hay un dejo de máxima que también hace dudar.
Claro que una cámara en mano no dice nada del Ecuador, aun cuando se intente filmar las atracciones. La estructura profunda seguirá sin ser descubierta.
“Qué tan lejos” es una película turística, incluso a pesar de ello. Está retratando al Ecuador, como dice Teresa -o Tristeza- por ahí. Las voces, los decires, las miradas, el encuentro, el viaje. Pero sobre todo el encuentro, entre hijos de los hijos de muchos ecuatorianos primeros y subsiguientes. Lo mismo que decir, entre los que estaban, los que llegaron, lo que quedó del sangriento destierro, la sangre que fluye del doloroso pasado. Y lo que se hace con eso: las palabras que se entrecruzan para asistir al relato identitario, que hacen memoria, que reclaman y preguntan y dudan y muchas veces ya ni se hallan. Todo mientras se recorre los caminos del Ecuador, con sus parcelas y ganado y montañas y volcanes y paros y Tristezas y filosofías de tocador. Dudas que aparecen mientras esperamos andando, cuando no sabemos qué tan lejos podemos estar como para respetarnos, hermanarnos y cuidarnos silenciosamente mientras la niebla nos cubre a todos.

Pelo malo – Valentín

Pelo malo, Mariana Rondón. Venezuela, Alemania, Perú, Argentina, 2013.
Los discursos se cruzan en “Pelo malo”. Se entretejen discordias viejas, imposiciones establecidas, infortunios varios en la cabeza enredada de un niño que tiene el pelo enmarañado, rebelde, no liso. Sin quietud, sin ser domado, sin penas ni glorias. No es el pelo de un cantante, y él no quiere ser cantante pero quiere sacarse una foto con la cabeza como los cantantes, pero los rulos malos que todo lo desvían están en contra de sus íntimos deseos.
Él no quiere ser cantante pero para alisarle el pelo y vestirlo bonito, la abuela lo obliga a aprenderse canciones, y a bailar. Y él baila y canta para que la abuela le pase el secador.
Él no quiere ser gay porque la madre lo acecha. Se siente sospechado. Pero también mira a un pibe, medio musculoso, atento, estereotipo sexy, y aunque es chiquito quiere estar mucho tiempo a su lado, y espiarlo cuando nadie lo ve, y cuando lo ven también.
La madre no quiere que sea gay, por eso no lo deja peinarse, ni vestirse, ni bailar extraño, ni que la acaricie, o que se pierda un segundo en el transporte público, tocando a un desconocido en la entrepierna. ¿Es que acaso lo toca o ella teme que su nene toque a cualquier hombre?
La madre no lo quiere, pero él quiere vivir con la madre, y que lo quiera. Y cuidarla hasta que sea viejita, y cuidar al bebé que crece, y sacarse una foto para regalársela.
El doctor le insiste a la madre que su nene no tiene nada, pero ella sigue preguntando, que qué le pasa al chico, que será por el rabo que tiene que a lo mejor es maricón, que le presente una figura masculina, dice el doctor, entonces ella se deja coger por su jefe frente al chico, para que le devuelva el trabajo pero también para que la criatura aprenda que lo sensual del mundo debe ser entre un hombre y una mujer, por eso deja las tetas al viento, y quizás no lo tocó suficiente, al pitito, claro, cuando chiquito, pero ahora ya es muy tarde, y no podrás cambiarlo, mhija, eso no se cambia, pero tampoco se quita cortando el pelo, y quitándole así la voz, o la felicidad, y seguro que la foto del nene al final es con motivo de guerrillero, todo porque él se alisó demasiado el pelo con mayonesa y aceite, porque tiene el pelo malo, y a eso nadie lo cambia.
La foto es para la escuela, y sin foto no puede ir, le dice su amiguita, que sí se saca la foto vestida de reina de belleza, pero es gordita y tiene miedo que la violen, por eso no se queda parada mucho rato en ningún lado, porque aquí violan, y a vos no te van a violar porque sos gorda, ni a vos menos porque sos feo. Y recordá lo que pasó en el carnaval. No sabemos, pero el carnaval es para eso, y seguro que ahí el niño sí tuvo el pelo bueno y a eso la madre no se lo perdonó.
La madre se pasea toda la película intentando recuperar su trabajo de vigilante. Se pasea como Erin Brockovich y también como Marion Cotillard en “Dos días y una noche”. Para recuperar, después de rogar, tiene que coger.
La madre no coge por placer. Coge para liberar, para ser vista, para ser deseada o por necesidad. Y los dos encuentros sexuales que tiene son una tragedia sudorosa que deja los cuerpos dolidos.
Y el nene, Junior, el del pelo malo, juega con muñequitos chiquitos, esquivando balas de verdad, pero como si las dispararan sus muñequitos sostenidos por broches. Es inmensa “Pelo malo” y todo lo que dice está en el discurso enmarañado de los diálogos y las imágenes, sobre la cabeza de un nene que aspira a sacarse una foto mientras todos los demás aspiran a más por él, sobre él, a pesar de él. Oscura y, sin embargo, un hallazgo, porque lo que se encuentra no es un resplandor conocido sino un destello atrapado, casi como un susurro, que revela más de lo que dice y reafirma todo lo que se nos ha movido
mientras el pelo se alisa.
Pero de un lado ha quedado malo
y del otro parece de cantante, y está listo para la foto, pero debe ser mojado antes de que llegue mamá.

Valentín, Alejandro Agresti. Argentina, 2002.

La teta asustada – XXY

La teta asustada, Claudia Llosa. Perú, España, 2009.
“La teta asustada” es un poemario con voz de mujer cansada que escribe tejiendo una mortaja inacabable. Teje con hilos gruesos de colores pasteles. Dibuja las sombras de lo que ha visto. Reclama entre esas sombras una respuesta a su tiempo.
La mortaja que cubre a la madre que no puede recibir sepultura se va tiñendo por el paso de las horas en las que la hija intenta emitir alguna palabra. Se desmaya por la madre, pero también por la teta asustada. Se desmaya también por una papa, y aunque vemos caer sus brotes, es el elemento mágico de toda la historia. La teta asustada, en cambio, tiene más presencia en el cuerpo agobiado de la hija. Apenas se nombran los años oscuros de la represión, y sin embargo es su miedo, esa teta asustada, lo que señala el oscuro pasado de Perú, pero también de Latinoamérica.
No hay agua en “La teta asustada”. O, mejor, cuesta llegar al mar. La tierra que todo lo cubre debe calmarse con una pileta o con un jardinero que moje un poco las tierras de los jardines de los ricos. El color y el olor a barro fresco de la primera lluvia en mucho tiempo cubren la representación de Claudia Llosa y dejan la huella de lo vivo a pesar de la muerte.
Por ser poesía –en la imagen, en la voz que canta de la hija, en los cuadros que compone Llosa mientras se vela a la muerta-, “La teta asustada” semeja al pueblo en el que se busca a Pedro Páramo. Pareciera que ha de descenderse para hablar con los muertos e intentar recuperar la historia, pero también lo sagrado. Lo sagrado no como método, sino como rito en el interior de las familias.
Por dejarse humedecer por lo literario, la película ahonda en otras liturgias mientras circula la idea de muerte: como en “Crónica de una muerte anunciada”, una boda cruza al personaje principal, y si bien no llega ningún obispo, la protagonista debe salir a pesar de la muerte.
Por ahondar en la memoria e intentar una sepultura posible, la protagonista es Antígona, la incomprendida a la vez que la guerrera, que recorrerá incansablemente las puertas del deber para reclamar lo que es suyo.
Por decirse con voz de mujer, casi contándose con voces de mujeres, “La teta asustada” es casi una huella que recorre un texto literario posterior, la de otra mujer que también cruza los márgenes habitados para desenterrar una historia, tapada por la tierra, el tiempo y el olvido. No ya como “teta asustada”, sino como mancha que va señalando a los hijos de esa negra que es madre de todos, y que ha dejado su huella en la descendencia. Ha de ser que ahí donde las historias no son cosmopolitas, el registro se vuelve más cercano, y las manos que tocan el adobe para construir la historia finalmente se encuentran. Quizás por eso “Los manchados” de María Teresa Andruetto dialoga tanto con una película como “La teta asustada”. Dialoga sin palabras, aun en el universo de las palabras. Dialoga, más bien, con cierta sonoridad que nace de los cuerpos que desentierran su historia y la comparten en una tarde cansada, con los perros vagando por las calles en busca de un poco de sombra. La tierra que las aúna pareciera dejar brotar a las papas que se cosechan en las vaginas asustadas, brotes secos que buscan humedecerse y crecer sin miedos, aun cuando la marca inconfundible del tiempo las deje desamparadas en algún territorio de provincia, esperando que una letra amable las recupere.

XXY, Lucía Puenzo. Argentina, Francia, España, 2007.

La demora – Ella se va

La demora, Rodrigo Plá. Uruguay, México y Francia, 2012.

Ella se va (Elle s’en va). Emmanuelle Bercot. Francia, 2013.
El título es fascinante: ella se va. Un título en femenino es una obscenidad querida: si es ella, importa más la hazaña que el nombre. Si se va, quiere decir que estuvo durante mucho tiempo en una misma situación. Quiere decir que ha roto con esa situación y, a la vez, que no tiene rumbo fijo. No dice si piensa volver, si es por mucho tiempo, si tiene algo definido. Apenas indica que se va, se aleja, no se detiene. Y se va sola, por sí sola, libre al fin.
Es obsceno porque pareciera que esas son las partes que no pueden mostrar las mujeres: su voluntad, su deseo, su pequeña revuelta salvadora.
También es obsceno porque quien se va es Bettie, un personaje interpretado por Catherine Deneuve, que es un símbolo, diva del cine, de increíble apariencia física y escénica, ya vieja pero no menos hermosa y perfecta actriz.
Se va del restaurant que no funciona, de la madre que la fagocita, del enamorado que pudo seguir con su vida. Es apenas una anécdota: de pronto sale con los pedidos a medio tomar, prende un cigarrillo, enciende el auto, y se va. Se detiene para dejar ver sus manos temblorosas, el cigarrillo que no alcanza, la angustia que la persigue.
Si bien, con la aparición del nieto, la película se vuelve más risueña, ese primer instante del se va hace de “Elle s’en va” una tragedia pura, un designio roto, una transformación dolorosa. Con la llegada del nieto, la mirada se bifurca, sobre todo porque introduce otra voz y porque esa voz es la de un niño. Ante lo volátil del “se va” inexplicable, el nieto trae un poco de tranquilidad y vuelve a la historia más terrenal: no por eso menos interesante, pero sí más conocida.
Pero ese niño será el que terminará de atar cabos, el que se robará las mejores escenas y las mejores líneas, el que la hará asistir al reencuentro de reinas de belleza, sólo porque se quedaron sin dinero para comer y en ese palacio hay comida de sobra. “Little Miss Sunshine”, pero ya la niña ha crecido y se ha vuelto abeja, al fin. Abeja reina, miel pura en un panal a medio caer.
Y es aún más interesante cuando la primera imagen de ella en la película es en el mar. No sabemos nada de ella todavía, y sin embargo ya está perdida, desencontrada. “La mujer sin cabeza”, pero con menos pretensiones, y eso la vuelve maravillosa: pequeña, pero maravillosa.
El resto es un viaje que hay que transitar. Que tiene un fin, y un fin amargo pero feliz. Hacen bien las películas de viaje, cualquiera sea la excusa, y más aún cuando quien viaja no busca encontrar nada sino todo lo contrario: ir desprendiéndose de a poco de todo lo que la tuvo atada durante tantos años.

El resplandor – El cuervo

El resplandor (The Shining), Stanley Kubrick. EE.UU., 1980.

Notas sobre “The shining”

Si bien sabemos que Jack (el papel de Nicholson) va a intentar matar a su familia en un hotel aislado por la nieve, no establecemos enseguida el nexo con la violencia familiar: el asesino de las películas reviste otra entidad al ser retratado y, en las películas de terror, muchas veces esa entidad se manifiesta en la forma de un fantasma, de un demonio, de un extraterrestre. Se aleja así el nexo con la complejidad de la situación, y se trata tan sólo del malo de la película, otra carátula que desvirtúa el problema que se plantea.
Ante esta situación, Kubrick señala en el discurso (adaptado de la obra de Stephen King) de sus personajes, sobre todo en el de la madre y el hijo, que Jack ejerce violencia sobre ellos desde hace tiempo. Y remarca el temor, el miedo, que se entrecruza con el terror a lo sobrenatural que se plantea en escena: por más que las escenas finales se llenen de fantasmas, el terror ya estaba planteado desde antes, y no por el travelling y la música, sino por un padre y esposo abusivo.

“El resplandor” abre en picado y con un gran plano general: plantea desde el principio una situación de observación. No podremos hacer absolutamente nada por esos personajes que se aíslan para luchar entre sí. Podremos sí conocer todos sus detalles, todo su periplo hasta llegar a la tragedia. Y, como estaremos a unos pasos, apenas detrás de cámaras, la contigüidad nos puede jugar una mala pasada.

“Toni” no es cualquier amigo imaginario. Si bien la madre está tratando de relativizar la violencia del padre, Toni ha aparecido para cuidar del hijo. Toni es el primer aparecido del film. Aparece en un dedo, tiene otra voz, se comporta como una posesión, y sin embargo está ahí para salvar a los protagonistas. No da miedo. Tira a escena su “redrum”, ese código que calará los oídos y seguirá sonando más allá del film, y es quien introduce el resplandor en la vida de “Danny boy”. Está ahí para indicar y salvar algo: si no hubiera nada que salvar, Toni no existiría. No molesta a la madre, pero algo hay que hacer con Danny, opina el padre.

La habitación 237 es la caja de Pandora que debía abrirse y soltar las catástrofes.
La puerta doble que deja entrar la sangre como una marejada no podía más que estar abierta para esperar el horror.
Son los espíritus que deambulan por el hotel quienes liberan a Jack, pero qué son en realidad. Jack también existió y sigue existiendo. En el plano de lo real que gobierna una línea de la película, ¿quién le abre la puerta al asesino?

Danny deambulando por los corredores del hotel, con la cámara siguiéndolo palmo a palmo, no puede más que arribar a la catástrofe. Con ese simple recurso, apenas un travelling increíble con la cámara inestable, Kubrick nos advierte que algo terrible está por suceder. Luego incorpora la música. Hay cortes en los paseos de Danny. Esos cortes temporales nos preparan para el terror, van generando el suspenso.
Sobre todo la escena primera y este travelling sugerente (con música) nos recuerdan a Hitchcock. La cara de Jack Nicholson en el hueco de la madera de la puerta que acaba de romper son un hallazgo de Kubrick, y por eso hace la portada de la película.

A Kubrick nunca le avisaron que a Stephen King hay que adaptarlo con muñecos irreales y salsa de tomate rebajada chorreando de las heridas. En cambio, él puso a disposición de la obra toda su utilería de planos largos y cortos, travellings inmensos, cámaras que nunca dejan de acercarse al acontecimiento, banda sonora ajustada que remarca el sonido ambiente para mantener en vilo al espectador, y un gusto exquisito por dirigir a actores, que hicieron de “El resplandor” una adaptación no digna para los estándares de King, pero tan digna y enorme para la historia del cine.

El cuervo (The raven), James McTeigue. EE.UU., 2012.

17 de septiembre de 2015 – II Programa 70

GREGORIO SAMSA SIGUE ARRASTRÁNDOSE POR AHÍ

Parte 1:
Ir a descargar
Parte 2:
Ir a descargar
150917
Parte 1:
Fragmento de «El peatón» de Ray Bradbury.

David Bowie – Big Brother

Película: «Den brysomme mannen» (Jens Lien)

Pez – Edificios

Fragmento de «¡A la mesa!» de Antonin Artaud.

Pez – Cavernas

Fragmento de «Memorias del subsuelo» de Fedor Dostoievski.

Manal – Si no hablo de mí
Billy Bond y La Pesada – Tontos

————

Biopic: Zach Galifianakis

Danzig – Thirteen

Los caprichos de la semana: Agenda cultural.

In a world: «La metamorfosis» en el cine

Cafe Tacvba – Metamorfosis
————

Parte 2:

Tracy Chapman – The Times They Are a-Changin’

Película: “Visioneers» (Jared Drake)

Monster Magnet – Heads Explode

Fragmento de «Fahrenheit 451″ de Ray Bradbury.

Ian Brown – In the Year 2525

————

Fragmento de»Soy una víctima del teléfono» de Allen Guinsberg.

Sumo – Teléfonos/White Trash

Fragmento de “1984″ de George Orwell.

Gonzalo Aloras – El tuerto y los ciegos [Sui Generis]

*****

El inadaptado – Visioneers

El inadaptado (Den brysomme mannen), Jens Lien. Noruega, 2006.
Los mundos distópicos creados por Orwell, Huxley y Bradbury confluyen en “El inadaptado”, la versión fílmica del fin o del comienzo del mundo, concluida ya la limpieza de conciencias, de razas, de ideas, erguida sobre los pilares de la jornada laboral, la familia, los amigos, la sonrisa perfecta, la conversación vacía de contenido, el hablapato, los guardianes del doblepensar, la relajación erótica, la falta de fronteras, la represión, el control, la imposibilidad de salir.
Y a la vez, no es ni Orwell, ni Huxley, ni Bradbury. “El inadaptado” es Chaplin y es “Dogville”, y es “Les revenants” (la película) también. Conjuga la niñez del siempre inadaptado-sospechoso Chaplin, sus luchas contra la represión laboral, política, económica. Y también retoma de “Dogville” el límite ausente, desconocido, la ciudad y la imposibilidad de escapar: sus propias reglas, la esclavitud manifiesta del otro, la opresión a la vez que el lugar concreto (del trabajo a la casa y el sexo como tabú destapado que salva a los herejes). Y es “Les revenants” por su estética demacrada, por los edificios chatos, dignos de la pureza manifiesta de cualquier estilo, y porque la situación de control se hace visible aunque todos aparentan desconocerla.
La idea de “Dogville”, de la ciudad sin límites reales, retomada fuertemente en “Den brysomme mannen” es hija del trabajo mancomunado del Gran Hermano de “1984” de Orwell: nunca se sabe a ciencia cierta si Asia está dividida o unida, si es Eurasia, si se ha hecho un pacto con zonas más desfavorables, como las otras islas continentales. En ese sentido: ¿cómo escapar? Es imposible, si el Gran Hermano, al no definir los límites, lo contiene y controla todo.
Andreas, el personaje de “El inadaptado” llega de un lugar que desconocemos. Llega en un autobús con un solo pasajero a un paraje olvidado. En ese paraje lo recoge un funcionario-taxi (porque todos son funcionarios, todos trabajan para el estado ausente, que son las empresas) que le entrega las llaves de su departamento, le dice que tiene trabajo, lo deposita en su nueva vida. ¿Recién ha nacido Andreas? ¿Qué es lo que queda de su pasado desconocido? Los recuerdos. Curiosamente, como en “1984” y en “Fahrenheit 451” (y también en “Un mundo feliz”, recuerdos que se atacan desde el nacimiento), los recuerdos constituyen la fuente que hace trastabillar al orden impuesto, hace dudar a los dominados. Los recuerdos como centro de la historia, una historia que se quiere aniquilar en las novelas citadas, y que ya no existiría en “El inadaptado”.
¿A qué no se adapta? A los besos metódicos en una estación de tren, en el que dos enamorados (un hombre y una mujer, jóvenes) cumplen la función de besarse con la boca enormemente abierta, tan grande como sus ojos que están pensando en otras cosas. No se adapta al departamento ordenado, al trabajo metódico, a las relaciones triviales, a las conversaciones superficiales, al método, a la cosificación, al ser humano como herramienta, como máquina, cumpliendo un servicio vaya uno a saber para quién.
Los que no se adaptan, mueren. O tratan de escapar, que es la misma cosa. Escapar o morir, como en Bradbury. Escapar de la máquina, del exterminio, de la limpieza de “1984”, que sucede, pero la reinserción es incierta, es en la nada misma, en otro lugar más inhóspito todavía, también completamente blanco, pero demasiado frío, en el que sigue nevando y del que realmente ya no se puede salir.
De donde sale Andreas, de todas maneras, morir no era tan sencillo. Pero la muerte no ocupa lugar en las carreras agitadas de sus robots por comprar el nuevo sillón para la sala, o prender la pantalla gigante para mirar dibujitos. De donde sale Andreas, la comida nunca tuvo sabor, los esposos no conocen el amor, las sonrisas nunca son alegres, sino que representan al soma que sirve para calmar a las masas en “Un mundo feliz”.
Podría ser Bradbury y Orwell y Huxley, pero “El inadaptado” es puro Kafka. Es Kafka porque nunca se explica cómo ese personaje llegó ahí, nunca se explica por qué existe esa ciudad distópica en un confín desconocido del planeta. Es Kafka porque una mañana Gregorio Samsa se despertó y descubrió que era un bicho: simplemente se ha convertido en un bicho y ya no puede escapar de su nueva realidad. Es Kafka porque Andreas intenta salir de esa nueva situación que debe enfrentar; intenta sin caérsele el talante. A diferencia de los personajes de las novelas distópicas, Andreas -como Gregorio Samsa o cualquier personaje de Kafka- nunca pierde la paciencia: al menos eso es lo que simula, lo que transmite, lo que deja ver, porque entramos en la lógica del sueño donde no se puede reaccionar del todo, no se puede sacar tan fácilmente toda la furia contenida, y es por eso que Andreas no dejará de intentar (aun cuando cada segundo en ese lugar le duela en el alma) cambiar su destino.
Y “Den Brysomme mannen” es Kafka, sobre todo, porque cuando el autobús llega al paraje remoto, un hombrecito -encargado de llevarlo a la ciudad- tiene por función también cuidar esa puerta, ese portal: coloca segundos antes de que baje el pasajero una pancarta en la marquesina con la palabra “Bienvenido”. Mientras se aleja nuevamente el autobús, retira el cartel y acompaña al nuevo individuo al país sin penas ni glorias. Ese hombrecito es el que controla también las puertas de la ley, ese texto que escribió Kafka y que tiene mucho peso en su obra. En “Ante la ley” un hombre quiere entrar a la ley, pero en la puerta hay un guardia que se lo impide. Y se lo impedirá siempre, porque no se puede entrar a la ley, aun cuando esa puerta esté destinada solamente a ese campesino. Una puerta por la que no entra nadie. O, mejor, una puerta por la que no sale nadie, como Andreas, que espera paciente hasta que el autobús lo lleva de regreso, pero ¿de regreso adónde?, si en ese mismo lugar el guardián es aún más impasible y no le permitirá paso alguno. En ese momento, tanto la puerta como la película se cierran para siempre.

Visioneers, Jared Drake. EE.UU., 2008.

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑